January 17th, 2011 Migoya

Las mujeres de Antonio Pérez García (Carr o Carrillo, según le dé por firmar) siempre me gustaron, porque se alejan radicalmente del canon contemporáneo habitual (delgadez estilizada) que se suele esgrimir como el modélico, planteando una tipología femenina con un atractivo y un look muy pin-up años 50. De niño me aficioné a su trazo diáfano y resultón, así como a sus heroínas carnosas y vitales, gracias a las aventuras de El Capitán Pantera en las revistas Súper Mortadelo y/o TioVivo.
De hecho, mi novela favorita de la adolescencia, El arrecife del escorpión de mi biografiado Charles Williams, en su edición de El Club del Misterio -la colección que me cambió la vida a los 10 años, hace ya 30- incluía ilustraciones originales de Carrillo, plasmando la rotunda belleza de la fortachona “sueca” por la que el escritor fracasado Bill Manning se hunde en la miseria.

Por eso aluciné cuando me encontré este libro: Cómo dibujar chicas, del propio autor. ¡A buen seguro que su modelo de chica no tiene nada que ver con el que hoy se maneja de ordinario como el prototípico de “ideal” estético! De ahí que no pudiera resistir la tentación de hacerme con él, como producto kitsch para mi comicoteca.

Sus mujeres no sólo abundan en redondeces de cadera y busto: además, son corpulentas y poco delicadas de complexión; lucen hombros de nadadoras y muslamen de saltimbanquis; y, si sus rostros son maternales, se ven subrayados por una rotundidad mandibular que no deja mucho espacio a imaginarlas como indefensas “damas en peligro”… Mujeres resolutas y adorables, al fin: de armas tomar.

Nada que ver con el ideal masturbatorio de la mayoría de autores de cómic.

¡Ojalá muchos dibujantes aprendan a dibujar mujeres siguiendo el canon de Carrillo!

Carrillo, the man himself.
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January 28th, 2008 Migoya
Lo primero que tengo que decir es que el dibujo del alemán Krassinsky me parece sobresaliente: trazo nervioso y preciso, unas páginas que están vivas y que se leen con verdadero placer. Una gozada visual. Los guiones técnicamente están muy bien, las cinco historias que contiene están perfectamente calculadas y construidas con profesionalidad impecable. El primer episodio me gusta mucho, y creo que refleja con mordiente parte de la mentalidad masculina en cuestiones de sexo.
¿Mi único pero? Que todas las gordas protagonistas (léase gordas como sustantivo y protagonistas como adjetivo) tengan tanto complejo de gordas. Y parece que el resto del mundo sea el culpable, ya no de cómo (mal)trata a las gordas, ¡sino del mero hecho de que sean gordas! Hay un tufillo continuo a reproche ¡al propio lector! Es como si Krassinsky quisiera hacernos sentir culpables de lo que sienten estas chicas. Un lamento algo plañidero sobre lo triste que es, en el fondo, ser gordo. Yo no hubiera tirado por ahí, la verdad.

Este concepto me recuerda al personaje de Greg Kinnear en “Little Miss Sunshine”. Es lo que yo denomino personaje-trampa: está definido desde el primer momento para provocar una sola, unívoca, desagradable reacción en los espectadores. La cual es: “¡Mira este pringado impertinente, todo el día hablando de ganadores y perdedores, sin darse cuenta de que el perdedor es él!”. Por Dios, ¿necesitaba su guionista hacerle repetir tantas veces, tan a destiempo, lo de los ganadores y los perdedores? ¡Que ya lo sabemos! Él cree que sí: a efectos dramáticos, por supuesto, para que quede perfectamente clarita la conclusión moral a la que quiere llegar (como si uno no supiera cómo va a acabar el personaje nada más conocerle). Por suerte, Kinnear es tan adorable, que en seguida se convirtió en mi personaje favorito de la película. ¡Por eso y porque el guionista parecía odiarle tanto!
Un guionista debe respetar más a sus criaturas. O, de lo contrario, no son personajes vivos, sino sólo personajes-trampa. Personajes escritos para imponer y forzar una reacción en el lector o espectador, sin permitirle llegar a sus propias conclusiones.
Pues un poco me pasa eso con las gordas victimistas (léase gordas como sustantivo, etc.) de “Corazones rollizos 1″, excepto que, en este caso, casi ninguna me cayó bien. ¡Pero el álbum sí! Es un buen álbum.
El otro día le comento a María de Glénat que si este cómic lo hubiera hecho una mujer, sería mucho más guarro y no pediría perdón. Ríe y dice que, exacto, sería mucho más guarro y no pediría perdón.
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