UNDERDOG: EL EXPÉNDEBOL

June 14th, 2011 Migoya

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Noiry es una pateaculos digna de la niña de Kick Ass. No me extrañaría que un día Frank Miller se enamorara de ella. Por eso se me ocurrió que otra pateaculos, la guionista Black Velvet, podía ayudarla a gestar el libreto de su Underdog. El resultado no es apto para todos los gustos… pero a mí me gusta. ¡Cómo no me va a gustar un Macho Manga realizado por dos chicas duras!

La base de la historia es una revisitación del subgénero de espíritus vengadores procedentes del Más Allá: en concreto, Underdog parece la versión Noiry de la película El Cuervo, la obra maestra de los 90 dirigida por Alex Proyas, que por cierto a su vez estaba basada también en un cómic original, mucho peor escrito y dibujado que Underdog.

En este caso, Noiry ha mezclado el sustrato existencialista de un pacto con la Muerte (saltándose por vía directa al Demonio) y la subsiguiente vendetta sobrenatural, propia de obras góticas y estilizadas, con las mucho más expeditivas convenciones del cine viril: por momentos, parece que estemos enmedio de una “action movie” a lo Soldado Universal (la última) o The Fast and the Furious (la primera), con un número creciente de tíos cachas y buenorros dándose de hostias, luego reconciliándose, luego dándose de hostias de nuevo y matándose por segunda o tercera vez (eso es lo que mola de los espíritus, claro). Todo ello en medio de un lenguaje agresivo a más no poder, que me ha hecho ruborizar en un par de ocasiones, sobre todo cuando los protagonistas insultan a algún personaje femenino (los guionistas masculinos no solemos atrevernos a llegar tan lejos en ese pantanoso terreno…). El propio Underdog podría formar parte fácilmente de los curtidos Expendables de Sylvester Stallone y, de hecho, el detonante de la trama es su etiquetado como elemento “prescindible” y consecuente eliminación dentro de la fuerza paramilitar donde el muchachote sirve.

Underdog es de esos mangas cuya lectura te hace disfrutar más de lo que deducirías a primera vista: la urdimbre argumental, sencilla pero con diálogos muy graciosos, muy “propios” del género, gana enteros cuando aparecen personificaciones de La Muerte y del mismísimo Dios (espléndidas intervenciones finales de ambos, por cierto, con un toque gay y Gaiman muy oportunos). Noiry dibuja aquí para narrar, y aunque a veces se la nota incómoda con los fondos interiores de casas contemporáneas y donde más se luce es con los personajes ataviados de época, hay que felicitarla por haber llevado a tan buen puerto su fantasía macarra. Es un primer paso interesante en una autora que aporta un enfoque casi inédito a la historieta autóctona: el hard-boiled con firma de mujer.

Estoy impaciente por leer su próximo proyecto.

PD. La estupenda web Ramen para Dos realizó esta interesante entrevista a Noiry con motivo del lanzamiento de Underdog.



LA COPLA DE IRENE

May 16th, 2011 Migoya

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Hay momentos en que la Belleza sublima todo lo demás, todo prejuicio y conocimiento, toda penuria y padecimiento, para zambullirnos en un momento extático, de suspensión del alma.

Esa facultad que detenta la Belleza está por encima de consideraciones morales o constricciones de índole terrenal.

Se puede hallar en la seguridad masculina, en la inconsciencia femenina de su propia hermosura, en paisajes inesperados y en melodías de cauce profundo y mágica resonancia… ya que el Arte intenta de continuo fijar en el tiempo momentos así.

La canción de Ariadna es un manga, o sea un cómic, que intenta fijar la Belleza en cada una de sus páginas.

No siempre lo consigue: es la primera obra completa y total de Irene Roga, y aún titubea en algunas decisiones artísticas que lastran el conjunto o, mejor dicho, puerilizan un discurso artístico expresado para perdurar.

Es lógico y nada censurable: la joven Irene Roga constituye uno de esos raros casos donde el artista rompe el molde del ruido de fondo generacional y hace gala de un talento que aún debe aprender a canalizar, como un Nuevo Mutante recién llegado a filas que todavía no domina del todo sus exóticos y demoledores poderes, que aún no acepta (por ponernos claremontianos) al cien por cien su propia personalidad “diferente”.

Los poderes de Irene son, en efecto, inmensos, asombrosos y diferentes, quizá aún por encima de su propia consciencia. Y, leyendo su primera manifestación artística de altos vuelos, me siento como ese viejo entrenador retirado que de repente descubre un inminente número uno del ring al que todavía no se le ha sabido pulir ni destilar todo su potencial campeón.

