May 23rd, 2011 Migoya

“-Sí. (Soy) cada uno de los hombres, todos aborrecibles para ti; pero, representándotelos, uno a uno, yo te hago amarlos, a todos a pesar tuyo.
Ella concluyó rugiente:
-Pero yo los destruiré a todos en ti”.
Doña Bárbara de Rómulo Gallegos
Encaro con Doña Bárbara la segunda novela que leo de su autor, después del comentario dedicado a la anterior La trepadora. Es Doña Bárbara, al parecer, la novela más popular de la literatura venezolana de la primera mitad del siglo XX, y una de las más conocidas en toda Latinoamérica.
Se publicó en Barcelona en 1929 (creo que en edición costeada por el propio autor) y fue merecedora del premio Mejor Libro del Mes otorgado en España en septiembre de ese año. Estamos, pues, ante otro ejemplo de obra beneficiada por su publicación en el mercado “mainstream” del mundo hispanoparlante, como luego ocurriría con el “boom” latinoamericano en los años 60, también orquestado desde Barcelona. (Estas cuestiones de coyuntura post-colonial son relevantes pero continuamente ignoradas desde España: no nos damos cuenta de que nuestra industria es una referencia para Latinoamérica, como la estadounidense lo es para nosotros -y para ellos también-).
Doña Bárbara se podría definir como un excelente folletín, un folletín construido con material noble, donde vuelve a destacar la prosa exuberante de Gallegos. Argumentalmente, se puede ver como un western y también como un melodrama: el joven y civilizado Santos Luzardo regresa a su hato (hacienda) en el llano venezolano para poner freno a los abusos y atropellos que la cacica Doña Bárbara comete en la salvaje región, pero tiene que cuidarse de no caer él mismo presa de las dotes de seducción (dicen que sobrenaturales) de la Doña y del instinto de bestia que desata la ruda vida de la propia sabana.
La importancia de Doña Bárbara, a mi parecer, estriba sobre todo en que establece un arquetipo excelente y perdurable de la “devoradora de hombres” (que atrae y destruye sin remisión a todo varón), arquetipo que pronto trasciende las fronteras venezolanas para extenderse por toda Latinoamérica, siendo inmortalizado para la gran pantalla, ya en los años 40, por la mexicana María Félix y extendiendo su influencia como un modelo perdurable en toda la cultura latinoamericana (imposible no ver a Doña Bárbara en canciones como la desgarrada María la Bandida del maestro José Alfredo Jiménez, dedicada precisamente a la Félix en esta versión interpretada por Lola Beltrán).

