UNDERBRAIN BOOKS: VINDICACIÓN DE LA DIFERENCIA

April 12th, 2012 Migoya

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Mi amigo y confidente Bouman ha creado una nueva editorial en papel y digital donde vuelca no solamente sus inquietudes culturales, sino también su sapiencia como dibujante y diseñador, como podéis comprobar si os metéis en su fresquísima revista de tendencias (peligrosas), Underbrain Magazine.

La nueva editorial se llama Underbrain Books y su primer título literario es Corriente sanguínea, una “novella” de la autora catalana Patricia Muñiz que Bouman también ilustra con su desparpajo habitual.

Corriente sanguínea es una puesta en práctica literaria del True Colors de Cyndi Lauper. Muñiz coquetea con el erotismo, pero finalmente le sale el monstruo: pornografía, violencia, escatología y todo medio de ruptura con las convenciones sociales son bienvenidos por los personajes marginales de su creadora, que bien podrían sumarse al alirón del “Love stinks, yeah yeah” entonado por los frikis de El cantante de bodas.

Al fin, Corriente sanguínea apuesta por el aireo de la personalidad antes de que los demonios nos la devoren entera.

PD. No menos interesante es el sabroso contraste entre el naifismo gráfico de Bouman y la catarata de esputos de índole sexual y criminal que empapan las páginas.



“EL UNIVERSO ZOMBI DE HERNÁN MIGOYA”

November 14th, 2011 Migoya

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El pasado sábado, El Periódico de Catalunya dedicó la portada de su suplemento Primera Fila a la novela Una, grande y zombi, transformando gráficamente a varios políticos españoles para ilustrar el reportaje y la entrevista del interior. Aquí podéis leer y mirar todo el resultado.

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Foto de Josep Garcia.



HOY SALE A LA VENTA “UNA, GRANDE Y ZOMBI”…

November 9th, 2011 Migoya

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 …Mi nueva novela, publicada por Ediciones B.

Elmundo.es publica el primer capítulo íntegro y me entrevista.



DE LINGOTES Y LINGOTAZOS

October 21st, 2011 Migoya

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“Sus redondos y pequeños pechos eran demasiado sólidos para saltar a pesar de lo mucho que corría; y su cuerpo de color marfil era delgado, pero sin resultar escuálido”. Las estrellas mueren de noche de Robert Leslie Bellem

Lo confieso: este tipo de libros es para mí como la vitamina que se toma un viejo para encarar el día. Devoro el pulp como quien come palomitas… ¡como cuando como palomitas! Como si me fuera la vida en ello.

Expresiones como “la monada de ojos oblicuos”, “sentí que se me erizaba el cabello como una peluca cardada”, “sonreía al techo con una terrible mueca que me perseguiría durante los siguientes once años de mi vida” o “estaba tan muerta como una caballa”, me ponen directamente cachondo.

Ediciones Valdemar y el antólogo Jesús Palacios, con la impagable complicidad de la traductora Marta Lila Murillo, nos presentan todas esas frases y muchas más en LAS ESTRELLAS MUEREN DE NOCHE y otros casos de Dan Turner, detective de Hollywood, una selección de cinco relatos de este personaje creado por Robert Leslie Bellem que pululó durante las décadas de los 30 y 40 entre los títulos más populares del pulp estadounidense.

Leslie Bellem está tres grados por debajo de Dashiell Hammett, dos de Ian Fleming y quizá más de uno de Mickey Spillane. No importa, sigue siendo alimento de primera para las neuronas y el espíritu. Las chicas de Dan Turner siempre están buenas y mueren violentamente. Él siempre resuelve los casos con deducciones tan compulsivas como su alcoholismo y sus puñetazos. Y Leslie Bellem siempre escribe como si estuviera decidiendo quién es el asesino una letra antes de que el lector la lea. Esa sensación de “ejercicio improvisado” me fascina.

Veamos la primera frase de los tres primeros relatos:

“Estaba lloviendo y tenía prisa” (El brillante halo de la muerte).

“Era una tarde calurosa y yo sudaba sin cesar”. (Más allá de la justicia).

“Estaba dando una vuelta en coche por Wilshire Boulevard, sin pensar en nada en particular”. (El caso del horóscopo).

