“DOÑA BÁRBARA”: CULEBRÓN DE NOBLE CUNA

May 23rd, 2011 Migoya

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“-Sí. (Soy) cada uno de los hombres, todos aborrecibles para ti; pero, representándotelos, uno a uno, yo te hago amarlos, a todos a pesar tuyo.

Ella concluyó rugiente:

-Pero yo los destruiré a todos en ti”.

Doña Bárbara de Rómulo Gallegos

Encaro con Doña Bárbara la segunda novela que leo de su autor, después del comentario dedicado a la anterior La trepadora. Es Doña Bárbara, al parecer, la novela más popular de la literatura venezolana de la primera mitad del siglo XX, y una de las más conocidas en toda Latinoamérica.

Se publicó en Barcelona en 1929 (creo que en edición costeada por el propio autor) y fue merecedora del premio Mejor Libro del Mes otorgado en España en septiembre de ese año. Estamos, pues, ante otro ejemplo de obra beneficiada por su publicación en el mercado “mainstream” del mundo hispanoparlante, como luego ocurriría con el “boom” latinoamericano en los años 60, también orquestado desde Barcelona. (Estas cuestiones de coyuntura post-colonial son relevantes pero continuamente ignoradas desde España: no nos damos cuenta de que nuestra industria es una referencia para Latinoamérica, como la estadounidense lo es para nosotros -y para ellos también-).

Doña Bárbara se podría definir como un excelente folletín, un folletín construido con material noble, donde vuelve a destacar la prosa exuberante de Gallegos. Argumentalmente, se puede ver como un western y también como un melodrama: el joven y civilizado Santos Luzardo regresa a su hato (hacienda) en el llano venezolano para poner freno a los abusos y atropellos que la cacica Doña Bárbara comete en la salvaje región, pero tiene que cuidarse de no caer él mismo presa de las dotes de seducción (dicen que sobrenaturales) de la Doña y del instinto de bestia que desata la ruda vida de la propia sabana.

La importancia de Doña Bárbara, a mi parecer, estriba sobre todo en que establece un arquetipo excelente y perdurable de la “devoradora de hombres” (que atrae y destruye sin remisión a todo varón), arquetipo que pronto trasciende las fronteras venezolanas para extenderse por toda Latinoamérica, siendo inmortalizado para la gran pantalla, ya en los años 40, por la mexicana María Félix y extendiendo su influencia como un modelo perdurable en toda la cultura latinoamericana (imposible no ver a Doña Bárbara en canciones como la desgarrada María la Bandida del maestro José Alfredo Jiménez, dedicada precisamente a la Félix en esta versión interpretada por Lola Beltrán).

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María Félix, la Doña Bárbara más universal.

Doña Bárbara no me parece, sin embargo, una novela magistral. Primero, por ausencia de ambición o visión: las formas son las de un folletín decimonónico, con personajes bien trazados pero de acciones y actitudes algo alambicadas, y construidos al servicio de un modelo excesivamente tradicional de literatura, ya oxidado en su propio tiempo (tomado el folletín decimonónico como “gran” literatura sin necesidad de innovación o revisión personal… y no como vehículo meramente escapista, en cuyo terreno esta novela funciona a la perfección).

Asimismo, la carpintería de Doña Bárbara, pese a la calidad de su material, no es medida ni reposada: funciona por acumulación de hechos y descripciones, algunos reiterativos, de manera que ciertos capítulos podrían eliminarse sin que el conjunto se resintiera. También fallan escenas que en teoría debieran haber sido emocionalmente fuertes, como cuando llega en la trama el tan esperado momento en que Santos Luzardo y Doña Bárbara se encuentran por primera vez: la expectativa del lector resulta frustrada debido a que el autor “olvida” reflejar la impresión que en el protagonista cause la presencia de la mujer; parece que Gallegos no considera importante para Luzardo (ni para el lector) dicho momento, cuando todos estamos esperando que el “héroe” quede traumatizado, para bien o para mal, por el descubrimiento físico de la Doña. En ese sentido, no tiene lógica el desentendimiento de escritor y personaje para con un suspense construido previamente a lo largo de varios capítulos.

Por último, hay personajes que no juegan ningún papel trascendente cuando por lógica dramática deberían: como Lorenzo Barquero, hombre “devorado” por Doña Bárbara cuyo ejemplo el protagonista debe intentar no seguir a toda costa, y que cumple al principio un rol importante como antimodelo de comportamiento y para presentar a su hija Marisela (tercer vértice del triángulo amoroso establecido en el drama), pero que deja de ser relevante cuando al autor le interesa, todo y cuando su presencia en la hacienda de Santos Luzardo reclama a gritos un peso y una evolución del personaje que no se da, así como sí se procede cuando interesa “folletinescamente” a una involución arbitraria de su carácter… Esa arbitrariedad de movimientos de los personajes es demasiado evidente.

Abundan, por el contrario, pasajes melodramáticos excelentes (el origen de Doña Bárbara) y también sublimes descripciones de la vida del llanero, así como de la llamada de la agreste naturaleza (espeluznante el párrafo de la muerte de la novilla en el “tremedal” -arenas movedizas-, arrastrada por una culebra).

El planteamiento teórico detrás de Doña Bárbara, desde el mismo nombre de la villana, es un más que evidente enfrentamiento entre civilización y barbarie. La visión de Gallegos se destila sumamente conservadora, identificando naturaleza con caos, aunque también con vida libre para los instintos; y civilización con pulimento de virtudes y garantía de supervivencia. Un símbolo de civilización para el protagonista y también para el autor es el tendido de una cerca que limite con claridad la propiedad privada, así como el establecimiento de leyes que destierren la corrupción, tan tradicional en los países en vías de desarrollo (o supuestamente desarrollados, como España).

Así pues, se trata de una novela que me parece decepcionante en lo que se refiere a su formulación artística, tanto desde un punto de vista contextualizado como frente a los ojos de un lector occidental de hoy que pretenda descubrir “nuevos modos” en clásicos que mi generación no suele leer en España (en ese sentido, La trepadora me parecía más interesante, pues no caía en los vicios folletinescos hasta su tercer y último acto); pero en cuanto al uso del lenguaje y la calidad narrativa, Gallegos sigue descollando como un escritor inmenso, excepcional.

