UNDERDOG: EL EXPÉNDEBOL

June 14th, 2011 Migoya

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Noiry es una pateaculos digna de la niña de Kick Ass. No me extrañaría que un día Frank Miller se enamorara de ella. Por eso se me ocurrió que otra pateaculos, la guionista Black Velvet, podía ayudarla a gestar el libreto de su Underdog. El resultado no es apto para todos los gustos… pero a mí me gusta. ¡Cómo no me va a gustar un Macho Manga realizado por dos chicas duras!

La base de la historia es una revisitación del subgénero de espíritus vengadores procedentes del Más Allá: en concreto, Underdog parece la versión Noiry de la película El Cuervo, la obra maestra de los 90 dirigida por Alex Proyas, que por cierto a su vez estaba basada también en un cómic original, mucho peor escrito y dibujado que Underdog.

En este caso, Noiry ha mezclado el sustrato existencialista de un pacto con la Muerte (saltándose por vía directa al Demonio) y la subsiguiente vendetta sobrenatural, propia de obras góticas y estilizadas, con las mucho más expeditivas convenciones del cine viril: por momentos, parece que estemos enmedio de una “action movie” a lo Soldado Universal (la última) o The Fast and the Furious (la primera), con un número creciente de tíos cachas y buenorros dándose de hostias, luego reconciliándose, luego dándose de hostias de nuevo y matándose por segunda o tercera vez (eso es lo que mola de los espíritus, claro). Todo ello en medio de un lenguaje agresivo a más no poder, que me ha hecho ruborizar en un par de ocasiones, sobre todo cuando los protagonistas insultan a algún personaje femenino (los guionistas masculinos no solemos atrevernos a llegar tan lejos en ese pantanoso terreno…). El propio Underdog podría formar parte fácilmente de los curtidos Expendables de Sylvester Stallone y, de hecho, el detonante de la trama es su etiquetado como elemento “prescindible” y consecuente eliminación dentro de la fuerza paramilitar donde el muchachote sirve.

Underdog es de esos mangas cuya lectura te hace disfrutar más de lo que deducirías a primera vista: la urdimbre argumental, sencilla pero con diálogos muy graciosos, muy “propios” del género, gana enteros cuando aparecen personificaciones de La Muerte y del mismísimo Dios (espléndidas intervenciones finales de ambos, por cierto, con un toque gay y Gaiman muy oportunos). Noiry dibuja aquí para narrar, y aunque a veces se la nota incómoda con los fondos interiores de casas contemporáneas y donde más se luce es con los personajes ataviados de época, hay que felicitarla por haber llevado a tan buen puerto su fantasía macarra. Es un primer paso interesante en una autora que aporta un enfoque casi inédito a la historieta autóctona: el hard-boiled con firma de mujer.

Estoy impaciente por leer su próximo proyecto.

PD. La estupenda web Ramen para Dos realizó esta interesante entrevista a Noiry con motivo del lanzamiento de Underdog.



SOPHISTICATED LADY

June 3rd, 2011 Migoya

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Somos unos desmemoriados. Me hace gracia la cantidad de cosas que ahora damos por garantizadas y que en su momento causaba a la sociedad bienpensante* auténticos quebraderos de cabeza. Por seguir con ella: cuando algunos jóvenes nos la rapábamos a principios de los 90, cuántos periodistas escribían que esa moda era peligrosa porque seguía la estética neonazi… Hoy nadie lo recuerda y a buen seguro la anécdota nos hace reír, pero en su momento lo decían muy en serio. Nada hay más fácil para cada sociedad establecida que caer en lo reaccionario.

Me encantaría que alguien hubiera grabado lo que dijeron los críticos de Tiburón en 1975 cuando se estrenó la película, y lo que dicen ahora de cualquier película de Spielberg cuando la denostan comparándola, precisamente, con Tiburón. En los primeros años 80, defender a Spielberg como cineasta era como intentar defender hoy a Michael Bay: la mofa y el menosprecio eran las monedas corrientes que uno obtenía a cambio.

Pues con el manga igual: me encantaría que alguien hubiera grabado a muchos profesionales del cómic español dando su opinión del manga hace veinte años, para que alucináramos hoy con la mentalidad tan abstrusa, conservadora y casi racista de que hacía gala gran parte del sector. Bueno, algunos grandes autores nuestros continúan siendo especialmente intolerantes con el manga.