Creo que la extensión estándar de un manga perjudica a Irene. Son sus páginas para mirar, para quedarse embobado mirando, por lo que ciertamente la temática mitológica le va que ni al pelo… y el suyo es más un trabajo de orfebrería y equilibrio de composición que de impulso narrativo. Asimismo, hay dos tipos de entintado en el volumen: uno con trazo suelto y áspero; otro limpio y mesurado. Ni que decir tiene que este último es el que enmarca como es debido la sutil delicadeza del trazo de su dueña: las primeras y últimas páginas son fabulosas (así como la casi “splash page” de Ariadna recién devuelta a su condición humana tras un período floral, buscando con ojos de sublime belleza a su Órelan). Irene debería tentar siempre por ahí: para la trepidancia narrativa ya está el también magistral trazo de Kenny Ruiz. Lo de Irene es otra cosa, los suyos son otros senderos… las líneas cinéticas y los cambios de registro son peajes estilísticos, trucos de feria, que dan fecha de caducidad a un anhelo de ser eterno.

No nos equivoquemos: el talento de Irene trasciende el lenguaje del manga comercial y sus recursos en boga. Que George Lucas añada efectos digitales a su Star Wars es lógico, porque Lucas comprende en el fondo que lo suyo es más un fenómeno sociocultural que artístico; que Francis Ford Coppola lo hiciera a su Apocalypse Now sería un atentado contra sí mismo, la inconsciencia pura, el mayor crimen contra la Humanidad. Es como comparar un estupendo cantante de moda con un cantante cuya magia latente está por encima de las modas. Irene tiene todos los números para pertenecer a la segunda categoría.

En La canción de Ariadna coexisten páginas narrativamente briosas y mecánicamente solventes, reminiscentes de la que ya es sin duda mi novela gráfica favorita de todos los tiempos (procedente de unos tiempos, además y para mayor mérito, en los que ni siquiera existía el concepto de novela gráfica), con alguna secuencia de acción insatisfactoriamente planificada (el enfrentamiento entre Órelan y Esteno, por ejemplo, en contraste con el impecable sentido de síntesis con que se resuelve la batalla final en una sola página) y un dibujo menos interesante cuanto más simplificado y suelto…

A veces, un lenguaje puede ser tu mejor y peor aliado al mismo tiempo. Esto es lo que ocurre con el lenguaje manga respecto de Irene Roga: el arte (originalmente manga) de Irene no requiere de envoltorios ni vestiduras coyunturales, de esos “trucos” o resoluciones temporales que le restan credibilidad al talento de fondo; ni tampoco de esclavitudes industriales, de formato, extensión o combinación de elementos narrativos (propios o no del manga). Quizá el futuro de Irene esté en la ilustración; quizá en el álbum de 48 páginas; quizá me sorprenda y haga un “opus magna/manga” de mil páginas… Yo, personalmente, espero un cataclismo emocional, una conmoción espiritual a la altura de un Onegin.

En cualquier caso, debe desnudar aún más su talento para poder expresarlo con toda la profundidad de que es capaz: de manera sutil, reposada y serena.

Sólo es cuestión de paciencia y tiempo. No ha de tener miedo a tardar ni a ser diferente a todos…  y debe asumir que lo suyo, por más que su modestia le haga declarar lo contrario, no es un cómic “para pasar un rato divertido” (para eso, Lucas). Dentro de ese cómic hay páginas que mueven al rapto emocional a partir de la mera contemplación estética, también merced a su propia implicación (cien por cien genuina) en lo narrado. Hay que abrazar la ambición creativa y actuar en consecuencia.

Pues Irene Roga ha nacido para seguir su propio camino y marcar su propio discurso estilístico.

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NADA NUEVO BAJO EL SOL NACIENTE

March 31st, 2011 Migoya

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Debido a mi manía por no seguir las noticias y por ver exclusivamente contenidos de ficción, no me he enterado muy bien de qué ha pasado en Japón: terremotos, tsunamis y escapes radioactivos, tengo entendido. Estoy esperando a las pelis para saber los detalles.

Para recordar cómo era el Japón entre el desastre de Hiroshima y Nagashaki y el de este año, nada mejor que adquirir los dos volúmenes del fanzine Jo, tía! dedicados exclusivamente a la evolución sociocultural y occidentalización de este país tras la II Guerra Mundial.

