July 11th, 2011 Migoya
“Me gusta el sol y la mujer cuando llora, las golondrinas y también las señoras. Saltar balcones y abrir las ventanas. Y las muchachas en Abril… Me gusta el vino tanto como las flores. Y los amantes, pero no los señores. Me gusta ser amigo de los ladrones. Y las canciones en francés…”. No soy de aquí, ni soy de allá de Facundo Cabral.

Jamás he escuchado cantar a Facundo Cabral. Pero de niño era fan de dos de sus canciones, que repetía de memoria hasta la saciedad: lo cual me convierte probablemente en el mayor experto español de mi generación en este cantautor argentino.
Ahora, con su lamentable fallecimiento, quizá más implacablemente irónico si cabe en contraste con la bonhomía de la filosofía vital de su obra, recupero para vosotros los dos grandes temas suyos que yo me apropiaba feliz en mi niñez:
1) No soy de aquí, ni soy de allá es su himno más conocido, una declaración de principios como My way o El Rey, pero regida en su caso por el ascendiente del vagabundeo bohemio y la ausencia absoluta de jactancia. Fue una de las primeras versiones que Julio Iglesias introdujo en su repertorio (concretamente en 1972), con la sublime languidez que le caracteriza, reconvirtiéndolo en una oda a la tristeza: de hecho, la frase “y ser feliz es mi color de identidad” queda transformado en boca del intérprete español en todo lo contrario, por obra y gracia de un “NI” intercalado.
2) Señora de Juan Fernández es una deliciosa canción bufa en la que un hippy muy facundo intenta convencer a una señora bien de que él es buena persona (”Ya no le pego a mi abuelita y con la escopeta no le tiro a nadie”), para anunciarle finalmente que pronto se convertirá en su yerno (”…Y dentro de una o dos semanas, nuestra familia será aumentada”). Imaginaos mi delectación infantil al cantar la letra, toda una sátira sobre el descarnado mundo adulto que me esperaba con las piernas abiertas. La versión que yo adoraba es ésta, a cargo del compatriota de Cabral, el gran Jairo.
Triste, tristísimo y atroz suceso lo ocurrido a Facundo Cabral, cantautor pacífico y pacifista, sorprendido por las balas salidas de pistolas en manos de malos salvajes.
Descanse en paz y con nuestro sincero agradecimiento a su legado.
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July 1st, 2011 Migoya

