ESTAFADOR DE ESTAFADORES

September 19th, 2011 Migoya

“Hasta los auténticos Miró parecen falsificaciones”. Elmyr de Hory

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En realidad, no me esperaba nada de ¡Fraude! y debo confesar que me he divertido de lo lindo con esta ¿falsa? biografía sobre el pintor falsificador Elmyr de Hory, escrita en 1969 por otro falsificador (en este caso literario, Clifford Irving, famoso por haberse inventado una autobiografía de Howard Hugues) y actualizado por el propio autor con un capítulo extra para la reedición.

El aristócrata venido a menos y consumado homosexual Elmyr de Hory se hizo famoso gracias al documental Fraude (F for Fake/Vérités et mesonges) que le dedicó Orson Welles en 1973, y que no he visto. En su biografía, Irving nos explica muchas cosas de este fabuloso plagiador de cuadros cuyas falsificaciones pergeñadas desde Ibiza alimentaron en la segunda mitad del siglo XX varias prestigiosas galerías de todo el mundo con presuntos Matisse, Cézanne, Degas, Renoir… La leyenda dice que hasta Picasso confundió una copia perpetrada por de Hory como un dibujo legítimo suyo.

El libro de su historia  no sólo pinta un buen retrato sobre este vividor con un talento único para ser todos los artistas menos él mismo, sino que pone en jaque la estupidez del valor económico otorgado a la pintura moderna. ¿Cómo no falsificar obras por cuya posesión se pagan cifras astronómicas? ¿Cómo no TENER EL DEBER de estafar a unos falsos expertos en cuya opinión recae la especulación multimillonaria en que se ha convertido el mundo del arte y a los que engañó por completo durante tantos años? “Arte”, por cierto, a cuyo podio medios como el cómic o la caricatura no han accedido salvo mediante apropiaciones bastardas y casi ilícitas: disfrazados de cuadros.

Me ha gustado especialmente el excelente bosquejo de la relación entre el histérico falsificador y sus marchantes/chulos, los jovencitos Fernand Legros y Réal Lessard, dos modelos diferentes de “maricas malas” que ordeñaron las ubres del pobre Elmyr hasta dejarlo abandonado a su suerte con la Ley.

¡Fraude! funciona tanto a nivel filosófico/conceptual sobre qué es aquello que en el fondo llamamos arte, como análisis muy particular -y con efectos prácticos- de la evolución pictórica del siglo XX y, también, simplemente como delicioso pasatiempo para asombrarse ante lo que se puede conseguir con el talento, nada simple, de copiar.

Lean Fraude. No les defraudará.

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EL ÚLTIMO BESO

September 6th, 2011 Migoya

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Con motivo de la desaparición de la revista de cómic porno KISS COMIX, he escrito este artículo en elmundo.es, expresando todo lo que tenía que decir al respecto.



ARTÍCULO SOBRE SEQUEIROS EN EL MUNDO.ES

September 2nd, 2011 Migoya

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Con unos días de retraso, enlazo aquí este artículo sobre mi amigo Santiago Sequeiros, que ha causado bastante conmoción (para bien, espero).

Coño, y ya puestos, aprovecho para lincar su maravilloso y desasistido blog, con algunos de sus deslumbrantes trabajos.



CERRADO POR TRABAJO

August 8th, 2011 Migoya

Debido a la teletransportación del mundo laboral español a ese Limbo que supone el mes de Agosto, éste representa el mejor período para trabajar en los proyectos personales.

Volveré a abrir el chiringuito de este blog el 1 de septiembre, para seguir compartiendo con quienes os interese mis inquietudes como yonqui de la cultura.

Mientras, podéis haceros un favor (y hacérmelo a mí de paso) leyendo mi última novela Quítame tus sucias manos de encima, única obra salida de mi mano que ha tenido un respaldo crítico unánime.

Y si la crítica os importa tres pimientos y la literatura más pimientos aún, siempre podéis comprar la novela y utilizarla para matar a alguien. Para eso también os servirá. Puede ser un arma muy contundente, os aviso.

Felices vacaciones o lo que sea que viváis este mes.



DE INDIGENTE A GERENTE EN LA ESPAÑA DE LA CRISIS

July 13th, 2011 Migoya

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“Me hubiera sido imposible pagar el traspaso del negocio si los españoles no estuvieran tan asustados con su crisis (por culpa de los periódicos) y vendieran sus propiedades tan baratas. La economía es psicología y por eso todos los bares y verdulerías españoles se los han quedado chinos y paquistaníes. Para ellos, trabajar tanto es normal”.

Son palabras de mi amigo Francisco Estrada en el reportaje con el que comienzo mi colaboración en la revista peruana Bash. El reportaje completo lo podéis leer aquí.

En él, este periodista relata su particular aventura barcelonesa de cinco años: cómo trabajó sin papeles como peón de obras o jornalero en vendimias, hasta caer en la indigencia, alimentándose en comedores sociales… para finalmente legalizar su situación y terminar como flamante propietario de un bar de copas en el Paralelo.

Desde luego, su experiencia es todo un ejemplo para muchos de nosotros…

(Foto de Raquel Calvo)



MI MILAGRO PERUANO

May 6th, 2011 Migoya

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La gente que me conoce bien sabe que suelo pecar de ingenuidad y transparencia, ‘defectos’ raros en cualquier oficio con proyección pública. Incluso cuando quiero ser pícaro, se me ve venir de lejos. Y mi picardía suele ir encaminada en beneficio de la obra, jamás del autor. Siempre que he tenido algo de poder en las manos, he presentado mi dimisión irrevocable.