Jo, tía! (”El primer fanzine de teenage exploitation”) es un fanzine como los de antes, muy bien editado, pero que saca la mar de partido al look “fotocopia”. Sólo por su preciosura estética merece la pena tenerlo.

Pero es que los responsables de Jo, tía! se han pegado un currazo con un completísimo tratado antropológico-lógico sobre la psicología nipona; otro sobre los barrios de Tokyo; otro sobre la escena musical; otro sobre el panorama de publicaciones quiosqueras, desde infantiles a porno; más una guía exhaustiva de todos los episodios del manga Doraemon y un hentai sobre una niña hermafrodita que mejor no caiga en manos de ningún juez español… Y me quedo corto en la descripción, porque obviamente me va a llevar muchísimos meses leer las más de ¡300 páginas! de cada tomo.

Un fanzine de lujo (eso tan difícil de conseguir) para saber cómo era el Japón pre-2011, cuando la mayoría de sus hecatombes eran ficticias… y lucrativas para la industria.



ODA A LOS SUCEDÁNEOS

January 25th, 2011 Migoya

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Ay, que casi se le ven las bragas a la niña… ¡Mentira, que es un ciborg!

Gunslinger Girl no es mi serie anime favorita. De hecho, la vi hace ya un par de años y no me impresionó lo suficiente para hablar aquí de ella.

Pero no puedo dejar de poner su maldita música en el reproductor de CD.

Igual que la trama de la serie es una exploitation, variación o degeneración (los tres términos valen) del arquetipo establecido por el clásico de Luc BessonLéon, el profesional (la primera vez que descubrí la influencia de Frank Miller en un director de cine), su banda sonora también ofrece ese toque de producto derivado, de jingle imitativo de clásicos universales.

Y, sin embargo, es una banda sonora magistral.

Gunslinger Girl cuenta la historia de una agencia encubierta de niñas mercenarias que se dedican a eliminar objetivos humanos, entrenadas y tuteladas por agentes adultos hacia los que desarrollan sentimientos de afecto y dependencia.

A partir de ahí, se puede deducir cualquier reflexión -todas son pertinentes- sobre la categoría enfermiza que domina dicha relación: las sumisas niñas adoran a sus respectivos tutores y deben obedecerles en todo momento. De ahí a un vínculo de tintes masoquistas y pederastas, hay medio paso. Las niñas APRENDEN con toda su voluntad a manejar las armas de sus mayores (esos falos gigantes que disparan balas), sólo viven para cumplir el cometido asignado (es decir, contentar la voluntad de sus amos) y sufren, sufren mucho por lo que sienten hacia ellos…

La serie también destaca por su reposado tempo narrativo, teñido de melancolía perenne y punteado con dramáticos estallidos de violencia.

En cuanto a esa banda sonora que me obsesiona, está compuesta por Toshihiko Sahashi, quien hace bascular la carga lacónica de la serie sobre este impresionante tema, que yo creía (aún no estoy muy convencido de lo contrario) clásico adaptado (y que me recuerda -¿o es al revés?- a esta famosa canción de Danny Elfman), y que no he podido dejar de escuchar en los últimos años, ya sea desde su CD o desde mi cabeza… El resto del contenido alterna aires italianos con variaciones no denunciables de canciones muy populares, como esta descarada versión lánguida que perpetra con el Je t’aime… moi non plus de Serge Gainsbourg (enlazo su dúo con B.B., porque no soporto a Jane Birkin, quien me provoca la misma repulsión física que Patti Smith).

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Toshihiko Sahashi sólo tiene colgada en Interné su foto-carné.

En cualquier caso, Shahashi provee el CD original de Gunslinger Girl con una hora completa de deliciosos e inofensivos instrumentales. Su versátil capacidad queda certificada con este otro resultón tema principal, esta vez compuesto para el anime Mobile Suit Gundam SEED, y que en el uso percusivo de los sintetizadores recuerda muchísimo al Basil Poledouris de las pelis de Steven Seagal (el motivo principal también le debe al Poledouris de Starship Troopers).

Música casi siempre sucedánea, pues, pero sospecho que ya todo en nuestra cultura es un GRAN sucedáneo.

PD. En cuanto a Gunslinger Girl, existe una segunda tanda de episodios que no llegué a ver, bajo el subtítulo de Il teatrino: en todo caso, su tema principal, compuesto por Ootani Kow, es memorable.

PD2. Se aceptan sugerencias sobre otras buenas bandas sonoras de anime.

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Ootani Kow sólo es mencionado una vez en esta entrada,

pero con esa cara, ¿cómo no iba a publicar su foto?