“Soy gay y estoy bueno”. Éstas son las dos grandes afirmaciones indirectas que, entre tanto alegato explícitamente antirracista y antihomófobo, pudo sacar en claro el público asistente al Sant Jordi Club el pasado miércoles. El mensaje transmitido no daba para más.
Alguien debería obligar a los cantantes pop a firmar una cláusula en sus contratos para que no hagan pública su heterosexualidad a menos que alguien abrigue serias sospechas al respecto. En el ínterin, siempre es mejor dar por sentada la homosexualidad del artista: las esperanzas que sus fans femeninas tengan puestas en acostarse con él no deben ser un cheque en blanco para que los productores discográficos exploten sueños eróticos sin esperanzas de materialización a costa de la naturaleza real (y el padecimiento por salir del armario) del ídolo soñado.
Ricky Martin no es un gran cantante ni un gran compositor ni un gran músico. A su lado, Alejandro Sanz parece un artista. Pero Ricky es insultantemente guapo y transmite buen rollo. Y quizá sí sea buen cantante, aunque está claro que él mismo no se da la oportunidad de demostrarlo en sus shows: la coreografía es lo primero. A mí en el fondo (y en la superficie) Ricky me gusta particularmente, porque me recuerda a mi hermano y porque es un X-Man: como Elvis, tiene el poder de detener el tiempo cada vez que sacude la cadera.
Lo primero que me sorprendió del evento fue la poca gente que acudió a la convocatoria del concierto. No sé si es la crisis o que realmente un sex symbol latino está obligado a pagar un peaje popular por su orientación sexual, pero en aquel recinto dudo que llegáramos a las 2.000 personas, haciendo una estimación generosa. ¡Apenas varios centenares de espectadores para ver al gran Ricky en la Ciudad Condal!
También me chocó la heterogeneidad del público: no hubo tanto aluvión hispanoamericano como me esperaba; sí se presentaron grupos de chicas de toda etnia y pelaje, desde veintañeras latinas a cuarentonas catalanufas y hasta lo que Antonio Aguilar denominaría “solteras y viudas y divorciaditas”, pasando por lesbianas e incluso resacosas de la era hippie que jamás hubiera imaginado sensibles a un crush por nuestro héroe lampiño. Obviamente, la cuota gay también fue cubierta por varios ejemplares, así como se personó la misma parejita hetero-poligonera que acudiera terrorífica y masivamente al concierto de George Michael hace un par de años, pero tanto un espectro como el otro aportó un número mucho más reducido del que yo preveía.
El concierto en sí comenzó con retraso y cierta tendencia al desastre: Ricky no parece sentirse muy cómodo con los temas en modo grave, y le costó encontrar el tono adecuado de voz y presencia con su interpretación de Será Será (aquí, el ejemplo madrileño). Eso sí: volvía a ser el tío bueno cachas de siempre, superada su etapa “auténtica” de gordo introvertido buscándose a sí mismo. Por suerte, ha vuelto el tío bueno y atrás quedó el fofo.
A continuación cantó Dime que me quieres: aquí tenéis su versión de Los Bravos para abrir boca. O para cerrarla.
Ricky declaró nada más empezar su actuación que se dejaría el alma en el concierto, pero más bien se dejó únicamente el cuerpo. Aunque con un cuerpo así, quién necesita alma. La totalidad del repertorio apenas llegaría a los 80 minutos, pero tampoco se podía pedir mucho más: si tu mejor canción es Living la vida loca, no hay apuesta musical que aguante el tirón de un directo de dos horas. Eso sí, yo bailé como un degenerado, que para algo pagué 46 euros. Entre las versiones perpetradas de su propia cosecha, me gustó mucho el deje cabaretero de She Bangs (cantó la opción inglesa, la buena, que es también mi tema favorito de Ricky con diferencia); el himno festivo Más, que en directo funciona muy adecuado: sólo faltaba Fradejas presentándolo; y, sorprendentemente, me encantó Tu recuerdo, que siempre me había parecido una canción imposible, pero que quedó de putifa merced al logrado deje flamencorro (???) que el solista imprimió a su fraseo.
Entre tema y tema, se proyectaron vídeos testimoniales de miembros de la banda, concebidos como pequeñas campañas contra la homofobia y el racismo: cómo reafirmar tu personalidad cuando descubres que eres diferente. “Yo soy gay y he sobrevivido a un padre cruel”, “Yo soy negro y he sobrevivido a una sociedad discriminatoria”… No me molestó el tono didáctico de tales flashes, pues al fin y al cabo así es como el pueblo tolera y acepta la diferencia: mediante el ejemplo de sus líderes. Sólo faltó el propio Ricky contando su caso: “Yo fui cantante infantil y he sobrevivido a un grupo llamado Menudo“… Menudo trauma, eso sí es un estigma de aúpa.
Pero Ricky tenía que ocupar esos momentos inspiradores en cambiar su vestuario.
Más molesto fue el clip de un Ricky desnudo recibiendo lechazos de pintura por todo el cuerpo. Tan altas dosis de narcisismo físico impidió atisbar el alma cacareada en el título del tour. Otra vez será.
Asimismo, su concepto de “sexo” digamos que ya fue sobradamente superado hace unas dos décadas por Madonna o el propio Michael… ¡Innova, Ricky, que tú puedes!
Al final del concierto el propio Ricky verbalizó un mensaje de tolerancia y convivencia entre todos los seres humanos, haciendo hincapié en la necesidad de respetar la libertad sexual de cada persona: “Somos iguales” le decía a su audiencia, y yo miraba las caras famélicas de las féminas presentes y pensaba que alguna aún no había renunciado al sueño de reconvertirle a la causa hetero. Supongo que en eso se basa la idolatría: en la ceguera eterna.
¿Aceptará algún día el público femenino la promiscuidad en los hombres heterosexuales con la misma facilidad y desparpajo con que parece aceptarla en los homosexuales? Sinceramente, lo dudo…
“Soy gay y estoy bueno”. Ésa fue la conclusión que saqué de todo lo que quiso transmitir Ricky Martin en su concierto.
Me alegro por él. Es bonito que la gente sea feliz y los cantantes también. Y a él se le ve muy feliz en su nueva etapa.
Ahora: de que está bueno, está bueno… ¿eh, chicas?
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June 6th, 2011 Migoya

