Reproducimos el divertidísimo discurso que el artista Max, modelo físico del villano de Los Repartidores de Cerveza, leyó durante la presentación de esta obra de Pau en Palma de Mallorca
Ejem... Señoras, señores... ¡Buenas noches!
Seguramente, no debe de ser la primera vez que un personaje de cómic presenta en público el libro del cual es protagonista. Y menos hoy en día, con la cantidad de cómic autobiográfico que se produce actualmente por el mundo.
Pero estoy razonablemente seguro de que hoy sí debe de ser la primera ocasión en que el “malo” de la historia pronuncia unas palabras en la presentación del libro donde sale.
Por tanto, señoras y señores, ¡estamos haciendo Historia!
Por tanto, asimismo, me siento bastante nervioso. Debo confesar que no tengo ninguna experiencia previa en todo esto. Es la primera vez que soy el malo de un cómic y no sé muy bien cómo manejarme.
Esto de ser el malo de la historia ha sido, créanme, una prueba muy dura para una persona como yo, educada en los más firmes valores cristianos. Una prueba que no estoy nada seguro de haber podido superar. Dicen los psicoanalistas que todos tenemos un lado oscuro, un Mr. Hyde oculto, dispuesto a las más enormes depravaciones. De ello podríamos deducir que, a la inversa y en justa simetría, hasta los peores criminales deberían tener un lado luminoso. Este cómic, amigos, me ha enfrentado a dicha cuestión, y ahora todo mi mundo se tambalea.
¿Y si mi vida real -o la que hasta ahora yo tomaba por real, y en la que tengo por norma la más estricta observación de los mandamientos divinos y las leyes democráticas y constitucionales- no fuese más que la proyección invertida y luminosa de otra vida más real, más sucia y caótica, una vida dedicada a la conducción temeraria y al delito? ¿Y si yo, Max Capdevila, no soy sino una sombra, la sombra imaginaria y bondadosa de esa bestia llamada Massi Capo di Vila?
Me encuentro muy angustiado, ya no sé ni quién soy. Y únicamente me asaltan la cabeza preguntas y más preguntas: “¿Por qué, Pau? ¿Por qué yo? ¿Por qué me has escogido a mí y no a Rafa (Vaquer), a Tomeu (Seguí), a Pere (Joan) o, mejor aún, a Florentino (Flórez)...?”.
Le he dado vueltas y más vueltas. He aprovechado esta semana en que toda Mallorca iba liadísima con La Nit de l’Art para pasar unos días de recogimiento en Randa, en absoluta soledad, allí mismo donde Ramon Llull escuchaba el canto armonioso de las esferas celestes y el graznido de los cuervos. Y es allí donde uno de los 13.000 rayos caídos aquella noche sobre la isla, me ha tocado, iluminándome con una claridad escalofriante. La respuesta a mis preguntas se ha alzado, luminosa y terrible, en medio de la tempestad: Aquí, señores, hay un problema de envidia.
¡¡Pau, amigos -y esto hay que decirlo bien alto y bien claro-, me envidia con toda su alma!!
No, no... no es lo que estáis pensando, ¡no se trata de una envidia profesional! No es mi reconocido talento lo que Pau envidia, no. Su obsesión es mucho peor, más profunda, enfermiza y perversa. Aquello que Pau realmente envidia es mi larga cabellera, la belleza oscura y relumbrante de mis rizos naturales. Simplemente, no puede soportarlo. Mírenle, mírenle a él un momento y lo entenderán. O vayan a las últimas páginas del cómic y miren qué ha hecho conmigo, y lo verán clarísimo. ¿Hacen falta más pruebas?
Pau, amigos, es un presumido y el demonio de la envidia ha corrompido su alma, ennegreciéndola hasta el punto de motivarle a dibujar este delirio de Los Repartidores, este cómic bobalicón y absurdo, sin ninguna gracia y, por cierto, mal documentado (¡¡Todo el mundo sabe que en Chechenia no ha habido nunca vacas!!).
Pero Pau, quiero decirlo aquí y ahora, delante de todos, has de saber que no te odio ni te guardo rencor alguno. No eres responsable de tus actos, estás trastornado. El Demonio te ha poseído y estás malgastando tu enorme talento haciendo tebeos patéticos como éste. Necesitas ayuda.
Por eso me gustaría invitarte a que vengas al “Culto” uno de estos días. La Congregación te acogerá como a un hermano; no te haremos preguntas ni te juzgaremos; escucharemos tus problemas y compartiremos tu sufrimiento; leeremos pasajes emocionantes de las Sagradas Escrituras y entonaremos juntos himnos liberadores. Y el Pastor, quizá, pueda guiarte hacia la única y verdadera Luz. Ven cuando quieras, te recibiremos con los brazos y corazones abiertos.
Eso sí, Pau, aunque sea por una vez, deberías ponerte corbata.
Max