ROBOTS UNITED

February 8th, 2010 Migoya

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Veinte años después, me encuentro en Barcelona con un colega del insti, uno de esos amigos a los que uno le admiraba la guapura y la hermana.

Jaime Paz ha abierto en Barcelona (Travessera de Gràcia, 163) la tienda Sho BCN, consagrada a robots decorativos, o “art toys”, como les llaman los entendidos que los coleccionan. También tienen libros de ilustración y cómics. Leo por Internet que además venden “diseños vinilo”, que ya no sé lo que es…

Estuve en la inauguración y en menos de tres meses, Jaime me informa que aquello va como un tiro. Ni crisis ni hostias. La gente compra robots hasta para socializar, “y de los caros”.

Pues yo me alegro por Jaime. Y si estáis por la zona, ya sabéis dónde encontrar robots de regalo para hacer feliz a vuestros amigos y al mío.



AUTORRACISMO, MANUAL DE ABUSO

November 17th, 2009 Migoya

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Igual que miles de judíos salieron de los campos de concentración nazis con el estigma de sentirse inferiores; igual que muchos latinoamericanos odian a los españoles pero en el fondo anhelan ser uno de ellos; igual que en la India las estrellas de Bollywood anuncian cremas aclaradoras de piel; igual que los españoles reciben a Woody Allen o Bruce Springsteen como si hubiera llegado Cristóbal Colón a nuestras costas salvajes, deseosas de nuevayorquizarse…

…La cultura manga también atesora complejos de inferioridad conscientes e inconscientes en sus convenciones formales. Quizás incluso sean la base de sus señas de identidad primeras.

Es una de los interesantes temas que traté en esta entrevista con los mangakas Eifuku Issei y Taiyo Matsumoto, autores de Takemitsu Zamurái (El samurai que vendió su alma): un guionista que se va a meter a monje y el aclamado autor de Tekkon Kinkreet, respectivamente.

Me estoy especializando en hacer entrevistas por mail sin opción de réplica… por ninguna de las partes. Probablemente, me atrevo a lanzar preguntas que, mirando los ojos (rasgados) de mi interlocutor, hubiera reprimido en mí.



EL MOMENTO DE GAIJIN

November 13th, 2009 Migoya

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El proyecto más ambicioso que he levantado dentro de Glénat es la Línea Gaijin, la colección de manga autóctono (español y latinoamericano, a lo 300 millones) que inauguraremos el año que viene. Sabía que ofrecer la dirección de la Línea a Studio Kösen era una garantía, pero el éxito de su mero anuncio en el Salón del Manga y la expectativa -muy favorable- despertada en Internet nos ha sorprendido.

Todo lo que deseaba contar sobre el proyecto a priori lo explico en este artículo, donde hallaréis además un completo dossier con los siete primeros títulos que ya estamos desarrollando.

La noticia ha sido recogida por infinidad de blogs y la reacción de los otaku está siendo agradablemente positiva, como por ejemplo en éste. Ya era hora de que se “normalice” el manga en nuestra producción propia.

Y aquí tenéis los blogs de nuestros flamantes “Gaijines” hablando sobre sus propios proyectos:

-Kenny Ruiz y “Dos Espadas”.

-Andrea Jen y “El delirio de Ani”.

-Irene Roga y “La canción de Ariadna”.

-Xian Nu y “Bakemono”

-Noiry & Black Velvet y “Underdog”.

-Belén Ortega & Rubén García y “Himawari”.

-Studio Kösen y “Lettera”.

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¿Quién será la misteriosa Black Velvet,

el fichaje de última hora de Gaijin?

 Sólo añadiré que el mayor problema de hacerse mayor no es la salud: es la horrorosa sensación de repetición que te embarga. Cuando uno percibe los límites de lo cíclico y ve que todo se reitera cada veinte años hasta la náusea, es muy fácil caer en el error de sentir la vida (y la cultura) como una redundancia yerma sin margen a la sorpresa.

Con Gaijin, he vuelto a aprender. Y eso nunca dejaré de agradecérselo a los Gaijines.

Conmigo ya habéis triunfado.

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HIROYA VS. MIGOYA

June 18th, 2009 Migoya

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Si hubiera conseguido materializar esta entrevista cuando tenía quince, qué digo, veinte años, me sentiría tan emocionado como cuando perseguí a la carrera a Frank Miller por todo el ComicCon en 1992, o recibí mi primera carta manuscrita de Peter Bagge en 1993… porque si hubiera leído Gantz a los quince años, su obra me hubiera marcado tanto como el autor de Ronin o el de Odio.