Parece que el propio Robert Leslie Bellem esté merodeando sin saber muy bien hacia dónde van a ir los tiros del cuento o contra quién. Para un escritor (al menos para un escritor como yo), leer este libro es como entrenar la cabeza sobre los mecanismos básicos de la ficción. Y lo que indica que su autor es digno de lectura es que hasta en sus propuestas más burdas, el lector encuentra oro.

Bien por Dan Turner.



LA CASA DE VAPOR: UN VERNE A MEDIO GAS

September 21st, 2011 Migoya

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“En efecto, un tigre enorme, dando un salto soberbio trató de alcanzar nuestra casa, pero se quedó enganchado entre dos renuevos de bananero que le aprisionaron el cuello. Bajo la fuerza del viento, el tronco principal se inclinó poniendo en tensión sus renuevos y estrangulando al tigre.

-¡Pobre bicho! -dijo Fox.

-Estos animales han nacido para morir a balazos y no ahorcados -expresó indignado el capitán”. La casa de vapor de Julio Verne.

La casa de vapor es la tercera novela que leo este año de Julio Verne (después de Miguel Strogoff Un capitán de quince años), en edición de Editorial Sopena Argentina de Diciembre de 1940, con traducción de Jose Onrubia.

Mi impresión ha sido la de una obra bastante rutinaria en su confección. La idea de partida, ese viaje pseudoturístico a través de la India (desde Calcuta y pasando por el Himalaya) que oculta el deseo de venganza de uno de sus viajeros, trayecto realizado en una pionera roulotte en forma de locomotora de vapor modelada como un elefante metálico que remolca dos vagones habilitados para alojarse en ellos, hace abrigar la esperanza de que las aventuras que aguardan a sus personajes serán tan intensas como las del Correo del Zar o que los caracteres descritos despertarán en el lector emociones tan nítidas como las del capitán adolescente.

Sin embargo, los personajes son aún más planos de lo habitual en esta ocasión (con la excepción, quizá, del divertido secundario Van Guitt, un excéntrico proveedor de zoológicos muy bien pintado por la pluma del autor), y la aventura tampoco alcanza mucho vuelo, pese a que el enemigo de la historia promete, pues se trata de un personaje real: Nana Sahib, líder de la rebelión de los cipayos cuyo confuso destino aprovecha Verne para apropiárselo y llevarlo a su morral, es decir, a su propia trama. En la novela, tanto Sahib como el británico Coronel Munro se odian a muerte debido a haber asesinado a sus mutuas parejas sentimentales… Munro está a punto de alcanzar un estatuto de antihéroe interesante (se trata de un personaje taciturno, sereno y torturado al mismo tiempo), pero por desgracia Verne no le concede el mismo tiempo de fermentación ni mima su desarrollo psicológico para que llegue a la estatura de un Capitán Nemo. Una lástima, porque ahí estaban latentes las condiciones.

Todo lo referente al funcionamiento y peripecias de la propia “casa de vapor” responden a la minuciosidad y capacidad imaginativa a la que Verne nos tiene acostumbrados: las idas y venidas del elefante metálico es lo mejor del volumen (tanto en su encuentro con humanos como con sus propios hermanos proboscidios). Los demás ingredientes están un poco pillados por los pelos y dosificados con cierto reflejo rutinario: así, prácticamente no sabemos nada del narrador en primera persona, el francés Maucler y, cuando creemos que por fin averiguaremos algo de su vida y pensamiento, Verne cambia de marcha y lo abandona en la cuneta para tomar él las riendas directas del relato en tercera persona: adecua pues la voz narrativa a la trama en vez de hacerlo al revés o, al menos, buscar una manera pertinente de que el cambio de narrador se integre armónicamente con la peripecia narrada. Nada más lejos de la opción escogida: usar un personaje como relator sin especificarnos porqués algunos y, cuando no puede estar presente en lo explicado, pegarle la patada y pasar a la tercera persona omnisciente como un hovercraft de andar por casa que lo mismo le da estar sobre oleaginoso líquido que sobre suelo pedregoso.