Entre otras miopías, solían decir que todos los mangakas dibujaban igual, que las tramas eran bobas y que sus historias no se acababan nunca: mira, lo mismo que a mí me pasa con algunas series de TV yanquis, que las veo ranciamente ejecutadas, basadas en dilemas morales bobalicones y dolorosamente interminables. Pero son yanquis, estamos acostumbrados a ellas desde chiquitos…

Lo que trato de indicar con esto es que los clásicos no nacen clásicos. De jóvenes nos parece que sí, que todo lo que existió ya estaba desde siempre. Pero conforme envejeces, te admiras más y más de cómo todo es un gran holograma en perpetua renovación y de la impresión -no siempre grata, no siempre admirativa- que causaban en su momento obras que ahora consideramos intocables, desde El Quijote hasta los filmes de Sergio Leone (¿un italiano haciendo pelis de vaqueros en un país de moros?) pasando por, claro, Tiburón.

A lo que voy: es sano dar un paso atrás y ver qué prejuicios teje cada época, porque a los veinte años muchos de esos prejuicios han sido completamente barridos y olvidados (pero sustituidos por otros). Nos ahorraría mucha estupidez en los juicios de valor.

Pero dentro de ese marco contextual hay una cuestión de fondo a propósito de Himawari, el espectacular “best seller” de la Línea Gaijin, que me parece más interesante para tratar en estas líneas: las señas propias de identidad.

Otra batallita: en una editorial donde trabajé de editor muchos años, el criterio oficial marcaba que no se aceptaran historietas de confección autóctona (o sea, de autores españoles) con personajes y situaciones extranjeros: mayormente, que no se jugaran a convenciones importadas por el mainstream anglosajón. Eso quería decir que si un chaval de L’Hospitalet te traía un cómic sobre cómo un justiciero apellidado McCurran limpiaba de mormones las calles de Salt Lake City, pues no se le podía aceptar… y se le pedía que el justiciero fuera mejor un anarca, que se llamara Maclina y limpiara la calle de… curas, a ser posible. Mi jefe odiaba ese tipo de propuestas “bastardas”, seguramente como REACCIÓN a la tradición española de trabajo en agencia con historias estándar de géneros para otros países (westerns, melodramas, etc., casi todos situados en el primerísimo mundo, que no es el nuestro), mediante la cual decenas de historietistas españoles se ganaron muy bien la vida durante varias décadas, especialmente a través de la agencia catalana de Josep Toutain. (De hecho, la incapacidad española para establecer una industria propia de cómic es la que hace que decenas de historietistas españoles sigan viviendo de ese trabajo de “agencia”, aunque sea más sui generis: en este caso para el mercado de superhéroes estadounidense y, en algunos casos donde la creatividad se ve constreñida a unos baremos estilísticos a veces más inflexibles de lo que parece, el francés).

A mí ese criterio editorial siempre me pareció equivocado como norma, aunque comprendía el fondo que intentaba desarraigar: la idea de que solamente se podían contar buenas historias de ficción si se copiaba un modelo ajeno (estadounidense, francés o, como el caso que nos ocupa, japonés), no solamente en la forma, ¡sino también en el propio contenido! Y es que no hay obra más molesta que aquella que abraza la estandarización sin aportar un toque propio. El localismo siempre ayuda, obviamente, a insuflar verosimilitud, fuerza y originalidad, “razón de ser” en suma, a una obra que se considere personal, y uno de nuestros grandes avances como sociedad cultural ha sido la de poder desarrollar obras propias con temas, personajes y localizaciones propias, no necesariamente atadas o sujetas a la tradición realista, picaresca o tragicómica que casi siempre ha caracterizado la cultura española, pero tampoco esclava de “impostaciones” vacías y postizas al ser aplicadas a nuestra idiosincrasia.

En cualquier caso, aunque se cumplan esas normas localistas, ello no implica que su autor no sea permeable a modos y maneras “extranjeras”. Un medio tan joven como la historieta (igual que ocurre con el cine) nace necesariamente de esas influencias ajenas al territorio del propio autor, especialmente cuando pertenece a un país que casi nunca inventa nada.

Pero cuando detrás de una obra hay un autor con personalidad, el arraigo localista no es necesariamente un obstáculo o un defecto. Prefiero un buen cineasta español rodando buenos westerns o buenas historias de terror o suspense hollywodienses (me viene a la cabeza el ejemplo ideal de Jaume Collet-Serra**, nuestro catalán universal en Hollywood), que un mal cineasta intentando aplicar aquí modos y maneras universalmente estándar pero que no casan con personajes y situaciones españoles (sobran los ejemplos). O sea: ambos caminos son legítimos y un artista puede hallar su propia voz tanto en la tradición propia como en las ajenas. No todos tienen que ser Almodóvar, por citar a quien es probablemente el mejor cineasta español actual que siempre suele inspirarse en motivos de su terruño.