Queda, eso sí, un molde perfecto para producir a destajo innumerables adaptaciones a seriales televisivos, perpetuando un modelo inequívoco de la mitología popular latinoamericana.

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La última de las abundantes adaptaciones telenoveleras.



EL SALCHICHEN WESTERN

April 4th, 2011 Migoya

“La ley de los blancos dice ojo por ojo. Mokaschi dice: cincuenta vidas por la vida de su hijo”. La ley del jefe indio Mokaschi en El asalto de los apaches, de Harald Philipp

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Hacía años que deseaba ver alguna de las extrañas películas alemanas basadas en la no menos extraña obra western del escritor teutón Karl May, a quien había leído de niño (y que estoy releyendo ahora), así que cual no sería mi sorpresa al encontrarme en la sección de venta de dvd de autor del Cine Verdi de Barcelona nada menos que ¡diez de esas películas! Las compré todas (a 4′95 euros el título, editados en España por Sherlock Films dentro de la denominada Colección Apache) y las he visto a razón de… digamos que muy seguidas y en alemán, excepto la última (que no disponía de subtítulos en castellano).

La premisa de esta serie del Oeste se basa preeminentemente -con pocas variaciones- en los intentos de convivencia pacífica entre blancos e indios durante la colonización de los Estados Unidos, con clara inclinación de la balanza hacia la buena voluntad de estos últimos, siempre forzados o inducidos con engaño a la violencia por alguna banda de forajidos indeseables: si en la saga del Tarzán de los Monos de Johnny Weissmüller no podía faltar el clásico momentazo hombre vs. cocodrilo, en la de Old Satterhand/Winnetou abundan las masacres de granjeros perpetradas por bandidos blancos que dejan falsas pistas para achacar el asalto a los pieles rojas.

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Old Shatterhand es un cazador y trampero al que jamás vemos cazar ni trampear, pero cuyo honesto corazón le lleva a ejercer de guía para colonos honrados o de intermediario con indios moscas; es también hermano de sangre de Winnetou, jefe del noble (por seguir la retórica de la saga…) pueblo Apache, un auténtico humanista y pionero del pacifismo, que nunca se sabe a qué se dedica aparte de ayudar con admirable afán a cualquier persona en apuros. Shatterhand es siempre encarnado por un hierático pero agradable Lex Barker (el primer marido de nuestra catalana universal Tita Cervera): el ex 2º Tarzán en popularidad aportaba unidimensionalidad y empaque a este héroe inmaculado; por su parte, el francés Pierre Brice le daba savoir faire y finura al metomentodo de su Winnetou, transmitiendo algo así como un aire homo-zen a este personaje realmente fundamental, aunque casi nunca principal, de la serie.

En algunas de las películas Winnetou le pone los cuernos a Old Shatterhand con otros hombres blancos, aunque las características elementales del partenaire sean siempre las mismas: un viejo trampero célebre en todo el Oeste por lo certero de su rifle y su respeto a los indios. Así, tres de los largometrajes están protagonizados nada menos que por Stewart Granger (en el papel de Old Surehand) y otro más por un algo decrépito Rod Cameron (en el papel de Old Firehand) pero, aunque cada actor lleve su rol a su propio terreno, los tres Old son prácticamente la misma cosa. Eso sí, Winnetou es siempre Pierre Brice.

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Las diez películas que conforman el ciclo de Winnetou del período 1962-68 (junto a Winnetou 3, inexplicablemente no incluida en la Colección Apache y que por tanto no he podido ver) están en general muy bien dirigidas y casi todas atesoran algún aliciente particular, aunque se intercambien actores de un filme a otro, encarnando sin complejo personajes distintos.

-El tesoro del lago de plata (Der Schatz im Silversee, 1962) de Harald Reinl: el debut de la saga -y la película más taquillera ese año en Alemania- es una desconcertante sinfonía de azules y verdes intensísimos (no en vano está rodado en Yugoslavia), donde las estampas de apaches de torso desnudo y ajustados taparrabos correteando por apacibles colinas dignas de Heidi conforman ya uno de los panoramas extraterrestres más sugerentes de la historia del cine. El filme es épico y pastoril a un tiempo y contiene imágenes hermosísimas, especialmente las localizadas en el lago de marras. Y Herbert Lom (el jefe del Inspector Closeau) compone un villano memorable aunque se le note el caballo mecánico cuando va al galope. Como dato añadido, es la primera y única vez que Lex Barker aparece con una interesante barba. Hay en este filme de factura clásica tanto de la tradición western como de la aventurera, gracias sobre todo a la omnipresencia de unos impactantes exteriores, fundamentales por ejemplo en la fabulosa y espectacular secuencia del asalto al rancho-fortín. Como Verne, parece que a May le agradaba también cargar las tintas en los personajes secundarios, de natural estrafalarios y descaradamente encargados de proporcionar alivios cómicos. Aquí destacan dos: el trampero de abrigo a parches y cabellera arrancada Sam Hawkens; y el caprichoso aristócrata inglés de aficiones coleccionistas e involuntaria audacia, Lord Castlepool (ambos serían interpretados en éste y otros títulos sucesivos, con alguna excepción en la que sus personajes cambiarían de nombre pero no de función, por los eficaces Ralf Wolter y Eddi Arent, respectivamente). También se instauraría la empalagosa -y exitosa- melodía de ritmo mulero de Martin Boettcher como hilo identificativo de la rama “oficial” Barker-Brice.

-Furia apache (Winnetou - 1. Teil, 1963) de Harald Reinl: cronológicamente, la primera aventura de Winnetou y Old Shatterhand (el filme narra cómo se conocen), en la que su director sigue la línea de la anterior y preña de paisajes bucólicos la acción, algo más desatada. Así, se nos ofrece un espectacular asalto a un pueblo, con una locomotora haciendo las veces de ariete; y una estupenda caza al hombre (en este caso a Lex Barker) en canoa por parte de los indios en “mode” belicoso. Lord Castlepool es sustituido en esta ocasión por el periodista británico Lord Tuff Tuff, cumpliendo su mismo cometido humorístico e igual de finolis; y sale también la primera versión de la hermana de Winnetou, de sugerente nombre, Nscho-tschi, de la que se prenda el héroe blanco. Pero quien destaca de veras es un luckylukiano Mario Adorf en la piel de un espléndido villano de elegante lazo al cuello, quien además protagoniza una de las muertes más chulas que he visto nunca para un malo.