María Félix, la Doña Bárbara más universal.
Doña Bárbara no me parece, sin embargo, una novela magistral. Primero, por ausencia de ambición o visión: las formas son las de un folletín decimonónico, con personajes bien trazados pero de acciones y actitudes algo alambicadas, y construidos al servicio de un modelo excesivamente tradicional de literatura, ya oxidado en su propio tiempo (tomado el folletín decimonónico como “gran” literatura sin necesidad de innovación o revisión personal… y no como vehículo meramente escapista, en cuyo terreno esta novela funciona a la perfección).
Asimismo, la carpintería de Doña Bárbara, pese a la calidad de su material, no es medida ni reposada: funciona por acumulación de hechos y descripciones, algunos reiterativos, de manera que ciertos capítulos podrían eliminarse sin que el conjunto se resintiera. También fallan escenas que en teoría debieran haber sido emocionalmente fuertes, como cuando llega en la trama el tan esperado momento en que Santos Luzardo y Doña Bárbara se encuentran por primera vez: la expectativa del lector resulta frustrada debido a que el autor “olvida” reflejar la impresión que en el protagonista cause la presencia de la mujer; parece que Gallegos no considera importante para Luzardo (ni para el lector) dicho momento, cuando todos estamos esperando que el “héroe” quede traumatizado, para bien o para mal, por el descubrimiento físico de la Doña. En ese sentido, no tiene lógica el desentendimiento de escritor y personaje para con un suspense construido previamente a lo largo de varios capítulos.
Por último, hay personajes que no juegan ningún papel trascendente cuando por lógica dramática deberían: como Lorenzo Barquero, hombre “devorado” por Doña Bárbara cuyo ejemplo el protagonista debe intentar no seguir a toda costa, y que cumple al principio un rol importante como antimodelo de comportamiento y para presentar a su hija Marisela (tercer vértice del triángulo amoroso establecido en el drama), pero que deja de ser relevante cuando al autor le interesa, todo y cuando su presencia en la hacienda de Santos Luzardo reclama a gritos un peso y una evolución del personaje que no se da, así como sí se procede cuando interesa “folletinescamente” a una involución arbitraria de su carácter… Esa arbitrariedad de movimientos de los personajes es demasiado evidente.
Abundan, por el contrario, pasajes melodramáticos excelentes (el origen de Doña Bárbara) y también sublimes descripciones de la vida del llanero, así como de la llamada de la agreste naturaleza (espeluznante el párrafo de la muerte de la novilla en el “tremedal” -arenas movedizas-, arrastrada por una culebra).
El planteamiento teórico detrás de Doña Bárbara, desde el mismo nombre de la villana, es un más que evidente enfrentamiento entre civilización y barbarie. La visión de Gallegos se destila sumamente conservadora, identificando naturaleza con caos, aunque también con vida libre para los instintos; y civilización con pulimento de virtudes y garantía de supervivencia. Un símbolo de civilización para el protagonista y también para el autor es el tendido de una cerca que limite con claridad la propiedad privada, así como el establecimiento de leyes que destierren la corrupción, tan tradicional en los países en vías de desarrollo (o supuestamente desarrollados, como España).
Así pues, se trata de una novela que me parece decepcionante en lo que se refiere a su formulación artística, tanto desde un punto de vista contextualizado como frente a los ojos de un lector occidental de hoy que pretenda descubrir “nuevos modos” en clásicos que mi generación no suele leer en España (en ese sentido, La trepadora me parecía más interesante, pues no caía en los vicios folletinescos hasta su tercer y último acto); pero en cuanto al uso del lenguaje y la calidad narrativa, Gallegos sigue descollando como un escritor inmenso, excepcional.
Queda, eso sí, un molde perfecto para producir a destajo innumerables adaptaciones a seriales televisivos, perpetuando un modelo inequívoco de la mitología popular latinoamericana.

La última de las abundantes adaptaciones telenoveleras.
Posted in Cine, Extranjero, Latino, Personajes, Reseñas, Sexo, Uncategorized, Vídeo | No Comments »
January 19th, 2011 Migoya

