“JEFES”: LA JERARQUÍA DEL HORROR

June 17th, 2011 Migoya

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La primera vez que vi Jefes (Chiefs, 1983, de Jerry London) tenía unos 13 años y vagamente recuerdo que su contenido me pareció bastante tétrico para tratarse de una miniserie de TV. Revisitada casi tres décadas después, no me extraña que guardara tal impresión: las vicisitudes de un violador sexual (uno de los primeros psicópatas de la ficción en la pequeña pantalla, que yo recuerde) y los 40 años que toma resolver el misterio de sus andanzas siguen resultando a día de hoy un planteamiento inesperadamente frío y cruel en contraste con la amabilidad de la ficción catódica de aquellos años.

Basada en una novela de Stuart Woods, el anzuelo primero de Jefes (miniserie de 200 minutos de metraje, dividida en tres episodios, reconvertidos a cuatro en su emisión/edición española) es su extraordinario reparto, realizado con mucha visión y esa preclaridad que viene después confirmada por la rutilante carrera subsiguiente de la mayoría de su elenco: junto al insustituible Charlton Heston (que como “patriarca” de la ciudad retratada, salpica la narración con su voz en primera persona, recurso que parecía inevitable cuando se trataba de él: “Hay que contar la historia de un pueblo con tono épico y enfático, ¿a quién llamamos?”. “¡A Charlton, claro!”), están Keith CarradineWayne Rogers (Mash), Stephen Collins (Cuentos del mono de oro), Billy Dee Williams (Star Wars), Danny Glover, Tess Harper, Paul Sorvino, Victoria Tennant, y hasta un jovencito John Goodman en un papel anecdótico pero lucido al protagonizar la secuencia más divertida de la por otro lado lúgubre historia… y quien yo creo que se lleva el gato al agua en brillantez interpretativa: el ya desaparecido Brad Davis.

*ATENCIÓN: CONTIENE AGUAFIESTAS*

Lo interesante y casi diamantino de Jefes es que podría tratarse de una crónica épica sobre el desarrollo y la progresiva civilización de una pequeña ciudad sureña de los EEUU, desde los años 20 hasta los 60 del siglo XX… si no fuera porque el contrapunto de esa crónica lo protagonizan los sucesivos jefes de policía que, casi siempre por despiste o casualidad, están a punto de descubrir las malandanzas de un “psychokiller” que disfruta disfrazándose de uniforme y vejando y matando jovencitos autoestopistas. Es decir, la crónica de la ciudad es su crónica negra.

El desarrollo de la miniserie está sazonado con multitud de puntos de giro inhabituales, gracias al desapego sentimental de base que su escritor/guionista/director demuestran hacia sus personajes. De hecho, si uno no sabe nada de la obra, se da cuenta de que usa el mismo truco que Hitchcock en Psicosis: cuando uno cree que el trayecto emocional está encarrilado con un “protagonista” a través del cual vamos a presenciar el desarrollo de la investigación que desenmascare al asesino (cuya identidad el espectador conoce casi desde el principio), el devenir de los acontecimientos se lo carga y tenemos que esperar a que ese “prota” sea sustituido por otro… y otro… El truco -excelente truco, pues demuestra lo incidental que puede ser todo en torno a un crimen o a cualquier evento digno de ser conocido- es utilizado más de una vez y forma parte consustancial del concepto de Jefes.

Esos sucesivos jefes de policía serán el hilo conductor de la trama:

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El primer Jefe.

-En los años 20, Will Henry Lee será el primer encargado de poner orden en la supuestamente apacible Delano, encontrándose con que no solamente la ciudad oculta un criminal aborrecible, sino que sus habitantes esconden sus propios fantasmas no tan soterrados: violencia marital, racismo institucionalizado, abuso de la autoridad… Wayne Rogers da vida con mucha convicción a este hombre del Sur honesto y amigo de todas las razas, cuya simpatía y bondad contribuyen a que joda aún más su grotesco final.

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El segundo Jefe.

-Brad Davis encarna (y uno puede ver que pone el alma en ello) a Sonny Butts, joven desequilibrado por las palizas que su padre le propinaba de niño y con acusadas tendencias violentas él mismo, sumado a un racismo típico de la mentalidad sudista. Lo interesante de Butts es que como jefe de policía en plenos años 40 (tras la II GM), casi resulta él más vicioso, perverso y temible que los personajes que están fuera de la Ley, y por poco no gana en antipatía al por otro lado apacible psicópata, al que raramente vemos en acción. En cualquier caso, Davis protagoniza las mejores secuencias interpretativas de la miniserie, y es difícil no ver en su mirada desquiciada reminiscencias de la de este otro actor hoy en boga.

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El tercer Jefe.

Finalmente, Billy Dee Williams interpreta a Tyler Watts/Joshua Cole, el antiguo “delaniano” que tuvo que huir del pueblo cuando niño y regresa a él a principios de los años 60, como primer jefe de policía negro de la ciudad, coincidiendo con la década más activa en las luchas estadounidenses por los derechos civiles de los ciudadanos de color. Williams no representa mi ideal de tipo duro, pero su personaje es una perita en dulce y él le saca buen rendimiento.

Los cadáveres exhumados de las víctimas del psicópata de Delano, un oprobio para la “respetabilidad” de la ciudad, son en realidad los pecados de una civilización que permitió durante demasiado tiempo la represión del instinto, el abuso de género y la opresión de otra raza.

Denle una oportunidad a Jefes y disfrútenla de una sentada, 28 años después.



LAS MUÑECAS DE LA MAFIA: LAS CINCO “JUSTINES” DE COLOMBIA

June 10th, 2011 Migoya

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“Te volveré una muñequita, tendrás escolta, las camionetas y hasta piscina”. Tema principal de Las muñecas de la mafia 

Lo más interesante de las series colombianas es que, por idiosincrasia de su propia sociedad y por ausencia voluntaria de mesura, contienen unas dosis de realidad y dureza moral imposibles de concebir en una serie estadounidense o inaceptables en una española. De hecho, para un espectador español resulta increíble y abrumadora la cantidad de violencia injustificada, brutalidad gratuita y machismo desaforado que inunda sus producciones.

El caso de Las muñecas de la mafia se revela particularmente despiadado, dado que cuenta la historia de cinco muchachas relacionadas por voluntad propia o a la fuerza con el lujoso y desalmado mundo del narcotráfico, y cómo esa inmersión en una mafia sádica y sanguinaria hará trizas su inocencia y abocará sus vidas a sendas de perfidia que, como dice el cliché, no les permitirá volver a ser jamás las mismas. En este caso, el cliché se cumple a rajatabla.

Las muñecas de la mafia termina por ser una versión moderna e hispanoamericanizada de Justine o los infortunios de la virtud del Marqués de Sade, no solamente porque narra la pérdida de la virtud (sexual, ética y emocional) de cinco amigas bellas e inocentes, sino porque también pone en solfa, con retorcida lógica, hasta qué punto la inocencia no es culpable última de los “infortunios” que desata; e incluso la serie adopta, como hiciera el propio Marqués, la forma de “cuento moral”, didáctico y edificante, para desplegar una galería con las mayores atrocidades, perrerías y bajezas humanas que hoy día se pueda imaginar un espectador moderno del Primer Mundo.

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Las muñecas de la mafia (2009) es una producción de Caracol TV, basada en el libro Las fantásticas (fantástico título) de Juan Camilo Ferrand, quien se ocupa del brillante guión formando efectivo tándem con Andrés López López… como ya hicieran con el megaéxito El cartel de los sapos (cuya reseña es la entrada más visitada de este blog). La dirección corre a cargo de un equipo coordinado por el incansable e inefable Luis Alberto Restrepo, responsable de la realización de las dos temporadas de El Cartel (de hecho, Las muñecas la hicieron entre ambas) y de la megacélebre Sin tetas no hay paraíso.

Dos características a tener en cuenta de las series colombianas: 1) Cada temporada dura el doble ¡o el triple! que las estadounidenses. Así, Las muñecas de la mafia cuenta con 92 episodios de extensión variable (casi siempre, 22 minutos por capítulo), lo cual arroja una duración total cercana a los 2.000 minutos. Eso significan más de treinta horas de ficción… 2) La realización corre a cargo de un director asistido por varios directores auxiliares: de esta forma, el estilo de grabación siempre es homogéneo (al contrario de lo que suele ocurrir con la manera de trabajar estadounidense, que dispone un director distinto al frente de cada capítulo) y eficaz. Las series de Restrepo suelen estar muy bien concebidas de dirección, siempre con un mínimo de tres cámaras cubriendo las secuencias, aunque a veces el sonido es más precario de lo deseable. Pero a la velocidad que deben de rodar, ¡lo contrario sería asombroso!