-La última batalla de los apaches (Old Shatterhand, 1964) de Hugo Fregonese: mucho más “sucia” de fotografía y realización, es probable que esta película no agrade en demasía a los puristas de la saga, por contravenir el estilo cromático y clasicista de las dos primeras entregas. Obviamente, el director es otro y, además, se empiezan a advertir los primeros estilemas del crudo spaghetti western (Por un puñado de dólares es del mismo año) . Sin embargo, yo creo que la diversión no decae en esta aventura. Dos particularidades a resaltar: 1) Incluye una muerte infantil absolutamente cruel y, para los ojos de hoy, inesperada; y 2) Incluye también una escena de desnudo integral -de lejos, pero bien frontal: su nítido vello púbico así lo certifica- de la moza israelí Daliah Lavi, bañándose como Dios la trajo al mundo en un ubicuo lago. Sorprendente para 1964. ¿Será porque el director era argentino y envidiaba las películas de Isabel Sarli?

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La impresionante modelo Daliah Lavi, desnuda por exigencias del director.

-La carabina de plata (Winnetou - 2. Teil, 1964), de Harald Reinl: menos espectacular que en sus dos primeras aportaciones, Reinl logra sin embargo mantener bien alto el pabellón del entretenimiento. Hay dos novedades interesantes en el reparto de secundarios: un ya viciosísimo Klaus Kinski dándolo todo como lugarteniente de los bandidos, cruel y remolón; y Mario Girotti antes de convertirse en Terence Hill, en el primero de los cuatro papeles distintos que interpretaría dentro de esta misma saga.

-Los buitres (Unter Geiern, 1964), de Alfred Vohrer: en general, la trilogía Old Surehand de Stewart Granger es poco apreciada por el aficionado, pero a mí me ha gustado considerablemente. Sí, la saga pierde mucha entidad al pasar de la majestuosidad paisajística y apacible de los primeros títulos a un western más clásico y modesto, con héroe algo autoparódico (Granger podría ser a Barker lo que Roger Moore a Sean Connery: no en cuanto a talento actoral, sino en lo que ambos aportaron de descreimiento a la ortodoxia del rol heroico). Indiscutiblemente, Granger sabe cómo transmitir simpatía, coraje y charme… británico. Y su profesionalidad siempre se agradece. Un ejemplo: en Los buitres asistimos a una secuencia en la que Winnetou está explicando algo, sentado sobre su caballo inmóvil, mientras Old Surehand le escucha de pie y de espaldas al espectador: de repente, la montura de Pierre Brice se encabrita levemente, comenzando a alejarse de Granger; éste, de la manera más integrada y experta, reacciona aferrando la brida del caballo y devolviéndolo casi inadvertidamente -para el espectador- a posición dentro de cuadro, para que Brice pueda terminar su parlamento sin interrumpirse y no se arruine la toma… todo ello, llevado a cabo sin aspavientos ni llamar la atención. La naturalidad de Granger para detalles como éste son de los que yo agradezco muchísimo como espectador: son ráfagas de vida real dentro de la representación. Creo que Stewart Granger merece un mayor reconocimiento al esfuerzo que puso por hacer latir un personaje de cartón piedra. Pero es que la película -que por cierto, gana en mi recuerdo- guarda muchas otras bazas: para mí supuso una revelación el “galán” de la cinta, el berlinés Goetz George, quien llena la pantalla con su energía y dinamismo (memorable su entrada en la guarida de los bandidos); igualmente, el austríaco Sieghardt Rupp está que se sale como villano, con un look pre-Daniel Day Lewis en Pozos de ambición que volvería loco de gusto a Tarantino. El alivio cómico de toda la trilogía, Paddy Fox, funciona de manera más desigual. Una peli, en definitiva, con más espíritu de serie B que todas las de Lex Barker, pero, quizá por eso mismo, sumamente divertida.

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Stewart Granger supo cargar el rifle mejor que ningún otro Old.

-El asalto de los apaches (Der Ölprinz, 1965), de Harald Philipp: igual de divertida que la anterior y algo más osada de dirección, el tal Philipp comienza fuerte, superponiendo sus villanos contra alucinógenas explosiones petrolíferas. En esta secuela, además, hay sicario mudo lanzador de cuchillos (eso siempre mola: para qué vas a hablar si puedes arrojar una daga y dar siempre en el blanco) y un impresionante asalto indio con tiro masivo de flechas encendidas que es una maravilla visual. Harald Leipnitz compone su primer villano (hizo dos) para la saga, siempre fantásticamente repulsivo. Los secundarios (en general, un aspecto muy cuidado de la serie) despiden una calidez que no tienen los personajes principales (algo también común a toda la serie). Y a Terence Hill le meten un viaje desde la galería de un primer piso hasta el suelo del Saloon que es verlo para creerlo. Sin embargo, Stewart Granger no está tan festivo y guasón como en Los buitres. ¿Tendría complejo de bufón?

-Winnetou - 3. Teil (1965), de Harald Reinl: no incluida en la colección.

-El justiciero de Kansas (Old Surehand, 1965), de Alfred Vohrer: seguramente la más rutinaria de las tres películas protagonizadas por Stewart Granger, aunque comienza con un potente asalto al tren y la ambientación de la ciudad protagonista resulta muy interesante. Pero el guión ya empieza a derivar sin ganas en la rutina de “indio-engañado-que-cree-que-los-colonos-han-matado-a-su-hijo” y viceversa. Parecía que iba a ser la primera entrega de una trilogía sobre Old Surehand, pero falló en taquilla, así que Granger nunca más volvió al universo de Karl May. 

-El día más largo de Kansas City (Winnetou und das Halbblut Apanatschi, 1966), de Harald Philipp: para mí, comienza aquí la decadencia irreparable de la saga, aunque Philipp sea el director más sorprendente de la misma (véase si no este otro macanudo comienzo con psicodélicas sobreimpresiones de un águila atacando a un niño para defender su nido). La clave del declive está en la ineficacia a la hora de encontrar elementos que renueven el interés por los personajes y las tramas, que no saben moverse de dos o tres situaciones estereotípicas. Esta película sigue siendo mínimamente entretenida, pero el guión no se esfuerza por hallar ningún elemento innovador, antes simplifica hasta la náusea un esquema sobreexplotado: partiendo de unos personajes y una premisa interesante (la inesperada traición de los amigos íntimos de una familia al averiguar que ésta esconde un tesoro), se opta una vez más por enquistar la estructura del filme en un sempiterno juego del gato y el ratón entre bandidos y justicieros. Un sugestivo Mihail Baloh repite como villano y Goetz George vuelve a sorprender por su vitalidad.