Lo más interesante desde un punto de vista del lector de hoy es, obviamente, el panorama moral que sobre la colonización de la India ofrece Verne: como ya hiciera en Strogoff, sus preferencias (lo extraño hubiera sido lo contrario) están del lado “civilizador” del poder establecido europeo, pero tampoco oculta alguna que otra barbaridad imperialista. Sí hay una tendencia decimonónica a creer férreamente en que los modos de nuestro continente superaban en buenas maneras y trato humanitario el de sus enemigos, así como que la colonización se llevaba a cabo por el bien último de los colonizados, aunque el supuesto “fair play” de la guerra siga siendo muchas veces excusa más que suficiente para justificar una conflagración brutal. Y es que el ánimo guerrero se veía antes con muchos mejores ojos que hoy día, como ocurre con el personaje del Capitán Hod, uno de los heroicos miembros expedicionarios: lo que entonces podía constituir un rasgo de caracterización “simpático” (la adicción del militar a la caza mayor, hasta un punto obsesivo), en la actualidad resulta claramente repugnante y cada poco dan ganas de meterle un tiro en la frente al dichoso Capitán. Se trata de esos cambios de sensibilidad social que al propio Verne sorprenderían y quizá no disgustarían del todo.

Pese al conjunto desganado y precipitado en resoluciones, asombra siempre la capacidad para el detalle de Verne a la hora de recrear escenarios y situaciones jamás vistas ni vividas.

Da ganas de viajar.



ESTAFADOR DE ESTAFADORES

September 19th, 2011 Migoya

“Hasta los auténticos Miró parecen falsificaciones”. Elmyr de Hory

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En realidad, no me esperaba nada de ¡Fraude! y debo confesar que me he divertido de lo lindo con esta ¿falsa? biografía sobre el pintor falsificador Elmyr de Hory, escrita en 1969 por otro falsificador (en este caso literario, Clifford Irving, famoso por haberse inventado una autobiografía de Howard Hugues) y actualizado por el propio autor con un capítulo extra para la reedición.

El aristócrata venido a menos y consumado homosexual Elmyr de Hory se hizo famoso gracias al documental Fraude (F for Fake/Vérités et mesonges) que le dedicó Orson Welles en 1973, y que no he visto. En su biografía, Irving nos explica muchas cosas de este fabuloso plagiador de cuadros cuyas falsificaciones pergeñadas desde Ibiza alimentaron en la segunda mitad del siglo XX varias prestigiosas galerías de todo el mundo con presuntos Matisse, Cézanne, Degas, Renoir… La leyenda dice que hasta Picasso confundió una copia perpetrada por de Hory como un dibujo legítimo suyo.

El libro de su historia  no sólo pinta un buen retrato sobre este vividor con un talento único para ser todos los artistas menos él mismo, sino que pone en jaque la estupidez del valor económico otorgado a la pintura moderna. ¿Cómo no falsificar obras por cuya posesión se pagan cifras astronómicas? ¿Cómo no TENER EL DEBER de estafar a unos falsos expertos en cuya opinión recae la especulación multimillonaria en que se ha convertido el mundo del arte y a los que engañó por completo durante tantos años? “Arte”, por cierto, a cuyo podio medios como el cómic o la caricatura no han accedido salvo mediante apropiaciones bastardas y casi ilícitas: disfrazados de cuadros.

Me ha gustado especialmente el excelente bosquejo de la relación entre el histérico falsificador y sus marchantes/chulos, los jovencitos Fernand Legros y Réal Lessard, dos modelos diferentes de “maricas malas” que ordeñaron las ubres del pobre Elmyr hasta dejarlo abandonado a su suerte con la Ley.

¡Fraude! funciona tanto a nivel filosófico/conceptual sobre qué es aquello que en el fondo llamamos arte, como análisis muy particular -y con efectos prácticos- de la evolución pictórica del siglo XX y, también, simplemente como delicioso pasatiempo para asombrarse ante lo que se puede conseguir con el talento, nada simple, de copiar.

Lean Fraude. No les defraudará.

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LA FAMILIA QUE PARECE UNIDA, PERECE UNIDA…

September 14th, 2011 Migoya

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“-Cógete a mi cintura, el camino es malo y algún bache podría hacerte caer.” Viaje al horror, de Ralph Barby

Reeditada hace tres años por Ediciones Olimpic y disponible también para su descarga como e-book, Viaje al horror es una novela sencilla y efectiva. No cuesta entender que Ralph Barby la escogiera para su relanzamiento en esta época, treinta años después de su edición original, pues dentro de sus convenciones de género, aloja una bomba de relojería contra el estamento familiar.