Se ha muerto Manolo Otero, uno de mis cantantes españoles favoritos. Con sus susurros afectados, este artista madrileño logró que millones de mujeres solteras lubricaran en la intimidad de sus casas sin necesidad de echar mano de un consolador y que millones de mujeres casadas soñaran con tenerle como amante.
Otero murió semiolvidado en España, pero en países latinoamericanos como Perú o Brasil -nación en la que residía desde hace años- era casi imposible tomar un taxi sin que la emisora encendida radiase en algún momento del día uno de sus “sentimentales susurrados”, como acertadamente los define Luis Troquel.
El más conocido era Todo el tiempo del mundo. Más tarde, intentó repetir su éxito con variaciones sobre el mismo esquema: Te empecé a echar de menos o Aún.
Manuel de la Calva y Ramón Arcusa (el incombustible Dúo Dinámico) escribieron y produjeron varios temas para Manolo Otero, intentando sacar jugo a su voz grave y acariciadora, sin moverle del estereotipo de personaje seductor y sensible con sus amantes. De todo su repertorio, mi canción predilecta es ¿Qué he de hacer para olvidarte?, un gran lamento masculino típicamente setentero. Lo tiene todo: voz viril al frente, coro desmelenado al fondo y juguetón tarareo al medio, y la envoltura de un acompañamiento orquestal impecable… al servicio de ladrillos líricos como “Sé que fui uno más de tus devaneos, PERO SIN EMBARGO yo no olvidé tus besos”. Una joyita.
Sobre la torre estéreo de mi equipo hi-fi, reposa desde hace varios años el sencillo de vinilo con esa canción. Siempre quise que fuera el tema principal de mi película ¡Soy un pelele!, que versaba precisamente sobre la amnesia, pero mis productores se negaron a emplear dinero público en gastos suplementarios de la banda sonora, así que no pude cumplir ese sueño.
Descansa en paz, Manolo: hasta los ángeles se masturbarán oyendo tu voz.

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March 23rd, 2011 Migoya

Una de las experiencias más espeluznantes y sorprendentes que viví el año pasado en Lima fue como espectador del espectáculo Danza Total, ofrecido en el Centro Cultural de la Universidad Tecnológica del Perú. Me considero un absoluto profano en esta modalidad artística, por más que me convenza a mí mismo de lo sensible que soy a la materia porque me emociono viendo Cisne Negro. Sin embargo, uno de los números incluidos en esa exhibición de danza contemporánea me dejó la piel de gallina y el alma de cordero.
Se trataba de Todos los cuerpos, un show del grupo Pulso Danza, donde tres dotadas bailarinas se retorcían y retozaban como extraños seres irreales, adquiriendo los rasgos neutros de su máscara aquellas connotaciones emocionales que sus cuerpos sugirieran con sus contrahechas posturas y contorsiones. Durante varios minutos me sentí trasladado a un tenebroso y primigenio mundo paralelo que habitaba en algún interior desconocido pero familiar de mi mente. Fue una experiencia terrorífica y al mismo tiempo alucinante.
Las tres bailarinas que conforman Pulso Danza (Ani Chung, Anai Mujica y Tatiana Vizcarra) mantienen un blog abierto, tan inhóspito como el alma de sus personajes sobre el escenario, donde podéis admirar algunos interesantes vídeos y fotos de sus criaturas. Pero os aconsejo que, si tenéis oportunidad, veáis el espectáculo en directo.
A mí me está sirviendo de enorme inspiración…
PD. Las miembros de Pulso Danza me informan a raíz de esta entrada en mi blog del sustrato teórico que tiene su número: está basado en la teoría de la “máscara neutra” que articuló y popularizó en Occidente el maestro francés de mimos y actores Jacques Lecoq. Los bailarinas de Pulso Danza asumen que la máscara “quita el gesto social del rostro y pasa la expresividad al cuerpo”, pero ¡conciben la pavorosa idea! de resituar la máscara no sobre sus caras, sino ENCIMA de sus cabezas. Para mí resulta LA innovación sublime y aterradora: la cara sobre la testa. El efecto que consiguen con esa simple modificación es sencillamente demoledor.

