BRINCA LA NICA

“Pero el cipotillo piensa ¡mañana quiero ser guerrillero!”. El Cristo de Palacagüina, de Carlos Mejía Godoy
El jueves pasado saldé una nueva deuda con mi educación sentimental al poder ver por fin en directo a Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, en el Teatre Joventut de L’Hospitalet.
La verdad: me lo pasé bomba.
Siempre he sido fanático de la música latina, y Godoy & Cia tienen uno de los mejores y más hondos repertorios del folklore americano. Los medios se quedaron con sus temas bufos, sobre todo Son tus perjúmenes mujer, y ahora los progres de última hornada los reivindican por su “compromiso con el pueblo”, pero Mejía Godoy ha compuesto decenas de buenas canciones en muchos registros, que contagian verbos con sabor de alegría y tristeza populares al oyente.
El líder del grupo (de formación absolutamente renovada excepto por la presencia del eterno Silvio Linarte) se metió al público en el bolsillo desde el primer vacile. Sus chistes sobre gangosos y gays no fueron muy entendidos por el sofisticado nativo barcelonés -que más bien se quedó pasmado-, pero sus incontables llamamientos a la “solidaridad” entre los pueblos catalán y nicaragüense aportaron el requisito perfecto para despertar la benevolencia de todos. Allí, los únicos malos eran los gringos.
En otro contexto, me hubiera puesto palúdico ante tanto paternalismo populista y tanto patrioterismo tolerado -sólo faltó un “Viva España” que, obviamente, nadie estaba dispuesto a arriesgar, ja ja-, pero la simpatía de Mejía Godoy y los suyos es genuina y, sobre todo, el pueblo -quienquiera que conforme esa idea romántica, casi obscena de tan sobrevalorada- vive realmente en sus acordes: no comulgo con la empalagosa devoción hispanoamericana por los himnos colectivos (los últimos minutos del concierto fueron casi casi católicos, apostólicos y romanos, de tan fervorosos), pero escuchar versiones en vivo de temas como Las Campesinas del Cua provoca un deleite emocional que invalida cualquier objeción desapasionada.
Y aun así, lo más bonito de todo fue ver a una nica brincando espontánea al escenario a pegarse unos pasitos con el propio Mejía; los versos del Cristo de Palacagüina entonados por la cantante mexicana María Inés Ochoa, en tácito homenaje a su madre (el fraseo de la hija, a la altura de la sensual Elsa Baeza); y al hijo del cantante, Carlos Luis Mejía Rodríguez, marcándose un maravilloso toque de marimba para la celestial Mora limpia, un tema instrumental que me ha acompañado toda la vida y que esa noche me dejó embelesado para los restos.
Aquí podéis encontrar fotos buenas del evento.

Movido, emparedado y feliz entre dos voces de oro: César Esquivel y el mítico Silvio Linarte, ¡Los de Palacagüina!
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