En sus páginas hay horror cotidiano y horror sobrenatural: sus mejores páginas nos remiten al polar setentero (comienza como una novela de Jean-Patrick Manchette o una peli de Lino Ventura) y sólo más tarde asume los modos de la Hammer. El horror cotidiano tiene simplemente que ver con la vida cotidiana, y ahí radica el acierto de la novela: a veces nuestra familia es la mayor fuente de terror. Su destripamiento de los lazos sanguíneos haría feliz a un Houllebecq. Esas resonancias con los afectos y miedos familiares es lo que da carta de validez absoluta a la metáfora pesadillesca que se nos propone.

La parafernalia satánica y cristoferliana de Viaje al horror viste bien para los fans ortodoxos del género (como el pseudónimo de Ralph Barby vestía bien para nuestro Rafael Barberán), pero leída hoy, yo prefiero el elemento puramente macabro de la obra: un gato degollado, un accidente en la carretera, una muerte infantil… son percances que se pueden integrar perfectamente en nuestras existencias, que pueden presentarse sin llamar a lo largo de cualquier vida. Ahí es donde Barby nos toca de veras la fibra del miedo: ahí es donde Barby inquieta… porque no parece dispuesto a pararse ante nada, sin extralimitarse de lo plausible.

Psicológicamente, me resulta muy convincente cuando se detiene en los miembros de la familia protagonista: el afán de juegos del niño, lo taciturno del padre, el deseo reprimido de la mamá, el desentendimiento de la hija, la transparencia impulsiva del hermano mayor… podemos caer en clichés genéricos, pero su creador no les permitirá abrazar ningún rol heroico (el lector agradecerá y maldecirá ese detalle)…

Su destino, como el nuestro, será mucho más cruel.

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EL DESQUITE DEL CRÍTICO

August 1st, 2011 Migoya

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“La mujer castigada. ¡Qué magnífica alegoría! Es castigada por ser atractiva, por seducir, por calentar. Es castigada por gustarnos. Es castigada por ser mujer, en suma. El eternamente merecido castigo de la feminidad”. Nueve colores sangra la luna de Carlos Aguilar

El año pasado compré en un centro comercial de Lima esta novela del especialista cinematográfico Carlos Aguilar, un caballero del que guardo muy buen recuerdo de algunos encuentros en festivales durante los años 90. Ayer la leí de una sentada, o más bien debería decir de una “tumbada”.

La trama, un homenaje entregadísimo al cine español de explotación de géneros de los años 60 y 70, pone sobre el tapete la fascinación que sobre un crítico casposo (como lo hemos sido casi todos) ejerce el fantasma de una actriz olvidada, desaparecida en los años 70; y cómo su (ya único) fan se anima a investigar cuál fue su destino real y si realmente terminó asesinada, como sospecha: investigación que le pondrá en contacto con el director que la encumbró y para quien ella también significó un fetiche muy especial.

Sobre las referencias cinéfilas reales que enmascaran personajes y títulos de la novela (algunos ni siquiera enmascarados, como los actores John Phillip Law y Dan van Husen), me remito a este excelente artículo de Absence (lo acabo de encontrar buscando la portada de la novela para reproducirla, pero lo realmente escalofriante es que AMBOS habíamos destacado de la novela la MISMA cita maldita…). Como dice Absence, en Nueve colores sangra la luna “hay arrebato”.

Pero a mí lo que me interesa subrayar no es tanto el ejercicio de amor que hacia el cine supone esta entretenida, solventemente narrada y apasionadísima novela publicada en 2005 por La Factoría de Ideas, sino el más soterrado e indirecto homenaje que casi sin querer construye en torno a la figura del crítico cinematográfico: pues en el fondo, lo que Aguilar está contando es cómo un crítico (de cine) vulgar, casposo y anodino, figura que todos hemos ridiculizado (¿y encarnado?) en más de una ocasión, toma por una vez la iniciativa y se erige en DIRECTOR y PROTAGONISTA de su propio sino. Por una sola vez, el señor pasivo, el que acumula telarañas en la butaca soñando con las telarañas góticas de la pantalla, cumple su sueño dorado: culminar el tránsito del placer vicario y la pasividad obligada de su oficio a la autorrealización como generador y ejecutor de sus propias fantasías.

