April 12th, 2012 Migoya

Mi amigo y confidente Bouman ha creado una nueva editorial en papel y digital donde vuelca no solamente sus inquietudes culturales, sino también su sapiencia como dibujante y diseñador, como podéis comprobar si os metéis en su fresquísima revista de tendencias (peligrosas), Underbrain Magazine.
La nueva editorial se llama Underbrain Books y su primer título literario es Corriente sanguínea, una “novella” de la autora catalana Patricia Muñiz que Bouman también ilustra con su desparpajo habitual.
Corriente sanguínea es una puesta en práctica literaria del True Colors de Cyndi Lauper. Muñiz coquetea con el erotismo, pero finalmente le sale el monstruo: pornografía, violencia, escatología y todo medio de ruptura con las convenciones sociales son bienvenidos por los personajes marginales de su creadora, que bien podrían sumarse al alirón del “Love stinks, yeah yeah” entonado por los frikis de El cantante de bodas.
Al fin, Corriente sanguínea apuesta por el aireo de la personalidad antes de que los demonios nos la devoren entera.
PD. No menos interesante es el sabroso contraste entre el naifismo gráfico de Bouman y la catarata de esputos de índole sexual y criminal que empapan las páginas.
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October 21st, 2011 Migoya

“Sus redondos y pequeños pechos eran demasiado sólidos para saltar a pesar de lo mucho que corría; y su cuerpo de color marfil era delgado, pero sin resultar escuálido”. Las estrellas mueren de noche de Robert Leslie Bellem
Lo confieso: este tipo de libros es para mí como la vitamina que se toma un viejo para encarar el día. Devoro el pulp como quien come palomitas… ¡como cuando como palomitas! Como si me fuera la vida en ello.
Expresiones como “la monada de ojos oblicuos”, “sentí que se me erizaba el cabello como una peluca cardada”, “sonreía al techo con una terrible mueca que me perseguiría durante los siguientes once años de mi vida” o “estaba tan muerta como una caballa”, me ponen directamente cachondo.
Ediciones Valdemar y el antólogo Jesús Palacios, con la impagable complicidad de la traductora Marta Lila Murillo, nos presentan todas esas frases y muchas más en LAS ESTRELLAS MUEREN DE NOCHE y otros casos de Dan Turner, detective de Hollywood, una selección de cinco relatos de este personaje creado por Robert Leslie Bellem que pululó durante las décadas de los 30 y 40 entre los títulos más populares del pulp estadounidense.
Leslie Bellem está tres grados por debajo de Dashiell Hammett, dos de Ian Fleming y quizá más de uno de Mickey Spillane. No importa, sigue siendo alimento de primera para las neuronas y el espíritu. Las chicas de Dan Turner siempre están buenas y mueren violentamente. Él siempre resuelve los casos con deducciones tan compulsivas como su alcoholismo y sus puñetazos. Y Leslie Bellem siempre escribe como si estuviera decidiendo quién es el asesino una letra antes de que el lector la lea. Esa sensación de “ejercicio improvisado” me fascina.
Veamos la primera frase de los tres primeros relatos:
“Estaba lloviendo y tenía prisa” (El brillante halo de la muerte).
“Era una tarde calurosa y yo sudaba sin cesar”. (Más allá de la justicia).
“Estaba dando una vuelta en coche por Wilshire Boulevard, sin pensar en nada en particular”. (El caso del horóscopo).
Parece que el propio Robert Leslie Bellem esté merodeando sin saber muy bien hacia dónde van a ir los tiros del cuento o contra quién. Para un escritor (al menos para un escritor como yo), leer este libro es como entrenar la cabeza sobre los mecanismos básicos de la ficción. Y lo que indica que su autor es digno de lectura es que hasta en sus propuestas más burdas, el lector encuentra oro.
Bien por Dan Turner.
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October 5th, 2011 Migoya