En cuanto a Las muñecas de la mafia, su postulado es aún más cruel que el de Sin tetas no hay paraíso, puesto que se ceba en las descripciones del marasmo mafioso que ésta solamente apuntaba, siempre desde el punto de vista de sus protagonistas femeninas. La serie nos permite responder a la respuesta: ¿Qué saben las mujeres y amantes de los negocios de sus hombres? También es menos telenovelera, aunque las tramas amorosas sí le dan un toque más “romántico” que el mundo de macho men que poblaba El Cartel.

Como siempre en la TV colombiana, los personajes son lo mejor del conjunto:

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Brenda es el único personaje 100% positivo y transparente de la serie: una chica sencilla de la ciudad de El Carmen, educada en la filosofía del esfuerzo y solidaria con sus amigas, a las que siempre saca de mil líos y embolados. Su único defecto: enamorarse hasta el tuétano de Don Braulio, el mayor capo de la droga en la región.

Angélica Blandón, la actriz que encarna a Brenda, despliega un show de simpatía, encanto y dulzura: el espectador se enamorará de ella y deseará que todo le salga bien. Me ha chocado especialmente su brillante composición, en contraste con lo discreta que fue su intervención en El Cartel II, donde su personaje era mucho más ortodoxamente melodramático. Un 10 para Angélica.

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Otro 10 para Katherine Escobar por su interpretación de la pérfida e insoportable Olivia, la amiga que no piensa estudiar en la universidad ni dar palo al agua en su vida, pues su sueño es liarse con un narco que le pague todo y la haga vivir una vida de lujo. Esteretípicamente malvada y consentida, la Escobar lo hace tan bien que el espectador no logra dejar de odiarla cada vez que aparece en pantalla… ni de apiadarse de Braulio cuando ella consigue casarse con él, enemistándose con la noble Brenda. Sus impresionantes pechos son también la mejor coartada erótica de la serie.

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Yuli Ferreira es Renata, la “bobita” de Las muñecas de la mafia. Por estupidez y pura mala estrella, Renata se come muchos marrones (y hasta bolas de coca): empieza casándose con un humilde muchacho que termina siendo “contador” (contable) de la mafia y regentando un prostíbulo… y la pobre acabará violada por un vecino que la chantajea, de prostituta de un burdel en Bogotá y de mula para los narcos en EEUU. La Ferreira es una de las mujeres más hermosas que he visto en tiempos y merece ella sola una serie que saque partido de su carisma natural.

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Pamela es, junto a Olivia, la otra “muñeca” que se deja corromper por el dinero fácil y la explotación de su belleza. La esforzada Andrea Gómez da vida a esta jovencita que comienza liándose con un narco, Erick, cuyos celos enfermizos terminan involucionando hasta derivar en un acoso constante y amenazas de muerte: para huir de él, Pamela se lía con Asdrúbal, otro pez más gordo (en todos los sentidos) del narcotráfico… pero si el primero se lía a puñetazos con sus compañeros de universidad por el sólo hecho de mirarla, el segundo la trata como una res, marcándole el trasero con su nombre tatuado y obligándola a aumentárselo quirúrgicamente. Además, acostarse con él le resulta a la pobre niña una experiencia repugnante… El destino de Pamela es de los más claramente moralistas y ejemplarizantes del asumido por las cinco chicas.

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La Violetica “mil colores” (como la llama su novio Giovanni) resultará la más engorrosa de las cinco “muñecas”, sobre todo cuando asume el rol de vengadora implacable por una muerte familiar. Hija de Don Gregorio, uno de los narcos de El Carmen, Violeta quiere integrarse en el negocio de su padre y convertirse en una narco grande. El conflicto entre sus ansias de poder & venganza y el amor que siente por su honrado novio marcará toda su trayectoria. Alejandra Sandoval posee una belleza a lo Linda Fiorentino que con seguridad agradaría en el mercado anglosajón.

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Finalmente, Amparo Grisales es la madura Lucrecia, la descarada y divertísima ex esposa del narco Braulio. Cada vez que aparece en escena, las risas y la indignación están garantizadas. La actriz (una diva absoluta de la escena colombiana) tiene esa personalidad fuerte y masculina de una María Félix o una Concha Velasco, y le va como anillo al dedo eso de hacer de “loba”, y en este caso de “loba vieja” (pero con un glamour y savoir faire incomparable). Su rol en la serie es fundamental, pues ejerce de bisabra entre el mundo de Braulio y sus “muñecas” con el resto del panorama criminal, dado que nada más divorciarse de su marido se lía con el otro gran narco local, Don Nicanor. Otro 10 para la Grisales.

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Menuda cincuentona…

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El veterano Fernando Solórzano (a quien ya vimos en El cartel de los sapos con un papel más comedido) es Braulio, el poderoso narcotraficante de El Carmen (atención a la camisa de la foto, no es un detalle gratuito). Braulio ejemplifica el personaje masculino que está en el centro de todas las idas y venidas muñequiles, el Charlie de estos ángeles (y demonios). Actúa con la hipocresía típica de estos estereotipos mafiosos: está enamorado de Brenda pero se casa con Olivia, que tiene las tetas más grandes; mata al primer novio de su hija porque no le parece buen partido, pero después exige juego limpio cuando a ella la secuestran… Solórzano le proporciona ese toque de campechanía y sinvergonzonería latina que contribuye a que el personaje te caiga bien, pese a todas sus perrerías. Y así ocurre, dado que de no caer bien, la serie no funcionaría.

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Norman, el lugarteniente de Braulio, es uno de los personajes más inolvidables de esta ficción. Sobre sus espaldas carga el peso de encarnar al villano “oficial”, pero gracias en gran medida al trabajo de Diego Vásquez, Norman es mucho más: se trata de un mayúsculo perverso, siempre animado a lubricar sus trapacerías y crímenes con los fluidos de su voluptuosidad libidinosa. Capaz de azotar con el cinturón a su esposa Noelia mientras le canta la canción de Nino Bravo o de obligar a la esposa de su jefe a acostarse con él enmedio de una cama inundada de billetes, las vilezas de Norman son de tal catadura que le elevan al panteón de villanos viperinos por méritos propios. Chapeau, Sr. Vásquez.

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Camaleónica y magistral, sólo así se puede definir la actuación de Julián Román en el papel de Erick, la mano derecha de Norman y el criminal más loco y desalmado de la serie. Su personaje es un auténtico psicópata hijo de mala madre, sin ninguna posibilidad de redención ni ningún momento de debilidad emocional. Cada vez que aparece en pantalla, es para echarse a temblar, y con razón (especialmente cuando agarra la motosierra). Para calibrar hasta qué punto la transformación del actor resulta pasmosa, vean cualquier secuencia de Erick en Las muñecas de la mafia y después comparen con el modosito actor que le da vida, en esta entrevista promocional. Un 11 para Román.

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Giovanni es el “bueno” de la serie, casi el único personaje masculino sin ningún matiz oscuro, y la única posibilidad de redención de su novia Violeta. Lincoln Palomeque (otro de esos nombres imposibles de inventar para un escritor español) es el actor que le da vida, con mucho desparpajo y naturalidad, representando junto a la voluntariosa Brenda “los ojos del espectador”, horrorizado ante todo lo que ocurre en ese violento submundo.

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Juan Pablo Franco es Leonel, el marido de Renata, un contable de perfil bajo que se gana la vida honradamente hasta que se mete a llevar los asuntos de don Braulio y se deja corromper por la ambición. Leonel representa el típico arribista que intenta trepar en un mundo que no es el suyo, tratando de dárselas de duro cuando en el fondo no es más que un pobre desgraciado dominado por sentimientos básicos y patéticos: enamorado de una prostituta,  se dejará arrastrar por el deseo de asesinar a su propia esposa. Probablemente se trate del personaje más desagradable de Las muñecas de la mafia y Franco hace tan buen trabajo a la hora de insuflarle vida, que cada vez que aparece en pantalla da grima: tanto así, que hasta cuando sale al lado de Erick, ¡éste cae bien por comparación!

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Asdrúbal es un narco asociado con Braulio, uno de los más razonables, al menos cuando no le ponen una mujer delante. Mauricio Vélez construye una excelente caracterización para su personaje, capaz de provocar risas y ternura cuando se desenvuelve en alguna escena cómica, y a renglón seguido despertar escalofríos y repulsión al comprobar la manera en que trata a su amante Pamela.

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Don Gregorio es, paradójicamente, el único narco “honrado” de la trama. Asume una serie de cualidades morales (buen marido, padre ejemplar, hombre recto y cumplidor) que causan estupor al estar asociadas a un narcotraficante: es el Michael Landon de los narcos. Orlando Valenzuela también hace un buen papel, logrando esquivar siempre el empalago.