En fin, en cualquier caso, es una entrevista de fan talludito la que yo le hago a Oku Hiroya. Y el resultado, aunque telegráficamente preciso, resulta bastante jugoso y jocoso, incluso cuando el genio mangaka se niega a responder.



UNA ROSA ES UNA ROSA

March 23rd, 2009 Migoya

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Nunca había devorado un clásico del manga con tanta ansiedad ni obtenido la fruición que me ha procurado el volumen 1 de La Rosa de Versalles, de Riyoko Ikeda (Azake Ediciones). Nunca había prescindido con tanta premura del esfuerzo inherente que todo clásico suele requerir en su lectura y que aquí deviene precaución estéril, lastre de más. Nunca me había resultado tan fácil zambullirme en páginas añejas con devoción religiosa, y creo que ello lo dice todo respecto a la modernidad que reafirma esta obra casi 40 años después de su confección.

Cada vez me interesa más la narración popular para mujeres, dado que constituye un género (o muchos) en sí mismo, y los demás empiezan a hastiarme. Desde un punto de vista ajeno a mi propia piel, podríamos considerar el género negro, la acción, el suspense, el terror y el western como géneros para hombres, al menos tal como han sido establecidos en la práctica. Desde luego, si los cultivaran más mujeres, algunos lugares comunes serían indefectiblemente otros (pienso en el hombre maduro como figura paterna deseada/repudiada que siempre suele aparecer en las estilizadas películas de Jane Campion o Sofia Coppola, un estereotipo que no existe en la imaginería popular masculina; o, en la novela negra escrita por mujeres, el del guapo sospechoso visto como amenaza -posible violador/asesino- y objeto de deseo -posible amante/salvador- a un tiempo, dicotomía que puebla tantas y tantas fantasías femeninas).

En el caso del género romántico, las reglas son tan claras como en los demás. Los elementos argumentales, lejos de los “relatos de supervivencia física inmediata” como motivación primera a que tan acostumbrados nos tienen tantas historias hechas por y para hombres, basan sus principales armas en otras cuestiones: la apariencia, la relación social, la búsqueda de amor, el infundio, el desengaño (amoroso, pero no siempre)…

Sin ir más lejos, la boda es a la obra romántica lo que el duelo a la del Oeste, tal y como la épica es un falo enhiesto frente al regodeo viscoso del romance. Ni una saga tan “moderna” como Sex and the City puede prescindir de pagar el peaje de ese punto de clímax inevitable…

Todo ello puede parecer perogrullada y, desde luego, toda clasificación peca de reduccionista, pero para reduccionismo la dificultad que muchos varones demostramos a la hora de cruzar la frontera de género, artístico y sexual, y consumir sin objeciones cualquier obra del otro bando: sólo hace falta ver la indiferencia (y la ignorancia) teórica que ha rodeado al cómic español por y para mujeres del siglo XX o, sin ir más lejos, la considerable reducción de comentarios que provoca cada entrada de este blog cuando hace referencia a alguna obra de consumo eminentemente femenino. ¡Si hasta amigos cinéfilos de probada lucidez se deshacen en comentarios chabacanos y machistas, arguyendo paparrucha propia de formaciones intelectuales maculadas por alguna tara fetal, para justificar su desinterés hacia obras caras a mi entender, si bien de filiación genérica tradicionalmente femenina!

En mi caso, para la elaboración del guión de Olimpita, me fue muy útil por ejemplo leer novela romántica estándar escrita por autoras, descubrir la manera solapada en que abordan el erotismo (pero cuando se desatan, ríete de Henry Miller: como en la vida misma) o la facilidad con que rehúyen concretizar los momentos de crueldad física. Eso fue lo que me decidió, por ejemplo, a que nunca viéramos explícitamente el maltrato sufrido por nuestra protagonista; o que la connotación “libidinosa” de la historia viniera dada exclusivamente por su punto de vista. Por ilustrarlo de manera clara: la cámara nunca se regodea en el cuerpo de Olimpita, más bien en los cuerpos que ella admira.