Al protagonista lo podéis imaginar física y conceptualmente como si fuera Carlos Boyero, antes de que él mismo se vindicara como “estrella de la crítica” (siguiendo la estela del pionero Carlos Pumares). Lo valiente de la “vindicación” de Aguilar en su propuesta dramática es que no evita los puntos controvertidos del voyeurismo profesional: perversión y onanismo forman parte del propio “héroe” de la historia, imbricándose en la intriga hasta convertirse casi en la esencia de ésta.

En el principio fue la mirada y, por tanto, la paja, parece decir el autor con su radical (radical temáticamente, formalmente clasicista) novela. E igual que el director sublima sus deseos más recónditos mediante la contemplación de un rodaje o un acto sexual ajeno, el protagonista verá en ese recurso la senda para su propio desquite vital.

Con su obra, Aguilar ha hecho una ofrenda sincera al cine que tanto ama, sí, pero sobre todo ha erigido un monumento inesperadamente poderoso al crítico de cine: un obelisco cuyas proporciones y virilidad desmiente la molicie e impotencia que se le supuso siempre.



VISTE EL VESTIDO QUE DESVISTE

June 29th, 2011 Migoya

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“…Y en cuanto él la palmara, a vivir que son dos días y a correrse todas las juergas que pudiera llevando ella la batuta, bueno, mejor cogiéndola y poniéndola donde ella deseaba para que ejecutara los movimientos precisos”. El vestido de Àngels Gimeno

Gracias a este probo compañero de oficio y sus buenas artes, hace unos días fui gentilmente invitado a una reunión de camaradas de la historieta para compartir una comida-homenaje con el escritor de novela popular Ralph Barby (aka Rafael Barberán Domínguez): en su blog tenéis un par de fotos del encuentro con estos cuarentones adolescentes y el detalle del who’s who.

Entre el menudeo de anécdotas y el intercambio de novelas, conocí entre otros hechos curiosos que la pareja de Barby, la catalana Àngels Gimeno, también era escritora: ella tuvo a bien regalarme una de sus últimas obras publicadas, la novela El Vestido (Ediciones Olímpic SL). Ya fuera porque conocía mi reputación literaria o porque cometí el error de elogiar a la chica de la portada (que resultó ser su hija), Àngels me escribió esta inquietante dedicatoria: “Para Hernán, con el deseo de que te entretenga y te ayude a conocer un poquito más a las mujeres. Àngels, 19-06-11″. El sujeto no expresado en la frase era “el libro”, claro.

Si bien no sé si me ha ayudado a conocer un poco más a las mujeres, debo confesar que me ha entretenido muchísimo: de hecho, he devorado esta novela con el mismo fervor con que los amantes masculinos descritos en su interior devoran a las mujeres protagonistas. Y sin que su autora permita nunca que nos salgamos de la clave pulp, lo cual aún me parece más extraordinario.

El vestido es en realidad una sucesión de pequeñas historias de descubrimiento erótico protagonizadas por unas cuantas féminas, unidas por un vestido-talismán que pasa de mano en mano (y de cuerpo en cuerpo) y que despierta en el interior de todas no solamente una libido que creían olvidada -quizá nunca antes revelada siquiera-, sino también el deseo en los ojos ajenos. Así, nos hallamos ante una variación del clic manaraniano, pero este objeto “mágico” no detona solamente la voluptuosidad hembril para disfrute del voyeur masculino: sino que lo hace precisamente para PROVOCAR el deseo en los hombres y ponerlos a disposición del placer de ellas. Es decir, la mirada es abiertamente femenina; el texto invoca sacar de su hastiada vida rutinaria a una serie de estereotipos femeninos: la casada aburrida, la virgen anodina, la madura asexuada… ese tipo de mujeres aparentemente grises que nunca protagonizan películas ni libros, parece decir la autora, y que también tienen derecho a sentirse únicas y poderosas frente al macho, a sentirse sexualmente magnéticas; y además, por una vez y como Gimeno misma concreta impúdicamente, llevando ellas “la batuta”.