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El actor cubano Félix Antequera es Don Nicanor, el máximo rival de Braulio en el negocio de la “merca”. Erigido en principio como sombra terrible y amenazante, una vez lo conocemos más al compás de su relación con Lucrecia, descubrimos un “hombre de negocios” pragmático y sin grandes complicaciones emocionales: cruel cuando el negocio lo exige, cariñoso con su gente de confianza y, dentro de lo que cabe, un hombre de palabra. Dentro de lo que cabe, claro…

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Esta pareja apodada Los Carmensos, y conocidos individualmente como Uña y Mugre (para definir que dos amigos son inseparables, la expresión “carne y uña” ha evolucionado hasta convertirse en “uña y mugre”, o sea, uña y roña), son probablemente los personajes más controvertidos de Las muñecas de la mafia: planteados como alivio cómico de la serie, una especie de Gordo y Flaco que ejercen funciones de subalternos de Don Braulio, protagonizan sin embargo escenas altamente perturbadoras, como cuando intentan violar a Pamela aprovechando que ésta se ha emborrachado en una fiesta, de camino a su coche. Una acción así haría imposible en cualquier serie occidental que estos personajes fueran considerados como “simpáticos”, pero aquí rigen otras reglas cívicas. Julián Caicedo y Jairo Ordóñez despachan su cometido con gracia y sin complejos.

Como siempre, lo peor del elenco son los actores estadounidenses (la parte “policial” de la DEA y los fichajes de Miami) que, como en El Cartel, parecen escogidos en una fiesta barbacoa de algún productor. ¡Y en esta ocasión ni siquiera podemos disfrutar del inefable e inimitable Sam Matthews!

Las muñecas de la mafia está disponible para su visionado tanto en la web de la productora Caracol TV como en Youtube. Para abrir boca, os dejo con la canción oficial de la serie, donde las “muñecas” expresan lo que quieren en la vida: “Todo lo que se consigue con una mini Uzi: una finca grande con jardín y jacuzzi”.

Como termina diciendo la propia letra: “Papi, ¿y qué quería?”.

Sade estaría orgulloso.



ÁGUILA ROJA, LA PELÍCULA: ¿TELECERVANTES?

April 21st, 2011 Migoya

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Resulta interesante que la ficción televisiva española, la misma que está devolviendo nuestra cultura audiovisual al público después de treinta años de tenerla secuestrada por la élite progrepija, despierte tan poco interés de los especialistas a la hora de realizar un análisis ligeramente crítico (pero no para despacharlas con afán criticón). Los eruditos telecolonizados son capaces de cantar las alabanzas obvias (porque, entre otras cosas, ya hay quien las ha cantado en su país de origen) de Los Soprano o The Wire, incluso se atreven a hacer la vista gorda con las estupideces y vicios de las convenciones narrativas anglosajonas en títulos como Lost o Glee… pero no le perdonan una a las de Cuéntame o a UCO. Bueno, eso en el benevolente caso de que las hayan visto.

Águila Roja es una serie seguida por millones de espectadores y ha lanzado al héroe de ficción más importante de la pequeña pantalla española desde Curro Jiménez (título que en su primera temporada contenía, como mínimo, UNA obra maestra: ¿dónde están los análisis cinéfilos sobre Curro Jiménez?), pero aun así no la ve casi ninguno de mis amigos que trabaja en la industria cultural. Eso demuestra la distancia kilométrica que existe entre el ciudadano medio y el cultureta “ilustrado”: el nivel de colonización imperial estadounidense es aún mayor en el cultureta, lo que prueba que sigue sintiendo vergüenza hacia lo propio, un rasgo irónica y típicamente español.

Ayer se estrenó Águila Roja, la película: un vertido para mi gusto demasiado precipitado del molde televisivo. La conversión (?) al formato cinematográfico hubiera podido permitir no sólo una necesitada majestuosidad, mayor contexto y concreción espacial, así como el incremento requerido de lucimiento visual (la narración continúa apegada a una funcionalidad televisiva basada en el montaje entrecortado, que siempre da el pego)… también rebajar un grado el nivel de impostura interpretativa: el mayor problema de Águila Roja (bueno, mayor problema para mí, para los telespectadores no) es que camina sobre una delgada línea de verosimilitud tonal: los personajes hablan siempre con afectación de rol bidimensional. No hay muchos momentos en que veamos al héroe respirar de verdad, como un ser humano. Tampoco en la película, donde el guión no ha pretendido salir de esa simpleza de planteamientos. No es Alatriste, por mucho que a la crítica tampoco le convenciera la mutilada joya de Agustín Díaz Yanes. Sólo respira a sus anchas, como siempre, Javier Gutiérrez en la piel de ese Sátur que sí, que es telecervantino puro, el personaje que nuestra cultura y tradición siempre bordará: el tragicómico.

Es una lástima: para una vez que una serie española soluciona la papeleta del gran lastre perenne de nuestras producciones (hacer verosímil las secuencias de acción), hace aguas donde menos debiera: en la pintura de los personajes, la verosimilitud de las tramas y, especialmente, la PROFUNDIDAD de lo representado. ¿De qué nos sirve que el asesino mongol espadee de puta madre y haga piruetas al galope si no sabemos nada de él, ni qué pinta allá ni por qué quiere matar ni por qué morirá? ¿Qué coño era eso? ¿De dónde salió este mongol? ¿Era un artista circense en rebajas? ¿No sabía hablar? ¿Por qué no le sacaron partido dramático a su mudez?

La peli, a fin de cuentas, es como un episodio (esforzado) de la serie. Están los de siempre, aunque a los malos fijos los relegan un poco: Francis Lorenzo con su chupa tecnoheavy, que sale menos de lo que debiera, y Miryam Gallego, nuestra Kim Cattrall nacional, también putea escaso esta vez; la guinda se la lleva en esta ocasión José Ángel Egido, un villano de categoría a poco que le eleven una miaja el nivel de sus conspiraciones. Eso sí, eché mucho de menos a Nuñito, que se está poniendo galán y perverso a un tiempo, y eso tiene mucho mérito y es muy aprovechable. Por su parte, Xabier Elorriaga y Joan Crosas siempre son secundarios a los que da gusto ver, aunque nunca sepamos qué hacen todo el tiempo que se pasan solos en la misma celda. Y entre los nuevos: está Martina Klein que parece una chica Bond, con todo lo que eso implica; está un muy viggomortensiano William Miller que, como David Janer no espabile, le va a quitar el mérito a la mejor estampa heroica; está Antonio Molero, un actor al que yo no he seguido mucho y que a mi gusto se solapa demasiado con el alivio cómico que proporciona Javier Gutiérrez (por cierto, ¿no daba tiempo en la trama a que Molero se liara con Pepa Aniorte o eso quedó fuera en la sala de montaje?); y Stany Coppet, un neo Vincent Perez y otra buena importación que también roba varias escenas. De los fijos, hace gracia la anabelenización de Inma Cuesta (la Aldonza Lorenzo de la serie), el patriótico ardor guerrero de Roberto Álamo, y la sospecha de que Guillermo Campra, al paso que va en su desarrollo físico, pronto se convertirá en El Hijo de Águila Roja.

La película, básicamente, repite pues los esquemas de la serie y, sobre una gran pantalla, destacan más los anquilosamientos de los giros dramáticos y el acartonamiento de algunas interpretaciones. Hay buenos momentos (la resolución de las peleas; el asalto de los desesperados villanos -quiero decir, de los ciudadanos- a la columna de soldados con el contrapunto del cobarde Cipri) y la sensación global de que, si el fenómeno Águila Roja se queda en excepción cultural, quienes hoy se ríen de esta película, en veinte años rendirán homenajes a sus protagonistas en festivales de cine de género. Recordad: los Francis Lorenzo de hoy son los Paul Naschy de mañana.

A mí me satisfizo reconocer los tics de nuestros maestros de la narrativa de aventuras: la rubia hija del noble apresado y ese foso con un Tigre de Bengala rodeado de cadáveres nos remite directamente al Capitán Trueno y compañía. Con una diferencia: Víctor Mora jamás hubiera dado gato por tigre. Él hubiese logrado que el felino se enfrentara al héroe y se comiera a más de un villano -quiero decir, de un maloso-.

¡Hasta el Sandokán italiano se enfrentó a su tigre hace más de treinta años!

Conclusión: en el género de aventuras, nunca muestres un tigre si no lo vas a usar.

Eso sí, la esclava desnuda está que quita el hipo. Un 10 en la exhibición de traseros (faltó David y poco más).

En resumen, una película demasiado parecida en planteamiento a un capítulo más de la serie, incluso en la regla número uno de la ficción televisiva: enrédalo todo para volver a dejarlo exactamente como estaba al principio. Y eso, en cine, se paga: en un largometraje, la gente pide (al menos yo) que el héroe no salga indemne de su aventura y que los personajes sufran transformaciones. O eso o logras el milagro de James Bond (otro héroe intocable que nunca podrá perder un ojo o una mano) gracias a miles de alicientes colindantes.

Pese a mi ligera decepción, le deseo mucho éxito a Águila Roja: la película y que genere más títulos de aventuras. Como mínimo, tiene el mérito de ser pionera.

PD. Por cierto, es la primera vez que veo en una pantalla de cine a unos héroes (de una pieza) lanzarse a la acción al grito de “Viva España” y cantar lo orgullosos que están de su patria: de nuevo, como casi siempre, después de expulsar del país a los que hubieran traído civilización consigo. Al ver estas secuencias, uno se rebulle en la butaca con cierta incomodidad y complejo de culpa, como un judío al que le han machacado con el antisemitismo: pero hasta cierto punto es un grado de “normalización” del género autóctono.