Nunca me han gustado los mareos demagógicos en torno a nimiedades sobredimensionadas ni ir de patriotero por la vida, porque los temas importantes de verdad no suelen recibir grandes titulares y porque los que más se llenan la boca glosando las virtudes de sus patrias suelen ser también los que más se llenan los bolsillos explotando a las gentes que viven en ellas. Especialmente cuando consideran que una crítica a su persona es, sistemáticamente, una crítica a “su” nación. Como dirían los colombianos: “¡No, qué pereza!”.

Desde 2005, visito anualmente el Perú al menos durante un par de meses; he atravesado parte de su selva por tierra (’privilegios’ del pánico a volar) y también he visitado su hipnótica sierra. No me he cansado nunca de repetir, en público y en privado, que el Perú me fascina, con sus privilegios y sus riesgos para todo visitante, con sus virtudes y sus defectos. Nunca me han recibido ni tratado con tanta generosa hospitalidad como allá y yo jamás he sido tan feliz en ningún otro país. Ni en el mío propio.

Desde hace años, he cantado donde he podido -también en este mismo blog: es muy fácil de hallar- las virtudes de sus mejores escritores de hoy, algunos ignorados o no tan apreciados como se merecen en su propia tierra (Enrique Prochazka, Jaime Bedoya, Rafo León, Enrique Planas, Oswaldo Reynoso o, sí, Beto Ortiz), incluso he procurado que más de uno sea publicado en España y los editores siempre me han respondido: “Su estilo es demasiado complicado para el lector español”. Para que luego digan que Europa es sofisticada…

Sí he publicado un autor de cómic peruano en España y he difundido también su historieta autóctona allá donde he podido, viniera o no a cuento.

No soy un pituco/pijo español, provengo más bien de clase media-baja y soy hijo de emigrantes que se conocieron en la Argentina, por lo que el poso latinoamericano (especialmente su música) siempre estuvo muy presente en mi educación: de ahí que Beto Ortiz se sorprendiera tanto durante la filmación de El milagro peruano cuando empecé a recitar, en pleno desfile militar del Día de la Patria Peruana y ante la cámara, la letra de La flor de la canela. Herencia cultural de los gustos de mis papás que en la infancia devino gusto propio.

Quizá por todo eso me he identificado tanto con el espíritu peruano: a mi manera, me siento un mestizo en mi propia tierra.

Como agradecimiento al Perú por la infinita seducción que ejerce sobre mí y por todo el cariño recibido por los peruanos durante el último lustro, he escrito este artículo para la revista Sigueleyendo.com, donde explico de dónde vengo y en qué punto de mi “milagro peruano” estoy.

Gracias a todos por vuestro apoyo y afecto.

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NADIE NOS COLECCIONARÁ CUANDO HAYAMOS MUERTO: LAS DIFERENCIAS BÁSICAS ENTRE LA MENTALIDAD ANGLOSAJONA Y LA ESPAÑOLA FRENTE A LA FICCIÓN

April 26th, 2011 Migoya

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Este texto nace del análisis y subsiguiente debate generado por mi entrada anterior, así como del cansancio que percibo en muchos autores nacionales que han sufrido una indiferencia mediática apabullante pese a la calidad de su obra, simplemente porque no se ha publicado en una cole de superhéroes USA o en un lujoso álbum francés. Mi intención no es comparar la calidad de la producción ficcional anglosajona frente a la española, planteamiento absurdo en sí mismo (saldríamos baldados, aunque no tanto como los cínicos imaginan), sino la diferencia de ACTITUD RECEPTIVA frente a ambas, especialmente por parte del consumidor español perteneciente a la élite que conforma NUESTRA industria cultural (ya sea como creador -escritores, cineastas, historietistas- o como divulgador -periodistas, blogueros-), que es el público que mejor conozco, porque pertenezco a él, aportando impresiones desde mi experiencia como autor y también como editor y promotor de cómics ante la prensa desde hace dos décadas.

Obviamente, la industria anglosajona “del entretenimiento” (como le llaman ellos, he ahí la primera diferencia con nuestra industria “cultural”) cuenta con varias ventajas históricas, por méritos propios, respecto de la española. Para mí, las principales son tres:

1) Un respeto total y absoluto hacia la FANTASÍA como generadora de ficción, autosustentada y legítima en sí misma (como lo es también, para ellos, el ENTRETENIMIENTO, concepto que tradicionalmente nosotros hemos denostado y considerado pueril por sí solo, si no va acompañado de una coartada justificativa y legitimadora más “profunda”: llámesele mensaje, compromiso humano o ideología, que para mí es lo mismo). La cultura española, hasta hace bien poco, siempre ha despreciado intelectualmente la fantasía -incluso la de culturas ajenas-, necesitando de otros argumentos mucho más prosaicos y reduccionistas -especialmente los canalizados mediante el realismo, el retrato de costumbres, la denuncia social y la lucha de clases en su modalidad más simplona y demagógica, es decir, de herencia católica incluso en sus derivaciones ateas- para “justificar” o legitimar el uso de la fantasía. Lo cual demuestra nuestra pobreza espiritual como pueblo y sociedad.