Ese deseo de inmersión erotizante, de vindicación del sexo (la única equitación equitativa) como fuente no sólo de placer, sino de RAZÓN DE SER de la vida, es el que marca El vestido. A mí me ha interesado sobremanera, precisamente, la mirada de la escritora (y en ese sentido su dedicatoria sí resulta premonitoria), pues sus descripciones arrojan un punto de vista que no es fácil de encontrar en cualquier literatura: nos tendríamos que meter hasta los codos en los viscosos pantanos del género romántico-erótico-pornográfico femenino (mal conocido como “rosa”) en el que tantas y tantas oficinistas consuman vicariamente sus anhelos y que parece vedado al lector masculino, por propio miedo a acabar pringado… y por torpeza (ya se sabe lo torpes que somos casi todos interpretando los signos del sexo opuesto).

Abundan párrafos de una sensualidad pragmática sin desperdicio, como esta descripción de un hombre-objeto espiado por una voyeur femenina: “Los músculos dorsales, brillantes y dorados por el sol, se dibujaban bajo la piel tensa de la espalda donde se marcaban nítidos los huesos del espinazo. Los fuertes brazos formaban una cálidad almohada para acoger la cabeza de cabello oscuro, ligeramente ladeada. / Las piernas estiradas, abiertas, eran como una avenida que desembocaba en el perfecto montículo de carne de la grupa, glúteos prietos cubiertos de vello, hendidos por un tibio desfiladero. (…) El pecho amplio, de pronunciadas mamilas, quedó a la vista, oscurecido por una maraña de vello rizado que la mujer ansió estirar y acariciar con las sensitivas puntas de sus dedos. (…) Ningún músculo era allí superfluo, todos cumplían una misión coordinada y exacta en un cuerpo joven. El vientre prieto, libre de grasa innecesaria, era como una pequeña explanada de piel tensa que daba acceso a los genitales. El falo, ahora fláccido, amoldado sobre el colchón del escroto, mostraba sin embargo una longitud adecuada y el suficiente grosor para complacer a cualquier compañera. Su piel, ligeramente más oscura que la del abdomen, tenía una tonalidad casi violácea en el glande que se suponía dulce y absolutamente suave. Destacaban las grandes venas prestas a hincharlo de sangre caliente que daría paso a la casi mágica transformación que se produce en la erección, cuando cobra una vida y un protagonismo único”. Me encantan expresiones -que yo nunca sería capaz de aplicar- como “tibio desfiladero”, “pronunciadas mamilas”, “el colchón del escroto”… y cómo poco a poco nos vamos soltando para imaginar qué parte de su anatomía se supone “dulce” y cómo le afectaría aquella “mágica transformación” que todos conocemos.

Gimeno escribe con una competencia implacable, la prosa clara y contudente. Es esa contundencia la que la delata como escritora pulp, viciada (es un decir, pues se trata de su carta de naturaleza, sin que ello implique menoscabos clasistas) por tics narrativos propios de mis admirados autores de bolsilibros: la desfachatez con que encadena episodios inconexos o giros argumentales, la naturaleza ‘innoble’ de muchas de sus imágenes y metáforas (”La tenue caricia fue como el pistoletazo de salida en Lemans”), el desentendimiento creativo frente a la reiteración (prácticamente todos los glandes de esta novela son violáceos), la voluntad inexorable de avanzar a cualquier precio de la estructura narrativa… Y, sin embargo, El vestido me parece una novela muy digna de ser leída y fuente de múltiples placeres, no solamente eróticos.

Una vez más, no entiendo por qué en este país Àngels Gimeno no está escribiendo novelas de aventuras, de autodescubrimiento, de terror, o de suspense, para jovencitas o para mayorcitos (¡o para todo el mundo!), con contrato en exclusiva para una editorial de consumo masivo como Planeta o Ediciones B y sin embargo hay tanta autora de prestigio publicando tanta novela barata (en el peor sentido de la palabra).

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Àngels Gimeno y Ralph Barby en los buenos tiempos del pulp español.