La Rosa de Versalles es un completo catálogo de subrayados femeninos: donde el autor masculino tradicional tiende inconscientemente a acentuar las acciones puras, el movimiento, el acto de violencia, el riesgo, la espectacularidad meramente visual y el detalle escabroso, la autora suele optar por el congelado de SENTIMIENTOS de afecto u odio, la estampa amorosa y el detalle de ropajes, especialmente de vestidos lujosos y elaborados peinados. Si añadimos el hecho de que muchos personajes femeninos de este manga poseen casi exactamente los mismos rasgos faciales y a veces solamente podemos distinguirlos por sus ropajes y/o cabellos, recibiremos mucho más vívida aún esa sensación de estar asistiendo a un completo catálogo de vestuario y estilismo del siglo XVIII, mediante clones-base idénticos entre sí, semejantes a “maniquíes” desnudos (los personajes-tipo del manga), o una suerte de Airgam Gals que adquieren personalidad diferenciada con el envoltorio (peluca y traje) que la autora otorga a cada una.

La Rosa de Versalles cuenta con un aliciente que para mí la hace una obra maravillosa: como relato visual, es una montaña rusa capaz de procurar un goce insuperable al lector. Aunque en él esté posiblemente el germen de todo, ni en Osamu Tezuka (al menos en las obras suyas que yo he consultado) he podido hallar tal alud de juegos (narrativos) reunidos: yuxtaposiciones de perspectivas, rostros o acciones; metonimias visuales; síntesis abrumadoras; imbricación de personajes en más de una viñeta… todo ello conviviendo muchas veces, de forma feliz, en la misma página.

Esta obra es un cursillo acelerado de cómo narrar en cómic, aprovechando al máximo las posibilidades formales del medio físico, antes que limitándose a usar el encuadre y el marco de las viñetas como mera cámara y pantalla cinematográficas. Si hubiera que representar La Rosa de Versalles, literalmente, sobre una pantalla de TV o cine, a los dos minutos los espectadores no soportarían tal avalancha informativa, hasta tal punto la superposición de imágenes y el recorrido de la mirada son sumamente vitales en su decodificación. La exposición de esta obra está milimétricamente pensada como cómic. Sería fallido e inútil trasladarla tal cual al medio cinematográfico: al contrario que tantos y tantos cómics, que pueden “cortarse y pegarse” como cine, porque antes ya eran una película.

Obviamente, claro que sí, la sombra de Tezuka sobrevuela también sobre La Rosa de Versalles: desde el motivo temático que define al personaje principal (la confusión de la identidad sexual, un referente clásico de la literatura universal, que Tezuka trató en La Princesa Caballero y al que Ikeda saca tanto morboso provecho en La Rosa…), ese Lady Oscar que, al igual que las casquivanas cortesanas de palacio, jamás consigo imaginarme como mujer; a la caricaturización de los “actores” en escena cuando tocan momentos bufos… Y, probablemente, la mayoría de recursos narrativos también procedan del maestro.

Pero Ikeda multiplica por mil dichos recursos y su perspectiva esencial es distinta a la del creador de Astro Boy.

Le he estado dando muchas vueltas al motivo por el que La Rosa de Versalles es tan radicalmente distinta a cualquier obra de Tezuka que yo haya leído. Solamente se me ocurre una explicación: la limitación como dibujante de Riyoko Ikeda. Allí donde Tezuka utiliza el plano general para detallar en todo su esplendor la descripción de una acción espectacular, Ikeda, por limitaciones artísticas -sus personajes no se mueven con la “soltura” de los de Tezuka, suelen pecar de cierto hieratismo, y sus fondos son mínimos, casi de dibujante fanzinero- o por interés específico, articula su fábula en torno a cientos de primeros planos, al vórtice particularizado de cada situación, al aislamiento de elementos visuales y otras mil variantes concretas que indican, que “representan” indirectamente todo lo que está ocurriendo alrededor, recogiendo el eco de la acción circunstancial que, como en el teatro, la mayor parte de las veces se da “fuera de campo” o escenario. Naturalmente, como suele pasar en todo medio artístico, de la limitación inicial proviene muchas veces una mayor creatividad, que sustituye -multiplicando en ocasiones su resonancia estética y expresiva- lo que el talento directo no permite. Ello hace mucho más interesante el método de Ikeda que el de la mayoría de mangakas virtuosos.

Además, Ikeda propone un ESTATISMO eminentemente femenino frente al DINAMISMO tezukano. Los sentimientos son lo importante, antes que las acciones que esos sentimientos generan. La congelación del instante emotivo prima sobre la exacerbación del movimiento. La emoción es generada desde la pose antes que desde la acción.

Todo ello me resulta apasionante desde un punto de vista teórico y su volcado práctico. Sea cual sea la razón última, el “duende” de Ikeda se traduce en páginas de un entreverado formal que para el muy profano puede resultar inextricable o cansino, pero que aporta un sabor único y excepcional a la obra.