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-Hombres desesperados (Winnetou und sein Freund Old Firehand, 1966), de Alfred Vohrer: la película que más se aleja del espíritu original de la saga. Otra situación única alargada (el asedio de un pueblo por parte de unos bandidos facinerosos), esta vez sin el subterfugio de la caza de un tesoro, sino por una motivación meramente vengativa: mejor simplificar e ir a lo importante aquí, que son los tiros. Por primera y única vez, los mexicanos son mayoría, dado que Winnetou y Old Firehand defienden un pueblo de humildes campesinos centroamericanos a lo siete magníficos. También por primera y única vez, Rod Cameron ejerce de protagonista: Cameron es el George Lazenby de esta serie. A mí su planta de abuelo cachondo republicano me provoca mucha dentera. La peli se deja ver -reitero que a mi parecer no hay un solo título en toda la serie que esté mal dirigido- y se desmarca de las demás por la estridente y moderna música de Peter Thomas, quien insufla aires -y vientos- de agresiva banda sixtie a la formalita y romanticona banda sonora de los anteriores episodios. Lo mejor en el capítulo de personajes, con diferencia, es el divertido esloveno Miha Baloh haciendo del traicionero capitán Luis Sánchez Quilvera.

-El valle de los héroes/Winnetou en el Valle de la Muerte (Winnetou und Satterhand im Tal der Toten, 1968), de Harald Reinl: la peor entrega de Lex Barker y del realizador Harald Reinl. De nuevo el guión se conforma con reiterar de manera ya esquemática los tópicos del tesoro escondido y la subsiguiente cruzada de los malosos por arrancarle a los buenos su ubicación. Karin Dor tripite como protagonista femenina (cada vez con un papel diferente) y a Winnetou se le ve ya un poco cansado y con moreno de Ibiza. No hay secuencias espectaculares (el accidentado cruce por un Valle de la Muerte infestado de serpientes y las víctimas revolcándose con culebrillas enroscadas no me parece una opción suficientemente satisfactoria) y nadie hace ningún esfuerzo por salir de la rutina, excepto el músico Boettcher, quien aporta una variante a su archiconocida melodía oficial -sin alejarse mucho tampoco del tono identificativo marca de la casa-. Sería un colofón triste para una serie ya hastiada de sí misma.

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“EL CARTEL DE LOS SAPOS 2 - LA GUERRA TOTAL”: ¡NO QUEDA VIVO NI EL CABO!

February 14th, 2011 Migoya

“Yo no nací el día que repartieron el miedo”. El Cabo en El Cartel de los Sapos 2

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Aproximadamente 2.000 minutos de ficción (¡casi un día y medio!) es lo que dura la segunda temporada de El cartel de los sapos 2, con diferencia mi serie favorita actual, que ya se puede ver completa, pero accidentadamente -cada capítulo dura lo que le viene en gana y a menudo se repiten 5 minutos de secuencias ya emitidas- en la propia web de su productora.

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Si de la primera temporada comentaba hace casi dos años su violenta crudeza y lo fielmente que reflejaba el reinado del narcotráfico en la Colombia de estas dos últimas décadas, con El Cartel 2 me reafirmo en tres importantes rasgos que convierten su visionado en una gozada:

1)  La falsedad absoluta del rótulo con que da inicio cada capítulo: “Ésta es una obra de ficción. Los personajes y situaciones que en ella se presentan son igualmente ficticios”. Se trata, en realidad, de un ardid para no soliviantar, imagino, el dedo gatillero de los personajes reales (los que queden vivos) y también para evitar demandas.

2) Un guión que consigue enganchar en todo momento, hilvanando con habilidad y astucia el devenir de un porrón de personajes repartidos entre Nueva York, Miami, México y Colombia.

3)  La ausencia total de lección moral, que tanto la aleja de cualquier aproximación anglosajona al subgénero de mafias.  Olvídense de las parrafadas reconfortantes de las series estadounidenses: aquí no hay tiempo para llegar a conclusiones espirituales, los muertos se amontonan demasiado rápido para dar un respiro… y hasta las menores son conminadas por la DEA a acostarse con narcos con tal de echarles el guante.

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Esta segunda temporada presenta varias novedades con respecto a la primera:

1) El narrador-protagonista no es Fresita, el narco redimido encarnado por el guapo Manolo Cardona (éste se encontraba en España grabando capítulos de la versión “decaf” de Sin tetas no hay paraíso), así que le sustituye en esas labores Pepe Cadena (Diego Cadavid), un “traqueto” abiertamente antipático y rufián en la primera entrega, que aquí se gana rápido la simpatía del espectador.

2)  Sin la figura de un “galán” protagonista, la serie se recrudece en su descripción del entramado delincuencial y se concentra en las peripecias “profesionales” de sus antihéroes, con apenas espacio para el melodrama tan del gusto latinoamericano. Además, esta vez también se nos permite echar una morbosa ojeada al “panorama” narco de México.

3) ¡Por fin aparece un policía colombiano honrado!

Dado que en la primera temporada, casi todos sus personajes la palmaron, la cuota de personajes nuevos en esta segunda es sustancial, casi interminable.  Vayamos con los principales y con mis preferidos:

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Pepe Cadena, el malcarado hermanito del Clan Cadena, es ahora el narrador-vínculo de todos los hechos mostrados: sus escenas introductorias “transcurren” durante su encierro en una cárcel estadounidense y son un dechado de creatividad (hasta aparece en plano haciendo “el dos” -o sea, cagando- mientras sostiene una toalla para ocultar sus “partes”). El actor que le encarna, Diego Caravid, maniobra astutamente para que ahora su personaje caiga bien, añadiendo payasada, improvisación y descaro, y compensa con mucho talento interpretativo su falta de glamour (podría ser el tercer hermano de Estopa). Muy meritoria su evolución consciente.