Pero volvamos a Himawari. Su autora, Belén Ortega, ha creado su propia historia de samurais (con la complicidad del coguionista Rubén García), impregnándose (e impregnándola) con toda la forma y fondo de un manga originariamente japonés. Si este manga se lo das a cualquier lector profano o casi absolutamente profano como yo y le dices que lo ha hecho Hakuna Matata (es un decir), un mangaka afincado en Tokyo con predilección por el género tradicional samurai, te lo comes con patatas (perdón, con sushi) y bien a gusto.

Por tanto, ¿importa que la autora se llame Belén Ortega y no Hakuna Matata? A mí no me importa, la verdad. Incluso cuando la autora propone romper la regla de lectura occidental y propone la oriental (la que miles de jóvenes lectores españoles asocian no sólo ya al manga, sino a la totalidad del cómic, por lo que a ellos respecta), forzándonos a leer de derecha a izquierda, me parece una gran idea comercial (aun a riesgo de que ese hito sea recordado en el futuro como el primer logro de la inminente anexión nipona de España en sus casi seguros planes de conquista del mundo, a los que Japón probablemente nunca ha renunciado… -es broma-).

Si tuviéramos que expulsar toda influencia extranjera de nuestras creaciones, sencillamente ningún español hubiera realizado nunca un cómic, para empezar.

Himawari me ha gustado mucho. Siendo un lector -insisto- casi profano, no reconozco la mayoría de sus influencias, que ella misma especifica en los Extras del volumen. A un carcamal como yo, su propuesta me recuerda a Yojimbo, por ejemplo: ella propone un escenario y unas maneras que entroncan sintéticamente con el género samurai, con pocos personajes para que el armazón no se le vaya de madre y, sin necesidad de explayarse innecesariamente en demasiados detalles psicológicos, desarrolla una trama controlada, basada en intrigas “mafiosas” de intereses materiales y venganza que, aunque al principio arriesga la caída en el tópico (el asalto al barco), enseguida despliega sus propias leyes dramáticas, adquiriendo mayor interés para el lector conforme gana en ambigüedad moral y sexual.

Belén Ortega es una excelente dibujante y una excelente narradora y ha intentado encerrar en menos de 200 páginas su concepto de la historieta, cumpliendo la única condición “autóctona” que se le exige a un autor español con respecto de uno japonés: paradójicamente, que no se pase de extensión. Ese marchamo nacional, impuesto (paradójicamente) por las carencias de la industria española, pronto podremos desterrarlo si continúa el éxito de la Línea Gaijin… y a ello no habrá sido ajeno el éxito que ya está obteniendo Himawari.

Otra característica que me encanta de Belén Ortega es que su imperio autoral se sitúa en el vértice opuesto de la de otra de mis mangakas españolas predilectas, Irene Roga. Ortega basa su poderío no solamente en un dibujo exquisito, sino en la mecánica narrativa: su manga se puede leer en minutos. Después, uno tiene la posibilidad de volver atrás (en este caso, “adelante” si nos ceñimos a cómo pasamos las páginas) para recrearse en su talento plástico. Así, ella apuesta por el movimiento; Roga lo hace por el estatismo y la belleza inmanente que se obtiene de una contemplación serena de sus dibujos.

Me parece fascinante que ambos casos funcionen tan modélicamente y tan ajustados a reglas tan opuestas.

Y me parece maravilloso que podamos asistir a la eclosión de autoras españolas con tanto talento y que nos lo impongan así, poniéndonos la bota sobre la nuca: sin pedir permiso ni conceder piedad.

*Me niego a escribir “biempensante”, por mucho que se empeñe la RAE, porque no se pronuncia así.

**Aunque un artesano así dependa casi siempre del material que le ofrezcan: según el guión, puede rodar obras magistrales (La huérfana) o bodrios absolutos (Sin identidad).



“LA MUJER ALTA” DE PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN (FEATURING SUEHIRO MARUO)

March 10th, 2011 Migoya

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Me ha resultado imposible leer este maravilloso cuento de horror español, La mujer alta de Pedro Antonio de Alarcón (publicado en 1882) sin visualizarlo con el estilo tétrico y los espeluznantes personajes del dibujante japonés Suehiro Maruo.

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En concreto, dicha “mujer alta” parece, con su decadentes ropajes y su raudo, casi “raimiano” acoso al protagonista (ciertamente, de lo más memorable que aporta este excelente cuento cañí), uno de los monstruos de viciosa y crispada sonrisa que acosan a su vez al lector desde las páginas de los cómics de Maruo.

