March 29th, 2011 Migoya
Los créditos la anuncian como el nuevo filme de M. Night Shyamalan, así que me preparo para una puesta en escena sobria y calculada.
En un dormitorio de cama con dosel, espesas alfombras y coloridos cortinajes, propio de Las mil y una noches, una mujer hermosa pero de rostro oculto tras un velo permanece estirada boca arriba, imagino que desnuda aunque no me queda constancia visual de ello, mientras su esposo negro se recuesta en la mitad inferior de la cama, acodado frente a la entrepierna de su compañera, claramente su esposa, dispuesto a proporcionarle placer.
La negritud de la piel del hombre es petrolífera, densa y sudorosa. Es un treintañero calvo y de complexión fuerte, quizá el rostro del actor lo he entresacado de alguna sitcom de familia negra estadounidense para todos los públicos.
Ella le pregunta si le dará placer.
Él no responde, pero de pronto hace unos ademanes en el aire con la mano derecha, como si se arrancara por bulerías, a la altura de la ingle de ella, y todo a su alrededor es engullido por la más absoluta oscuridad.
El marido negro empieza a masturbar a su amada con la mano, pero no vemos ni la vagina ni a la mujer ni la propia cama: sólo está él en medio del espacio exterior. Deduzco que es una metáfora eufemística inducida por mi lectura exhaustiva de mangas: la galaxia que rodea al hombre puede ser el misterio femenino o quizá simplemente una manera elegante de mi subconsciente, o mejor dicho, del Sr. Shyamalan para resolver de manera poética y sin el engorro de la explicitud pornográfica la excelsa labor del esposo amante.
Lo siguiente que vemos son esforzados ejercicios mímicos del protagonista, cuya mano adopta las más extrañas formas: sus dedos realizan gestos danzarines y toman la apariencia de estar tocando algún instrumento en el aire o ejecutando un baile primordial. Pero de fondo nos llegan ecos de placer femeninos como respuesta a sus maniobras y la voz de su esposa animándole. En un determinado momento, oímos cómo la mujer satisfecha le felicita.
Ese preciso instante es aprovechado por el marido para volverse hacia la cámara y mirarnos, como lo haría precisamente el actor de alguna serie americana antigua en la sintonía de entrada o en un gag en el que buscara la complicidad del espectador, con media sonrisa sagaz de experto masturbador: sin embargo, la mirada a cámara (a nosotros) se prolonga más tiempo del estándar en un filme americano; su excesiva duración parece más bien la opción estilística de un director con ínfulas de cineasta serio, y en esos segundos de sobra podemos apreciar que la sonrisa del tipo se ha vuelto más bien triste y que está completamente bañado en sudor chorreante: éste empapa su cráneo hasta sus casi invisibles cejas. El hombre parece encadenado como un esclavo a su propio talento.
La siguiente secuencia es más simple si cabe en su puesta en escena, denotando que efectivamente ha sido dirigida por Shyamalan: vemos al protagonista tendido dentro de una tinaja repleta de agua, recibiendo un baño reparador. La cámara se va alejando de él y observamos cómo su venerable madre negra, cubierta de collarines de cuentas y ropajes de piel, le practica con la mano izquierda un masaje sobre la espalda; pero con la otra mano sujeta un extraño aparato semejante a un consolador de látex y lo introduce sin dificultad en un orificio que el protagonista tiene a un lado del cuello. La madre mete y saca el consolador en el cuello de su hijo de forma mecánica y casi ritual.
El hombre parece cansado y no da ninguna muestra de placer.
Sé que la película me ofreció muchas más secuencias, pero no logro recordar ninguna más. El título del filme se lo otorgué nada más despertar del sueño esta mañana, me vino a la mente con una lógica incuestionable. Imagino que la temática y el hecho de que los personajes sean negros se deben a que la coprotagonista de mi nueva novela es una guineana de violenta biografía y anoche estuve precisamente enzarzado en la creación de uno de los capítulos más perturbadores y bizarros.
M. Night Shyamalan
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December 24th, 2009 Migoya
Esta noche he soñado con mis muertitos. Aún estoy en pijama y aún guardo su resurrección fresca en mi espíritu.
Como si fuera una novela de García Márquez o una de mis vigilias en la selva peruana, me han visitado dos personas que añoro y que nos abandonaron esta década que también muere.
Hace unas horas, soñé que un amigo me comentaba que Pablópez había vuelto a la vida. No sentí incredulidad, sencillamente pensé que era mentira.
Sin embargo, poco después me encontraba sentado bajo la marquesina de una parada de autobuses (probablemente esperando el que me llevara a Ediciones Glénat), cuando Pablo apareció caminando hacia mí.
-Hola, Hernán.
Me erguí como un resorte. Era el mismo Pablo, más rejuvenecido y tan guapo como siempre, pero se le notaban problemas de coordinación al caminar. Era como si aún se estuviera desentumeciendo. Era como un zombi bonito.
-Pero, Pablo… ¡Has resucitado!
Le abracé y noté que mi cara, mi cara real, se desencajaba como llanto en caída libre, pero sin soltar lágrima. Sus ojos brillaban y no parecía sorprendido.
-Me he despertado por fin -me dijo, aliviado.
Y desperté. Después, volví a dormirme y esta vez es mi abuela la que había resucitado, más encantadora, cariñosa y gitana que nunca.
A ellos sí: Feliz Navidad, mis queridos.
Seguís vivos.
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May 18th, 2009 Migoya