Por el imperio (Diábolo Ediciones) podría considerarse la respuesta latina al estoicismo anglosajón de Frank Miller en su 300.
Esta obra épica en tres álbumes de Merwan y Vivès es una alegoría perfecta de la dualidad establecida entre la firmeza de la determinación humana frente a la intrusión irremediable de la vida: se podría considerar una plasmación artística modélica de la dicotomía entre lo apolíneo y lo dionisíaco, tal como la postula en nuestros días Camille Paglia y ha sido contraposición fundamental para una larga lista de filósofos clásicos.
El Capitán Glorim Cortis y unos cuantos soldados a su mando reciben la orden de expandir y salvaguardar para su Imperio las tierras halladas en el confín del mundo conocido y anexionado: sin embargo, lo que se promete como una expedición de jugosas recompensas, tanto en forma de saqueo y violaciones como de concesión de títulos y propiedad de haciendas, termina transformado en un periplo sin sentido ni fin: a la “gloriosa” e irrevocable voluntad humana se le enfrentan imprevistas incertidumbres que despojan de todo brillo y sentido su epopeya vital. De esta forma, el ciego y abnegado sentido del deber que es único motor de los soldados de 300 (expresado en ese mantra de cosificación colectiva, “We march”, que Merwan y Vivès también se apropian como himno de batalla al inicio de Por el imperio, traducido como “Avanzamos”), termina convertido en un hueco cascarón de desorientación y sinsentido conforme lo dionisíaco (lo femenino, lo pantanoso, lo viscoso, lo imprevisible) corroe y vacía de objetivos la ciega obstinación y el inflexible ardor de los soldados: su clarividencia imperialista. Al final, los que avanzan no saben ni por qué lo hacen ni adónde les lleva su tesón…
Así aniquilan estos dos autores franceses la fiebre y sed de aventura y glorificación de los héroes millerianos: la vida siempre gana la partida y extermina la más sólida (e irracional) tenacidad, socavando incluso la misma razón de ser de un peplum. De esta forma se da la vuelta a una constante de la imaginería anglosajona que ha alimentado su cultura popular (literatura, cine y cómic) durante muchas décadas: el valor incuestionable moralmente del valor.
La claridad narrativa de Merwan y Vivès resulta portentosa (impresionante toda la escena de la explotación sexual del “semental” Virgil o el enfrentamiento a flechazos de los soldados contra las amazonas); y el dibujo, de volubles formas, de lo más apropiado para lo heterodoxo de su propuesta “heroica”, convenientemente difuminada por el gozoso color de Sandra Desmazières. Para el lector amante de la aventura viril, Por el imperio es una lectura obligada: sentirá un tratamiento moderno y refrescante de las convenciones épicas y las motivaciones de la intrepidez, cuestionadas y hasta puestas en jaque; pero sin que se vea anulada en ningún momento la capacidad dramatica de emocionar y disparar a niveles estratosféricos nuestra testosterona.
Después de leer Por el imperio, una plácida calma se apodera de los sentidos: la misma calma que sigue al más violento de los orgasmos.


