CUANDO MIJAIL ERA MICHEL Y MICHEL ERA MIGUEL

“Visto así, en plena luz, con el cuchillo ensangrentado en la mano, su alta estatura, su actitud decidida, el pie todavía sobre el oso que acababa de abatir, Miguel Strogoff estaba realmente hermoso”. Miguel Strogoff de Julio Verne

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Gracias a un buen amigo, conseguí explorar el mercado de libros Amazonas de Lima y salir con algunas buenas adquisiciones. Llevaba mucho tiempo queriendo leer traducciones íntegras de las novelas de Julio (o Jules) Verne, porque la mayoría de las que teníamos en nuestra infancia eran adaptaciones muy abreviadas, así que me encantó poder llevarme diez obras suyas, a un euro cada una, en esta maravillosa edición argentina de la Editorial Sopena, impresa entre los años 1939 y 1940.

Escogí leer Miguel (o Michel) Strogoff antes que ninguna otra, porque me causaba curiosidad saber el tratamiento que el autor había dado originalmente a esta figura épica por antonomasia. Recordaba la sorpresa con que hacia los 14 años (¡cuando creía tener ya una visión madura!) había comprobado la solidez del Verne narrador en la versión de 20.000 leguas de viaje submarino publicada en Alianza Editorial, así que no me extrañó que Miguel Strogoff también me hiciera disfrutar y admirarme ante la majestuosa imaginación de su creador. El sobado término “extraordinario” supongo que sigue siendo el que mejor le encaja.

Verne debía de escribir sus libros con un montón de anotaciones, mapas y enciclopedias sobre la mesa. De hecho, podría encarnar sin estridencias el prototipo de autor al que William Goldman hace homenaje (y amable burla) en su novela La princesa prometida: el escritor que lo vomita todo en un alarde de erudición, mal entendida como enumeración interminable de datos, combinando en el conjunto del texto las “partes buenas” (por seguir con el símil de Goldman) con muchas partes ¡aburridas! Pero incluso esas partes aburridas de Verne son hoy día interesantes para el lector, pues le permite averiguar qué escogía explicar el escritor en 1876 (año de la aparición de Miguel Strogoff) sobre las “exóticas” tierras donde desarrollara su drama.

Al idear el grueso de la trama como un tremendo itinerario terrestre, Verne hace acopio de toda la documentación de que es capaz y la despliega inmisericorde en casi todos los inicios de cada capítulo. O sea, usa y abusa de las verstas (medida de distancia cuya equivalencia en metros aún no me he molestado en averiguar), las extensiones, las alturas y anchuras, las poblaciones, las estribaciones, las fractuosidades y mil conceptos afines más, para permitir concebir al lector paisajes y poblaciones que jamás vio ni, probablemente, verá. Especialmente divertido resulta el episodio titulado La entrada triunfal, en el que Verne se dedica a pintar un fresco de la ciudad siberiana de Tomsk, utilizando las fuentes contrapuestas de dos viajeros célebres en su época, que la describen como fabulosa y horripilante, respectivamente, sin término medio: para concluir el propio Verne (que me imagino que jamás estuvo en Tomsk) con el salomónico dictamen: “La verdad está entre estas dos opiniones”.

Y, con todo, Miguel Strogoff es una gozada. No busquéis aquí complejidades psicológicas, pues no las hay, ni siquiera en estado germinal. Strogoff es un héroe de una pieza y su principal motivación es el patrioterismo: no hay vuelta de hoja. También sería injusto acusar de reaccionario al autor por convertir a los rusos zaristas en los “buenos” y a los tártaros rebeldes en los “malos”: cualquier excusa es buena para poner la pelota en juego. Lo que cuenta en la ficción, al final, es la tensión y violencia que cualquier conflicto pueda generar: la ideología subyacente es lo de menos, pues en la acción siempre hay un componente reaccionario, por noble y proletaria que sea la causa.

Los personajes más interesantes, o los únicos interesantes desde una perspectiva desapasionada, son los dos periodistas corresponsales que asisten sin querer a muchos de los actos del drama: el inglés Harry Blount y el francés Alcides Jolivet exudan la frivolidad de un Phileas Fogg y responden al más puro estereotipo de sus respectivas nacionalidades. Pero hay que reconocer que tienen suficiente vida y cumplen en aportar una apropiada ligereza y un flemático humor a las partes más trágicamente cargadas de la trama.

Toda la primera mitad de la epopeya es fabulosa y, pese a la ausencia de dimensiones de Strogoff (un abnegado, eficiente y prácticamente inhumano Correo del Zar a quien se le podría imaginar, fíjate tú qué paradoja, moldeado en bronce vivo según las pautas estilísticas del más ortodoxo comunismo ruso), el lector disfrutará (y sufrirá) con los terribles destinos que el creador se inventa para su criatura. A mí me emocionaron mucho en particular los primeros encuentros de Miguel Strogoff con su némesis, Iván Ogareff: la portentosa escena en que el “pérfido” lugarteniente de los tártaros reta a Strogoff en la parada de postas y éste debe tragarse su orgullo para no descubrir su misión, SÍ le permite al héroe desprender todo el calor del que carece en la mayoría de páginas, tan gélido como el territorio que debe recorrer.

PD. Como curiosidad freak, incluyo el reparto ideal que imaginé a la hora de recrear en mi mente la novela:

Miguel Strogoff: Liam Neeson.

Marfa Strogoff: Judy Dench.

Nadia Fedor: Ursula Andress

(cuando era veinteañera y aún tenía el pelo cortito).

Iván Ogareff: Mickey Rourke.

Feofar-Kan: Arnold Vosloo.

Harry Blount: Rhys Ifans.

Alcides Jolivet: Robert Downey Jr.

Nicolás, el telegrafista: Owen Wilson.

El Zar: Curd Jürgens (cameo).



One Response to “CUANDO MIJAIL ERA MICHEL Y MICHEL ERA MIGUEL”

  1. […] casa de vapor es la tercera novela que leo este año de Julio Verne

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