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Milton Jiménez “El Cabo” es sin duda el alma de esta serie: y ello es mérito exclusivo de Robinson Díaz, el actor que le da vida. Su caracterización resulta espeluznante en cada una de sus escenas y un paradigma de cómo el villano, por más abyecta e inhumana que sea su conducta, puede terminar monopolizando las querencias del público: nadie desea que El Cabo muera, porque inconscientemente uno sabe que, muerto él, la serie agonizaría.

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Personalmente, además, me perturba enormemente el parecido de Robinson con mi propio padre. Mismos ojos y mismas ojeras, oigan. (Mi abuelo era un Migoya bastardo, así que igual procedemos todos de la rama Díaz.)

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Aquí está clavado a mi papá cuando me obligaba a obedecerle…

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El que yo creyera narco sexagenario (en realidad afirma, en una secuencia, tener ¡43 años!), rival a muerte de El Cabito, el bulldogiano Don Mario es quizás el personaje más desamparado de esta temporada. Santiago Moure no tiene gran oportunidad de lucirse en esta ocasión, ya que el guión abusa de su registro malhumorado. Pese a todo, también le llega su momento de redimirse y mostrar su lado, ejem, humano…

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La cara amable de El Cartel 2: fácilmente, el cariño del espectador se focalizará por completo hacia Antenas, el as de la informática que desea salirse de sus implicaciones con los narcos, poniendo en peligro la vida de su ex esposa y su hijo en el proceso, además de la suya propia. Asombrosa la interpretación de John Álex Toro: su humana vulnerabilidad y el tierno humor que transmite sin los aspavientos típicos del código telenovelero son notables. Por cierto, el actor parece salido de una comedia española, en una encarnación más del españolito poquita cosa: en su caso, físicamente es una mezcla de José Mota y David Civera.

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Caliche es un diablo sin escrúpulos: jefe de Antenas, al que hará la vida imposible, y uno de los nuevos narcos que se incorporan a esta asombrosa crónica del crimen. Fabulosamente interpretado por Charlie Echavarría, también resultará un personaje cercano al espectador español, debido al parecido físico del actor con Karra Elejalde… y a que habla idéntico a Andrés Pajares. Comparen con el actor español.

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Aunque lleva un horrible peinado que la hace parecer la hermana “retarded” de Jennifer Garner, el personaje de Larissa, la esposa embarazada de Caliche que interpreta Paula Barreto, confiere un poco de clase al universo de energúmenos en el que se nos sumerge de corrido y, con su “savoir faire”, hasta nos convence de que está realmente preñada…

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Un madero honrado, para variar: el  Mayor Madero es un policía obsesionado con meter tras las rejas a los narcotraficantes que corrompen su país y cuenta con un brillante historial de detenciones; de ahí que le apoden “Cazanarcos”. Alejandro Martínez le insufla una voluntad de hierro y, vestido con poncho y sombrero de ala ancha en medio de la selva americana, parece una actualización de Franco Nero dando matute.

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La cara bonita que obsesiona a El Cabo es Vicky Puerta, una “wannabe” modelo que se pasa media serie aceptando sin problemas regalitos interesados de su padrino y la otra media intentando desentenderse de él al saber que puede matar a toda su familia. Básicamente, representa la zorra típica que siempre pulula en torno a estos criminales y a cualquier hombre de negocios con poder. Carolina Guerra cumple.

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El personaje principal de la “delegación anglosajona” de la serie es el cándido agente de la DEA, Sam Matthews, interpretado por el actor John Gertz. En general, los personajes estadounidenses de El Cartel de los sapos son mucho más unidimensionales y bobalicones que los autóctonos: se diría que están en otro registro dramático. Frente a la dureza de los narcos colombianos, los personajes de la DEA parecen sacados de una serie USA de acción amable de los años 70. Matthews es tan buenazo e inofensivo en todas sus intervenciones que casi acaba erigiéndose en un involuntario icono gay de la serie: ¡todos queremos adoptar a este pedazo de pan!

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Mi actriz favorita de esta temporada: con una belleza sencilla pero de mirada subyugante, Diana Hoyos consigue estar siempre en papel sin tener que recurrir a grandes estridencias ni subrayados. Su Zuly Carmona, la novia arrepentida de un narco, termina trayendo por el camino de la amargura al angelical Sam Matthews, y es fácil comprender por qué. Me pone a mí mucho su serena mirada cervatilla.

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Un secundario de oro es Ramiro Sandoval en la piel de Oliver Cardona, el enajenado narco emparejado con Zuly, a la que propina unas palizas de muy señor mío. Sandoval consigue dotar a su personaje de una magnética repugnancia, de corte similar al Hannibal Lecter de Anthony Hopkins.

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Anthony Guzmán es Peter McAllister, otro agente de la DEA que parece salido de la década de los 70: en su caso, su planta de hombretón impasible lo aproxima a un Fabio Testi en sus añorados “poliziescos”, aunque algo más metrosexual. Como le ocurre a Sam, a veces su unidimensionalidad mueve a la risa, pero uno le termina tomando afecto.

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Una de las “femme fatales” más imantadas del cine español de los 90 se recicla inteligentemente en la industria latinoamericana: Paulina Gálvez (acreditada por error como Paulina Galvis durante gran parte de la serie…) repite como Katherine, agente de la DEA y compañera inseparable de Sam Matthews. En esta ocasión cuenta con mayor protagonismo, al intentar que su compañero no se involucre románticamente con la informante Zuly… sino con ella.

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DEA guys just want to have fun…

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Tommy Vásquez es el Capitán Racines,  ex policía que ahora se subordina a las órdenes de Don Mario. Su misión: servirle como hombre destacado con sus socios del cartel mexicano. Vásquez es el aporte masculino físicamente más contundente: un maromo de mirada resoluta y convincente planta, el único macho Alfa del plantel.

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La cantante Patricia Manterola (sí, queridos, la de, uf, Que el ritmo no pare…) da vida a Andrea Negrete, la “doña” de los narcos mexicanos. Responde al tópico de mujer machota y promiscua… y no parará hasta llevarse a la cama al pobre Racines. La Manterola no es plato de mi gusto, pero hay que reconocer que como cuerpo es un buen anzuelo para justificar la masacre que sus ardores provocan.