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Haced la prueba: es una gratísima experiencia comprobar qué bien se entienden ambos universos.

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CONDENADOS A LA CÁMARA DE GANTZ: “GANTZ, THE MOVIE”

February 28th, 2011 Migoya

En otras ocasiones, he comentado mi pasión por el manga Gantz, pasión que me ha movido a ver entera su adaptación anime e incluso a entrevistar a su autor, Oku Hiroya. Ahora, he podido visionar su adaptación a cine con actores reales. ¿Mi impresión?

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Bueno, siempre he sido el primero en criticar a los fanáticos de un cómic (o de una novela) cuando se sienten indefectiblemente decepcionados al ver su traslación en la gran pantalla. Pero es que en este caso resulta que el fanático de la serie de manga original soy yo… así que he intentado reprimir mis “peros” y disfrutar de lo que la película tiene que ofrecer (que, sorprendentemente, es mucho), obviando sus cambios de detalles argumentales y su lógica simplificación de situaciones. Así que mi única objeción REAL a esta adaptación a cine de Gantz se limita a una sola, pero que para mí reviste de una gran importancia: ¿POR QUÉ COÑO SON TAN FEOS LOS ACTORES QUE HAN ESCOGIDO?

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Debe ser que así asustan a los monstruos…

No me lo puedo creer. Con la hermosura efébica que exudaba el protagonista Kei Kurono en las páginas de historieta, cumpliendo a la perfección las funciones de alter-ego y objeto-de-deseo-inconfesable para el lector, van y eligen para encarnarle en su recreación de celuloide a un chaval más feo que el Cebollense en pleno ataque de babas, por muy ídolo de pop adolescente que sea con su grupo Arashi (¡chicas, aún podemos formar su club de fans en España!). ¡Es casi tan feo como el hijo de Jackie Chan! Y con la belleza apolínea que rebalsaba la esbelta figura de Kato, van y le ponen de modelo real a un pobre chico con pinta de montuno despistado. ¡Si parece el tonto de mi pueblo -que, aunque no lo creáis, no era yo-! ¡Con la de chicos guapos que tiene que haber en Japón!

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El prota no es más feo porque no le pagan para serlo… El otro tampoco me gusta, parece Pedro el Cabrero disfrazado de figurín. ¡¡¡¡Que al menos los mejoren por postpo digital!!!!

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Esta chavala gana mucho vestida así: véase sino la reacción de los protagonistas cuando la ven desnuda y cuando la ven enfundada en el traje… No hay color.

La verdad, ni siquiera las chicas son muy atractivas. Natsuna Watanabe es una actriz de físico normalito, muy alejado en todo caso de las espléndidas mujeres que pueblan el universo del calenturiento Hiroya. Eso no me molesta tanto, no porque me haya vuelto de repente insensible a los encantos femeninos, sino porque está clarísimo que una de las motivaciones fundamentales de la trama de Gantz (al menos en el manga) radica en la admiración/fascinación casi homoerótica que el prota Kei siente por su amigo Kato. Y si eso no funciona en pantalla, lo demás es secundario: tanto más cuanto que está clarísimo que la versión cinematográfica no va a poder exhibir los kit kat de exploitation femenina que abundan en el cómic y que seguramente contribuirían a desinflar la tensión en demasía.

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El único desnudo de toda la peli: ¡lástima que ese jeto horroroso también esté en cuadro!

Por tanto, la ausencia de erotismo (más bien de complacencia voyeurística hacia los desnudos femeninos) en la película, que el creador de Gantz se permite holgadamente en su obra, era de prever. En todo caso, hay que confesar que el filme gravita sobre sus propias leyes y no se echa a faltar ese elemento concreto.

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Natsuna metida en papel.

Por lo demás, el filme me ha gustado considerablemente, por los siguientes motivos:

1) Aunque muchos fans consideran Gantz un gran manga de acción, en realidad se trata de mucho más que eso: es todo un universo donde lo onírico y lo freudiano alcanzan una importancia fundamental -mucho mayor que la lógica argumental-, con una apuesta estética más que digna de Matrix -ambos proponen mundos virtuales que “habitan” en la mente de un ¿humano?-, pero con una riqueza de capas provistas por el inconsciente del artista de la que carecía la propuesta de los hermanos Wachowski (sin quitarle méritos a Matrix, que ha sido nuestro Star Wars de la década pasada y la primera película que asumió con éxito la filosofía narrativa de Frank Miller). Gantz, por su parte, es todo lo que le faltaba a AkiraShinsuke Sato, el director de la película, parece haberlo comprendido a la perfección, y aprovecha hasta el final el elemento palpable de la imagen real para potenciar la atmósfera pesadillesca de la saga, que trasciende el plano Gantz y engloba también la vida cotidiana de los personajes, manteniendo (casi) toda la emoción dramática, aun simplificando sensiblemente la mayoría de conflictos.