(Cierto, los Oscars nunca van a parar a comedias absurdas ni a películas de acción: pero ellos al menos respetan por igual todos los tipos de cine y facilitan su producción y consumo sin prejuicios).

2) Una asunción anglosajona total de la épica como género vehicular de sus anhelos y valores morales, frente al descreimiento absoluto hacia el género épico por parte de los españoles. Somos pueblo de pícaros, de materialistas y de corruptos, básicamente, y nos burlamos de cualquier intento de construcción épica, además de considerarla siempre sospechosa de substrato fascista. Asimismo, la denuncia de una injusticia consensuada suele ser considerada en nuestra cultura como una delación, una traición a la masa. Nuestro género predilecto (y el que mejor nos sale todavía) es la tragicomedia, que tampoco valoramos en lo debido: la aceptación de la realidad es nuestra “virtud” más preciada. Nos cuesta muchísimo creernos a nosotros mismos cuando nos ponemos en pose heroica (literal y figuradamente) en pos de un sueño. Supongo que, debido a esa mentalidad, a España le costó tanto históricamente ganar un Mundial.

(Por otro lado, por más que lo intentemos, resulta casi imposible desligar épica de la noción de imperialismo; y la defensa de la propia cultura, lamentablemente, del nacionalismo.)

3) Una apuesta sincera del imperio estadounidense y aledaños por la construcción de una industria fuerte, basada en la PROFESIONALIDAD y la DISCIPLINA. La palabra “industria”, hasta hace poco, generaba urticaria, indignación y oposiciones de esencia anticapitalista -y holgazana- en nuestro espíritu, básicamente tendente a un colectivismo bárbaro incapaz de respetar el individualismo del talento (véase la resistencia nacional que hubo hace dos décadas a la pluralidad informativa con el anuncio de las televisiones privadas). Por eso también me interesan los fenómenos populares autóctonos, especialmente los televisivos: el triunfo de estos productos locales va a generar (ya está generando) industria, y una industria especializada además en el género fantástico y épico. A base de practicarlos, cada vez nos saldrán mejor y nos los creeremos más. La TV, insisto, en este sentido está jugando un papel de profesionalización de talentos que el cine no ha podido jugar aún, por ausencia precisamente de profesionalidad industrial (¡y de éxitos!). Y, sin embargo, no veo una lectura teórica de esos fenómenos: no se acompaña la realidad creativa con un apoyo analítico que nos permita reflexionar qué terreno estamos avanzando. La mayoría seguimos con los ojos puestos en lo que pasa en Estados Unidos, cuyos productos son mucho más fácilmente vendibles en nuestro país que el nuestro. Seguimos, a nivel teórico, en tiempos de los escritores de novela de a duro que tenían que firmar con pseudónimo anglosajón para obtener CREDIBILIDAD, cuando el público ya no nos reclama eso. Pero parece que los especialistas culturales sí.

Ahí, pues, radica el principal problema de actitud perceptiva que yo critico: que hasta hace poco no nos creíamos nada que surgiera de nuestra imaginación. Ni libros de aventuras, hasta Pérez Reverte y, antes, Vázquez Figueroa, mucho más ignorado por la prensa especializada; ni cine de terror, hasta Amenábar, Balagueró y Bayona; ni series de acción, hasta Águila Roja; ni cómics de género, hasta… bueno, los que hacemos cómics de género aún estamos -imagino- en la lista de espera. Pero nos queda muy poco para obtener el mismo reconocimiento sin tener que echar mano a valores prestados de la literatura (el travestismo de la “novela gráfica” que, de nuevo, nos confirió la GRAVEDAD requerida para salir en el suplemento cultural de los diarios y algún día nos proporcionará hasta un Príncipe de Asturias).

Aún muchas veces cometemos el error de confundir PREJUICIOS con CALIDADES: aún recuerdo cómo hace treinta años nos reíamos los castellanoparlantes del primer episodio de Dallas doblado al catalán… hasta muchos catalanoparlantes se burlaban. Para todos nosotros, el doblaje al catalán era mucho peor que el doblaje al castellano, aunque los actores de doblaje fuesen básicamente los mismos… ¡sólo por la sencilla razón de que no estábamos acostumbrados a escucharlo! Así somos las civilizaciones primitivas y esencialmente conservadoras: nos reímos y mofamos de lo que no conocemos (como la tribuna de monos cuando Taylor toma la palabra en El planeta de los simios… por poner un ejemplo “fantástico” en todos los sentidos) y no le damos la menor oportunidad, porque nos da miedo la innovación.

Pero el asunto de fondo es más aterrador aún: no se trata de escribir que un producto como Águila Roja sea bueno… Se trata de analizarlo con un mínimo criterio objetivo y en su contexto adecuado, sabiendo de dónde procede, cuál es su tradición (foránea y propia) y lo que aporta a ésta, sin despacharlo como una basura más típica de nuestro basurero eterno al que no dejamos fructificar por nuestro autodesprecio automático.