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El marido de la Negrete es El Puma, un narco colombiano adoptado por los mexicanos que, al haber olvidado sus raíces, enerva en grado sumo a sus compatriotas. Víctor Mallarino sabe ser elegante, inconveniente y chistoso cuando conviene. Y, dios mío, cómo se parece a mi amigo el escritor peruano Rafo León.

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Junto a Antenas, Rocky es el segundo buenazo de la serie en el lado de los malosos. Juan Sebastián Aragón, además de porque también parece miembro del clan Migoya, me hace muy cercano a su personaje, merced a la calidez y bonachonería rural que le confiere. A quienes vean la serie entera les costará olvidar su sino.

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Johana es un estereotipo de chica humilde colombiana que se mete a trabajar en el empaquetado de la “merca” por necesidades económicas. Sus conflictos sexuales con los patrones, un trío de cocaleros acosadores que parecen Ketama en vivo, constituyen algunos de los momentos más interesantes de la primera mitad de esta temporada; en cambio, su amorío con el narco Rocky ya cae en cierto cliché de novela rosa, aunque -o por eso mismo- la actriz Angélica Blandón aparezca mucho más guapa (¿cambio de maquillador, nena?).

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Luis Eduardo Arango es Jhon (no es una errata), un cobrador de los narcos incapaz de romper un plato. Este entrañable personaje es, junto a Antenas, el que proporciona los mayores momentos de comicidad y ternura, pese al inquietante físico de su intérprete, quien por segundos parece Michael Jackson si nunca se hubiera despojado el maquillaje de Thriller. Un 10, en todo caso, a su labor profesional.

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El actor Esteban Franco es Piloto, uno de los dos grandes capos mexicanos de la droga, con quien El Cabo intenta hacer negocios, pero que siempre anda disperso de putero coqueado. Franco logra inyectar al personaje un perenne aire repulsivo que, junto a su carácter imprevisible y caprichoso, contribuye a ponernos de los nervios.

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El Cabito y Piloto, cuando “camellaban” juntos…

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Primo es el nuevo cómplice en las andanzas de El Cabo y su mano derecha. De talante chulesco y echao p’alante, nos sirve sobre todo para saber qué le pasa a Cabito por esa conflictiva cabeza, dado que suele utilizarle de confesor. El actor Luis Fernando Montoya está impecable en su poco agradecido cometido.

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Amparo Cadena, la malgeniada hermana de Pepe, sale poco esta temporada, pero cada vez que sale se agradece: ella es la “choni” de la serie, capaz de hacerse pasar por paralítica con tal de evitar “cana” (prisión)… una choni con pasta que allá donde va desgrana perlas verbales dignas de Belén Esteban.

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Con bastantes kilos más, Andrés Parra reincide en su papel como el verborraico narco arrepentido Anestesia, que da cobijo a Pepe Cadena durante su libertad condicional en Miami. Sea por esa obesidad que desdibuja expresiones o porque esta vez no le han designado un rol determinante en la serie, Anestesia no está tan gracioso como en la primera temporada… aunque hacia el final se nos gana de nuevo.

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Más guapa y natural que su hermana Patricia, Michelle Manterola es Lilian, una agente mexicana de la DEA que debe hacerse pasar por “prepago” (carne tierna para narcotraficantes) y así poder cazar a El Golfo, el traqueto más poderoso de México. Lástima que la emisión (imagino que en grabación y montaje sí existe la secuencia) nos escatime su encuentro con el narco, chapuza narrativa que la productora Caracol TV debería solventar en su exhibición “on line”.

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Bravucón, hortera, putero y muy desagradable, El Golfo es el máximo rival del Piloto por el control de la merca en México. Tío en la ficción del personaje interpretado por Patricia Manterola, disfruta torturando cualquier cosa que respire. El actor Guillermo Quintanilla no defrauda.

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Sin duda, el personaje más grimoso de las dos temporadas, aun con la ironía añadida de que en cada una fuera interpretado por un actor diferente, debido a la transformación quirúrgica que el narco real sufrió para pasar (en vano) inadvertido. En esta ocasión, al desalmado Pirulito le da vida Camilo Sáenz y, a juzgar por el careto real del actor, está claro que no lo ha hecho nada mal.

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Uno de los  magníficos villanos secundarios que enriquecen esta temporada: Ramón Medina Orellana es XL, un capataz y sicario mexicano que hiela la sangre con una sola mirada. El actor es capaz de conferir a su personaje una fría perfidia digna de resalto, aparentando una edad mucho mayor de la que atesora realmente. Merecía más tiempo en pantalla.

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Viña Machado es indiscutiblemente la hembra más espectacular del elenco de esta temporada: su personaje Joyce resulta absolutamente anecdótico, pero ofrece el pretexto perfecto para incluir este desnudo suyo, cortesía de la revista colombiana SoHo.

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El  pobre Buñuelo, que tan amoral quedara en El Cartel 1 matando a su amante adolescente, no tiene mucho chance de lucirse en El Cartel 2, ya que se pasa la mayor parte de esta secuela metido dentro de una prisión en Cuba. Pese a todo, Juan Carlos Arango sigue dando el do de pecho como sólido actor de carácter. Y sigue pareciendo uno de Los Chichos.

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Mónica Franco es Lucía, la juiciosa y fiel esposa de Buñuelo, que hará lo que sea para sacar a su marido de las cárceles cubanas: hasta pagarle las bacanales a un ídolo del fútbol argentino, célebre castrista, para que use su amistad con Fidel con vistas a liberar a Buñuelo (obviamente, el futbolista representado es Diego Armando Maradona, que por su salud mental esperemos no tenga mucho en común con el payaso de su alter ego en la serie).

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La actriz putón (no ella, su personaje María Luisa) que encarna Margarita Muñoz es otro ejemplo más de vedette que vende sus favores al, literalmente, mejor postor, dividiendo sus atenciones entre el narco Caliche y un político no menos violento, según quien tenga más ingresos en ese momento.

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Ulises González es Manteco, el voluminoso guardaespaldas de El Cabo. Pese a su belicoso cometido y su poca presencia (es un decir) en pantalla, interpreta uno de los personajes que pronto se ganan su espacio en el corazoncito del espectador, y su desenlace será uno de los golpes más atroces que éste experimente.