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September 30th, 2011 Migoya

Mientras espero como agua de mayo el estreno de esa ansiadísima adaptación a pantalla grande de la mejor serie colombiana de narcos, El cartel de los sapos (mi única queja: ¿cómo se les ha ocurrido reemplazar por el bueno de Tom Sizemore al bonachón de John Gertz para encarnar al bondadoso agente de la Dea Sam Mathews? ¿No podían haberlos integrado a los dos?), me conformo con acudir al cine a contemplar otro de los maravillosos bodrios de Luc Besson, este Colombiana gracias al cual he aprendido varias cosas: entre otras, que todos los colombianos son traquetos, hablan en inglés en la intimidad, se dicen cosas cariñosas como “padre” e “hijo” antes de matarse por la espalda, son yamakasis cuando el entorno geográfico lo requiere y decididamente están obligados a reproducirse mucho porque su mortandad es superlativa (y superlatina).
Se nota que Besson y su secuaz Robert Mark Kamen (probablemente el responsable de la caída en plancha a la serie B de Besson, pues empezó a colaborar con él en la que fue su primera mala película como director, El quinto elemento) deben haber visto El cartel de los sapos, porque han tomado de ella hasta el apellido de la protagonista (Restrepo, como el director de la serie original).
No se vayan a pensar que con estas palabras reniego de las películas producidas y coguionizadas por Besson: al revés, son uno de los mayores placeres que me quedan en una sala de cine. Me encanta esta minifactoría de productos en serie, porque son género puro: sí, ok, Besson se copia a sí mismo con descaro y hasta la saciedad (¿cuántas niñas asesinas ha creado ya? ¿cuántas comisarías han asaltado sus héroes y heroínas impunemente?) y eso me genera mucho afecto: es un genuino paladín de la cultura popular dispuesto a autofagocitarse para mantener viva la máquina del entretenimiento… implantando siempre sus propias reglas: eso es lo que admiro de él.
Además, continúa mimando sus propias películas (las dirigidas por su propia mano): Adele y el misterio de la momia me parece mucho más divertida que los cómics de Tardi en que están basados (y su protagonista mucho más guapa que la fea Adèle original).
En cuanto al tándem guionístico formado con Mark Kamen, juntos han pergeñado pequeñas películas que sólo tienen sentido dentro del marco de su universo de género negro y sus estereotipos tebeísticos (uy, lo que he dicho…), establecidos ambos por el propio Besson, con sus propias leyes sobre lo que es verosímil y lo que no: personalmente, le tengo muchísimo cariño a El beso del Dragón, porque su pareja protagonista desprende un calor poco habitual en estos productos y su exótica peripecia funciona; y, obviamente, Taken ha sido una de las sorpresas más agradables del buen cine malo de la pasada década, con su imprevisiblemente reaccionaria premisa (imprevisible por los tiempos que corren y porque el propiciador de la premisa ¡es europeo!), resumida en este concepto: “Hija mía, no viajes sola a Europa, que allá te pueden violar”.
El director de Colombiana es otro nifunifá de la factoría Besson: Olivier Megaton dirigió antes La sirène rouge, una mala versión de León, el profesional; pero también realizó mi película favorita de la saga Transporter, la tercera, porque inesperadamente parecía uno de aquellos emotivos vehículos europeo-aventureros de los años 70 coprotagonizado por Charles Bronson y Jill Ireland.
En cuanto a Colombiana, venía a decir Godard que el cine es una mujer con una pistola: por esa misma regla de dos, un plano de Zoe Saldana cargando su arma vale por todos los Terrence Malick del mundo.
La peli es tan buena y tan mala como cabe esperar del dúo Besson-Mark Kamen. Y Olivier Megaton no es Paul Greengrass, por más que se empeñe en meter persecuciones en azoteas y peleas cuerpo a cuerpo, de inspiración pseudobourniana que palidecen en comparación. Baratita de producción, Colombiana contiene ideas tan delirantes que a cualquier observador con sensibilidad le puede sugerir mil posibilidades: por ejemplo, esa perturbadora imagen de la cariñosa Cataleya tomando en su mano el dedo-pene de su padrastro o la heroína nadando en una piscina entre tiburones degenerados por ordenador.
Además, poder contemplar a una negra estadounidense-dominicana (Zoe), un maorí (Cliff Curtis) y a un chaval de Hospitalet (el nunca suficientemente ponderado Jordi Mollà) haciendo todos de colombianos, es un espectáculo que nadie debería perderse por nada del mundo. Eso y ver juntos a actores de carácter tan entrañables como el mencionado Curtis, Mollà, Michael Vartan (en el papel más tonto de su carrera, que ya es decir) o ¡Max Martini! me parecen excelentes razones que justifican el visionado del filme. Lástima que sus personajes tengan tan poco que expresar o decir digno de originalidad.
Con todo, yo sigo disfrutando mucho con cada nuevo truño de Besson y Mark Kamen. Porque son películas honestas, que no intentan engañar, y porque responden al más puro espíritu de la serie B: todas las armas son buenas.
Eso sí, no se crean a su director cuando afirma que “quería hacer una película más seria, menos caricaturesca que Transporter 3“.
Olivier, que seguimos jugando en la misma liga…
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September 14th, 2011 Migoya