Cuando hace unos años empecé a preparar el rodaje de ¡Soy un pelele!, mi primer deseo fue contactar con Augusto Algueró para ofrecerle que fuera el compositor de la banda sonora. Inicié gestiones para localizarle, pero ya entonces, gracias a Luis Ivars, quien amablemente ejerció de intermediario, el hijo de Algueró nos informó de que el maestro se encontraba retirado y con graves dolencias, es decir, inmerso en un estado de salud muy deteriorado y precario.
Desde entonces, hace de esto cuatro años al menos, inconscientemente me esperaba que don Algueró falleciera sin provocar un gran ruido en los medios alternativos o afines a mi hábitat artístico. Existe en mi generación (en su élite cultural, ciertamente) un pudor exacerbado hacia la cultura geográficamente propia (digo geográficamente en tanto en cuanto, gracias al imperialismo estadounidense y su tecnología, toda la cultura mundial ya es “propia”): muy pocos artistas/comunicadores de mi edad admiten ver, leer o escuchar nada que sea español y/o no tenga raíces anglosajonas (o sea: si escuchan un grupo español, tiene que ser un grupo que tenga raíces rockeras). El pudor ya alcanza límites estratosféricos cuando se refiere a la música melódica de los años 60 y 70. Sobre este complejo (que quizá sea miopía mía o sobredimensión provocada por un complejo propio) y el esnobismo del cultureta español paradójicamente colonizado trataré otro día: mientras, piensen en lo idiota que resulta ir de enterado porque tienes metido en tu I-pod al Manolo Escobar de Bollywood;cuando el día que aquí se muera Súper Manolo, todos esos modernos de postal callarán como putas.
No soy un gran fan del rock de los 70, antes al contrario, pero sin embargo la música melódica española -con acompañamiento orquestal- de esa década me fascina. Creo que es debido a una razón suprarracional, dado que me retrotrae a un estado primigenio de placidez: me traslada a momentos… mejor dicho, a SENSACIONES de la infancia, a cuando uno escuchaba algo sin necesidad de juzgarlo u opinar, sólo absorbía: en cualquier caso, me cautiva. Y una de mis mayores sorpresas durante mi estadía en el Perú fue comprobar que allí existe mucho mayor consumo, culto y respeto hacia esa música melódica española de los que ¿goza? en nuestro país. Cómo no.
El barcelonés Augusto Algueró, aparte de ser el desvirgador oficial de la deliciosa jovencita Carmen Sevilla (lo cual reviste más mérito de lo que parece a primera vista), fue uno de los músicos y compositores pop más importantes de la segunda mitad del siglo XX español. Para mí, junto a Manuel Alejandro y Juan Carlos Calderón, conforma la Sagrada Trinidad de la música melódica española. De Algueró son la Tómbola de Marisol; el Te quiero, te quiero de Nino Bravo; o el Gracias de Antonio Machín.
Durante la pasada década, escuché sin cesar este precioso recopilatorio de sus mejores instrumentales (ahí está su portentoso Mi gran amor), rescatado por el valioso sello “indie” (manda cojones) Rama Lama, pero hace un tiempo ya que no encuentro el cedé en casa. Creo recordar que se lo presté a Refree, el artista que terminaría componiendo la banda sonora de ¡Soy un pelele!
¡Seguro que se lo ha quedado!
Lo cual no deja de tener su gracia y su justicia histórica.
Gracias, don Algueró, “por haberme comprendido”…
Posted in Ensayo, Fallecimiento, Noticia, Pop, Uncategorized | 9 Comments »
April 15th, 2010 Migoya
Las series españolas están vetadas de mi círculo de amistades, no tengo con quién comentarlas. Pese a sus 5.000.000 de espectadores, no conozco a nadie que haya visto Aguila Roja. “Caspa”, “chorra” y “cutre” son los tres calificativos más comunes que oigo cuando se me razona la causa de no ver producción propia. Sin embargo, nadie sanciona la caspa de Buffy la cazavampiros, las chorradas de Dexter ni la cutrez de Lost.
UCO fue una serie policíaca con muy mala suerte. Yo la descubrí en Internet, donde están colgados todos sus capítulos, y me quedé fascinado por el argentino de ascendencia catalana Miguel Ángel Solà. O ahora Solá, imagino.
Este actor siempre me ha gustado. Hasta sus declaraciones a la prensa me gustan (cómo la arma aquí, con qué elegancia masacra a los españoles con verdades como arañazos). Pero en UCO me trastorna. Sus ojos adoptan matices de un color ambarino que yo sólo conocía en los rotuladores Carioca y su presencia tiene el magnetismo de los grandes. Este actor lo dice todo bien, le echen cal o arena.
Su personaje, el Capitán Sierra, es un guardia civil ecuánime y persona. Nunca había visto un policía español (bueno, es un decir) con tanta presencia en pantalla. Está a la altura de los grandes, de Humphrey, de Delon, de Mickey Rourke cuando imitaba a Bogart y le salía Ford (Glenn) en El corazón del ángel. Solá está ahí, entre los grandes.