Consecuencias del Mundial, imagino.



“TORRENTE 4 3D”: CINE PARA TELEVIDENTES

March 14th, 2011 Migoya

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Soy el primero que defiende la necesidad de un cine popular, ese “cine para fontaneros” (como decía Pilar Miró, quien no debía de tener un padre fontanero) con el que la propia Directora de Cinematografía acabó a principios de los años 80.

Incluso aplaudo iniciativas por devolver la comedia española a sus cauces de frescura y dinamismo naturales, como los impulsos del propio Segura a través de Amiguetes Entertainment (la fácilmente desdeñable pero nada despreciable Tensión sexual no resuelta de Miguel Ángel Lamata) y otros filmes injustamente recibidos, como Una hora más en Canarias de David Serrano o Mentiras y gordas de Albacete y Menkes… Que la crítica dé la espalda a estas películas (incluso la crítica de mi generación) es natural, incluso DESEABLE si queremos garantizar que esas películas nazcan con anhelo de relevancia social y sean importantes de verdad. ¿Quién escribía bien en su momento de Porky’s o de La revancha de los novatos o de Top Secret? Nadie. Y sin embargo son películas fundamentales para mí y para mucha gente. Las comedias populares se suelen despreciar, sobre todo si hacen reír (y especialmente si hacen reír Y SON ESPAÑOLAS).

Y, por supuesto, celebro que Segura se integre de pleno y dé brillo a nuestra escuela cómica clásica (hoy por hoy es el más relevante actor que milita abiertamente en esa noble tradición laureada por mitos como José Luis López Vázquez o Antonio Ozores), rescatando de paso “damnificados” del cine subvencionado como Tony Leblanc, Fernando Esteso o el ya fallecido Juanito Navarro… aunque llega un momento en que no se sabe si es homenaje o rapiña (ay, pobre Joselito…).

Pero lo que no puede ser es que una comedia de cine sólo se entienda si uno es asiduo a Tele 5 o si le gusta el fútbol. ¿Es ése un rasgo ineludible de la “comedia popular”? Puede ser un aditivo (cameos los hay en cualquier título de Adam Sandler o Will Ferrell), pero cuando se convierte en un requisito… y en toda la chicha de la obra, algo falla.

La cuestión es que ayer pagué 10 euros para ver el último Torrente y me sentí estafado.

(Digresión: Por suerte, las gafas 3D ya las llevaba conmigo. Otro chollo para estos cines lo de cobrar las gafas aparte con el fin de “compensar” los ingresos “robados” por la piratería…)

Yo soy ferviente defensor de la primera entrega de Torrente (me parece la comedia que mejor refleja lo que es España y los españoles… y de hecho es la película por la que más nos conocen hoy día allende los mares); la segunda ya me defraudó, por basarse más en guest starrings absurdos y por el poco jugo que se le sacaba a la inicialmente extraordinaria idea de que el villano fuese encarnado por José Luis Moreno; de la tercera no recuerdo nada, así que no sé siquiera si la he visto…

La cuarta ha sido una profunda decepción. No ya por el 3D, que era como un extra de chirigota que molaba a priori por su concepto de superposición de tecnología espectacularista a una comedia castiza con olor a vómito de chorizo. Lo que me ha decepcionado es lo poco que me he reído viendo Torrente 4.

Con Torrente (maravilloso personaje por el que hay que descubrirse una y mil veces ante Segura, al que le honra por otra parte mantenerse fiel a él), cuanto más guarro y zafio, mejor. Y eso es lo que funciona con mayor contundencia en el filme: los sublimes créditos (lo único que justifica las gafitas) y los encuentros del nauseabundo (queda clarísimo aunque no haya odorama) detective con mujeres con burka, sudacas, negritos y cualquier ser humano susceptible de ser defendido por alguna asociación (occidental). Todo lo que es presentación y caracterización del personaje (sus “pedidas” de mano, su búsqueda en la basura, su perfil de casero roñoso…) resulta divertido, porque Segura conoce a la perfección (y se nota que “quiere”) a su personaje.

Pero en cuanto la película tiene que poner en marcha el vehículo que haga avanzar la comedia y exponer la aventura, hace aguas por todos lados: lo mejor que se le ocurre a Segura para despojar a su producto de cualquier conato de trama es meter a Torrente en la cárcel y ahí ya echa mano de la parodia directa (tomando “prestada” la premisa de Evasión o victoria para cubrir una media horita más) o de la sucesión de cameos de famosos como motor suficiente para salvar cualquier trecho de metraje.

Un gran error del filme es no haber confiado el rol de sidekick o compañero de andanzas de Torrente a un actor profesional: en la primera estaba Javier Cámara, en la segunda Gabino Diego… en ésta, mete a Paquirrín. La idea en principio no me pareció mal, porque Paquirrín ha demostrado (por televisión) que tiene su gracia. Sin embargo, no hay química en pantalla: Segura no consigue arrancar de Kiko Rivera la naturalidad que hacía reír en el chaval. El actor-productor-director cuenta en su nutrido grupo de “aparecidos” con maravillosos actores de la talla de ¡Javier Gutiérrez! ¡Yolanda Ramos! ¡Emma Ozores! Cualquiera de esos tres hubiera sido un compañero de fatigas excepcional para Torrente (¡lo que yo hubiera pagado por verlo!): en cambio, quedan ahogados entre el coitus interruptus de Belenes Esteban y sucedáneos.

Así, la película avanza a trompicones, con “amiguetes” del universo catódico/rosa diciendo sus líneas mal -Andreu Buenafuente y David ‘Chikilicuatre’ Fernández están especialmente “no graciosos”-, a trancas y barrancas, basando la efectividad global de la cinta en la capacidad de reconocimiento del espectador con respecto a la “estrella invitada” de turno: si aparece Kiko Matamoros (de los cameos con mejor caracterización) haciendo de rival convicto de Torrente y creando una expectativa de enfrentamiento, Segura escamotea esa posibilidad y no vuelve a mostrar al personaje. ¡El chiste se acaba en sí mismo una vez el espectador reconoce al famosete de la tele! Y si no lo reconoces, ¡te quedas con la sensación de ilógica narrativa y te jodes!

Insisto: si no eres asiduo del faranduleo televisivo, ¡la película apenas se entiende!

Su fecha de caducidad es ¡mañana!

Dentro de diez años tendrán que distribuir una guía con el “who’s who” de la celebridad local que aparece en el filme, a riesgo de no comprender la mitad de los gags (como me pasaba a mí, que me tenían que “soplar” la identidad de varios deportistas que yo pensaba eran extras sin mayor relevancia), para así poder pillar los “guiños” que trufan las réplicas de Torrente.

Dentro de los cameos, los hay de anécdota penosa (si sale Bisbal, Torrente lo echa del coro de música porque no sabe cantar; si sale un futbolista profesional, Torrente se ríe de él y le dice que no tiene ni puta idea de fútbol…) y los hay, los menos, francamente graciosos (la fúnebre defecación frente a Ana Obregón y el revolcón callejero con Carmen de Mairena son los dos mejores momentos de la película, que podrían funcionar sin que el espectador reconociera a los interfectos, pero con cuyo conocimiento adquieren su total significancia y valor profanador).

Lo de Francisco no tiene nombre: la culpa no es solamente de que el cantante valenciano no sea buen actor (¿le han doblado o ésa es su voz… natural?). ¡Es que su personaje no existe! No hay ni un detalle de caracterización del villano que “interpreta”, ni un solo rasgo que nos permita distinguirlo de cualquier malo disparando literalmente ¡una Uzi! en un hangar en cualquier telefilme de… Tele 5 again.

Y las explosiones falleras, desde luego, no justifican el 3D: pero en Torrente lo que importaba era la comedia. Para ver persecuciones y tiroteos ya me voy a ver una de Michael Bay. Resulta ridículo intentar competir en esa liga con un personaje y una premisa como las de Torrente.

El regusto final es el de haber presenciado un mal Especial del programa Sálvame. Si al menos hubiera estado a la altura de un buen Especial…

Eso sí, Torrente 4 me ha servido para algo: para darme cuenta de lo buen chaval que debe ser David Bisbal (le pone a su personaje-de-una-secuencia unas ganas y una gracia dignas de mejor causa) y para que el chico haya grabado el que es con diferencia su mejor sencillo.

Y nada, ahora a esperar a Torrente 5, donde seguramente veremos encarnando al villano a Mila Ximénez y Karmele Marchante, juntas perfil con perfil en una reactualización del Barón Ashler.

Y por ahí me volverá a pillar el amiguete…



“EL CARTEL DE LOS SAPOS 2 - LA GUERRA TOTAL”: ¡NO QUEDA VIVO NI EL CABO!