Por extensión, partiendo del modelo establecido con La Rosa de Versalles, también me resulta fascinante la dificultad que supone para un tándem creativo (esto es, guionista y dibujante) desarrollar cómics cuyo reto formal constituya seguir esa senda: desde el punto de vista narrativo, fundamentalmente. Casi todos los guionistas de cómic que trabajan con dibujante se ocupan de desarrollar lo que se da en llamar “la historia” (la trama argumental), pero raramente se preocupan del enunciado formal de las páginas: son/somos, como si dijéramos, artesanos de contenidos, pero poquísimas veces diseñadores de continentes, tarea que el propio dibujante suele apropiarse por motivos no siempre tan evidentes: ¿sólo porque la vertebración de la página en viñetas es una decisión de cariz visual? Existen muchísimas excepciones de guionistas que sí se involucran en el “dibujo” de la planificación de página, como un Alan Moore o un Carlos Portela, pero también existen muchísimos más casos que corroboran la otra práctica: entre otras razones, porque no forma parte del interés artístico de los autores o/y, asimismo, porque muchas veces resulta dificilísimo encontrar el engranaje de comunicación adecuado que permita al guionista aplicar decisiones de planificación formal junto al dibujante, cuando no es éste quien se arroga automáticamente todas las cuestiones referentes a ese campo. Por motivos de pura viabilidad, siempre será más fácil tomar decisiones plásticas -y sobre todo las específicas del diseño de viñetas y página- cuando el autor del cómic es uno solo. Pero deberíamos luchar (al menos todos los que, como yo, estamos “condenados” a trabajar en equipo) por que no fuera así.

Después del buen recibimiento que está obteniendo Olimpita, a Joan Marín y a mí nos han planteado desarrollar una nueva novela gráfica para Norma Comics. Personalmente, y aprovechando la ventaja visual que proporciona el que casi siempre elabore mis guiones en forma de storyboard, estoy en situación de ir un poco más allá de lo que el formato de guión mecanografiado -herramienta casi idéntica a la cinematográfica y que aun hoy muchísimos guionistas utilizan como vehículo básico de comunicación con el dibujante- suele permitir expresar. Joan y yo ya estamos más fogueados como equipo y el objetivo que nos hemos marcado promete mucho, al menos a nuestros propios ojos. Así que ya solamente es cuestión de sentarse a la mesa con una resma, un lápiz y un sacapuntas. Ah, y una goma de borrar, cuyo aroma es lo que más me gusta del proceso. Cada vez que guionizo un cómic me siento como si volviera al colegio. A una parte grata del colegio, se entiende.

La Rosa de Versalles es un modelo de narración historietística y de inspiración creativa que recomiendo fehacientemente a cualquier aficionado.

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INFLUENCIAS (CONSCIENTES) DE ¡SOY UN PELELE!: 1-GOLDEN BOY

November 13th, 2008 Migoya

“¡Ese maravilloso ángel se sienta en este bidé! No debería, ¡pero mi cuerpo se mueve solo!”. Kintaro Oe, protagonista de Golden Boy 

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Pues mientras esperamos el estreno de ¡Soy un pelele! en junio del 09 -y su desembocadura en este mar de todos los ríos que ya es Internet-, aprovecharé para soltar el rollo sobre obras y autores que me han influido a la hora de realizar el filme, y así de paso los rescato reseña mediante, que merecido lo tienen.

A todo el mundo le extraña (bueno, digamos al mundo con cierta vinculación profesional afín, al resto se la refanfinfla; y del mundo mencionado, sólo a parte; una parte escasa, debería quizá puntualizar; vamos, a casi nadie) que, pese a mi amor por los cómics, no sienta apenas afición al medio animado. La animación nunca ha sido un campo que me atraiga en exceso. Creo que la razón es simple: me gusta mirar caras (aunque la cirugía estética esté acercando la realidad y la recreación virtual de manera a veces indisoluble).

La animación estadounidense me despierta especial pereza. De hecho, últimamente me fatiga mucho contemplar cualquier película de dibujos de la Pixar o de la Disney o de Dreamworks, porque sus responsables están tan obsesionados con el ritmo, con la EFICACIA, con que todo tenga un sentido y un significado inmediatos, que me estresan. No soporto su mecanicidad y el carácter exclusivamente funcional de casi todas sus decisiones narrativas. La tara está en mí, concedo.