Y aún faltan individuos de lo más interesantes: el sanguinario rey de la sierra mecánica Caremotor, el voluptuoso y espeluznante Paredón, el vil agente de la DEA (alguno malo debía haber) Aquiles Verdugo, el reptiliano capataz de don Mario apodado Ovejo, el maléfico abogado Doménico (o Demónico, como le menta Anestesia) -entre otras prácticas inmorales del leguleyo, obliga a practicar sexo con él a la esposa de su cliente- o el propio insoportable hijo de El Cabo, Milton Jiménez Jr.

Pero ya es hora de que los descubráis vosotros mismos (además, no encuentro fotos que hagan honor a sus demoledoras personalidades).

Así que dadle una oportunidad a la mejor ficción colombiana, aunque mucho ojo… no se os ocurra “sapear” lo que vais a ver, si no queréis terminar alojados en varias bolsas de basura.

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“Ratón y queso, amigos son…”.



LUCHA LIBRE MADRID

December 4th, 2008 Migoya

En esta página de Glénat Ediciones, podéis leer mi crónica sobre el espectáculo de lucha libre mexicana celebrado el pasado sábado 29 de diciembre en Madrid:

http://www.edicionesglenat.es/asp/noticia.asp?pid=426

No está bien escrita, pero tiene su deje jocoso.

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Cassandro el Exótico y El Hijo del Solitario, los héroes indiscutibles de la noche.



VERSOS ALEJANDRINOS

July 24th, 2008 Migoya

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“Me interpuse en sus caminos / suavemente, / como niebla, / como lobo ante su presa / sutilmente la aceché. / Desperté pasiones negras / en el corazón de ella / y sembré la mala hierba / en el corazón de él. / Devasté su cuerpo, / me bebí su boca. / Y ahora / que prendí ya el fuego / me pierdo como las olas… / Y se amaban. / Se amaban. / Se adoraban.”

Se amaban, de Manuel Alejandro

La canción más memorable de Julio Iglesias en los últimos veinte años (bueno, veintiuno), es sin duda Que no se rompa la noche, de letra delicada como la seducción, perteneciente al álbum Un hombre solo (1987). Quizá destacaría también La carretera (1995), esa versión spaghetti-western del Everybody’s talkin’ de Harry Nilsson, y la sorprendentemente inadvertida Te voy a contar mi vida (2000), logrado pastiche del My way sinatriano y de, mejor aún, El Rey jimeneciano, mejunjado al alimón por el propio Iglesias, el fiel escudero de la canción melódica española Luis Gómez Escolar, el nuevo romanticón Estéfano y, sobre todo, el enigmático R. Draco Rosa (al parecer, geniecillo detrás del soberbio, en todos los sentidos, Sound Louded de Ricky Martin).

En resumen, probablemente haya sido Manuel Alejandro quien proporcionó a Iglesias su último, hasta la fecha, gran momento dorado. Ya en los 70, el talento del jerezano -junto al de Ana Magdalena, pseudónimo de su esposa- proveyó al madrileño alguna que otra interesante melodía, como la abrumadora retahíla kierkegaardiana Así nacemos. Alejandro ha dicho de Julio que es un tipo que todo lo canta bien. No es cierto, pero desde luego sus maneras están a años luz en clase y hondura de cualquier otro cantante hispano vivo.

 El caso es que Alejandro también compuso los mayores éxitos de Raphael y de Rocío Jurado. Y ahora, tras colaborar en el segundo trabajo de Falete, se ha embarcado en potenciar la discografía del cantante mexicano Luis Miguel (igual que también relanzó la de otro mexicano ilustre, José José). El resultado, Cómplices, pese a mis reparos eternos al talante artístico de la estrella de origen italo-español, contiene algunas perlas melódicas que conviene anotar.

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La primera mitad del CD es muy superior a la segunda: a un inicio resultón (Te desean contiene neologismos tan estimulantes como “cuando tú playeas descalza” o reiteraciones tan cautivadoramente pueriles como “…cuando cruzas tu mirada con la mía, y yo sé que tú lo sabes, porque sé que te das cuenta“) le sigue un correcto tema romántico, Dicen, con el regusto tristón marca de fábrica M. A. 

El tercer corte es el soberano: no por casualidad toma como patrón la antes mencionada joya alejandrina, Que no se rompa la noche. Pues bien, desde el mismo título, Ay, cariño no resulta de confección tan delicada en su letra, pero su cadencia y varias melodías concatenadas convencen y subyugan a cualquier oyente sin prejuicios. Una canción preciosa que seguramente está propiciando a espuertas hijos no deseados en medio mundo.

Luego, una concesión al ídolo de los conciertos: De nuevo el paraíso. Su único interés reside en presenciar el proceso de conversión de un himno a la recuperación de la libertad de escarceo en carne de baile para adolescentes suspirosas.

Pero la cosa no decae aún: Si tú te atreves es una balada de manufacturación clasicota, con una irresistible melodía punteada por un piano de lo más setentero. El texto, sobre un tipo intentando disuadir (o persuadir, no me ha quedado claro) a otra tipa de que se líen sexualmente, para evitar herir a sus respectivas parejas, también tiene su miga. Ojo a esta frase: “Es el momento: o fuera o dentro”. Más diáfano, el porno.

Amar a mares tampoco se sustrae del beneficioso influjo materno de Que no se rompa la noche. No es una canción tan bonita como Ay, cariño, pero es una bonita canción. Y no conozco a nadie capaz de seguir escribiendo, en pleno siglo XXI, versos inflamados como éstos y salir airoso apabullando de paso al personal: “Te quiero cerca para mi noche fría (…) Para morir contigo de muerte lenta (…) De mí voy a abrigarte si estás desnuda (…) Quiero estrenar contigo besos que guardo al rojo vivo (…) Y por fin habitarte con luz de luna sobre la arena”. ¡Dios! Manuel Alejandro reviste un calentón animal de seda fina. Anestesia de culpa al deseo: un “quiero follarte” lo convierte en un “Y por fin habitarte”. Es un genio.

A partir de aquí, el repertorio enfila un declive considerable: para la inútil Estrenando amor -otra excusa con que propiciar en vivo palmas enfebrecidas de manos morochas y uñas hambrientas-, Alejandro cuenta con la asistencia de compositores más curtidos en la pachanga, igual que en Tu imaginación. Entrambas, una balada algo soporífera (el título ya lo preambula: Bravo, amor, bravo), aunque su letra imposible tiene su qué.