Fotos de Germán Tejada.
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March 15th, 2011 Migoya
“En mi caballo retinto he venido de muy lejos. Y traigo pistola al cinto y con ella doy consejos”. La Feria de las Flores, canción compuesta por Chucho Monge.
“Y dicen por ahí que Dios hizo a la mujer para regalo del hombre… Pero, ay, qué caray, pues resultan al revés: que nos quitan desde el nombre y hasta la forma de andar”. Y dicen por ahí, canción compuesta por Cortázar-Esperón.
La Mujer es del Perú, pero la Música es de México.
Jorge Negrete fue mi primer ídolo musical de la infancia, desde los seis hasta los diez años, aproximadamente (de Negrete a Freddie Mercury no hay mucho trecho). Qué época aquélla, la de la última niñez, en la que aún creía que las mujeres eran diosas, que el valor más valioso era el valor… y que todos los hombres estaban destinados a sucumbir y llorar por el amor de una hembra pérfida e ingrata. (”Pérfida” e “ingrata” son dos hermosos calificativos muy apreciados por el folklore mexicano que nunca he podido aplicar en la vida real, aunque ocasiones he tenido… y viceversa).
Lindo sentido del humor con su primera mujer, Elisa Christy.
Antes, mi memoria primera está también ligada a la música latinoamericana: de niño, Los Panchos y Gardel siempre me hacían llorar de desagrado (mi intuición infantil debía susurrarme que la materia tratada era muy deprimente). Recuerdo ser muy pequeño y palmotear contra el cristal esmerilado de la puerta del comedor para que mi madre quitara las canciones del trío. Luego llegué a apreciar a Gardel. A Los Panchos aún no los acabo de congeniar con mi amarga experiencia pasada.
Mientras mis amigos del cole escuchaban un amplio espectro musical que podía ir de Leif Garrett a Los payasos de la tele hasta, más creciditos, cualquier tema disco de estribillo tamtamnero, yo hinchaba de sangre mis venas con canciones del charro mexicano y me aprendía todas sus letras: Negrete me enseñaba que hay que dar siempre la cara, que el destino de un hombre bravo es estar solo… y que los sabios y los cobardes viven el doble de tiempo que el guerrero, pero jamás serán la mitad de felices porque nunca tendrán ocasión de darlo todo. Enseñanzas de la “canción bravía mexicana” (sic) que su nieto todavía practica con entusiasmo.
Mi padre se sentaba cada Nochebuena a poner discos de Negrete y yo me sentaba a su lado a escucharlos con él, hasta la madrugada: buenas nochebuenas sin nieve, envueltas en nubes de Ducados. Y él me contaba lo que sabía del cantante. Narraba regocijado cómo cuando vino a España a finales de los años 40, Negrete fue recibido por un alud de fans femeninas. Al verlas, el ídolo exclamó: “¿Es que en España no hay hombres?”. Y alguno debía haber por allí, porque alguien le arreó un puñetazo. ¡Anécdotas viriles que hacen pensar a los críos que el mundo es un lugar excitante y lleno de mil aventuras! Para mí, de ahí a los tebeos había un paso, claro…
También me hablaba mi padre de por qué Juan Charrasqueado le gustaba más con el inciso lírico de Negrete (que principia con esa frase de concisión impresionante con que se describe el velatorio del vivales muerto: “En una choza muy humilde llora un niño y las mujeres se aconsejan y se van”. ¡Guau, no hace falta más detalle, aún me pone la piel de gallina!) que con el tono monocorde de Antonio Aguilar (aunque con el tiempo fui apreciando más a Aguilar, hasta convertirlo en mi cantante mexicano favorito, ¡precisamente por su versatilidad!). O se explayaba sobre por qué los coetáneos Pedro Infante y Javier Solís, más sentimentaloides, no le llegaban a la altura de la hebilla del pantalón (por Infante nunca he logrado sentir más que una sincera simpatía; pero a Solís, cuya fama en realidad cuajó durante los años 50 y 60, lo aprecio mucho más desde que empecé a interesarme por la idiosincrasia del mestizaje americano: en cualquier caso, cada uno tiene su propio y muy respetable y legítimo universo musical).
Con la actriz Rosario ‘Charito’ Granados.
Desconozco por qué, mi padre y yo siempre dábamos por sentado que Jorge Negrete debió ser un gran putero y que seguro se murió de mil gonorreas. La Wikipedia dice que había contraído una Hepatitis C en su juventud (casi como Mercury, mira tú) y que se le reventó una variz del esófago -durante una gala de boxeo a la que asistía- que le provocó una hemorragia fatal. Todo suma a su leyenda.
Negrete reinó en un período inmediatamente anterior al del imperio absoluto de los grandes temas de José Alfredo Jiménez, aunque pudo grabar cuatro de ellos, llegando a cantar maravillosamente Ella y El jinete, que eran por entonces mis favoritos de todo su repertorio, porque me permitían revolcarme en el infortunio sentimental de sus protagonistas y abrazarme al dulce consuelo del desamor antes de saber siquiera lo que el amor era.