February 14th, 2011 Migoya

“Yo no nací el día que repartieron el miedo”. El Cabo en El Cartel de los Sapos 2

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Aproximadamente 2.000 minutos de ficción (¡casi un día y medio!) es lo que dura la segunda temporada de El cartel de los sapos 2, con diferencia mi serie favorita actual, que ya se puede ver completa, pero accidentadamente -cada capítulo dura lo que le viene en gana y a menudo se repiten 5 minutos de secuencias ya emitidas- en la propia web de su productora.

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Si de la primera temporada comentaba hace casi dos años su violenta crudeza y lo fielmente que reflejaba el reinado del narcotráfico en la Colombia de estas dos últimas décadas, con El Cartel 2 me reafirmo en tres importantes rasgos que convierten su visionado en una gozada:

1)  La falsedad absoluta del rótulo con que da inicio cada capítulo: “Ésta es una obra de ficción. Los personajes y situaciones que en ella se presentan son igualmente ficticios”. Se trata, en realidad, de un ardid para no soliviantar, imagino, el dedo gatillero de los personajes reales (los que queden vivos) y también para evitar demandas.

2) Un guión que consigue enganchar en todo momento, hilvanando con habilidad y astucia el devenir de un porrón de personajes repartidos entre Nueva York, Miami, México y Colombia.

3)  La ausencia total de lección moral, que tanto la aleja de cualquier aproximación anglosajona al subgénero de mafias.  Olvídense de las parrafadas reconfortantes de las series estadounidenses: aquí no hay tiempo para llegar a conclusiones espirituales, los muertos se amontonan demasiado rápido para dar un respiro… y hasta las menores son conminadas por la DEA a acostarse con narcos con tal de echarles el guante.

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Esta segunda temporada presenta varias novedades con respecto a la primera:

1) El narrador-protagonista no es Fresita, el narco redimido encarnado por el guapo Manolo Cardona (éste se encontraba en España grabando capítulos de la versión “decaf” de Sin tetas no hay paraíso), así que le sustituye en esas labores Pepe Cadena (Diego Cadavid), un “traqueto” abiertamente antipático y rufián en la primera entrega, que aquí se gana rápido la simpatía del espectador.

2)  Sin la figura de un “galán” protagonista, la serie se recrudece en su descripción del entramado delincuencial y se concentra en las peripecias “profesionales” de sus antihéroes, con apenas espacio para el melodrama tan del gusto latinoamericano. Además, esta vez también se nos permite echar una morbosa ojeada al “panorama” narco de México.

3) ¡Por fin aparece un policía colombiano honrado!

Dado que en la primera temporada, casi todos sus personajes la palmaron, la cuota de personajes nuevos en esta segunda es sustancial, casi interminable.  Vayamos con los principales y con mis preferidos:

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Pepe Cadena, el malcarado hermanito del Clan Cadena, es ahora el narrador-vínculo de todos los hechos mostrados: sus escenas introductorias “transcurren” durante su encierro en una cárcel estadounidense y son un dechado de creatividad (hasta aparece en plano haciendo “el dos” -o sea, cagando- mientras sostiene una toalla para ocultar sus “partes”). El actor que le encarna, Diego Caravid, maniobra astutamente para que ahora su personaje caiga bien, añadiendo payasada, improvisación y descaro, y compensa con mucho talento interpretativo su falta de glamour (podría ser el tercer hermano de Estopa). Muy meritoria su evolución consciente.

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Milton Jiménez “El Cabo” es sin duda el alma de esta serie: y ello es mérito exclusivo de Robinson Díaz, el actor que le da vida. Su caracterización resulta espeluznante en cada una de sus escenas y un paradigma de cómo el villano, por más abyecta e inhumana que sea su conducta, puede terminar monopolizando las querencias del público: nadie desea que El Cabo muera, porque inconscientemente uno sabe que, muerto él, la serie agonizaría.

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Personalmente, además, me perturba enormemente el parecido de Robinson con mi propio padre. Mismos ojos y mismas ojeras, oigan. (Mi abuelo era un Migoya bastardo, así que igual procedemos todos de la rama Díaz.)

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Aquí está clavado a mi papá cuando me obligaba a obedecerle…

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El que yo creyera narco sexagenario (en realidad afirma, en una secuencia, tener ¡43 años!), rival a muerte de El Cabito, el bulldogiano Don Mario es quizás el personaje más desamparado de esta temporada. Santiago Moure no tiene gran oportunidad de lucirse en esta ocasión, ya que el guión abusa de su registro malhumorado. Pese a todo, también le llega su momento de redimirse y mostrar su lado, ejem, humano…

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La cara amable de El Cartel 2: fácilmente, el cariño del espectador se focalizará por completo hacia Antenas, el as de la informática que desea salirse de sus implicaciones con los narcos, poniendo en peligro la vida de su ex esposa y su hijo en el proceso, además de la suya propia. Asombrosa la interpretación de John Álex Toro: su humana vulnerabilidad y el tierno humor que transmite sin los aspavientos típicos del código telenovelero son notables. Por cierto, el actor parece salido de una comedia española, en una encarnación más del españolito poquita cosa: en su caso, físicamente es una mezcla de José Mota y David Civera.

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Caliche es un diablo sin escrúpulos: jefe de Antenas, al que hará la vida imposible, y uno de los nuevos narcos que se incorporan a esta asombrosa crónica del crimen. Fabulosamente interpretado por Charlie Echavarría, también resultará un personaje cercano al espectador español, debido al parecido físico del actor con Karra Elejalde… y a que habla idéntico a Andrés Pajares. Comparen con el actor español.

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Aunque lleva un horrible peinado que la hace parecer la hermana “retarded” de Jennifer Garner, el personaje de Larissa, la esposa embarazada de Caliche que interpreta Paula Barreto, confiere un poco de clase al universo de energúmenos en el que se nos sumerge de corrido y, con su “savoir faire”, hasta nos convence de que está realmente preñada…

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Un madero honrado, para variar: el  Mayor Madero es un policía obsesionado con meter tras las rejas a los narcotraficantes que corrompen su país y cuenta con un brillante historial de detenciones; de ahí que le apoden “Cazanarcos”. Alejandro Martínez le insufla una voluntad de hierro y, vestido con poncho y sombrero de ala ancha en medio de la selva americana, parece una actualización de Franco Nero dando matute.

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La cara bonita que obsesiona a El Cabo es Vicky Puerta, una “wannabe” modelo que se pasa media serie aceptando sin problemas regalitos interesados de su padrino y la otra media intentando desentenderse de él al saber que puede matar a toda su familia. Básicamente, representa la zorra típica que siempre pulula en torno a estos criminales y a cualquier hombre de negocios con poder. Carolina Guerra cumple.

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El personaje principal de la “delegación anglosajona” de la serie es el cándido agente de la DEA, Sam Matthews, interpretado por el actor John Gertz. En general, los personajes estadounidenses de El Cartel de los sapos son mucho más unidimensionales y bobalicones que los autóctonos: se diría que están en otro registro dramático. Frente a la dureza de los narcos colombianos, los personajes de la DEA parecen sacados de una serie USA de acción amable de los años 70. Matthews es tan buenazo e inofensivo en todas sus intervenciones que casi acaba erigiéndose en un involuntario icono gay de la serie: ¡todos queremos adoptar a este pedazo de pan!

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Mi actriz favorita de esta temporada: con una belleza sencilla pero de mirada subyugante, Diana Hoyos consigue estar siempre en papel sin tener que recurrir a grandes estridencias ni subrayados. Su Zuly Carmona, la novia arrepentida de un narco, termina trayendo por el camino de la amargura al angelical Sam Matthews, y es fácil comprender por qué. Me pone a mí mucho su serena mirada cervatilla.

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Un secundario de oro es Ramiro Sandoval en la piel de Oliver Cardona, el enajenado narco emparejado con Zuly, a la que propina unas palizas de muy señor mío. Sandoval consigue dotar a su personaje de una magnética repugnancia, de corte similar al Hannibal Lecter de Anthony Hopkins.

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Anthony Guzmán es Peter McAllister, otro agente de la DEA que parece salido de la década de los 70: en su caso, su planta de hombretón impasible lo aproxima a un Fabio Testi en sus añorados “poliziescos”, aunque algo más metrosexual. Como le ocurre a Sam, a veces su unidimensionalidad mueve a la risa, pero uno le termina tomando afecto.

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Una de las “femme fatales” más imantadas del cine español de los 90 se recicla inteligentemente en la industria latinoamericana: Paulina Gálvez (acreditada por error como Paulina Galvis durante gran parte de la serie…) repite como Katherine, agente de la DEA y compañera inseparable de Sam Matthews. En esta ocasión cuenta con mayor protagonismo, al intentar que su compañero no se involucre románticamente con la informante Zuly… sino con ella.

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DEA guys just want to have fun…

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Tommy Vásquez es el Capitán Racines,  ex policía que ahora se subordina a las órdenes de Don Mario. Su misión: servirle como hombre destacado con sus socios del cartel mexicano. Vásquez es el aporte masculino físicamente más contundente: un maromo de mirada resoluta y convincente planta, el único macho Alfa del plantel.