Y la cosa ya no se recupera apenas: la titular Cómplices ni aporta belleza ni evita sopor; le sigue un clásico de Alejandro, Amor de hecho (que también revisitara Falete), donde Luismi cumple; y sólo el colofón de Se amaban (que parece narrada por el sociópata protagonista del Playlove de Miguel Ángel Martín) consigue remontar altura y despedirse con gracia merced a una letra demoledora con estribillo de aire andaluz.

En un conjunto tan irregular y jugoso, sorprende lo bien que se ajusta a las canciones la ejecución vocal de Luis Miguel. Nunca he soportado su visión del bolero, ni su cantar riendo canciones tristes, pero aquí parece por la labor de entregarse más al oficio y menos a sus fans.

Pues eso. Que viva Manuel Alejandro.

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COSAS QUE SE APRENDEN LEYENDO FOTONOVELAS DE “Santo El Enmascarado de Plata”

March 13th, 2008 Migoya

Por ejemplo, cojamos al azar este particularmente terrorífico número: ¿qué podemos aprender leyéndolo atentamente?

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En primer lugar, que la imagen de la portada o cubierta no tiene por qué guardar ninguna relación con el contenido del libreto. Pero más allá de esta nimiedad, hay enseñanzas de un altísimo valor humano profundo y jacarandoso.

Como hombre, uno puede aprender, por ejemplo, que nunca hay que tomar un no por respuesta, especialmente si ese no proviene de una mujer:

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La repetición del término “loco” denota que en el fondo ella se siente complacida.

También se nos permite aprender que no hay nada que un poco de violencia no pueda arreglar, especialmente con los hombres:

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Un limpio tajo nunca está de más. 

Y como autor de cómics, ¿qué cosas aprenderé leyendo “Santo”? Bueno, uno se puede topar de sopetón con recursos fantásticos, de una sutileza insospechada, como la interacción narrador/personaje (que para mayor riqueza de una propuesta no meramente escapista, hace sospechar cierto desdoblamiento esquizoide en la personalidad del héroe):

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Atraparlo o despedazarlo, ésa es la cuestión. 

Pero, sobre todo, “Santo” te ayuda a mantener siempre un espíritu de una lucidez autocrítica apabullante, casi lacerante para con uno mismo:

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Parece que está hablando de mi vida y de mi profesión: “Santo” apela a la existencia y al arte por igual. ¡Ahí radica la maestría de este cómic… digo, fotonovela!



EL SANTOS

February 13th, 2008 Migoya

Para animar las noches, un amigo me ha prestado “En un principio era el Santos…“, primer volumen recopilatorio de las historietas de este loco personaje, el Santos, que sus creadores Jis y Trino han convertido en referencia ineludible del humor gráfico mexicano.

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En un principio tenía mis reservas para con las tiras, dado que me agota bastante la explotación masiva que la iconografía de la lucha libre mexicana ha sufrido en los últimos años: todo el mundo, especialmente el occidental, se ha apropiado del universo visual en torno de los luchadores mexicanos (con hincapié además en Santo El Enmascarado de Plata, directa influencia icónica sobre el personaje historietístico que nos ocupa). Si quieres pasar por cool, no hay nada como reivindicar las películas de Santo o tú mismo recrearlas en tus obras. Meter luchadores mexicanos en tus cómics, novelas o cortos se ha convertido en un lugar común tan vulgar como decir que “los mexicanos conviven con la muerte diariamente y hasta celebran un Día de los Muertos” para explicar su idiosincrasia. (Pero no se puede uno andar con exigencias: aún recuerdo con vergüenza ajena cómo el año pasado los organizadores de unas jornadas sobre literatura mexicana en Barcelona, decidieron cerrar el evento con un mariachi. Los organizadores eran barceloneses, claro. Pero eran escritores, se les presupone cierto seso y menos provincianismo. Ni a Santo llegaban.)

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Sin embargo, debo confesar que las historietas de El Santos me han hecho reír de lo lindo. La que arrancan además es una risa espontánea; gracias a gags con chispa, de confección cristalina y resorte orgánico, compulsivo. La anarquía de las tiras y chistes gráficos en este álbum se complementa a la perfección con el sustrato popular de su humor: hay una mezcla equilibrada entre cierta sofisticación de concepto en el trazo informal, cierta postmodernidad de los personajes (esa Tetona Mendoza o Godzilla), con una sincera y por momentos hilarante apropiación de temas comunes, casi diría chabacanos, siempre introducidos con gracia.

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Con ello vengo a decir básicamente que, siendo una serie inédita como creo que es en España (no me consta que Ediciones B haya sacado aquí la colección), los álbumes de El Santos podrían venderse muy bien entre un público aficionado al cómic. Si alguien de Glénat España lee esto: ¡averigüen los derechos, que aquí hay un buen producto! Félix, mira qué rápido lo marqueteo, en plan informe de ejecutivo cabrón de la Coca Cola:

“EL SANTOS” presenta historietas de humor hilarantes. STOP. Sus autores Jis y Trino son los Ivà mexicanos. STOP. No sólo resultan divertidísimos, el exotismo de su origen y sus referencias gráficas confieren un aura guay al cómic. STOP. De manera que no sólo su lectura satisface, también proporciona un aire de enterado al lector europeo. STOP. Lo tiene todo para atraer al público metropolitano español. STOP Y CIERRO.

Para más información sobre el personaje, vean el catálogo de Ediciones B México:

http://www.edicionesb.com.mx/edicionesB/store/cfpages/product_search_results.cfm´

Más la biografía de los autores de El Santos en la misma web de Ediciones B (recréense, por favor, en la pésima redacción profesional del texto. Leer esto y llorar es todo uno):

http://www.edicionesb.com.mx/edicionesB/store/cfpages/edB.Author.Home.cfm?capital=J

En esta interesante página hay colgada una antología de historietas de El Santos:

http://www.geocities.com/capitolhill/senate/7345/conozca/sanxframe3.htm

Y, en la misma web, una relación de los personajes principales, para que se vayan familiarizando:

http://www.geocities.com/capitolhill/senate/7345/conozca/sanxframe2.htm