Con su viuda, María Félix, quizá la única persona más macha que él.
Pero la especialidad de Negrete eran los corridos mexicanos, más que las rancheras. En aquellos tiempos (años 40, básicamente), los que dominaban el cotarro de la música popular eran Ernesto Cortázar y Manuel Esperón, un brillante dúo de compositores de emotivos himnos a la tierra propia, himnos repletos de orgullo, arrogancia y bravuconada: pero también de admiración al individualismo del macho dispuesto a asumir su propio orgullo, arrogancia y bravuconada con todas las consecuencias, sin ese sumiso y enfermizo tono colectivo de secta corderil que rezuman la mayoría de himnos patrioteriles de otros folklores nacionales.
Yo soy mexicano, El charro mexicano, Cuando quiere un mexicano (por falta de mexicano no será) son algunos de los títulos clásicos que Negrete ofrecía con voz inalterablemente altanera y preciosa. No bebía, pero fumaba como chino en quiebra y, sin embargo, su voz jamás se quebró.

Deslumbrante cartel de uno de sus filmes.
Hace pocos años volví a reconciliarme con mi pasado “charro”: compré una colección de películas en DVD de Jorge Negrete y se la regalé a mi padre para poder verlas con él. Comprobé que Negrete tenía un talante menos estirado, machista y castrense de lo que había temido y que muchas de esas películas, además, estaban muy bien. También volví a corroborar que yo sí me hubiera muerto por la insoportable belleza de Carmen Sevilla.
Pero mi canción favorita de Jorge Negrete, con el juicio que dan o quitan los años, es sin duda Tequila con limón. La canta con acompañamiento de sus fieles y bien apodados Trío Calaveras y cada vez que la escucho me parece una declaración de principios “valentona y pendenciera”, pese a que me fascina no tanto por lo jactanciosa como por lo bucólica y sentimental.
Y cada vez que oigo la parte que dice “qué bonito, qué bonito, es llegar a un merendero y beber en un jarrito un tequila con limon”, me pongo a llorar como una magdalena de Proust, porque pienso que en esa frase está encerrada toda mi infancia.