Un ejemplo de nuestros prejuicios aplicado al universo maliciosamente bautizado como freak: casi todos babeamos durante nuestra adolescencia con cómics de superhéroes (señores en trajes de fantasía con poderes fantásticos, más elemental imposible) y seguimos haciéndolo, la mayoría, a través del cine. ¿Qué hubiera sido del pobre Stan Lee si hubiese nacido español? ¡Pues no se hubieran reído de él en este país! Hubiera muerto olvidado e incomprendido, tildado de demente megalomaníaco y fascista, apenas homenajeado por cuatro “friquis” en un festival de cómic a las puertas de su muerte. Sería un José Antonio de la Loma más (que pasó curiosamente por todas esas fases de reacción pública y gremial), otro elemento represaliado: si nuestro Lee españolizado hubiera querido trasladar Marvel al cine, se hubiera ido a la mierda en los años 80, cuando Pilar Miró impuso que sólo se apoyaran desde las instituciones las películas basadas en clásicos literarios (mentalidad más garrula y literal, imposible): ¡pobre Lee, en España se hubiera ido a tomar por culo con sus personajillos disfrazados! Menos mal que le dio por nacer en un país mentalmente evolucionado…

Bueno, también hubiera tenido otra opción: con un poco de suerte se hubiera ganado el nombre y prestigio que se merece… trabajando para el extranjero.

Por suerte, gracias a que el público general es cada vez más receptivo a la fantasía -paradójicamente, merced a la amplia difusión de la fantasía anglosajona, que nos ha “acostumbrado”- y al cultivo de géneros con denominación de origen (que a fin y al cabo, lejos de lecturas nacionalistas o imperialistas, es lo que proporciona verosimilitud, arraigo y sabor a cada obra: su localismo), esta situación está cambiando a un ritmo demencial. Pero CASI NUNCA gracias a nuestra élite cultural, que sigue riéndose de la “caspa y espada” española mientras pierde el culo por descargarse el último episodio de Juego de Tronos y efectuar un análisis crítico en su blog. Que está bien: reitero que sólo señalo la infinita diferencia de rasero y mera ATENCIÓN analítica que provocan un fenómeno frente al otro.

Quizás en breve muchos productores de cine español se atreverán a apostar por el éxito real en taquilla (sin miedo a ser tildados de “cerdos capitalistas”) con ideas propias, no copiadas cinco años después del top ten estadounidense de la revista Variety… y quizá los que escribimos con la fantasía como motor principal de nuestras ficciones y metáforas podamos sentir un día no muy lejano que no somos un ghetto ni una excepción anticomercial, porque una parte de la élite divulgadora (prensa, crítica) solamente parece apoyar aquello que les hace aparecer comprometidos socialmente y les otorga una pátina de gravedad: confundimos por ejemplo, como hacen las culturas provincianas, la seriedad de los temas tratados con la seriedad de la obra.

¿Cuándo tendremos la oportunidad ya no de crear nuestro propio pulp -eso sí nos lo permiten-, sino de obtener además la atención mediática y el juicio crítico que exigen varias décadas de creación ficcional acumuladas? No digo la atención y el juicio que merecemos cada uno de los innumerables autores de género que trabajamos en diferentes medios, porque ese merecimiento nunca resultaría suficiente para cada autor (problemas del ego): pero sí al menos la misma atención y juicio que merece cualquier artesano mediocre por el mero hecho de ser estadounidense (en cómic, cine o literatura). ¿Cuándo asistiremos a un análisis público más o menos garantizado de nuestras obras, sin prejuicios ni condescendencias, pero tampoco sin obligarnos a anglosajonizar nuestros nombres como hicieron casi todos nuestros predecesores del siglo XX?

¿Cuándo podremos tener una generación consciente de nuestra tradición ficcional? ¿Cuándo no tendremos que desenterrar del olvido nombres como Manuel Fernández y GonzálezJosé Mallorquí y tantos otros? ¿Cuándo tendrán un reconocimiento institucional por ser, sencillamente y sin más coartadas sensibleras, maestros del entretenimiento?

¿Cuándo tendremos unos periodistas y unos críticos -con las notables excepciones de los francotiradores de siempre, ojo: Jordi Costa y varios otros excelentes profesionales y amateurs que no buscan el prestigio ni el pedestal de la opinión “grave”… y que llevan ahí muchos años predicando en el desierto, desde Manuel Darias a Entrecomics en el caso de la historieta- y, en fin, unos difusores y una difusión sistematizada, a la altura del trabajo de tantos artistas que cae en balde hasta que no son rescatados por la industria imperialista?

PD. Tomando prestada una magnífica definición del escritor Sergi Puertas, fenómenos actuales multimediáticos como los de Jaume Collet-Serra, Albert Sánchez Piñol o el propio Arturo Pérez Reverte (al que se refería concretamente Puertas), son auténticos punkies dentro del polvoriento panorama mainstream español y fabulosas excepciones, por su propio esfuerzo, de una tradición de géneros propia abiertamente ignorada por la cultura oficial durante muchas, demasiadas décadas.



ÁGUILA ROJA, LA PELÍCULA: ¿TELECERVANTES?

April 21st, 2011 Migoya

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Resulta interesante que la ficción televisiva española, la misma que está devolviendo nuestra cultura audiovisual al público después de treinta años de tenerla secuestrada por la élite progrepija, despierte tan poco interés de los especialistas a la hora de realizar un análisis ligeramente crítico (pero no para despacharlas con afán criticón). Los eruditos telecolonizados son capaces de cantar las alabanzas obvias (porque, entre otras cosas, ya hay quien las ha cantado en su país de origen) de Los Soprano o The Wire, incluso se atreven a hacer la vista gorda con las estupideces y vicios de las convenciones narrativas anglosajonas en títulos como Lost o Glee… pero no le perdonan una a las de Cuéntame o a UCO. Bueno, eso en el benevolente caso de que las hayan visto.