2) La producción es limitada, pero muy controlada por parte de sus responsables. Hay momentos visuales excelentes, como la mano de Kei desapareciendo mientras busca frenética la pistola; o la sombra de Kei conformándose al otro lado del plano de realidad sobre el asfalto de la calle. Los trajes molan y los bichos, en general, también están bien concebidos.

3) En cuanto a los villanos propiamente dichos, la única que no me acaba de convencer es la raza Cebollense. Tanto padre como hijo daban mucho más de sí en el manga: Cebollense Jr. despertaba mucha penita y Cebollense Sr. muchísimo miedo. A ambos les falta un poco de definición barroca y efectista. Pero contemplar por fin al Tanakense en todo su esplendor real (un villano que por lo terrorificómico de su naturaleza ya parece planteado para ver en movimiento) resulta una gozada y de las mejores aportaciones de esta versión: sólo observarle corriendo detrás de Kei supone revivir las más reincidentes pesadillas del subconsciente humano.

El Furiense y el Alborotense también funcionan muy bien y nos retrotraen a las pelis de monstruos gigantes y sus catástrofes inherentes. Mención aparte merece la pavorosa versión de Diosa Shiba que monopoliza la atención del último tercio: creo que voy a repasar muchas veces su segmento, capaz de hacerme revivir terrores elementales de mi infancia.

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Ésta es una de esas secuencias que un niño no olvida en toda su vida…

4) Como buen fan, tengo que poner otro pero: el mundo real de Kei en el manga era una maravilla de luz y animación (nunca mejor dicho), que contrastaba con el severo y tenebroso universo al que la máquina Gantz le transportaba… Para el filme, se han cargado todos los elementos propios de comedia juvenil y de instituto (que hacían muy cercano al protagonista) y han optado por mantener el mismo tono grave y pesimista del conjunto. En cualquier caso, y es por lo que creo que se trata de una opción premeditada, el mensaje que el espectador capta es: todos los atraídos por Gantz a su juego mortal son personas aburridas de su propia y hueca vida. Resulta un buen punto de partida consensuado que da más consistencia a la trama, cosa de todo punto necesaria para un formato de película de dos horas, si no queremos estar “perdidos” todo su limitado metraje.

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Este personaje sí está clavado…

Resulta asimismo sorprendente que, a nivel narrativo, la exhuberante progresión y detallismo emocionales del manga sean imposibles de trasladar a su equivalente fílmico. ¿Cómo consigue Oku Hiroya que el lector interiorice con tanta viveza las pasiones en juego de su obra? Supongo que con muchísimo talento y muchísima entrega.

En cualquier caso, Gantz The Movie no me debe haber disgustado, porque ardo en deseos de ver la segunda parte…



“¡EL FUTURO DEL TEBEO ESPAÑOL YA ESTÁ AQUÍ!”

October 21st, 2010 Migoya

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Me ha hecho muchísima gracia la nota de prensa que envía Alejo Valdearena desde Ediciones Glénat, referente a la presentación de la Línea Gaijin en el próximo Salón del Manga de Barcelona. La Línea Gaijin ofrece por primera vez en la historia del cómic profesional una colección sistematizada de autores españoles -y una autora latinoamericana- que utilizan el manga como estilo específico de historieta*. La última frase de la nota es digna de recalcar:

“¡El futuro del tebeo español ya está aquí!”.

Obviamente, la frase es irónica: la elección de la palabra “tebeo” ya encierra mucha mala leche, por toda la connotación españolísima que abriga dicho término. Es una manera indirecta de aludir a cierto sector purista del cómic, que odia el manga con todas sus fuerzas. Me he dado cuenta de que eso ocurre no sólo en España: en Argentina y en el Perú también. Aún persiste una marginación de los autores autóctonos de manga por parte de los “normales”: o sea, de los americanizados.

Los autores españoles de manga son los X-Men de nuestro universo.

Es lo mismo que ocurrió con el spaghetti western en su momento: todo el mundo hablaba -y escribía- pestes de Sergio Leone.

Pero cómo molaba.

Pues con Gaijin, cinco cuartos de lo mismo.