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La cantante Patricia Manterola (sí, queridos, la de, uf, Que el ritmo no pare…) da vida a Andrea Negrete, la “doña” de los narcos mexicanos. Responde al tópico de mujer machota y promiscua… y no parará hasta llevarse a la cama al pobre Racines. La Manterola no es plato de mi gusto, pero hay que reconocer que como cuerpo es un buen anzuelo para justificar la masacre que sus ardores provocan.

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El marido de la Negrete es El Puma, un narco colombiano adoptado por los mexicanos que, al haber olvidado sus raíces, enerva en grado sumo a sus compatriotas. Víctor Mallarino sabe ser elegante, inconveniente y chistoso cuando conviene. Y, dios mío, cómo se parece a mi amigo el escritor peruano Rafo León.

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Junto a Antenas, Rocky es el segundo buenazo de la serie en el lado de los malosos. Juan Sebastián Aragón, además de porque también parece miembro del clan Migoya, me hace muy cercano a su personaje, merced a la calidez y bonachonería rural que le confiere. A quienes vean la serie entera les costará olvidar su sino.

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Johana es un estereotipo de chica humilde colombiana que se mete a trabajar en el empaquetado de la “merca” por necesidades económicas. Sus conflictos sexuales con los patrones, un trío de cocaleros acosadores que parecen Ketama en vivo, constituyen algunos de los momentos más interesantes de la primera mitad de esta temporada; en cambio, su amorío con el narco Rocky ya cae en cierto cliché de novela rosa, aunque -o por eso mismo- la actriz Angélica Blandón aparezca mucho más guapa (¿cambio de maquillador, nena?).

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Luis Eduardo Arango es Jhon (no es una errata), un cobrador de los narcos incapaz de romper un plato. Este entrañable personaje es, junto a Antenas, el que proporciona los mayores momentos de comicidad y ternura, pese al inquietante físico de su intérprete, quien por segundos parece Michael Jackson si nunca se hubiera despojado el maquillaje de Thriller. Un 10, en todo caso, a su labor profesional.

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El actor Esteban Franco es Piloto, uno de los dos grandes capos mexicanos de la droga, con quien El Cabo intenta hacer negocios, pero que siempre anda disperso de putero coqueado. Franco logra inyectar al personaje un perenne aire repulsivo que, junto a su carácter imprevisible y caprichoso, contribuye a ponernos de los nervios.

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El Cabito y Piloto, cuando “camellaban” juntos…

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Primo es el nuevo cómplice en las andanzas de El Cabo y su mano derecha. De talante chulesco y echao p’alante, nos sirve sobre todo para saber qué le pasa a Cabito por esa conflictiva cabeza, dado que suele utilizarle de confesor. El actor Luis Fernando Montoya está impecable en su poco agradecido cometido.

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Amparo Cadena, la malgeniada hermana de Pepe, sale poco esta temporada, pero cada vez que sale se agradece: ella es la “choni” de la serie, capaz de hacerse pasar por paralítica con tal de evitar “cana” (prisión)… una choni con pasta que allá donde va desgrana perlas verbales dignas de Belén Esteban.

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Con bastantes kilos más, Andrés Parra reincide en su papel como el verborraico narco arrepentido Anestesia, que da cobijo a Pepe Cadena durante su libertad condicional en Miami. Sea por esa obesidad que desdibuja expresiones o porque esta vez no le han designado un rol determinante en la serie, Anestesia no está tan gracioso como en la primera temporada… aunque hacia el final se nos gana de nuevo.

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Más guapa y natural que su hermana Patricia, Michelle Manterola es Lilian, una agente mexicana de la DEA que debe hacerse pasar por “prepago” (carne tierna para narcotraficantes) y así poder cazar a El Golfo, el traqueto más poderoso de México. Lástima que la emisión (imagino que en grabación y montaje sí existe la secuencia) nos escatime su encuentro con el narco, chapuza narrativa que la productora Caracol TV debería solventar en su exhibición “on line”.

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Bravucón, hortera, putero y muy desagradable, El Golfo es el máximo rival del Piloto por el control de la merca en México. Tío en la ficción del personaje interpretado por Patricia Manterola, disfruta torturando cualquier cosa que respire. El actor Guillermo Quintanilla no defrauda.

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Sin duda, el personaje más grimoso de las dos temporadas, aun con la ironía añadida de que en cada una fuera interpretado por un actor diferente, debido a la transformación quirúrgica que el narco real sufrió para pasar (en vano) inadvertido. En esta ocasión, al desalmado Pirulito le da vida Camilo Sáenz y, a juzgar por el careto real del actor, está claro que no lo ha hecho nada mal.

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Uno de los  magníficos villanos secundarios que enriquecen esta temporada: Ramón Medina Orellana es XL, un capataz y sicario mexicano que hiela la sangre con una sola mirada. El actor es capaz de conferir a su personaje una fría perfidia digna de resalto, aparentando una edad mucho mayor de la que atesora realmente. Merecía más tiempo en pantalla.

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Viña Machado es indiscutiblemente la hembra más espectacular del elenco de esta temporada: su personaje Joyce resulta absolutamente anecdótico, pero ofrece el pretexto perfecto para incluir este desnudo suyo, cortesía de la revista colombiana SoHo.

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El  pobre Buñuelo, que tan amoral quedara en El Cartel 1 matando a su amante adolescente, no tiene mucho chance de lucirse en El Cartel 2, ya que se pasa la mayor parte de esta secuela metido dentro de una prisión en Cuba. Pese a todo, Juan Carlos Arango sigue dando el do de pecho como sólido actor de carácter. Y sigue pareciendo uno de Los Chichos.

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Mónica Franco es Lucía, la juiciosa y fiel esposa de Buñuelo, que hará lo que sea para sacar a su marido de las cárceles cubanas: hasta pagarle las bacanales a un ídolo del fútbol argentino, célebre castrista, para que use su amistad con Fidel con vistas a liberar a Buñuelo (obviamente, el futbolista representado es Diego Armando Maradona, que por su salud mental esperemos no tenga mucho en común con el payaso de su alter ego en la serie).

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La actriz putón (no ella, su personaje María Luisa) que encarna Margarita Muñoz es otro ejemplo más de vedette que vende sus favores al, literalmente, mejor postor, dividiendo sus atenciones entre el narco Caliche y un político no menos violento, según quien tenga más ingresos en ese momento.

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Ulises González es Manteco, el voluminoso guardaespaldas de El Cabo. Pese a su belicoso cometido y su poca presencia (es un decir) en pantalla, interpreta uno de los personajes que pronto se ganan su espacio en el corazoncito del espectador, y su desenlace será uno de los golpes más atroces que éste experimente.

Y aún faltan individuos de lo más interesantes: el sanguinario rey de la sierra mecánica Caremotor, el voluptuoso y espeluznante Paredón, el vil agente de la DEA (alguno malo debía haber) Aquiles Verdugo, el reptiliano capataz de don Mario apodado Ovejo, el maléfico abogado Doménico (o Demónico, como le menta Anestesia) -entre otras prácticas inmorales del leguleyo, obliga a practicar sexo con él a la esposa de su cliente- o el propio insoportable hijo de El Cabo, Milton Jiménez Jr.

Pero ya es hora de que los descubráis vosotros mismos (además, no encuentro fotos que hagan honor a sus demoledoras personalidades).

Así que dadle una oportunidad a la mejor ficción colombiana, aunque mucho ojo… no se os ocurra “sapear” lo que vais a ver, si no queréis terminar alojados en varias bolsas de basura.

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“Ratón y queso, amigos son…”.



MARIO POR BETO: ELLOS SON EL PERÚ (DE LOS GRANDES ESCRITORES)

February 4th, 2011 Migoya

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Ya está disponible en Youtube el interesante documental que, con motivo de la concesión del Premio Nobel de Literatura 2010, uno de los mejores escritores peruanos de no ficción, Beto Ortiz, dedica al que está considerado el mejor de ficción: Mario Vargas Llosa.

 

Beto Ortiz es una bestia del periodismo en prensa escrita y TV: con este documental se resarce de la vergonzante campaña de acoso y derribo que sufriera el año pasado por parte de medios como la revista Caretas, la cual recurrió a la más zafia explotación tremendista de la tradicional homofobia de la sociedad limeña para intentar hundir la carrera y casi la vida (en todas las redacciones hay un hombre gris dispuesto a firmarlo todo) de un excelente profesional que tiene en la controversia uno de sus mayores atractivos -en irónico paralelismo a la campaña de acoso y derribo que Vargas Llosa sufriera por parte de los fujimoristas/apristas durante su campaña política por la presidencia peruana, veinte años atrás-.