Águila Roja es una serie seguida por millones de espectadores y ha lanzado al héroe de ficción más importante de la pequeña pantalla española desde Curro Jiménez (título que en su primera temporada contenía, como mínimo, UNA obra maestra: ¿dónde están los análisis cinéfilos sobre Curro Jiménez?), pero aun así no la ve casi ninguno de mis amigos que trabaja en la industria cultural. Eso demuestra la distancia kilométrica que existe entre el ciudadano medio y el cultureta “ilustrado”: el nivel de colonización imperial estadounidense es aún mayor en el cultureta, lo que prueba que sigue sintiendo vergüenza hacia lo propio, un rasgo irónica y típicamente español.

Ayer se estrenó Águila Roja, la película: un vertido para mi gusto demasiado precipitado del molde televisivo. La conversión (?) al formato cinematográfico hubiera podido permitir no sólo una necesitada majestuosidad, mayor contexto y concreción espacial, así como el incremento requerido de lucimiento visual (la narración continúa apegada a una funcionalidad televisiva basada en el montaje entrecortado, que siempre da el pego)… también rebajar un grado el nivel de impostura interpretativa: el mayor problema de Águila Roja (bueno, mayor problema para mí, para los telespectadores no) es que camina sobre una delgada línea de verosimilitud tonal: los personajes hablan siempre con afectación de rol bidimensional. No hay muchos momentos en que veamos al héroe respirar de verdad, como un ser humano. Tampoco en la película, donde el guión no ha pretendido salir de esa simpleza de planteamientos. No es Alatriste, por mucho que a la crítica tampoco le convenciera la mutilada joya de Agustín Díaz Yanes. Sólo respira a sus anchas, como siempre, Javier Gutiérrez en la piel de ese Sátur que sí, que es telecervantino puro, el personaje que nuestra cultura y tradición siempre bordará: el tragicómico.

Es una lástima: para una vez que una serie española soluciona la papeleta del gran lastre perenne de nuestras producciones (hacer verosímil las secuencias de acción), hace aguas donde menos debiera: en la pintura de los personajes, la verosimilitud de las tramas y, especialmente, la PROFUNDIDAD de lo representado. ¿De qué nos sirve que el asesino mongol espadee de puta madre y haga piruetas al galope si no sabemos nada de él, ni qué pinta allá ni por qué quiere matar ni por qué morirá? ¿Qué coño era eso? ¿De dónde salió este mongol? ¿Era un artista circense en rebajas? ¿No sabía hablar? ¿Por qué no le sacaron partido dramático a su mudez?

La peli, a fin de cuentas, es como un episodio (esforzado) de la serie. Están los de siempre, aunque a los malos fijos los relegan un poco: Francis Lorenzo con su chupa tecnoheavy, que sale menos de lo que debiera, y Miryam Gallego, nuestra Kim Cattrall nacional, también putea escaso esta vez; la guinda se la lleva en esta ocasión José Ángel Egido, un villano de categoría a poco que le eleven una miaja el nivel de sus conspiraciones. Eso sí, eché mucho de menos a Nuñito, que se está poniendo galán y perverso a un tiempo, y eso tiene mucho mérito y es muy aprovechable. Por su parte, Xabier Elorriaga y Joan Crosas siempre son secundarios a los que da gusto ver, aunque nunca sepamos qué hacen todo el tiempo que se pasan solos en la misma celda. Y entre los nuevos: está Martina Klein que parece una chica Bond, con todo lo que eso implica; está un muy viggomortensiano William Miller que, como David Janer no espabile, le va a quitar el mérito a la mejor estampa heroica; está Antonio Molero, un actor al que yo no he seguido mucho y que a mi gusto se solapa demasiado con el alivio cómico que proporciona Javier Gutiérrez (por cierto, ¿no daba tiempo en la trama a que Molero se liara con Pepa Aniorte o eso quedó fuera en la sala de montaje?); y Stany Coppet, un neo Vincent Perez y otra buena importación que también roba varias escenas. De los fijos, hace gracia la anabelenización de Inma Cuesta (la Aldonza Lorenzo de la serie), el patriótico ardor guerrero de Roberto Álamo, y la sospecha de que Guillermo Campra, al paso que va en su desarrollo físico, pronto se convertirá en El Hijo de Águila Roja.

La película, básicamente, repite pues los esquemas de la serie y, sobre una gran pantalla, destacan más los anquilosamientos de los giros dramáticos y el acartonamiento de algunas interpretaciones. Hay buenos momentos (la resolución de las peleas; el asalto de los desesperados villanos -quiero decir, de los ciudadanos- a la columna de soldados con el contrapunto del cobarde Cipri) y la sensación global de que, si el fenómeno Águila Roja se queda en excepción cultural, quienes hoy se ríen de esta película, en veinte años rendirán homenajes a sus protagonistas en festivales de cine de género. Recordad: los Francis Lorenzo de hoy son los Paul Naschy de mañana.

A mí me satisfizo reconocer los tics de nuestros maestros de la narrativa de aventuras: la rubia hija del noble apresado y ese foso con un Tigre de Bengala rodeado de cadáveres nos remite directamente al Capitán Trueno y compañía. Con una diferencia: Víctor Mora jamás hubiera dado gato por tigre. Él hubiese logrado que el felino se enfrentara al héroe y se comiera a más de un villano -quiero decir, de un maloso-.