*Adendum: ver comentario 1 de esta entrada desmintiendo mi falacia.

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Los tres primeros títulos que Gaijin lanza son DOS ESPADAS de Kenny Ruiz, BAKEMONO de Xian Nu Studio y LETTERA de Studio Kösen.

 



AUTORRACISMO, MANUAL DE ABUSO

November 17th, 2009 Migoya

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Igual que miles de judíos salieron de los campos de concentración nazis con el estigma de sentirse inferiores; igual que muchos latinoamericanos odian a los españoles pero en el fondo anhelan ser uno de ellos; igual que en la India las estrellas de Bollywood anuncian cremas aclaradoras de piel; igual que los españoles reciben a Woody Allen o Bruce Springsteen como si hubiera llegado Cristóbal Colón a nuestras costas salvajes, deseosas de nuevayorquizarse…

…La cultura manga también atesora complejos de inferioridad conscientes e inconscientes en sus convenciones formales. Quizás incluso sean la base de sus señas de identidad primeras.

Es una de los interesantes temas que traté en esta entrevista con los mangakas Eifuku Issei y Taiyo Matsumoto, autores de Takemitsu Zamurái (El samurai que vendió su alma): un guionista que se va a meter a monje y el aclamado autor de Tekkon Kinkreet, respectivamente.

Me estoy especializando en hacer entrevistas por mail sin opción de réplica… por ninguna de las partes. Probablemente, me atrevo a lanzar preguntas que, mirando los ojos (rasgados) de mi interlocutor, hubiera reprimido en mí.



EL MOMENTO DE GAIJIN

November 13th, 2009 Migoya

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El proyecto más ambicioso que he levantado dentro de Glénat es la Línea Gaijin, la colección de manga autóctono (español y latinoamericano, a lo 300 millones) que inauguraremos el año que viene. Sabía que ofrecer la dirección de la Línea a Studio Kösen era una garantía, pero el éxito de su mero anuncio en el Salón del Manga y la expectativa -muy favorable- despertada en Internet nos ha sorprendido.

Todo lo que deseaba contar sobre el proyecto a priori lo explico en este artículo, donde hallaréis además un completo dossier con los siete primeros títulos que ya estamos desarrollando.

La noticia ha sido recogida por infinidad de blogs y la reacción de los otaku está siendo agradablemente positiva, como por ejemplo en éste. Ya era hora de que se “normalice” el manga en nuestra producción propia.

Y aquí tenéis los blogs de nuestros flamantes “Gaijines” hablando sobre sus propios proyectos:

-Kenny Ruiz y “Dos Espadas”.

-Andrea Jen y “El delirio de Ani”.

-Irene Roga y “La canción de Ariadna”.

-Xian Nu y “Bakemono”

-Noiry & Black Velvet y “Underdog”.

-Belén Ortega & Rubén García y “Himawari”.

-Studio Kösen y “Lettera”.

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¿Quién será la misteriosa Black Velvet,

el fichaje de última hora de Gaijin?

 Sólo añadiré que el mayor problema de hacerse mayor no es la salud: es la horrorosa sensación de repetición que te embarga. Cuando uno percibe los límites de lo cíclico y ve que todo se reitera cada veinte años hasta la náusea, es muy fácil caer en el error de sentir la vida (y la cultura) como una redundancia yerma sin margen a la sorpresa.

Con Gaijin, he vuelto a aprender. Y eso nunca dejaré de agradecérselo a los Gaijines.

Conmigo ya habéis triunfado.

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HIROYA VS. MIGOYA

June 18th, 2009 Migoya

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Si hubiera conseguido materializar esta entrevista cuando tenía quince, qué digo, veinte años, me sentiría tan emocionado como cuando perseguí a la carrera a Frank Miller por todo el ComicCon en 1992, o recibí mi primera carta manuscrita de Peter Bagge en 1993… porque si hubiera leído Gantz a los quince años, su obra me hubiera marcado tanto como el autor de Ronin o el de Odio.

En fin, en cualquier caso, es una entrevista de fan talludito la que yo le hago a Oku Hiroya. Y el resultado, aunque telegráficamente preciso, resulta bastante jugoso y jocoso, incluso cuando el genio mangaka se niega a responder.



MÁS RARO QUE UN CEBOLLENSE VERDE

January 25th, 2009 Migoya

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Acabo de comerme de dos sentadas el anime completo de Gantz, basado en el manga de (esperad, busco su nombre en Google…) Hiroya Oku. Varias veces he declarado ya que Oku me parece un genio absoluto del cómic. Hace lo imposible imposible y aun así conmociona en lo hondo.