“-Cógete a mi cintura, el camino es malo y algún bache podría hacerte caer.” Viaje al horror, de Ralph Barby
Reeditada hace tres años por Ediciones Olimpic y disponible también para su descarga como e-book, Viaje al horror es una novela sencilla y efectiva. No cuesta entender que Ralph Barby la escogiera para su relanzamiento en esta época, treinta años después de su edición original, pues dentro de sus convenciones de género, aloja una bomba de relojería contra el estamento familiar.
En sus páginas hay horror cotidiano y horror sobrenatural: sus mejores páginas nos remiten al polar setentero (comienza como una novela de Jean-Patrick Manchette o una peli de Lino Ventura) y sólo más tarde asume los modos de la Hammer. El horror cotidiano tiene simplemente que ver con la vida cotidiana, y ahí radica el acierto de la novela: a veces nuestra familia es la mayor fuente de terror. Su destripamiento de los lazos sanguíneos haría feliz a un Houllebecq. Esas resonancias con los afectos y miedos familiares es lo que da carta de validez absoluta a la metáfora pesadillesca que se nos propone.
La parafernalia satánica y cristoferliana de Viaje al horror viste bien para los fans ortodoxos del género (como el pseudónimo de Ralph Barby vestía bien para nuestro Rafael Barberán), pero leída hoy, yo prefiero el elemento puramente macabro de la obra: un gato degollado, un accidente en la carretera, una muerte infantil… son percances que se pueden integrar perfectamente en nuestras existencias, que pueden presentarse sin llamar a lo largo de cualquier vida. Ahí es donde Barby nos toca de veras la fibra del miedo: ahí es donde Barby inquieta… porque no parece dispuesto a pararse ante nada, sin extralimitarse de lo plausible.
Psicológicamente, me resulta muy convincente cuando se detiene en los miembros de la familia protagonista: el afán de juegos del niño, lo taciturno del padre, el deseo reprimido de la mamá, el desentendimiento de la hija, la transparencia impulsiva del hermano mayor… podemos caer en clichés genéricos, pero su creador no les permitirá abrazar ningún rol heroico (el lector agradecerá y maldecirá ese detalle)…
Su destino, como el nuestro, será mucho más cruel.

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September 12th, 2011 Migoya
Conversación entre el jefe del Servicio Secreto Francés y el agente OSS 117:
-(Este ex nazi refugiado en Río) ha decidido chantajear a Francia.
-¿Tenemos que detenerle?
-No. Tenemos que pagarle.
-Vaya, qué cosas.
-Posee un microfilm con una lista de franceses que colaboraron con el régimen nazi.
OSS 117 Perdido en Río… de Michel Hazanavicius

Pese a que ambas películas se han estrenado en España, no ha sido hasta este verano que tuve conocimiento de la existencia de OSS 117: El Cairo, nido de espías y su aún mejor secuela OSS 117: Perdido en Río… Dirigidas con primor por Michel Hazanavicius, ha sido siguiendo el hilo de su reciente nominación a la Palma de Oro de Cannes por su último filme, El artista (su actor fetiche sí ganó el Premio al Mejor Actor), que llegué a saber de estas dos obras maestras del cine paródico.
Sí estaba al tanto de la existencia literaria del agente espía francés Hubert Bonisseur aka OSS 117, creado por Jean Bruce cuatro años antes de que Ian Fleming se inventara a 007, pero no he leído ninguna de sus novelas (de niño me quedé en Jerry Cotton…) ni visto ninguna de sus adaptaciones “serias” a la gran pantalla.