¡Hasta el Sandokán italiano se enfrentó a su tigre hace más de treinta años!

Conclusión: en el género de aventuras, nunca muestres un tigre si no lo vas a usar.

Eso sí, la esclava desnuda está que quita el hipo. Un 10 en la exhibición de traseros (faltó David y poco más).

En resumen, una película demasiado parecida en planteamiento a un capítulo más de la serie, incluso en la regla número uno de la ficción televisiva: enrédalo todo para volver a dejarlo exactamente como estaba al principio. Y eso, en cine, se paga: en un largometraje, la gente pide (al menos yo) que el héroe no salga indemne de su aventura y que los personajes sufran transformaciones. O eso o logras el milagro de James Bond (otro héroe intocable que nunca podrá perder un ojo o una mano) gracias a miles de alicientes colindantes.

Pese a mi ligera decepción, le deseo mucho éxito a Águila Roja: la película y que genere más títulos de aventuras. Como mínimo, tiene el mérito de ser pionera.

PD. Por cierto, es la primera vez que veo en una pantalla de cine a unos héroes (de una pieza) lanzarse a la acción al grito de “Viva España” y cantar lo orgullosos que están de su patria: de nuevo, como casi siempre, después de expulsar del país a los que hubieran traído civilización consigo. Al ver estas secuencias, uno se rebulle en la butaca con cierta incomodidad y complejo de culpa, como un judío al que le han machacado con el antisemitismo: pero hasta cierto punto es un grado de “normalización” del género autóctono.

Consecuencias del Mundial, imagino.



PELÍCULAS QUE HE SOÑADO (IV): “EL ARPISTA DE COÑOS”, DE M. NIGHT SHYAMALAN

March 29th, 2011 Migoya

Los créditos la anuncian como el nuevo filme de M. Night Shyamalan, así que me preparo para una puesta en escena sobria y calculada.

En un dormitorio de cama con dosel, espesas alfombras y coloridos cortinajes, propio de Las mil y una noches, una mujer hermosa pero de rostro oculto tras un velo permanece estirada boca arriba, imagino que desnuda aunque no me queda constancia visual de ello, mientras su esposo negro se recuesta en la mitad inferior de la cama, acodado frente a la entrepierna de su compañera, claramente su esposa, dispuesto a proporcionarle placer.

La negritud de la piel del hombre es petrolífera, densa y sudorosa. Es un treintañero calvo y de complexión fuerte, quizá el rostro del actor lo he entresacado de alguna sitcom de familia negra estadounidense para todos los públicos.

Ella le pregunta si le dará placer.

 Él no responde, pero de pronto hace unos ademanes en el aire con la mano derecha, como si se arrancara por bulerías, a la altura de la ingle de ella, y todo a su alrededor es engullido por la más absoluta oscuridad.

El marido negro empieza a masturbar a su amada con la mano, pero no vemos ni la vagina ni a la mujer ni la propia cama: sólo está él en medio del espacio exterior. Deduzco que es una metáfora eufemística inducida por mi lectura exhaustiva de mangas: la galaxia que rodea al hombre puede ser el misterio femenino o quizá simplemente una manera elegante de mi subconsciente, o mejor dicho, del Sr. Shyamalan para resolver de manera poética y sin el engorro de la explicitud pornográfica la excelsa labor del esposo amante.

Lo siguiente que vemos son esforzados ejercicios mímicos del protagonista, cuya mano adopta las más extrañas formas: sus dedos realizan gestos danzarines y toman la apariencia de estar tocando algún instrumento en el aire o ejecutando un baile primordial. Pero de fondo nos llegan ecos de placer femeninos como respuesta a sus maniobras y la voz de su esposa animándole. En un determinado momento, oímos cómo la mujer satisfecha le felicita.

Ese preciso instante es aprovechado por el marido para volverse hacia la cámara y mirarnos, como lo haría precisamente el actor de alguna serie americana antigua en la sintonía de entrada o en un gag en el que buscara la complicidad del espectador, con media sonrisa sagaz de experto masturbador: sin embargo, la mirada a cámara (a nosotros) se prolonga más tiempo del estándar en un filme americano; su excesiva duración parece más bien la opción estilística de un director con ínfulas de cineasta serio, y en esos segundos de sobra podemos apreciar que la sonrisa del tipo se ha vuelto más bien triste y que está completamente bañado  en sudor chorreante: éste empapa su cráneo hasta sus casi invisibles cejas. El hombre parece encadenado como un esclavo a su propio talento.

La siguiente secuencia es más simple si cabe en su puesta en escena, denotando que efectivamente ha sido dirigida por Shyamalan: vemos al protagonista tendido dentro de una tinaja repleta de agua, recibiendo un baño reparador. La cámara se va alejando de él y observamos cómo su venerable madre negra, cubierta de collarines de cuentas y ropajes de piel, le practica con la mano izquierda un masaje sobre la espalda; pero con la otra mano sujeta un extraño aparato semejante a un consolador de látex y lo introduce sin dificultad en un orificio que el protagonista tiene a un lado del cuello. La madre mete y saca el consolador en el cuello de su hijo de forma mecánica y casi ritual.

El hombre parece cansado y no da ninguna muestra de placer.