Es rarísimo ver Gantz después de haberlo leído. Rarísimos los colores (pero tienen su qué), aunque las orejas de los personajes son más bonitas en esta revisitación animada. Kei Kurono no luce tanto, no es tan nosotros como en el manga, creo: eso sí, cuando mira de refilón, como sin mirar, a Angelina Jolie (en el anime le han cambiado la cara, es más fea) y la cámara adopta su punto de vista ansioso, vuelve a salir el golpe de genio pro-adolescente que recordamos del papel impreso.

No me gusta el tema musical principal ni que punteen la acción con guitarreo de rubio tonto. Lo que en el manga es puro hardcore por planificación, audacia visual y frialdad gráfica ordenador mediante, en el anime se trivializa, se adocena, se rebaja a la altura de otras muchas series de acción, como si envolvieran el caviar en papel de periódico.

En cuanto a los “monstruos”, el Cebollense no acaba de calar: es más tierno y verde, paradójicamente, en el tebeo; el Tanakense sí mola, el terror que infunde su mecánica expresión muñequil conjuga muy bien con su jersey a colores; el Furiense y el Enfadense (ya no recuerdo si son los nombres equivalentes del manga), pse: pero lo que está claro es que la acción en el Templo supone un bloque compacto que funciona de muerte, en viñetas y también en acción animada. La escabechina sucesiva de héroes conforma un momento de crescendo cósmico, cruel hasta la tortura con el lector/espectador y dramáticamente impactante, incluyendo la agonía dual más hermosa que yo recuerdo desde Duelo al sol (referente inevitable).

De los 26 episodios, sólo los cinco últimos se desvinculan del cómic original para poder crear un colofón aparente, dado que el manga se va (con nuestra complicidad) por los cerros de Tokio y a saber dónde planta su Estatua de la Libertad en la playa. Si la colorista conclusión a iniciativa propia convence o no, es lo de menos. Roguemos para que Gantz se anime (a continuar).

Aun así, reconozco que disfruto más leyendo el manga. También me estoy viendo Monster y, por tono de suspense ortodoxo, su planificación hitchcockiana, su alarmante falta de sentido del humor y cierto clasicismo que lo emparenta con productos del pasado (se diría una obra fruto de los años 60 más que de nuestros días), se me antoja narrativamente propio de un anime (es decir, puro cine) antes que de un manga. El manga de Monster lo abandoné hacia el decimotercer tomo porque el relleno me empachaba y, sin embargo, pese a que la calidad de su dibujo varía enormemente de un capítulo a otro y que, en general, la animación me parece considerablemente peor que la de Gantz, su adaptación a anime me arrastra sin remisión.

El manga de Gantz no podré dejarlo jamás. Su anime es un bonus track.

Claro que ese Hiroya Oku parte con ventaja respecto de otros artistas: está loco.



INFLUENCIAS (CONSCIENTES) DE ¡SOY UN PELELE!: 1-GOLDEN BOY

November 13th, 2008 Migoya

“¡Ese maravilloso ángel se sienta en este bidé! No debería, ¡pero mi cuerpo se mueve solo!”. Kintaro Oe, protagonista de Golden Boy 

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Pues mientras esperamos el estreno de ¡Soy un pelele! en junio del 09 -y su desembocadura en este mar de todos los ríos que ya es Internet-, aprovecharé para soltar el rollo sobre obras y autores que me han influido a la hora de realizar el filme, y así de paso los rescato reseña mediante, que merecido lo tienen.

A todo el mundo le extraña (bueno, digamos al mundo con cierta vinculación profesional afín, al resto se la refanfinfla; y del mundo mencionado, sólo a parte; una parte escasa, debería quizá puntualizar; vamos, a casi nadie) que, pese a mi amor por los cómics, no sienta apenas afición al medio animado. La animación nunca ha sido un campo que me atraiga en exceso. Creo que la razón es simple: me gusta mirar caras (aunque la cirugía estética esté acercando la realidad y la recreación virtual de manera a veces indisoluble).

La animación estadounidense me despierta especial pereza. De hecho, últimamente me fatiga mucho contemplar cualquier película de dibujos de la Pixar o de la Disney o de Dreamworks, porque sus responsables están tan obsesionados con el ritmo, con la EFICACIA, con que todo tenga un sentido y un significado inmediatos, que me estresan. No soporto su mecanicidad y el carácter exclusivamente funcional de casi todas sus decisiones narrativas. La tara está en mí, concedo.