 

Mario Vargas Llosa: el Inconquistable destaca especialmente por meter la cámara en los espacios que vieron desarrollarse al escritor, así como por testimonios deliciosos como el de la vieja sobreviviente del burdel que inspiró La casa verde (una novela que adoro), y por el exquisito tratamiento que reciben momentos privados delicados, como la relación sentimental del Nobel con su tía Julia. A subrayar también la fabulosa edición a manos del mago del montaje Ricardo Sánchez.

 

Me sobran unos innecesarios bríos patrioteriles, muy comunes por otro lado a la faceta festiva y expansiva del país natal de Vargas Llosa, y un final populista que parece inspirado en el bochornoso colofón del publirreportaje sobre el Subcomandante Marcos que dirigiera el propagandista Fernando León de Aranoa.

 

Así como lo mejor que podía pasarle a Vargas Llosa fue perder las elecciones a la presidencia del Perú; lo mejor que le ha pasado al Perú es restaurar su cariño por sus grandes escritores y periodistas ex-defenestrados.

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ÁGUILA ROJA: EL GRAN HÉROE CASTELLANO

January 27th, 2011 Migoya

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“Si las putas fueran barcos, ésta sería la Armada Invencible”. Águila Roja.

Desde El Coyote de José Mallorquí, no habíamos tenido por estos lares un héroe enmascarado con semejante éxito: casi seis millones y medio de espectadores siguieron por TVE el último capítulo de la tercera temporada de Águila Roja, que como carta de presentación deja plumas en vez de lóbulos cercenados. Yo, por mi parte, por fin he terminado de ver la primera temporada entera… Y me ha costado, porque la síntesis no es precisamente la mayor virtud de las series españolas.

Pero también he disfrutado, gracias sobre todo al trabajo del inmenso Javier Gutiérrez, capaz de ofrecer la mejor encarnación del espíritu de Sancho Panza que yo haya visto en ficción alguna; de hacerte reír hasta la extenuación con cada una de sus intervenciones; y de salvar cualquier guión, situación o momento, por débiles que sean sobre el papel, por la vía humorística o dramática: todo eso a la vez. Desde Alfredo Landa no ha surgido un cómico español tan conmovedor.

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“Pues sí que eres Anguila Roja, sí…”.

Pero vayamos a la serie:

Su mayor virtud es que se cree a sí misma. Hay secuencias de acción muy convincentes y la mezcla de aventura clásica y tono pulp que abraza con absoluto desprejuicio se agradece muchísimo.

Su mayor defecto (su único defecto importante) es la excesiva duración de cada capítulo: podrían haberse concebido episodios de 40 a 50 minutos que hubieran sintetizado mucho mejor todos los momentos buenos y dejado de lado el relleno. Pero parece que ésas son imposiciones de producción desde TVE.

Otro acierto, se mire por donde se mire, es el reparto, jugoso y adecuado:

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“La letra con sangre no entra…”

-El granollerense David Janer es Gonzalo de Montalvo (hmm, ¿se habrá acordado aquí alguno de sus creadores de Íñigo Tú mataste a mi padre. Prepárate a morirde Montoya? No me extrañaría un pelo). A mucha gente David no le gusta, pero yo creo que está muy bien escogido: le da porte al mito y un dejo de sensibilidad a la identidad civil del justiciero. El punto cumballá y progre del maestro Gonzalo casa bien con el aire catalanocivilizado del actor. Y ya sabemos que el galán/héroe siempre apechuga con el rol más desagradecido a la hora de ser enjuiciado. Bien por él, pues: el tío suelta a veces unos diálogos sumamente difíciles y los endosa sin pestañear…

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Sátur o el chascarrillero español que nunca se cree la épica.

-La bestia de Javier Gutiérrez es El Sátur, criado/escudero del maestro/justiciero. Su caperuza de cernícalo es todo un acierto visual, pero Javier es el hombre orquesta que sirve lo mismo para un roto que para un descosido: sin él la serie haría aguas por todos lados, y el hilo suelto que se contempla con la relajada condescendencia que permite un chiste suyo a tiempo, acabaría sin su presencia por irritar en un espectador exigente. Sencillamente increíble lo de este actor.

-Guillermo Campra es Alonso, el hijo de Águila Roja. Este niño no es solamente un descubrimiento de casting memorable, porque el mocoso lo hace de maravilla, sino que encima parece hijo natural de Janer, tanta es su semejanza física. Los dos tienen una piel blanquecina y facciones casi femeninas. Otro gran acierto, este chavalín.

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Igualico, igualico que su papaíco de joven, míralos…

-Inma Cuesta es Margarita, el interés amoroso de Gonzalo/Águila Roja. Tiene un aire entre dulcineo y lollobrígido. Como su rival en la serie, cuenta con una pronunciada nariz, en su caso italianizante, que preconiza su carácter fuertemente sexual. Cumple muy bien.

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Inma Cuesta, entre Aldonza Lorenzo y Arroz amargo.

-Pepa Aniorte es Catalina, la madura doncella amiga de Gonzalo, que ejerce de conexión con el pueblo llano. Aniorte simboliza la sólida actriz secundaria que nunca puede faltar en una serie española. Su personaje encarna, además, lo peor del carácter ibérico: la maledicencia, el cotilleo, la incultura, el lamento continuo, el victimismo, la envidia y la estultez se corresponden perfectamente a nuestras más deleznables señas de identidad nacionales.

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Catalina tiene un oficio envidiable.

-Pepe Quero es Floro, el barbero andaluz que injerta las gracias de turno. No molesta, pero tampoco es imprescindible.

-Santiago Molero es Cipri, posadero y otro “plebeyo” normal, apocado y poca cosa, con el que se intenta rodear a Gonzalo de olor a pueblo. El actor también cumple con su dosis de costumbrismo mesetario.

-Erika Sanz es Inés, mujer maja del majadero… digo, del posadero. Aporta un poco de carnes alternativas a las dos protagonistas y pone cara de vecinita buena persona.

-Francis Lorenzo es el fantástico villano de la serie, Hernán Mejías (la primera vez en mi vida que conozco un personaje de ficción con mi nombre y con el que, además, comparto iniciales). Lorenzo se sale en su encarnación del Comisario (joder, Comisario-Comicsario…) y construye un personaje de dos piezas digno del mejor spaghetti-western.

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Hernán, como su nombre indica, es un machote: un hijoputa con buen fondo.

-Miryam Gallego es Lucrecia, la niña de los lunares, una Lady Winter españolizada y otro as en la mano de los villanos. Ella sola sostiene muchas dificilísimas secuencias melodramáticas. Y ver a Miryam y a Lorenzo juntos en el mismo plano es toda una gozada. Chapó.

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Miryam Gallego, la Kim Cattrall española.

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Y aquí, con deliciosa sonrisa “yo-no-soy-una-loba-como-mi-personaje”…

-Patrick Criado es Nuño, el hijo de Lucrecia. Este dotado actor es el otro gran hallazgo infantil de la serie. Me costaría ya imaginar un mozalbete escrito con caracteres madrileños (la actitud insolente, la chulería de su parla) que no tenga sus rasgos: Criado se luce haciendo de malcriado. Un diez también para este chiquillo.

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Qué cara de cabrón que tiene Nuño… ¡Enhorabuena!

-La primera temporada introduce sorpresas como el concurso de Adolfo Fernández como el Padre Agustín, aliado de Águila Roja, y Roberto Álamo en el papel de Juan de Calatrava, rival amoroso (pero de corazón noble) de Gonzalo: ninguno de los dos actores me acaba de hacer tilín: el primero porque lo veo muy ampuloso e impostado; el segundo porque parece un metrosexual de la noche madrileña insertado para atraer al públigo gay; pero también aparece el gran Xabier Elorriaga, uno de mis primeros crushes infantiles, dando vida con imperio al Rey Felipe IV. Como curiosidad,  el extraño Enrique Alcides hace por segunda vez consecutiva de psicópata, después de su papelón en la añorada UCO (Unidad Central Operativa).

Los mejores episodios son los primeros, donde Águila se estrena en acción; también me ha encantado el episodio de la espadachina ninja (el VIII) por su fresco descaro, aka desenvoltura, aka desfachatez; y, sin duda alguna, el penúltimo capítulo (el XII) destaca por méritos propios por condensar, esta vez sí, lo mejor del género de aventuras: tanto Francis Lorenzo como Miryam Gallego están sublimes en sus envolturas villanescas y los dramas personales que les humanizan.

Ahora, en cuanto tome aire y le pueda dedicar más de un día de mi vida a visionar la segunda y tercera temporadas, os comentaré qué tal. No me demoraré en exceso, toda vez que quiero acudir con conocimiento de causa última al cine y pagar feliz mi entrada en taquilla para devorar la peli que están preparando.

Mientras tanto… ¡larga vida a Águila Roja y al género de aventuras patrio!