Con el Trío Calaveras en Alicante, 1948 (foto de Pedro Roca).
Este año se cumplirán cien años del nacimiento de Jorge Negrete. Concretamente el 30 de noviembre. A mí me parece una efeméride digna de celebrar con la mayor euforia y por todo lo alto, con la misma alegría e intensidad con que se celebran el nacimiento de Cervantes o el fallecimiento de Hitler.
Así que dedico a su memoria con todo cariño este texto, porque sus 100 años de vida me parecen un acontecimiento crucial para mí y para muchos más… y porque -como él decía-, “me siento suficiente pa cantarlo por aquí”.
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January 19th, 2011 Migoya

Cuando hace unos años empecé a preparar el rodaje de ¡Soy un pelele!, mi primer deseo fue contactar con Augusto Algueró para ofrecerle que fuera el compositor de la banda sonora. Inicié gestiones para localizarle, pero ya entonces, gracias a Luis Ivars, quien amablemente ejerció de intermediario, el hijo de Algueró nos informó de que el maestro se encontraba retirado y con graves dolencias, es decir, inmerso en un estado de salud muy deteriorado y precario.
Desde entonces, hace de esto cuatro años al menos, inconscientemente me esperaba que don Algueró falleciera sin provocar un gran ruido en los medios alternativos o afines a mi hábitat artístico. Existe en mi generación (en su élite cultural, ciertamente) un pudor exacerbado hacia la cultura geográficamente propia (digo geográficamente en tanto en cuanto, gracias al imperialismo estadounidense y su tecnología, toda la cultura mundial ya es “propia”): muy pocos artistas/comunicadores de mi edad admiten ver, leer o escuchar nada que sea español y/o no tenga raíces anglosajonas (o sea: si escuchan un grupo español, tiene que ser un grupo que tenga raíces rockeras). El pudor ya alcanza límites estratosféricos cuando se refiere a la música melódica de los años 60 y 70. Sobre este complejo (que quizá sea miopía mía o sobredimensión provocada por un complejo propio) y el esnobismo del cultureta español paradójicamente colonizado trataré otro día: mientras, piensen en lo idiota que resulta ir de enterado porque tienes metido en tu I-pod al Manolo Escobar de Bollywood;cuando el día que aquí se muera Súper Manolo, todos esos modernos de postal callarán como putas.
No soy un gran fan del rock de los 70, antes al contrario, pero sin embargo la música melódica española -con acompañamiento orquestal- de esa década me fascina. Creo que es debido a una razón suprarracional, dado que me retrotrae a un estado primigenio de placidez: me traslada a momentos… mejor dicho, a SENSACIONES de la infancia, a cuando uno escuchaba algo sin necesidad de juzgarlo u opinar, sólo absorbía: en cualquier caso, me cautiva. Y una de mis mayores sorpresas durante mi estadía en el Perú fue comprobar que allí existe mucho mayor consumo, culto y respeto hacia esa música melódica española de los que ¿goza? en nuestro país. Cómo no.
El barcelonés Augusto Algueró, aparte de ser el desvirgador oficial de la deliciosa jovencita Carmen Sevilla (lo cual reviste más mérito de lo que parece a primera vista), fue uno de los músicos y compositores pop más importantes de la segunda mitad del siglo XX español. Para mí, junto a Manuel Alejandro y Juan Carlos Calderón, conforma la Sagrada Trinidad de la música melódica española. De Algueró son la Tómbola de Marisol; el Te quiero, te quiero de Nino Bravo; o el Gracias de Antonio Machín.
Durante la pasada década, escuché sin cesar este precioso recopilatorio de sus mejores instrumentales (ahí está su portentoso Mi gran amor), rescatado por el valioso sello “indie” (manda cojones) Rama Lama, pero hace un tiempo ya que no encuentro el cedé en casa. Creo recordar que se lo presté a Refree, el artista que terminaría componiendo la banda sonora de ¡Soy un pelele!
¡Seguro que se lo ha quedado!
Lo cual no deja de tener su gracia y su justicia histórica.
Gracias, don Algueró, “por haberme comprendido”…
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January 6th, 2010 Migoya