En cambio, el anime cada día me motiva más. Aunque sea por cuestiones de economía y afán de “peliculerismo” formal, sus preocupaciones narrativas me resultan mucho más ricas y variadas: travellinguean sobre dibujos fijos, juegan al fuera de cuadro sin complejos, contraen y dilatan acciones mejor que una madre de quintillizos (con perdón), combinan explosiones de ritmo con un tempo calmo y, sobre todo, NO LES IMPORTA PERDER UN SEGUNDO DE MÁS a la hora de mostrar un efecto colateral, una mirada, una reacción… A riesgo de preferirles por un defecto (el anime es animación concebida con el lenguaje del cine de imagen real -digresión: toda imagen es real, ¿no hay otra manera de definirlo? Ilustradme, ruego-), me amancebo de momento con el animade in Japan.

Si tengo que hablar de buenas series o miniseries de TV, probablemente Paranoia Agent se lleva la palma. Pero en términos de influencias, la mayor en el sentido artístico ha sido sin duda School Rumble, de la que ya hablé aquí. Mi apego a la comedia estudiantil encontró en este título su exponente con más duende y el que mejor partido sabía sacarle a las mil convenciones de este subgénero.

La otra miniserie japo que me ha chiflado es Goldenboy, sin duda. Está basada en un manga de Tatsuya Egawa, juraría que inédito en España (de confirmarse tal punto, voy a remover cielo y tierra para que se solucione tamaña falta).

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El planteamiento de la serie es tan idiota y absurdo, que me subyuga sin remedio. Se basa simplemente en las andanzas (o mejor dicho, rutas en bici) de un ex universitario de 25 años que se hace trotamundos nacional, intentando aprender qué enseñanzas puede ofrecerle la “escuela de la vida”. Qué conexión tiene este punto de partida con el hecho de que todas las historias giren en torno a la intrusión de un personaje femenino de alto componente erótico, lo ignoro. El caso es que me parece arrebatador un planteamiento tan dislocado, ya desde la moraleja anormal con que el narrador rubrica el final de cada episodio: “No lo olvidéis, en un día no muy lejano, este joven normal y corriente, salvará a Japón y al mundo entero”. ¡Y la serie no va más que de un chico que se pone enfermo cada vez que se le acerca una chavala!

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Kintaro, nuestro héroe, es un pringado sin ninguna cualidad excepcional. Sus rasgos más sobresalientes son una entusiasta ingenuidad, rayana en la estupidez (su lema, “¡Aprendo! ¡Aprendo! ¡Aprendo!” lo dice todo del sinsentido de su finalidad, al poner el acento antes en la acción de aprendizaje que en la sustancia de lo aprendido), así como una acusada tendencia a adorar los retretes y bidés recién rozados por las mujeres que idolatra, característica merecedora de todas mis simpatías, si aún abrigara alguna reserva respecto de nuestro parentesco emocional.

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Pero es la filosofía estilística de la serie la que encaja a la perfección con mi propia perspectiva del humor. Goldenboy cuenta con un amplio compendio de registros, que usa a boca de jarro y sin cuartel, comprometido a no discriminar la posibilidad de detonar todo tipo de carcajada,  véase universal o barriobajera, sin renuncios a cuento de un qué. Disfruto como un enano noruego observando el abanico de diferentes visajes que Kintaro puede adoptar, según se le enmarque en un registro épico, romántico, tragicómico… así como la libertad con que los autores aceleran, detienen, exprimen o incluso enfangan la acción, absolutamente desapegados de cualquier “necesidad” de consumo.

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Comencé a ver Goldenboy coincidiendo con el período de planificación de nuestra película. Interrumpí el visionado a mitad de la miniserie y sólo recientemente me he merendado los tres últimos episodios. En el cuarto, con trama situada en un club de natación, asistí asombrado a la representación de un reto a nado entre el protagonista y la inalcanzable heroína de turno, una monitora gozosamente intensa y desdeñosa. El pique entre ambos finaliza del modo más aparatoso y cochambroso que imaginarse pueda, pero lo interesante era que me sorprendí desplegando mentalmente la planificación de la escena -por previsible o pese a lo impresivible- con medio segundo de antelación, desenlace incluido: hasta tal punto me proyectaba en el tono, estilo y, desde un punto de vista burgués, mal gusto de la secuencia.

Mi comunión espiritual con Golden Boy acaricia lo notable.

En esta dirección os podéis descargar los seis capítulos de que consta la miniserie:

http://www.seriesyonkis.com/serie/golden-boy/

Por cierto, enhorabuena al actor de doblaje del personaje principal. ¡Un derroche de expresividad!

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Ahora a conseguir el manga.