BAILAR CON LAS PALABRAS

June 8th, 2011 Migoya

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“Porque yo, Ukk, no soy humano. Nunca lo fui, al menos que yo sepa”. La verdadera historia del temible Ukk, un relato de Curtis Garland

“-Nada famoso, se lo advierto -dijo el caballero con una modestia que a la señorita Polidori le pareció enternecedora y convincente-, escribo ensayos sobre psicología, parapsicología y cosas así. También vendo whisky -añadió casi enseguida-, de hecho a Otranto me trae el whisky. Tengo allí varias visitas que hacer. Además soy parapsicólogo. Pero dejemos de hablar de mí…”. Asesino Cósmico, de Robert Juan-Cantavella

Uno de los primeros libros que alquilé de niño en la biblioteca municipal de mi pueblo fue Tiburón 2, apabullado por el terror que como un despertar erótico sembraba en mí el mero vislumbre de cualquier secuencia desgranada por TV del filme de Spielberg. Leí antes Tiburón 2, una novelización de la secuela fílmica, que el primer Tiburón original de Peter Benchley, y ambos antes de osar ver la película. De esos dos libros, sólo recuerdo que el jefe de policía Martin Brody tenía 40 años y se sentía por vez primera consciente de que estaba a la mitad de su trayecto vital. Ese detalle se me quedó clavado desde que lo leí crío hasta este momento, en que me hallo a punto de cumplir los 40.

Por eso me hace gracia que Tiburón 2 esté en la génesis -así lo ha confesado Robert Juan-Cantavella en varias entrevistas- de Asesino cósmico, una de las novelas más absurdas y deliciosas -y deliciosamente escritas- que he tenido el placer de leer.

Básicamente, su autor plantea un universo y unos personajes de Bolsilibro Bruguera y, MUY consciente de los giros, fórmulas y convenciones que el género popular tradicional impone, se dedica a bailar con frases, situaciones y elucubraciones abstractas que me han hecho reír hasta la lágrima viva. Ese gusto por el puro baile de fraseos y florituras expresivas, al ritmo de un pulp cañí (”Amarrada para siempre al marco por el bigote”; “Por todas partes hay soldados trajinando superconductores”; “Consumar la infamia”; “Sustantivo rufián”; “Para resultar más convincente la ha reducido con una llave de kárate”…), imposibles de endosar en otro código narrativo -uno naturalista o meramente realista, incluso épico o aventurero si nos lo tomamos en serio- es el gran panal de rica miel que Juan-Cantavella pone al alcance de nuestras zarpas. Quien no sea aficionado a la literatura de género o no sepa gustar de la frivolidad bien entendida -quienes le exijan a la literatura que refleje la realidad más prosaica; no la realidad real, ésa que sólo está en nuestras cabezas, o a sí misma- no entenderá nada y despreciará la obra por falazmente pueril; pero a quien le guste desde siempre la literatura per se, va a disfrutar como gocho en chiquero.

Olvidaos de estructuras narrativas y evolución dramática: cada capítulo es un ejercicio de estilo en sí mismo y el valenciano cierra el chiringuito cuando ya se ha cansado del juego. Pero qué demonios, dentro no solamente encontraréis párrafos hilarantes: también algunos pasajes fascinantes y conmovedores por forma y fondo, de bordado fino y exquisito y espiritualmente enjundiosos, como la reflexión de una madre sobre la súbita pérdida de su hijo o el intríngulis que puede llegar a forjarse en una mente sufrida el posado para una foto de graduación.

Como si de una canción de pop chicloso se tratase, Asesino cósmico incluye también su negro rapeando: en esta ocasión se trata de una colaboración de lujo, el gran Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz), uno de los autores de novela de kiosco más entrañables, personales y jugosos de la generación Bolsilibro Bruguera. Garland aporta un capítulo entero con su prosa diabólicamente efectiva y sus tics demenciales, así como personajes y motivos que el propio Juan-Cantavella se encarga de incorporar al repertorio conjunto.

En suma, un espectáculo de danza de las palabras, maravilloso y diáfano, donde el espectador asiste a un homenaje a la belleza por la belleza, literal y literaria.  Y donde Juan-Cantavella se revela un hedonista de la escritura porque sí.