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Dentro de unas décadas, muchos cuarentones echarán de menos a estos personajes…



RÍE CON RIERA…

January 14th, 2011 Migoya

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Cada vez que hablo de Jorge Riera digo lo mismo: que en los años 90, de toda la movida underground valenciana de la que él formaba parte (o de la que yo conocí, al menos), me parecía con diferencia el que tenía más talento (o el único con talento real). Lo digo mucho para resaltar su calidad autoral, pero después de tanto tiempo, confieso que también porque le tengo una manía a aquel grupo de valencianos que no puedo con ella.

Riera es un etarra del humor, bruto como él solo, incapaz de firmar tregua alguna con el espectador: y al mismo tiempo -quizá por eso- inteligente, audaz y temerario en su manera de abordar ese arte.

Ahora ha colgado por fin los preciadísimos vídeos de su ya de culto serie Putokrío, que le produjera Cartoon Network y que nunca se llegara a emitir porque los productores se cagaron patas abajo cuando la vieron.

A mí su visionado me produce el mismo efecto, con la diferencia de que yo me cago patas arriba… de la risa que me provocan.

Aquí tenéis los enlaces, calentitos calentitos, con los cinco preciosos episodios completos, realizados con la colaboración de otros grandes lumbreras de la escena artística actual (como Darío Adanti, los Vengamonjas, y una debilidad mía, el actor Andrés Gertrudix con su voz de lija, perfecta para el incordiante papel). Disfrutadlos:

Episodio 1: Esteban y la gran C

Episodio 2: Nuevo cine español

Episodio 3: Los mocos de Cthulhu

Episodio 4: La virgen zumbona

Episodio 5: Justicia para Mongo



FURIA ESPAÑOLA

January 11th, 2011 Migoya

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Entre el fabuloso material que la web de TVE ha puesto a disposición de los internautas, se encuentran los tres telefilmes realizados hasta el momento para la nueva etapa de la serie La huella del crimen, que al igual que hiciera en los años 80 y 90 con pequeños clásicos del homicidio como Jarabo, repasa la cara más negra de nuestra historia delictiva moderna, siempre bajo la batuta del productor/director Pedro Costa, esta ocasión en complicidad (con perdón) con los realizadores Fernando Cámara y Luis Oliveros.

Las tres películas para la pequeña (ahora diminuta) pantalla son El crimen de los marqueses de UrquijoEl secuestro de Anabel y El asesino dentro del círculo.

Así, en esta revisitación del apasionante panorama criminal español, podemos por fin acceder a casos perpetrados en años relativamente recientes, es decir, cuando la mayoría de nosotros ya tenía uso de razón. Personalmente, al no ser lector habitual de prensa, llego casi virgen a las tres propuestas y sin apenas información previa, pese a que Rafi Escobedo supuso casi un mito de nuestra infancia/adolescencia (nunca llegué a enterarme bien de qué hacía en la cárcel ese chico que parecía el quinto miembro de los Hombres G) y el retrato de Anabel Segura jugaba una constante en nuestro atrezzo vivencial de los primeros 90. Por ello resulta tan estimulante la propuesta de TVE: junto al episodio correspondiente, a continuación se pueden visitar las fuentes originales de información de la época, y visionar entero el Informe Semanal de turno donde practicar el who’s who correspondiente.

El crimen de los marqueses de Urquijo reviste tanto morbo que la recreación ficcional entra sola, aunque el desarrollo del personaje a cargo del caso, interpretado por Juanjo Puigcorbé, se queda un poco en pañales… y el encanto de Félix Gómez, que lo tiene, no consigue eclipsar el del protagonista original: ardua tarea para Gómez hacer olvidar al espectador los ojos genuinos del niño Escobedo a través de su caída en espiral, cuando en paralelo podemos asistir a su gradual aniquilación en estas escalofriantes entrevistas colgadas en la misma página.

Por su parte, El secuestro de Anabel -episodio también guionizado con solidez procedimental por Antonio Ojeda- se ve con el desagrado requerido gracias a la aportación de dos buenos actores, Enrique VillénJuan Codina, encarnando a dos rastreros personajes de la España profunda (y no tan profunda) que emprendieron el drama, a esos dos Pepe Gotera y Otilio de la chapuza criminal… además de ofrecer un buen retrato de la esposa tradicional española que calla por miedo, en los rasgos de una acertada Luisa Martín.

Sin embargo, es El asesino dentro del círculo la entrega que se lleva el pato al agua, tanto por el acierto de reducir el metraje de casi 90 minutos a 70, con lo cual se va mucho más al grano (vadeando ese gran mal de la ficción española que es la ausencia de capacidad de síntesis), como por la inolvidable interpretación de Roger Coma. Aunque quizás él también juega con ventaja por ocuparse de un criminal cuya imagen pública es mucho menos conocida que la de los anteriores casos, lo cierto es que Coma compone un chulito mediterráneo que sostiene él solo casi todo el episodio (bien asistido, eso sí, por Carlos Hipólito y el resto del elenco), en base a su carisma y aplomo a la hora de explorar las perturbadoras actitudes psicológicas de su “representado”: la puesta en secuencias del caso del asesino en serie de Castellón, guionizada por el todoterreno Alberto Macías, resulta modélica en cuanto a la ortodoxia del modus operandi de su protagonista y reviste el suficiente interés para pintar un significativo fresco de la juventud noventera.

En suma, una sólida propuesta con razón de ser que arroja una mirada sombría pero tremendamente acorde al carácter ibérico sobre nuestra realidad, la del españolito que mata mientras otros nos quejamos por no poder fumar en el bar o creemos no hacer daño a nadie escribiendo una entrada aparentemente inocua en un blog cualquiera.

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La actuación de Roger Coma es de las que dejan huella…



EL CHULETÓN DE KENTUCKY

December 30th, 2010 Migoya

“-No puedo imaginar lo duro que debe de haber sido para ti llegar a donde has llegado en el escalafón de los Marshall.
-¿Porque soy negra o porque soy mujer?
-Porque eres idiota”.

Cap. 4 de Justified, escrito por Chris Provenzano

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Justified no es una gran serie, pero es una serie valiente. Es una serie al viejo estilo: aventurillas policiales de un personaje chulo y poco más (aunque ese poco más sea bien raro y bien interesante). Raylan Givens podría haber formado repóker con Kojac, Colombo, McCloud y Banacek en la canción de Pepe da Rosa.

En realidad, Givens podría considerarse un hijo bastardo del añorado poli vaquero que encarnara Dennis Weaver, aunque tenga más del Clint Eastwood de La jungla humana. Lo que pasa es que en vez del contraste del cowboy en una jungla de asfalto, aquí basan la premisa en el muy discutible atractivo que supone ver al cowboy de vuelta a su pueblo de paletos, por mala conducta en el desempeño de su labor: o sea, por írsele la mano… o el dedo, mejor dicho.

Yo me mentalicé a ver la serie exclusivamente porque me flipa Timothy Olyphant. Aparte de ser un actorazo, camina muy sexy. Es el chico malo que todos los empollones hubiéramos querido ser en el instituto y todas las compañeras de clase, tenerlo dentro la primera vez.

Además, aunque nunca he sido fan de Elmore Leonard, suelo tener un ojo pegado en casi todo lo que hace, porque todo lo que hace suele ser bueno. En este caso es el padre literario del personaje y también co-productor. (Asimismo, reconozco que me gusta bastante la ficción con trasfondo en la América rural. Siempre he preferido Texas a New York, en persona y en espíritu.)

Otro rasgo extraño de Justified es que los mejores capítulos de su primera temporada no están escritos por el creador de la serie (el piloto, por ejemplo, resulta bastante plumbeote). Sólo por comprobar eso ya merece un vistazo.

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Cuando vi de refilón este cartel tan cool en las calles, pensé que se trataba de un audaz anuncio de moda para hombre, por la corbata volante. ¡Y no reconocí a oh Timothy!

De ese “extra” raro que aliña la serie, destacaría varios detalles:

1) El humor. Los primeros episodios se salvan gracias al humor desconcertante que Leonard mete siempre en sus novelas y que también compensa la inicial falta de entidad de los personajes (especialmente del principal), proporcionando dos graciosos capítulos (el 2 y el 4), ambos narrados desde el punto de vista de sendos delincuentes muy bonachones.

2) Efectivamente, aunque por desgracia el desarrollo de personajes funciona a trompicones y al comienzo no hay ni rastro de esa complejidad psicológica que para mí siempre fue la mejor cualidad del Leonard escritor, de pronto el último tercio de la serie encarrila su aire western y ofrece un enfrentamiento padre-hijo y una alianza héroe-némesis, que permite alzar el vuelo en términos dramáticos y concatenar varios momentos intensos y originales.

3) La guinda de la serie es, sin duda, la belleza intravenosa de Natalie Zea. Su nariz es lo único perfecto que hay en Justified y justifica el visionado. La majestuosa carnosidad de su semblante emana un algo italiano que contradice su cuna texana… y me tiene en ascuas y esclavo.

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Natalie Zea: ojo, seria gana.

PD. La primera foto tan guapa de oh Timothy la he robado de este blog, cuyo minucioso análisis de Justified merece la pena ojear y con el que coincido en casi todo, sobre todo en Zea.