Creo que soñé con esta película -que no he visto- debido a la decepción que me provocó Gran Torino.
En mi sueño de anteayer, Angelina Jolie no aparece hasta el final. En realidad casi toda la película está filmada en el interior de una cabaña, que parece aislada del mundo, y la cámara busca, con su parsimonia habitual, al viejo Clint, sentado en una silla y con el torso desnudo. Sus tetas caen flácidas, como medias pelotas de caucho llenas de agua. En el sueño, pienso conscientemente (como espectador) que ya estoy harto de ver a Clint desnudo, fue lo peor (pienso) de Los puentes de Madison y de Pacto de sangre (bueno, de Pacto de sangre no, pienso ahora despierto). Qué obsesión con enseñar las tetas.

Clint le está recriminando algo a otro viejo. Éste va caracterizado de redneck de los años 50, con pelo negro a raya y bigote rubio, parece un personaje de John Huston. El tipo suda y se defiende verbalmente, pero Clint y yo sabemos que es un cobarde.
De pronto se abren varias puertas de la cabaña (no sé por qué tiene varias puertas) y entran un montón de mofetas asesinas. Las mofetas o hurones gigantes merodean por el suelo de la cabaña. En plano subjetivo continuo, unos brazos sujetando una escopeta entran en cuadro y comienzan a disparar a los animales, que caen reventados (pienso en lo fácil que lo filma todo Clint, sin ni siquiera situarse a sí mismo como personaje en el espacio de la cabaña: todo rodado en un solo plano, yo me complicaría más, olé pienso). Sólo una mofeta consigue subirse al lomo de un perro pastor, supuestamente animal de compañía de los viejos, y clavarle unas considerables fauces, matándolo. La mofeta también muere de un tiro, pero no se deshinca del can.
No sé por qué, pero el caso es que Clint se queda solo en la cabaña. Coge un teléfono gris, de los setenteros, y marca un número. Nos vamos de allí. Vemos a Angelina Jolie recostada en un sofá, con un aire a lo Betty Boop, en el salón de una casa de clase media americana (o sea, la hostia de casa). Suena su teléfono. De nuevo conscientemente, pienso como espectador la puta manía de Clint de meter una chica joven en la peli. Ahora tendrá un romance con ella y nos volverá a enseñar las tetas. Mientras estoy pensando esto, la película acaba y me sorprendo de lo ingenioso de su final, que entiendo a toro pasado, aún dormido.
¡Angelina no le ha contestado al teléfono! Clint cuelga entristecido y la pantalla va a negro.

No, no es Hugh Jackman en Lobezno…
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May 28th, 2008 Migoya

La he soñado esta víspera.
El contexto es un festival, probablemente de cómic.
Man y yo vamos allí en tren, invitados. El lugar es polvoriento, parece blanco y negro. Una localidad de provincias (no sé de qué provincia).
Me quedo embobado mirando las chicas jóvenes que hay. Como ya tengo complejo de persona mayor, no me atrevo a intervenir.
Pasan cosas que no recuerdo. Sé que, aturullado, me cuelo a un despacho donde estoy solo: me encierro y me masturbo. Llego tarde a una entrega de premios.
Al anochecer, Man y yo nos queremos ir, pero el último tren arranca ya. Corro detrás de él -de forma absurda, parece que hay que tomarlo corriendo, una vez YA SE HA PUESTO EN MARCHA-, pero cuando veo que en la estación aún queda gente, decido dejarlo correr. Me vuelvo a la estación.
Aún queda una actividad: van a proyectar una película. “Vicios privados, virtudes públicas”, del húngaro Miklós Jancsó (es el director real, en el sueño ni puñetera idea de quién era el supuesto director). De todas formas, en el sueño sé que siempre me hizo ilusión verla.
Inciso: “Vicios privados, virtudes públicas” es una de las pocas películas softcore con renombre que no he podido ver nunca, pese a mi interés en ella. Siempre he querido poseer una copia, básicamente porque me encanta el erotismo de época (si no hay erotismo, soy atemporal: coño, esta frase me ha quedado muy Soprano) y de esa época, los 70; y porque la protagonista es Teresa Ann Savoy, una inglesita que me tuvo perturbado el sentido toda la adolescencia (participó en Padre putativo, Salón Kitty y Calígula, y poco más). Fin del inciso.
Entramos a un cine, a ver la película. Hay dispuesta una tarima debajo de la pantalla, con mesas y premios. Deduzco que son los premios del festival, el que no recogí. El diseño es idéntico al del Salón del Cómic de Barna, un garfio.
La peli empieza:
-Imágenes en blanco y negro, muy sesentas, de una vieja con ropa escotada y abrigo de cuero negro. Le rodean una suerte de periodistas con micrófonos. La tipa dice que es prostituta porque le da la gana.
-La sustituyen escenas en color, con textura rojiza. Un rojo checo. Un tipo con los ojos saltones, a medias entre Malcom McDowell y Martin Feldman, pero en moreno y con patillas, los abre mucho y parece alucinar. De pronto resopla: “¡He viajado al infinito de mi interior!”. Y sonríe mostrando las dos hileras de dientes apretados. En los dientes frontales destaca una banda de feo amarillo. Eso demuestra que la película es del Este, pienso en el sueño.
-Siguen planos generales con edificios metálicos y tecnología retro muy aparatosa, a lo Brazil. No recuerdo nada más.