Sé que la película me ofreció muchas más secuencias, pero no logro recordar ninguna más. El título del filme se lo otorgué nada más despertar del sueño esta mañana, me vino a la mente con una lógica incuestionable. Imagino que la temática y el hecho de que los personajes sean negros se deben a que la coprotagonista de mi nueva novela es una guineana de violenta biografía y anoche estuve precisamente enzarzado en la creación de uno de los capítulos más perturbadores y bizarros.

mnight_250x375.jpgM. Night Shyamalan



“CREPÚSCULO”: BELLA MÍA, ¿PREFIERES UN TÍO PÁLIDO QUE RESPETE TU VIRGO HASTA LA NOCHE DE BODAS O UN TÍO PELUDO QUE TE FOLLE A LO PERRO TODO EL DÍA?

March 8th, 2011 Migoya

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Ya he podido ver de un tirón las tres entregas cinematográficas existentes de la saga Crepúsculo, basada en la exitosa obra de Stephenie Meyer (obra que no he podido leer, porque ya estoy muy mayor y tengo muchos tiros pegados, pero que seguro me gustará si un día me pongo, porque ya de lejos la chica se ve maja e inteligente, una discípula de Anne Rice para todos los públicos).

Crepúsculo, tanto en su vertiente literaria como celulítica (quiero decir, celuloidítica), ha supuesto la vindicación de un sector humano hasta ahora ignorado y (aun ahora) vituperado por el resto de la sociedad de consumo: el de las lectoras/espectadoras “teenagers”. Me imagino que si hace 30 años los fans de Stephen King teníamos que bregar con el menosprecio, condescendencia y burla de los “entendidos” en literatura, ellas deben estar sufriendo lo propio ante la estupidez e incomprensión de la crítica y cualquiera que se crea mejor que los demás, o sea, los adultísimos de pro -sólo hace falta ver la puntuación de las pelis en IMDB y sus bobos comentarios-. ¿Qué puede ser menos respetado que un fan adolescente por parte del establishment cultural -y, especialmente, por parte del establishment anti-establishment, que es mucho más despreciativo y despreciable-? Obviamente, UNA fan adolescente.

Como sospechaba, las películas me han gustado, pero sobre todo la primera: la directora Katherine Hardwicke sabía lo que se hacía, convencida de que tenía entre manos algo importante. Aunque ahora afirma que no fue despedida, resulta una lástima pensar en lo que podrían haber sido todos los títulos de la saga bajo su guía: seguramente, un conjunto mucho mejor empacado y menos ñoño.

Al contrario que memeces como la sueca Déjame entrar (una basura de fondo con soberbio continente que, como dice Julián González, es la típica mierda -extremadamente- bien dirigida que encandila al público al que en realidad no le gusta el género fantástico y necesita vestirlo de tul), Crepúsculo es una película que SÍ realiza una RELECTURA creativa, original y con fundamento de postulados clásicos del terror. Por su parte, Déjame entrar es sólo un cúmulo de idioteces sin sentido que revela la debilidad de su fuente literaria: niños vampiros que no se saben qué hacen ni por qué -ni si son niños o niñas siquiera-, con secuencias fuera de tono y tino como la estúpida entrada sin permiso en casa ajena de la fea protagonista ¡y su espantosa sangría instantánea, incoherente con el enfoque supuestamente “realista” del filme! Y claro, todo ello además desarrollado a tal ritmo moroso e interminablemente lento… ¡que el espectador semiculto cree de hecho que le están contando algo profundo e importante! No he visto su versión USA, pero me creo desde ya que será mucho mejor -aunque solamente dependa de la profesionalidad con que los guionistas estadounidenses organizan cualquier material de base por endeble que resulte-. En cualquier caso, si hablamos de contenidos, Déjame entrar palidece (ja ja) al lado del primer Crepúsculo.

Crepúsculo toma los mitos vampírico y licántropo, adaptándolos al de La Bella y la Bestia, pero proyectado desde la perspectiva de una adolescente a punto de cumplir la mayoría de edad. ¿Qué desea y con qué sueña (casi) toda adolescente? Desea follar y sueña con casarse: follar o casarse, he aquí la cuestión de fondo en Crepúsculo.

Así, Bella es la forastera de un pueblo donde (mal)conviven vampiros y hombres lobo: Edward y Jacob. Coexiste una triple metáfora sexual aquí, no por evidente menos genial: Edward es, literal y figuradamente, un “rostro pálido”, un hombre blanco y civilizado, que con su casta viene a aquellas montañosas tierras, casi una naturaleza virgen (como Bella) del Noroeste Americano, a chuparles la sangre a sus pobladores; Jacob es un indio, un joven y apuesto ejemplar de la reserva nativa de los bosques de Washington, pero también un Hombre Lobo: como indio y como licántropo, ha sufrido -él y los de su raza- los abusos de los hombres blancos-vampiros. Como se verá en las sucesivas entregas, Edward es introvertido y cool, El Misterio Masculino previo al sexo: empieza siendo audaz y excitante, pero más tarde, al no querer “convertir”a  Bella, termina pareciendo su pareja boba y aburrida, protector pero insípido, que quiere llevarla virgen al altar; por su parte, Jacob comienza encarnando al buen amiguito inofensivo por el que sólo se pueden abrigar sentimientos inocuos… pero de pronto -con su repentina transformación en monstruo/adulto- se revela expansivo y salvaje, el polvo de tu vida: ¡tu follamigo ideal!