El futuro real del cine español reside en la profesionalidad que está adquiriendo la cantera de realizadores televisivos. Esta serie, con muchísimas limitaciones de producción, debutó con un episodio estupendamente dirigido por Agustín Crespi (este tío lleva dirigidos ¡73! episodios de Cuéntame, ahí es nada). Antonio Cuadri también hace una labor notable en realización. Entre los guionistas, están Luis Marías, director de aquel interesante filme de género, X.
La serie empieza muy bien, os recomiendo especialmente los episodios 1 y 3. En éste, titulado “El niño“, entra el inquietante Junio Valverde (Eskalofrío) como inesperado villano adolescente, marcándose un duelo de alto voltaje con el Capitán Sierra.
Hay más actores de valía: Esther Ortega es una actriz muy rara y pone mucho; Alfonso Bassave tiene sangre joven de potro ganador; Núria Torrent siempre calla bocas; y Sancho Gracia mola aunque salga con un ojo jodido a planos alternos. También hay malos actores.
Lamentablemente, coincidiendo con su prematura defenestración de la parrilla de TVE (más de la mitad de episodios se estrenaron directamente en Internet), UCO va perdiendo intensidad y solvencia. Ni siquiera termina por resolverse el conflicto principal (creo que había 13 capítulos previstos y sólo se completaron 11).
UCO deberían reponerla, aunque fuera con la excusa de que Juan Ribó y Pastora Vega se conocieron durante su rodaje, encarnando a policía y confidente. ¡Quizá su primer beso de veras fue el primero que se dan en la serie!

Los gays siempre recordarán el “otro” final feliz de UCO:
¡Fue la serie que juntó a Pastora Vega y Juan Ribó!
Posted in Latino, Personajes, Reseñas, Uncategorized, Vídeo | 2 Comments »
March 15th, 2010 Migoya

Jaime “Ozymandias” Cantizano, demasiado impecable para el lodazal.
Estos días me he encerrado en casa para culminar la revisión final de mi nueva novela.
No estoy para nadie: solamente para mi manuscrito, mis rotuladores rojos y, cuando necesito darme un respiro, la telebasura.
Tras años y años de buscar su lenguaje propio, la televisión por fin lo ha hallado: Tele 5 y Antena 3 han desarrollado un espectacular universo donde se plasman las mejores y peores cualidades (bueno, sólo las peores) de la humanidad (bueno, sólo de la humanidad española). Sumergidos en ese universo, me siento que vuelvo a rejuvenecer, como si estuviera reviviendo los cómics de superhéroes de la Marvel y la DC. Igual que cuando eres adolescente, estos cómics te parecen mucho más coherentes y honestos que la realidad, el universo telebasurero resulta mucho más coherente y honesto que la mayoría de Informativos, debates políticos, concursos y otras chorradas que inventan para maquillar de credibilidad las fantásticas y sobrenaturales posibilidades del medio.
Comparando cadenas, Tele 5 sería la Marvel, por su sentido del espectáculo y lo real “marveliano”; Antena 3 es más DC: sus personajes son más seriotes, pero también más sosetes.
El universo que T5 y A3 plantean tiene sus propias reglas: no hay superhéroes, sólo supervillanos (aunque de cuando en cuando algunos se hacen pasar por héroes, como en Marvel algunos se hacían pasar por villanos para pelearse momentáneamente con el héroe titular: aquí al revés, a veces los villanos se amistan y muestran buenas intenciones, pero sólo para desvelar su verdadera faz y andar a la greña al día siguiente); todas sus componentes femeninas dominan algún tipo de brujería y todos sus componentes masculinos son gays (alguien debería hacer algún día un estudio serio sobre la supremacía de gays en la telebasura y en el PP), menos algún veterano con el que se tiene más indulgencia (J.G. Arnau), o algún villano legendario (el gran Pipi).