Teresa Ann Savoy no salió en el sueño. Merde!
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April 25th, 2008 Migoya

La acabo de soñar esta noche, así que tengo los “recuerdos” muy nítidos. En el sueño, varios amigos estamos reunidos viéndola.
En realidad es un trailer/avance de la película, basada en el veloz héroe de la DC. En éste: http://img85.imageshack.us/img85/2126/flscv01k7dy.jpg
Se supone que la peli se va a estrenar en unos meses.
Los primeros cuatro o cinco minutos son desconcertantes y transcurren en una misma casa. En un color muy sixties, entre verdoso y marronáceo, con el celuloide peinado a rayas como el de Grindhouse, vemos a William H. Macy presentándose en la vivienda e iniciando una conversación con los dueños: va vestido de camisa blanca y corbata, como siempre. Hace del FBI, parece, y busca a alguien. La conversación dura varios minutos, el plano no se mueve. Nos aburrimos: ¿esto es una peli de superhéroes? A una respuesta del propietario de la casa, Stone voltea la cámara y vemos que William H. Macy ya no está. Voltea un poco más y ya estamos en un rincón del desván, con el tipo registrándolo como un poseso.
Los colegas nos damos codazos y asentimos, ante la primera muestra de virtuosismo formal del director, felicitándonos con la misma vehemencia física que los asamblearios primates de “El planeta de los simios“.
De alguna forma, William H. Macy ha llegado al jardín de la casa, y da instrucciones a otros trajeados, sus subalternos. Él hiende el césped blando en varios puntos con una especie de termómetro que llevaba en el bolsillo de la camisa. Tras varias intentonas, llega al pie de nuestro punto de vista, y cuando inserta el termómetro en el suelo, podemos oír claramente un pulso que se va acelerando. William H. Macy sonríe triunfador. ¡Lo ha localizado! Entendemos que se aproxima el momento de la acción.
Efectivamente. De golpe, una franja del suelo (que ahora es arenoso, como si el terreno de la casa estuviera anejo al desierto) se eleva y traslada unos veinte metros, hasta detenerse. Algo se yergue en ese punto, dando vueltas sobre sí mismo, soltando polvo. Se trata de Flash. Sentimos una punzada de decepción: parece el mismo Flash de la serie de TV de los 90. Éste: http://www.brianrobinson.org/images/flashTV.jpg
Podían habérselo currado un poco, comentamos.
Flash, más que un hombre súper veloz, semeja el Hombre Topo, porque a partir de este momento se dedica a meterse por medio de las colinas, atravesándolas como un taladro. Ahora huye de William H. Macy: se zambulle contra la pared de un cerro, y vemos cómo atraviesa el granito limpiamente, dejando un boquete circular. Guau, exclamamos, eso no ha estado mal. Luego vemos cómo se desplaza por dentro de una montaña, como si le hubieran practicado a ésta un corte transversal. Nos parece convincente.
Queremos que Flash escape de William H. Macy, que siempre me ha caído gordo. Flash sale otra vez a la luz y, como para confirmarnos que sí, que es Flash, se pega una carrera acelerada: el efecto se basa en la cámara rápida, en veinte años parece que no han inventado nada nuevo, pensamos.
Luego, la acción cambia de escenario: se nos presenta a un segundo villano. Es una especie de guerrero con el pelo oxigenado a lo Dolph Lungren. Va vestido con pantalones y camiseta, como Doc Samson, sólo que por calzado lleva unos zapatos rojo pasión de tacón alto, un doce diría yo. En el momento en que nos lo encontramos, es escoltado (o él lidera, Stone no lo acaba de dejar claro) una patrulla de soldados que se parten el culo de sus andares y sus tacones. Él vuelve la jeta mosca, y sabemos por su expresión que los soldados van a pagar cara su burla.
Ahí se acaba el trailer/avance de “The Flash“. Para ser de Oliver Stone, nos esperábamos un poco más.
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