“Bebo tequila en mi jarro para que me sepa a barro”.
El charro mexicano, de Esperón-Cortázar
Para que no me acusen de que peco de corporativista, de cara a estos Reyes (o post-Reyes, que me ha pillado el camello… digo el toro en bragas), me gustaría recomendar Save our souls (Apa Apa Cómics), la nueva novela gráfica de Felipe Almendros.
Sí, Almendros ha sido autor de Ediciones Glénat, con aquel excelente Pony Boy, (o qué pasaría si a Gus Van Sant le diera por rodar Elephant en el barrio más deprimido de Badalona). Pues con este Save our souls se ha convertido directamente en el Chester Brown español (y que conste que Chester Brown para mí es el más grande genio del cómic independiente norteamericano de los últimos 30 años, o sea, no es Jeffrey Brown). Así que, efectivamente, creo con total sinceridad que no publicar esta nueva obra de Felipe Almendros ha sido el mayor error editorial que ha cometido Glénat este 2009 recién enterrado.
No estoy a la altura de analizar la ruptura iconoclasta de Save our souls. El único equivalente cinematográfico que se me ocurre es el Julien Donkey-Boy de Harmony Korine, un filme absolutamente perturbador y absolutamente incomprendido en su momento (recuerdo cómo durante el pase de prensa muchos críticos se iban a mitad de película, asqueados, sin entender nada: en el fondo, cuanto más mediocre la obra, más tranquilos se sienten). De hecho, creo que Korine y Almendros albergan bastantes puntos de conexión en sus obsesiones y sensibilidades.
Digamos que, en Save our souls, Almendros toma los rudimentos del medio (un trazo absolutamente autista, de niño idiota) para desplegar una riqueza expresiva fabulosa: es como si hiciera 3D a todo color con sombras chinescas. ¡Pues lo consigue!
Para mí, Save our souls no pertenece al género autobiográfico ni al de viajes, pese a que narre la historia de la estadía (absolutamente contra su voluntad: primera transgresión para con la crónica de viajes tradicional) del paranoico autor en una ciudad mexicana. Quien a partir de ahí pisará territorio inexplorado es el lector: pero no el territorio físico del país americano, sino el mucho más terrorífico, inesperado y marciano del cerebro del artista. Olvidad los tópicos: para Almendros, viajar es un tormento… y, pese al título, aquí no hay redención ni mensaje confortador al pasar la última página. En su Gulag particular, el autor se explaya argumentalmente sobre la ordalía que comporta acarrear un alma hipersensible… mientras demuestra de facto dicha hipersensibilidad al socaire de un dibujo que no respeta marcos de viñetas ni dignidades humanas.
Me he reído muchísimo (a carcajadas) y he aprendido mucho como autor leyendo Save our souls.
Me parece una obra que está fuera de modas, de pretenciosidades y de ruidos de fondo, entre otras razones, porque la cabeza de Felipe Almendros vive en otro planeta. Y, al mismo tiempo, sus fantasmas, fobias y fetiches son una ampliación de nuestros campos de batalla cotidianos. Esa frescura y honestidad preservarán y potenciarán las virtudes de esta obra conforme pase el tiempo.
No os la perdáis.
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September 3rd, 2009 Migoya

Siempre termino escribiendo de Morten Harket.
Mi trío homoerótico dilecto: Si Benoît Magimel (otro día hablo de él) podría ser un ceñudo héroe ateniense y Cristiano Ronaldo un escultural semidiós de la antigua Roma, Morten parece encarnar una auténtica divinidad nórdica nacida de Thor y de una loba esteparia. Y si sus rasgos son casi sobrenaturales, incluso repulsivos en su perfección, su voz resulta irreversiblemente celestial.
Si tuviera que salvar un solo CD de la década pasada para oír el resto de mi vida, escogería sin dudarlo su Wild Seed de 1995. Su voz en Brodsky Tune, canción que he adorado más de una década, es una experiencia sonora única y sobrecogedora.