OSS 117 es un dechado de machismo, xenofobia y cerrilidad. Esas cualidades que probablemente ya detentaba su encarnación original (no en vano, James Bond también hacía gala, en mayor o menor grado, de todas ellas) son a buen seguro el motivo por el que, con la perspectiva socarrona que proporciona el tiempo, el dúo Hazanavicius&Dujardin haya decidido radicalizar el tono del personaje para que contrastara con nuestra mirada amable de ciudadanos del Siglo XXI. La fórmula funciona, especialmente en la segunda parte, ambientada en los años 60 en pleno bullicio hippie: ahí el garrulo de OSS 117 todavía destaca más.

Cualquier fan de las novelas de Fleming o las pelis de Bond va a disfrutar como un enano viendo estos dos filmes: el secreto está no solamente en que resultan divertidos hasta la histeria (he llorado de risa varias veces durante su visionado, que reiteraré en un futuro próximo), sino porque además ambas están soberbiamente realizadas: su director las ha concebido como ejercicios retro (una situada en los años 50, otra en los 60), con una dirección acorde con el cine espectáculo propio de cada década correspondiente. El resultado es apabullante: si no te ríes con los gags (¿pero cómo no reírse con el asesino asiático que, disfrazado de chófer, recibe a OSS 117 diciéndole: “Bienvenido a Río”; o cuando entre entre su jefe y él se establece un silencio incómodo que ni siquiera el “mejor agente francés del mundo” sabe cómo superar con éxito?), el placer de mirar y reconocer estilemas clásicos, muchas veces pervertidos adrede, es suficiente para colmar cualquier expectativa. A veces se unen las dos vertientes con resultados gloriosos: véase el gag de 0SS 117 echándose a la cama con una fan suya, mientras la cámara se retira discretamente para dejar fuera de campo el fragor sexual… sólo para tener que volver apresuradamente hasta la mesita al chocar con un espejo donde se refleja el escarceo carnal de forma nada elegante.

Pero lo que me ha dejado anonadado es la dureza y contundencia de los chistes xenófobos: judíos y musulmanes son los que más reciben (con una desfachatez que hace mirar por encima del hombro a la espera de que nos salte encima algún censor “humanista”), pero los estadounidenses y los propios franceses (véase el gancho a la quijada colaboracionista en la cita inicial de este texto) no se salvan de la andanada, como es de esperar en una comedia inteligente. Ese punto de vista galo es además el que proporciona un aire novedoso a la revisitación de género: esta vez el ombliguismo no es yanqui, sino gabacho. Quizá ése sea precisamente también el motivo de la ausencia de éxito en España de estas dos películas, pero es lo que definitivamente las confiere de frescura y personalidad.
En ambas entregas hay diálogos memorables a mansalva. Puede que mi favorito sea éste:
“-Agente Koulechov: (Los hippies) quieren cambiar el mundo.
-Agente OSS 117: ¿Cambiar el mundo? ¡Qué idea más rara! El mundo está bien, ¿por qué cambiarlo?
-Agente Koulechov: Por ejemplo, predican hacer el amor, no la guerra.
-Agente OSS 117: Pero una cosa no quita la otra. Yo siempre he hecho ambas cosas y hasta ahora no he tenido ninguna queja.”

Mención aparte merece Jean Dujardin: su talento para representar la ególatra estultez de OSS 117 es fabuloso, pero además agrega esa candidez convencida que es la que consigue que, pese a todo, el descarado fanfarrón nos caiga bien. Poseedor de un notable juego de cejas, Dujardin mata accidentalmente y provoca que sus colores nacionales sean aborrecidos allá donde va… pero aun así, uno desea que salga con fortuna de todos sus líos.
Afortunadamente más cercanas de 07 con el 2 delante (aquella desternillante parodia de Bond centrada en el camarero español Jaime Bonet, fruto de la alianza de talentos de Ignacio F. Iquino, Armand Matias Guiu y Cassen, ahí es nada) que de Austin Powers, estas dos películas maravillarán a todo fan genuino de Bond & C.I.A. que tenga sentido del humor…
No veo el momento de volver a verlas.
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September 6th, 2011 Migoya

Con motivo de la desaparición de la revista de cómic porno KISS COMIX, he escrito este artículo en elmundo.es, expresando todo lo que tenía que decir al respecto.
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August 31st, 2011 Migoya
Bienvenidos de vuelta a mi blog.
He pasado todo julio y agosto escribiendo como un bendito. Son las mejores vacaciones que podría desear.