Jorge Javier “Peter” Vázquez, en un momento dramático de su serie.
Jorge Javier Vázquez y Jaime Cantizano son los líderes: el primero es más Peter Parker, el segundo más Superhombre de una pieza, en este caso una pieza bastante prominente: un Ozymandias tratando de agregar glamour a la pandilla decadente de sus Watchmen en DEC. Pero con Belén Esteban, T5 le ha dado un giro marveliano-psicologista al asunto: su bajada a los Infiernos resulta mucho más apasionante e imposible que la etapa alcohólica de Tony Stark en los mejores tebeos de Iron Man.
Ya estoy deseando que T5 y A3 se pongan de acuerdo y planteen unas Unsecret Wars coordinadas entre sus componentes.
Porque a este ritmo son Ultimates en menos que canta un gallo. A Belén Esteban le faltan dos Telediarios para convertirse en nuestra Jean Grey…

Casi me olvido de Jordi González, el más peligroso, porque va de infiltrado:
su diseñador se ha inspirado claramente en Roddy McDowall y Harry Osborn.
Posted in Ensayo, Uncategorized, Vídeo | 7 Comments »
December 22nd, 2009 Migoya

Uf, chicas, ese bebé no parece muy a salvo…
Me hace gracia la sutileza con que la sociedad y los medios de comunicación están tipificando con un matiz disfuncional lo que hasta ahora era una cualidad connatural al género masculino. Ser hombre siempre ha conllevado reprimir, permitir o soportar la veleidad del deseo en los genes. Aquí y en Lima.
¿Desde cuándo alguien como Tiger Woods, un tipo con dinero, fama y mujeres, no encarna el sueño de todo heterosexual y pasa de pronto a ser un degenerado y pervertido adicto al sexo, con necesidad de “curarse”?
¿Por qué la promiscuidad de los homosexuales, igualmente voraces por naturaleza, es mucho más tolerada en la actualidad? La respuesta resulta tan sencilla y evidente (pero tabú) que me ruborizo ante la sola idea de tener que enunciarla.
¿Cuándo las divorciadas van a curar su adicción a llevarse dinero ajeno?
¿Cuándo vamos a alcanzar una sociedad que deje de hacer sentir culpable a un individuo por el solo hecho de ser hombre y heterosexual?
¿O es el precio eterno de la Civilización?
PD. Por cierto, hace unos años conocí a una castellana con gustos playeros que me confesó haber sido amante regular de Tiger Woods. La creí entonces.
Ahora no me cabe ninguna duda.
Posted in Ensayo, Noticia, Sexo | No Comments »
December 21st, 2009 Migoya

No tengo suerte con mis ídolos juveniles de Hollywood.
Hace años River Phoenix; hace no tanto Heath Ledger; ahora Brittany Murphy…
Todos los actores que me gustan, con los que me identifico y sobre los que me proyecto acaban fatal.
Sólo me queda ya Edward Furlong. Me pregunto cuánto tiempo le queda.

“¡Eh, amigos! ¿Cuántos años más me dais?”
Posted in Cine, Extranjero, Fallecimiento, Noticia, Pop, Uncategorized | 12 Comments »
October 2nd, 2009 Migoya

Hace poco, una sonriente niña de 11 años, hija de unos buenos amigos, nos contaba con naturalidad que todas sus amigas de clase (menos ella, claro) ya habían follado.
Es obvio que resulta presuntuoso y casi siempre atolondrado que un adulto intente meterse en la cabeza de un protoadolescente y aleccionarle.
Lo que hizo o no hizo Polanski con una treceañera es algo que nunca sabré, porque no estaba allí. Así que la rotundidad del titular de este artículo me parece excesiva. Sin embargo, su contenido es excelente y condensa de forma casi sistemática el sentimiento de muchos.
No sé los directores, pero es obvio que los actores y actrices van a apoyar a Polanski.
Mientras, Arnold Schwarzenegger demuestra mucho mayor sentido común y de la Justicia de lo que sus cínicos detractores estaban dispuestos a otorgar al (Ex)Terminator. Independientemente de que las Leyes sobre el tema sean justas y adecuadas o no. Ése es otro debate.
Como Arnaldo, yo no solamente admiro la obra de Polanski, ¡a mí es que además me cae de puta madre! Pero eso tampoco tiene nada que ver.
Un quitado de sombrero final para Luc Besson. Su puntualización en el primer artículo mencionado me parece impecable, especialmente viniendo de alguien que sufrió el acoso de la censura corporativa en su oda a la belleza infantil, Léon el Profesional.
PD. ¿Y qué droga se han tomado los directores españoles al opinar sobre el asunto? ¡¡¿”Yo que soy temeroso de las autoridades jamás hubiera huido y me hubiera quedado a cumplir la condena”?!! ¡NOOO! Eso no puede haberlo dicho nadie.
Posted in Cine, Ensayo, Noticia, Sexo | 11 Comments »
June 26th, 2009 Migoya