Harket se ha mantenido activo, en solitario y con su grupo a-ha. La banda noruega revivió está década y ha grabado trabajos mejores y más sólidos que los que lanzó en los 80. Para mi gusto, Lifelines (2002) es su mejor CD, y la canción que le da título su mejor sencillo hasta la fecha, un sensorial recorrido que provoca una elevación espiritual con parangón a la de un viaje astral. Buena música para abandonar este mundo.
Sus trabajos individuales muestran una faceta mística que se agradece por no impostada: el año pasado grabó otro CD, del que destaca un bonito tema que él no escribió, Movies, y que también protagoniza este bonito anuncio.

No es Jerónimo el Apache: es Morten con 20 años. ¡Qué feo!
Por desgracia -o por fortuna-, el legado de Morten y los suyos (Magne, el hermano rubio y sensible de David Hasselhoff; y Pal, gran, grandísimo compositor pop) sólo ha influido en grupos de tercera categoría como Coldplay, esos especialistas en V.V. (”Virilidad Vegetariana”) cuya música y actitud en las fotos promocionales les equipara en personalidad y carisma a Maná y otros embaucadores de sentimentaloide postín.
Ahora, a-ha sacan nueva obra: Foot of the Mountain. A la tercera escucha, me ha parecido innecesariamente revivalista, recuperando un sonido ochentero que algunas canciones no necesitaban. Empero, la que más me gusta y cierra el álbum, exhala un toque Alphaville bien chulo: Start the Simulator.

A su lado, todos somos ratas.
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August 26th, 2009 Migoya
“Ella es una loca, loca perdida… él se aparece en fuego y policromías”. Psicofonías, de Gloria Trevi

Ésta es mi canción favorita del año.
Gloria Trevi fue en los 90 una de mis fijaciones onanistas. Creo que es uno de los animales más sexys que he visto nunca retratado ante una cámara.
No la había oído cantar hasta ahora, pero esta melodía monicanaranjoniana me tiene pegajoso perdido.
“Los muertos nos hablan… algunos nos aman”. Con frases cómo ésta, el pop tiene garantizada la vida eterna.
¡No vuelvas nunca a la cárcel, Gloria!

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August 21st, 2009 Migoya

Pues sí.
A mí es que lo de la poesía como que me parece un género muy menor.
Así que, requerido por mi amiga Nuria Swan, consentí en escribirle algunas letras en inglés para los temas house que graba junto a su amiga Patrizze. Parece que una de las canciones (¿se dice canciones en el mundo house? Esto… uno de los “cortes”), titulada I’m gonna forget you, se ha editado y empieza a pegar en los circuitos “afines” a su modalidad. La cosa me hace muchísima gracia: me encanta saber que miles de jóvenes drogados van a divertirse y sacudirse al ritmo de frases escritas por mí, sobredimensionadas en sus mentes groguis. Desde luego, es más original ser letrista house que DJ rockero.

Nuria y Patrizze son las nuevas Baccara del discotequeo patrio.
Nuria (Núria para los amigos) es además una currante nata de los escenarios, capaz de irse sola al “Pachá” de San Petersburgo (o lo que tengan allí) a cantar su repertorio… Se ha pateado medio continente con su voz.

Esta portada corresponde al otro tema que les he escrito, How Can I. Aquí tenéis su página oficial en myspace con las grabaciones.
Las fotos son de Fransu.
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