Ambos son plasmaciones del inconsciente femenino sobre el hombre: Edward es la sofisticación y termina siendo la propuesta seria que un día cambiará tu existencia para siempre -quizá para mal-, pero que de entrada nunca te lleva a la cama porque ¡el muy idiota te respeta!; Jacob es un puro manantial de los sentidos en su máxima expresión viril: intenso pero inofensivo, capaz de robarte un beso contra tu voluntad pero bueno sólo para una noche…

Por supuesto, a quien Bella quiere es a Edward… al que la respeta, faltaría más.

Al contrario que en la convención más extendida del subgénero, en Crepúsculo la luz del día no destruye al vampiro, sino que -y aquí es donde incide la mirada procedente de La Bella y la Bestia- revela su belleza interior (¡que solamente Bella puede y sabe apreciar!): pero también expone el elemento que testimonia su cualidad de ser diferente a los demás, por ello continúa evitando la luz delatora como si efectivamente fuera dañina para su naturaleza.

Desde un inicio, Bella quiere irse con Edward, incluso para estar con él está dispuesta a convertirse en lo que él es: un monstruo. En efecto, para que Edward le folle antes de la boda, Bella está obligada a cambiar su propia naturaleza y transformarse en vampiro. Pero Edward no puede permitirle dar ese paso, jamás se lo perdonaría a sí mismo: es un hombre responsable y consciente de sus propios demonios. Parafraseando una deducción de Sergio Colmenar: él la quiere, pero no quiere follar con ella, porque la quiere (si se suelta, se la come entera: Edward es voraz… eso, naturalmente, pone aún más caliente a Bella).

Tremenda disyuntiva para una muchacha de 17 años. ¿Vosotras qué haríais, chicas? He ahí el gran acierto de base de Crepúsculo.

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Bueno, hay otro gran acierto: increíble el ojo de quien seleccionó a Kristen Stewart como protagonista. Esta muchacha no es Bella, es bellísima: pero además es una intérprete como la copa de un ciprés… En su momento, debió resultar una elección arriesgada, porque Stewart responde mucho más al prototipo de actriz de cine independiente (belleza rara, talante ensimismado) que al mainstream. Ella está portentosa en Crepúsculo: con esos ojotes tan expresivos por los que se le filtra la pasión; y siempre con la boca semiabierta por la que se le escapa el deseo… Robert Pattinson también cumple como interés amoroso de Bella: es alto y hermoso, y su aire a lo James Dean esbelto y educado (o con ese recogimiento súbito que tiene a lo ¡Michael Madsen!) aporta credibilidad a su increíble personaje. Y qué decir del tercero en discordia: sólo por las ganas que le puso Taylor Lautner a su transformación de cachorro a cachas para Luna nueva ¡con 17 añitos! ya merece la pena aplaudirle (aunque a los 50 acabe como una piltrafa por hiperdesarrollo prematuro, ¡pero a quién le importa eso! ¡A sus fans de hoy no creo!).

Todo ello se nos ofrece además, en el título inaugural, impecablemente facturado como peliculita sencilla, con anhelo casi de serie B: bonita, simpática, bien parida y realizada… ¡y las secuencias no tardan media vida mortal en llegar a un desenlace!

No lo digo solamente por la suecada de Déjame entrar: las subsiguientes entregas de la saga (Luna nueva y Eclipse) pecan de exceso de morosidad amorosa, aunque no me extrañaría que tal regodeo romántico estuviera directamente inducido por algún estudio de mercado, por el cual los productores concluyeran que las niñas lo que piden es que Bella y Edward se pasen el día como guajes revolcándose -castamente- en el prau.

Sí, Luna nueva y Eclipse ya son otra cosa: sendas sinfonías consagradas a la cursilería -ya no recatada ni de solapillo-, muy bien realizadas, pero excesivas. Incluso el cambio de director de fotografía me parece para peor -dentro del contexto de la premisa-: Elliot Davis cumplió muy bien en la primera con sus azules; la fotografía de Javier Aguirresarobe para las secuelas -que me perdonen los patriotas- es puro empalague de confituras. Claro que no dudo de que eso es lo que le pedían: ¡Más miel!

Sin embargo, ambas secuelas no están exentas de interés: en ellas se establece realmente el triángulo amoroso entre murciélago, lobo y ¿perra? Porque, la verdad, llega un momento en que Bella termina comportándose como una coqueta de manual -si yo fuera mujer, usaría otro término para describirla, pero al ser hombre me acusarán de machista si lo uso-. El hito inesperado y fabuloso del conflicto romántico llega -concretamente en Eclipse- cuando Edward le pide a Jacob ¡que se acueste con su novia! Vale, no le pide que se la tire, sino que le dé calor con su cuerpo serrano… Pero cualquiera que sepa leer entre líneas -o entre fotogramas- sabe lo que hay en juego en esa secuencia: ¡el pobre chaval le está pidiendo a su rival que folle con su novia para que a ella se le quite la tontería y vuelva con él! Una calentura metafórica con el rival terminará con la calentura real…

¡BRAVO! ¡BRAVO! ¡BRAVO!

…Y por supuesto, siempre la boda de fondo: otra cruel estacada (aquí nuevo guiño) de millones de niñas a la teoría de la liberación.

Ya espero ansioso las dos nuevas entregas de la saga y hasta estoy dudando si pedirle a mi vecinita de doce años los libros…

PD. ¿Y cómo se me pudo olvidar mencionar el peinado modelo Twilight… Zone del Dr. Carlisle?

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Por lo que más quieras: te lo ruego, Bella, no me mires así…