En cambio, el anime cada día me motiva más. Aunque sea por cuestiones de economía y afán de “peliculerismo” formal, sus preocupaciones narrativas me resultan mucho más ricas y variadas: travellinguean sobre dibujos fijos, juegan al fuera de cuadro sin complejos, contraen y dilatan acciones mejor que una madre de quintillizos (con perdón), combinan explosiones de ritmo con un tempo calmo y, sobre todo, NO LES IMPORTA PERDER UN SEGUNDO DE MÁS a la hora de mostrar un efecto colateral, una mirada, una reacción… A riesgo de preferirles por un defecto (el anime es animación concebida con el lenguaje del cine de imagen real -digresión: toda imagen es real, ¿no hay otra manera de definirlo? Ilustradme, ruego-), me amancebo de momento con el animade in Japan.

Si tengo que hablar de buenas series o miniseries de TV, probablemente Paranoia Agent se lleva la palma. Pero en términos de influencias, la mayor en el sentido artístico ha sido sin duda School Rumble, de la que ya hablé aquí. Mi apego a la comedia estudiantil encontró en este título su exponente con más duende y el que mejor partido sabía sacarle a las mil convenciones de este subgénero.

La otra miniserie japo que me ha chiflado es Goldenboy, sin duda. Está basada en un manga de Tatsuya Egawa, juraría que inédito en España (de confirmarse tal punto, voy a remover cielo y tierra para que se solucione tamaña falta).

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El planteamiento de la serie es tan idiota y absurdo, que me subyuga sin remedio. Se basa simplemente en las andanzas (o mejor dicho, rutas en bici) de un ex universitario de 25 años que se hace trotamundos nacional, intentando aprender qué enseñanzas puede ofrecerle la “escuela de la vida”. Qué conexión tiene este punto de partida con el hecho de que todas las historias giren en torno a la intrusión de un personaje femenino de alto componente erótico, lo ignoro. El caso es que me parece arrebatador un planteamiento tan dislocado, ya desde la moraleja anormal con que el narrador rubrica el final de cada episodio: “No lo olvidéis, en un día no muy lejano, este joven normal y corriente, salvará a Japón y al mundo entero”. ¡Y la serie no va más que de un chico que se pone enfermo cada vez que se le acerca una chavala!

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Kintaro, nuestro héroe, es un pringado sin ninguna cualidad excepcional. Sus rasgos más sobresalientes son una entusiasta ingenuidad, rayana en la estupidez (su lema, “¡Aprendo! ¡Aprendo! ¡Aprendo!” lo dice todo del sinsentido de su finalidad, al poner el acento antes en la acción de aprendizaje que en la sustancia de lo aprendido), así como una acusada tendencia a adorar los retretes y bidés recién rozados por las mujeres que idolatra, característica merecedora de todas mis simpatías, si aún abrigara alguna reserva respecto de nuestro parentesco emocional.

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Pero es la filosofía estilística de la serie la que encaja a la perfección con mi propia perspectiva del humor. Goldenboy cuenta con un amplio compendio de registros, que usa a boca de jarro y sin cuartel, comprometido a no discriminar la posibilidad de detonar todo tipo de carcajada,  véase universal o barriobajera, sin renuncios a cuento de un qué. Disfruto como un enano noruego observando el abanico de diferentes visajes que Kintaro puede adoptar, según se le enmarque en un registro épico, romántico, tragicómico… así como la libertad con que los autores aceleran, detienen, exprimen o incluso enfangan la acción, absolutamente desapegados de cualquier “necesidad” de consumo.

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Comencé a ver Goldenboy coincidiendo con el período de planificación de nuestra película. Interrumpí el visionado a mitad de la miniserie y sólo recientemente me he merendado los tres últimos episodios. En el cuarto, con trama situada en un club de natación, asistí asombrado a la representación de un reto a nado entre el protagonista y la inalcanzable heroína de turno, una monitora gozosamente intensa y desdeñosa. El pique entre ambos finaliza del modo más aparatoso y cochambroso que imaginarse pueda, pero lo interesante era que me sorprendí desplegando mentalmente la planificación de la escena -por previsible o pese a lo impresivible- con medio segundo de antelación, desenlace incluido: hasta tal punto me proyectaba en el tono, estilo y, desde un punto de vista burgués, mal gusto de la secuencia.

Mi comunión espiritual con Golden Boy acaricia lo notable.

En esta dirección os podéis descargar los seis capítulos de que consta la miniserie:

http://www.seriesyonkis.com/serie/golden-boy/

Por cierto, enhorabuena al actor de doblaje del personaje principal. ¡Un derroche de expresividad!

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Ahora a conseguir el manga.