No me gusta Michael Jackson (bueno, no me gusta especialmente), pero con la excusa de su triste muerte, aprovecho para recuperar esta bonita versión en demo que hizo de un tema de Freddie Mercury, There must be more to life than this.
Ambos pretendían grabar un dúo de esta canción, pero ahora ya es imposible, al menos en el plano terrenal. Ahora son un trágico ejemplo más de cómo la música te conserva joven.
PD. El de la derecha de la foto es John Deacon, el miembro más inteligente de Queen.
Posted in Fallecimiento, Pop, Uncategorized, Vídeo | 12 Comments »
April 6th, 2009 Migoya
“Dime si no es para amargarse que (Miguel Mihura) escriba 3 sombreros de copa en 1933 y no se estrene hasta 1953. ¡Más de veinte años en el cajón! Y luego, cuando tiene éxito, salen los listos y le dicen que se ha traicionado, que se ha vendido a la burguesía. “No, es que usted era bueno entonces. Usted lo que tenía que haber hecho era joderse la vida y seguir por aquel camino. Hasta la inmolación”. Alfredo el Grande. Vida de un cómico (Ed. Aguilar), de Marcos Ordóñez
“Si cuando rodaba “eso” me hubiesen advertido que al cabo de cuarenta y cuatro años aún se iba a ver, hubiera afinado un poco más”. Joan Bosch. El cine i la vida (Cossetània Edicions), de Àngel Comas