Este mes sale a la venta una nueva obra de cómic. Se trata de una adaptación que he escrito de Terra Baixa, una de las obras maestras del teatro catalán, del dramaturgo clásico Àngel Guimerà.
Para mí ha sido una oportunidad de adentrarme en uno de los textos en catalán más bonitos y vívidos que he leído nunca. Y también de formar tándem con uno de los autores de cómic más profesionales que conozco, Quim Bou. Somos amigos desde hace muchos, muchos años… nuestros caminos se cruzaron muchas veces, pero nunca había tenido el privilegio de trabajar con él como guionista en un álbum. Bueno, cualquiera que conozca a Quim sabe que es un hombre extraordinario, un amor de persona. Pero además es un dibujante excepcional y pocas veces se ha hecho tan agradable, emocionante y fácil colaborar con alguien. Es fantástico poder trasladar a Guimerà con tanto Robert Crumb y tanto Richard Corben metido en sus viñetas.
El álbum forma parte del lanzamiento de la película que Isidro Ortiz ha realizado para TV3, adaptando la pieza de Guimerà y que se estrenará este 11 de septiembre por la televisión autonómica. La película, por cierto, es muy buena.
Nosotros hemos tenido la posibilidad de beber del material original, incluyendo todas las escenas más controvertidas de la obra. Creo que el resultado os sorprenderá.
Por cierto, a Quim le acaban de nominar ¡por partida triple! como finalista de los Premios de la Crítica de este año, a Dibujo, Guión y Mejor Obra Nacional por su serie Orn.
¡Felicidades, Quim!
Así da gusto empezar la temporada…
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August 1st, 2011 Migoya

“La mujer castigada. ¡Qué magnífica alegoría! Es castigada por ser atractiva, por seducir, por calentar. Es castigada por gustarnos. Es castigada por ser mujer, en suma. El eternamente merecido castigo de la feminidad”. Nueve colores sangra la luna de Carlos Aguilar
El año pasado compré en un centro comercial de Lima esta novela del especialista cinematográfico Carlos Aguilar, un caballero del que guardo muy buen recuerdo de algunos encuentros en festivales durante los años 90. Ayer la leí de una sentada, o más bien debería decir de una “tumbada”.
La trama, un homenaje entregadísimo al cine español de explotación de géneros de los años 60 y 70, pone sobre el tapete la fascinación que sobre un crítico casposo (como lo hemos sido casi todos) ejerce el fantasma de una actriz olvidada, desaparecida en los años 70; y cómo su (ya único) fan se anima a investigar cuál fue su destino real y si realmente terminó asesinada, como sospecha: investigación que le pondrá en contacto con el director que la encumbró y para quien ella también significó un fetiche muy especial.
Sobre las referencias cinéfilas reales que enmascaran personajes y títulos de la novela (algunos ni siquiera enmascarados, como los actores John Phillip Law y Dan van Husen), me remito a este excelente artículo de Absence (lo acabo de encontrar buscando la portada de la novela para reproducirla, pero lo realmente escalofriante es que AMBOS habíamos destacado de la novela la MISMA cita maldita…). Como dice Absence, en Nueve colores sangra la luna “hay arrebato”.
Pero a mí lo que me interesa subrayar no es tanto el ejercicio de amor que hacia el cine supone esta entretenida, solventemente narrada y apasionadísima novela publicada en 2005 por La Factoría de Ideas, sino el más soterrado e indirecto homenaje que casi sin querer construye en torno a la figura del crítico cinematográfico: pues en el fondo, lo que Aguilar está contando es cómo un crítico (de cine) vulgar, casposo y anodino, figura que todos hemos ridiculizado (¿y encarnado?) en más de una ocasión, toma por una vez la iniciativa y se erige en DIRECTOR y PROTAGONISTA de su propio sino. Por una sola vez, el señor pasivo, el que acumula telarañas en la butaca soñando con las telarañas góticas de la pantalla, cumple su sueño dorado: culminar el tránsito del placer vicario y la pasividad obligada de su oficio a la autorrealización como generador y ejecutor de sus propias fantasías.
Al protagonista lo podéis imaginar física y conceptualmente como si fuera Carlos Boyero, antes de que él mismo se vindicara como “estrella de la crítica” (siguiendo la estela del pionero Carlos Pumares). Lo valiente de la “vindicación” de Aguilar en su propuesta dramática es que no evita los puntos controvertidos del voyeurismo profesional: perversión y onanismo forman parte del propio “héroe” de la historia, imbricándose en la intriga hasta convertirse casi en la esencia de ésta.
En el principio fue la mirada y, por tanto, la paja, parece decir el autor con su radical (radical temáticamente, formalmente clasicista) novela. E igual que el director sublima sus deseos más recónditos mediante la contemplación de un rodaje o un acto sexual ajeno, el protagonista verá en ese recurso la senda para su propio desquite vital.
Con su obra, Aguilar ha hecho una ofrenda sincera al cine que tanto ama, sí, pero sobre todo ha erigido un monumento inesperadamente poderoso al crítico de cine: un obelisco cuyas proporciones y virilidad desmiente la molicie e impotencia que se le supuso siempre.
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July 1st, 2011 Migoya

“Soy gay y estoy bueno”. Éstas son las dos grandes afirmaciones indirectas que, entre tanto alegato explícitamente antirracista y antihomófobo, pudo sacar en claro el público asistente al Sant Jordi Club el pasado miércoles. El mensaje transmitido no daba para más.
Alguien debería obligar a los cantantes pop a firmar una cláusula en sus contratos para que no hagan pública su heterosexualidad a menos que alguien abrigue serias sospechas al respecto. En el ínterin, siempre es mejor dar por sentada la homosexualidad del artista: las esperanzas que sus fans femeninas tengan puestas en acostarse con él no deben ser un cheque en blanco para que los productores discográficos exploten sueños eróticos sin esperanzas de materialización a costa de la naturaleza real (y el padecimiento por salir del armario) del ídolo soñado.
Ricky Martin no es un gran cantante ni un gran compositor ni un gran músico. A su lado, Alejandro Sanz parece un artista. Pero Ricky es insultantemente guapo y transmite buen rollo. Y quizá sí sea buen cantante, aunque está claro que él mismo no se da la oportunidad de demostrarlo en sus shows: la coreografía es lo primero. A mí en el fondo (y en la superficie) Ricky me gusta particularmente, porque me recuerda a mi hermano y porque es un X-Man: como Elvis, tiene el poder de detener el tiempo cada vez que sacude la cadera.
Lo primero que me sorprendió del evento fue la poca gente que acudió a la convocatoria del concierto. No sé si es la crisis o que realmente un sex symbol latino está obligado a pagar un peaje popular por su orientación sexual, pero en aquel recinto dudo que llegáramos a las 2.000 personas, haciendo una estimación generosa. ¡Apenas varios centenares de espectadores para ver al gran Ricky en la Ciudad Condal!
También me chocó la heterogeneidad del público: no hubo tanto aluvión hispanoamericano como me esperaba; sí se presentaron grupos de chicas de toda etnia y pelaje, desde veintañeras latinas a cuarentonas catalanufas y hasta lo que Antonio Aguilar denominaría “solteras y viudas y divorciaditas”, pasando por lesbianas e incluso resacosas de la era hippie que jamás hubiera imaginado sensibles a un crush por nuestro héroe lampiño. Obviamente, la cuota gay también fue cubierta por varios ejemplares, así como se personó la misma parejita hetero-poligonera que acudiera terrorífica y masivamente al concierto de George Michael hace un par de años, pero tanto un espectro como el otro aportó un número mucho más reducido del que yo preveía.
El concierto en sí comenzó con retraso y cierta tendencia al desastre: Ricky no parece sentirse muy cómodo con los temas en modo grave, y le costó encontrar el tono adecuado de voz y presencia con su interpretación de Será Será (aquí, el ejemplo madrileño). Eso sí: volvía a ser el tío bueno cachas de siempre, superada su etapa “auténtica” de gordo introvertido buscándose a sí mismo. Por suerte, ha vuelto el tío bueno y atrás quedó el fofo.
A continuación cantó Dime que me quieres: aquí tenéis su versión de Los Bravos para abrir boca. O para cerrarla.