Desde que no leo prensa, va para un año ya (¿alguien opina como yo que la crisis es algo bueno?), lo único que extraño es la sección de crítica teatral de Marcos Ordóñez en un suplemento literario, Babelia. No soy asiduo del teatro (los libros, los cómics y los deuvedés de largometrajes, series y animes copan toda mi atención: ya renuncié también a mi playstation rosa), pero los fructíferos textos de Ordóñez merecen la pena leerse aunque no se les halle utilitarismo, o mejor aún si no se les busca tal. Marcos Ordóñez es de esa rara casta de autores que comen de todo y, además, saben digerirlo. Leyendo su columna no solamente percibes una sagaz mirada arrojada sobre el mundo de la dramaturgia: casi todas las disciplinas artísticas pasan por sus ojos y él consigue conjugarlas de forma orgánica y enriquecedora para el lector. Además, sabe escribir.
Desde que se me quemó la portátil que tenía sintonizada, tampoco veo TV, pero en este caso sí echo absolutamente de menos los espacios del corazón (de puñaladas al corazón, deberían denominarse) y chismorreo. Creo que he suplido ese vacío de sustancia cotorril con la lectura de biografías más o menos aureoladas de chismes jugosos, propina frívola siempre de agradecer con independencia del necesario interés personal que me despierte el personaje chismeado. De Ordóñez ya he leído, por coincidencia pero no casualidad, dos libros de vivencias ajenas: su sabrosa crónica de los años españoles de Ava Gardner en Beberse la vida y estas memorias de Alfredo Landa.
Con Landa me pasa, curiosamente, lo mismo que con el maestro Ibáñez: los prefiero trabajando. Igual que Francisco Ibáñez es entrevistado en público y pretende ser gracioso sin conseguir serlo en absoluto (y uno se contraría sentimentalmente al deberle a sus tebeos tantas carcajadas), Landa también me provoca en sus entrevistas televisadas cierto desagrado instintivo: se le percibe cierto rebufo de soberbia provinciana y chulería autosuficiente que echan p’atrás. O quizás es que veo en él defectos que también veo en mí.
En cualquier caso, la lectura de Alfredo el Grande. Vida de un cómico me parece altamente recomendable, tanto por su repaso, cariñoso en el horizonte, a toda una generación de artistas que de los 60 a los 80 reinó en el cine y el teatro, como porque provoca carcajadas sin fin. Marcos Ordóñez acierta de pleno al optar por el mejor recurso posible a la hora de explicar a Landa: dejarle hablar. Ordóñez le graba y transcribe, con seguridad tras un proceso de editado que, como los buenos editados, no se nota. El libro se puede leer de una sentada y, de hecho, yo me lo pulí en cinco horas de un sábado noche que me quedé sin discoteca en las carpas de la periferia…
Si la gran virtud de estas memorias es que uno se muere de risa leyéndolas, la otra cualidad preciada es que, para bien o para mal, por resentimientos hediondos o pura necesidad de ventilar la casa, Landa cuenta lo que le da la real gana. Decir lo que se piensa es una cualidad bien extraña en nuestro país, especialmente en el mundillo del cine. Y, cuando llega el momento de repartir tortazos, Landa tampoco se queda atrás.
Con Landa coincido y disiento en muchas cosas, obviamente. Comparto su adoración hacia Pepe Sacristán y su desconfianza hacia la siniestra Pilar Miró -curiosamente, Adolfo Marsillach, que fue noviete de ella, la definía en parecidos términos en sus propias memorias-: también para mí es la principal responsable de la muerte del cine popular español, hace casi treinta años ya (Torrente, nuestro personaje reciente más internacional y el que mejor nos define, fue el nuevo e inesperado mesías de una fe perseguida aquí desde hace años: la de que el público tiene derecho a ver el cine que quiere). En las primeras páginas, Landa realiza además un conciso repaso de cómo (no) funciona el sistema de producción de la “industria” del cine español, que creo puede iluminar a más de una mente distraída aún con la idea de que la única familia que vive del dinero de nuestros bolsillos es la Real.
Por mis propias querencias, no me gusta cómo Landa se ceba en egregios compañeros como José Luis López Vázquez o Fernando Fernán Gómez: pero si él no se censura los elogios, tampoco nosotros (ni Ordóñez, acertadamente) le habremos de censurar los palos. El actor ha parecido siempre bien dispuesto a aceptar las consecuencias.
Y el morbo nos puede.

Ordóñez y Landa en una foto de Europa Press.
La cita que he extraído del libro demuestra que Landa no es tonto. En ella, básicamente viene a resumir el papel de cierta crítica coterránea (y, eso sí duele, de muchos amigos hienas) en esto del artisteo. Asimismo, el actor ejemplifica modélicamente un recurso crítico habitual, en este caso a colación de El Crack de José Luis Garci: “Al principio, ya te digo, nos pusieron verdes: que aquello era una mala imitación del cine negro americano, que la historia no era creíble en Madrid y que aquí no servíamos para hacer estas cosas. Y después de El Crack 2, y a las hemerotecas me remito, los mismos que habían escrito todo eso comenzaron a decir que era un clásico del cine español de los 80. Cosas que pasan”.
No cosas que pasan. Personas que son así.

Otro libro interesante es Joan Bosch. El cine i la vida, de Àngel Comas, repaso en catalán a la filmografía del realizador tarragonense -de Valls, como Ignacio F. Iquino y Pedro Lazaga- anteriormente conocido como Juan Bosch (por las imposiciones franquistas, no por gusto propio) que, curiosamente, rodó su última película con Alfredo Landa: concretamente Un Rolls para Hipólito, con guión de Mariano Ozores, del que el propio Landa dice de forma hilarante -cito de memoria- algo así: “Después de leer un guión de Mariano Ozores, cualquier otro te parece El Quijote“.