Ricky declaró nada más empezar su actuación que se dejaría el alma en el concierto, pero más bien se dejó únicamente el cuerpo. Aunque con un cuerpo así, quién necesita alma. La totalidad del repertorio apenas llegaría a los 80 minutos, pero tampoco se podía pedir mucho más: si tu mejor canción es Living la vida loca, no hay apuesta musical que aguante el tirón de un directo de dos horas. Eso sí, yo bailé como un degenerado, que para algo pagué 46 euros. Entre las versiones perpetradas de su propia cosecha, me gustó mucho el deje cabaretero de She Bangs (cantó la opción inglesa, la buena, que es también mi tema favorito de Ricky con diferencia); el himno festivo Más, que en directo funciona muy adecuado: sólo faltaba Fradejas presentándolo; y, sorprendentemente, me encantó Tu recuerdo, que siempre me había parecido una canción imposible, pero que quedó de putifa merced al logrado deje flamencorro (???) que el solista imprimió a su fraseo.
Entre tema y tema, se proyectaron vídeos testimoniales de miembros de la banda, concebidos como pequeñas campañas contra la homofobia y el racismo: cómo reafirmar tu personalidad cuando descubres que eres diferente. “Yo soy gay y he sobrevivido a un padre cruel”, “Yo soy negro y he sobrevivido a una sociedad discriminatoria”… No me molestó el tono didáctico de tales flashes, pues al fin y al cabo así es como el pueblo tolera y acepta la diferencia: mediante el ejemplo de sus líderes. Sólo faltó el propio Ricky contando su caso: “Yo fui cantante infantil y he sobrevivido a un grupo llamado Menudo“… Menudo trauma, eso sí es un estigma de aúpa.
Pero Ricky tenía que ocupar esos momentos inspiradores en cambiar su vestuario.
Más molesto fue el clip de un Ricky desnudo recibiendo lechazos de pintura por todo el cuerpo. Tan altas dosis de narcisismo físico impidió atisbar el alma cacareada en el título del tour. Otra vez será.
Asimismo, su concepto de “sexo” digamos que ya fue sobradamente superado hace unas dos décadas por Madonna o el propio Michael… ¡Innova, Ricky, que tú puedes!
Al final del concierto el propio Ricky verbalizó un mensaje de tolerancia y convivencia entre todos los seres humanos, haciendo hincapié en la necesidad de respetar la libertad sexual de cada persona: “Somos iguales” le decía a su audiencia, y yo miraba las caras famélicas de las féminas presentes y pensaba que alguna aún no había renunciado al sueño de reconvertirle a la causa hetero. Supongo que en eso se basa la idolatría: en la ceguera eterna.
¿Aceptará algún día el público femenino la promiscuidad en los hombres heterosexuales con la misma facilidad y desparpajo con que parece aceptarla en los homosexuales? Sinceramente, lo dudo…
“Soy gay y estoy bueno”. Ésa fue la conclusión que saqué de todo lo que quiso transmitir Ricky Martin en su concierto.
Me alegro por él. Es bonito que la gente sea feliz y los cantantes también. Y a él se le ve muy feliz en su nueva etapa.
Ahora: de que está bueno, está bueno… ¿eh, chicas?
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