Por casualidad y porque somos cuatro gatos, cuento con varias razones de apego sentimental hacia este libro: el hijo de Joan Bosch (no por casualidad de igual nombre) ha sido el director de producción de mi primera película y, entre insulto e insulto -como debe ser entre productor y director-, nos hemos hecho uña y mugre; por otro lado, también conocí hace años al autor del estudio sobre Bosch, el crítico Àngel Comas, y a su deliciosa esposa Ondina, en el Festival de Cine de Huesca, y les tengo mucho cariño; y, para rizar el rizo, uno de los colaboradores en la etapa western de Bosch padre fue el autor Lou Carrigan -pseudónimo de Antonio Vera Ramírez-, en cuyas sendas novelitas del Oeste basaría aquél los filmes La diligencia de los condenados (1970) y Los buitres cavarán tu fosa: conocer y con el tiempo hacerme amigo de Lou Carrigan es un privilegio para mí, que leía cuando mocoso muy a gusto sus novelas.

Respecto del libro en sí, especialmente atractivas resultan las rememoranzas en primera persona del propio Bosch, referentes a actores tan divertidos como Arturo Fernández (protagonista de mi serie española favorita, La casa de los líos, y que empezó con Bosch en sus años de galán… de galán joven, me refiero) o Cassen. Bosch fue claramente un director de géneros: policíaco (A sangre fría), comedia romántica (El último verano, Bahía de Palma), comedia absurda (El terrible de Chicago), comedia musical (Chico, Chica, ¡Boom!), western (Abre tu fosa, amigo… llega Sabata), destape (Es pecado… pero me gusta, Caray con el divorcio) e incluso terror (Exorcismo)… Tocar todos esos palos es una suerte, no hay duda -hoy ya nadie lo puede hacer… ni se atreve-, pero no tanto con las condiciones de la época: me imagino que descubrir las penurias con que se ¿rodaba? en nuestro país puede resultar un aliciente extra para cualquier lector.

Para mí, que me hubiera encantado conocer a Ignacio F. Iquino (y rodar como él varios softcores con Patricia Adriani) o a Armand Matias Guiu (y escribir a su lado guiones para Cassen o los Hermanos Calatrava), libros como éste son de un valor incalculable.
Posted in Cine, Ensayo, Reseñas, Uncategorized | 2 Comments »
March 10th, 2009 Migoya

Julio se ríe de todo: qué foto, nadie nunca pudo conseguir más
Julio Iglesias es con seguridad el -dejadme utilizar esta expresión ridícula pero que me fascina por su rimbombancia (otra palabra ridícula)- más “universal” de los últimos 100 años, por encima incluso, ¡quién nos lo iba a decir!, de Francisco Franco. Ni el Generalísimo ni Saritísima pueden competir en popularidad internacional con este señor, que ha vendido más discos en el mundo que nadie. Es el único paisano cuya vida envidio y, tras la lamentable muerte de la Dúrcal, el único que me haría aún ilusión conocer.
A lo tonto, por documentación y vicio, me he convertido en un pequeño experto en Julio Iglesias. Hace unos días, el padre de Gwendoline debía dar un concierto en Lima, y con tal pretexto, escribí un artículo sobre su figura para la revista satírica DEDOMEDIO. El perfil mezcla rumorología, mito y realidad, para hablar de nuestro personaje más bigger than life. Pero, como bien dicen los colombianos y uno aprende en la carrera de Periodismo, “los rumores son más ciertos que las noticias”.
La foto de la cabecera lo dice todo. Esos ojos han visto cosas que los mortales jamás habrían podido soñar con ver. Como mito, es mucho más atractivo que Sinatra -quien me parece tan sólo mala gente-, un perdedor frívolo y con un sentido del humor perenne, que supera en capacidad de fascinación dramática incluso al desastroso adorable Dean Martin o al fe(nici)o entrañable Charles Aznavour. Por cierto, ved aquí lo bien que se lo pasan Aznavour y Julio, en una colaboración que éste ha hecho para un disco del primero.

De Dedomedio ya escribí en otra ocasión. Es una revista humorística peruana sobre la actualidad, muy europea en su cinismo pero más fabulosa cuanto más localista, y con unas portadas maravillosas del caricaturista Jorge Ramos. Miren qué preciosidad de Obama.
Posted in Ensayo, Julito, Latino, Personajes, Pop, Uncategorized | 8 Comments »