October 21st, 2011 Migoya

“Sus redondos y pequeños pechos eran demasiado sólidos para saltar a pesar de lo mucho que corría; y su cuerpo de color marfil era delgado, pero sin resultar escuálido”. Las estrellas mueren de noche de Robert Leslie Bellem
Lo confieso: este tipo de libros es para mí como la vitamina que se toma un viejo para encarar el día. Devoro el pulp como quien come palomitas… ¡como cuando como palomitas! Como si me fuera la vida en ello.
Expresiones como “la monada de ojos oblicuos”, “sentí que se me erizaba el cabello como una peluca cardada”, “sonreía al techo con una terrible mueca que me perseguiría durante los siguientes once años de mi vida” o “estaba tan muerta como una caballa”, me ponen directamente cachondo.
Ediciones Valdemar y el antólogo Jesús Palacios, con la impagable complicidad de la traductora Marta Lila Murillo, nos presentan todas esas frases y muchas más en LAS ESTRELLAS MUEREN DE NOCHE y otros casos de Dan Turner, detective de Hollywood, una selección de cinco relatos de este personaje creado por Robert Leslie Bellem que pululó durante las décadas de los 30 y 40 entre los títulos más populares del pulp estadounidense.
Leslie Bellem está tres grados por debajo de Dashiell Hammett, dos de Ian Fleming y quizá más de uno de Mickey Spillane. No importa, sigue siendo alimento de primera para las neuronas y el espíritu. Las chicas de Dan Turner siempre están buenas y mueren violentamente. Él siempre resuelve los casos con deducciones tan compulsivas como su alcoholismo y sus puñetazos. Y Leslie Bellem siempre escribe como si estuviera decidiendo quién es el asesino una letra antes de que el lector la lea. Esa sensación de “ejercicio improvisado” me fascina.
Veamos la primera frase de los tres primeros relatos:
“Estaba lloviendo y tenía prisa” (El brillante halo de la muerte).
“Era una tarde calurosa y yo sudaba sin cesar”. (Más allá de la justicia).
“Estaba dando una vuelta en coche por Wilshire Boulevard, sin pensar en nada en particular”. (El caso del horóscopo).
Parece que el propio Robert Leslie Bellem esté merodeando sin saber muy bien hacia dónde van a ir los tiros del cuento o contra quién. Para un escritor (al menos para un escritor como yo), leer este libro es como entrenar la cabeza sobre los mecanismos básicos de la ficción. Y lo que indica que su autor es digno de lectura es que hasta en sus propuestas más burdas, el lector encuentra oro.
Bien por Dan Turner.
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September 30th, 2011 Migoya

Mientras espero como agua de mayo el estreno de esa ansiadísima adaptación a pantalla grande de la mejor serie colombiana de narcos, El cartel de los sapos (mi única queja: ¿cómo se les ha ocurrido reemplazar por el bueno de Tom Sizemore al bonachón de John Gertz para encarnar al bondadoso agente de la Dea Sam Mathews? ¿No podían haberlos integrado a los dos?), me conformo con acudir al cine a contemplar otro de los maravillosos bodrios de Luc Besson, este Colombiana gracias al cual he aprendido varias cosas: entre otras, que todos los colombianos son traquetos, hablan en inglés en la intimidad, se dicen cosas cariñosas como “padre” e “hijo” antes de matarse por la espalda, son yamakasis cuando el entorno geográfico lo requiere y decididamente están obligados a reproducirse mucho porque su mortandad es superlativa (y superlatina).
Se nota que Besson y su secuaz Robert Mark Kamen (probablemente el responsable de la caída en plancha a la serie B de Besson, pues empezó a colaborar con él en la que fue su primera mala película como director, El quinto elemento) deben haber visto El cartel de los sapos, porque han tomado de ella hasta el apellido de la protagonista (Restrepo, como el director de la serie original).
No se vayan a pensar que con estas palabras reniego de las películas producidas y coguionizadas por Besson: al revés, son uno de los mayores placeres que me quedan en una sala de cine. Me encanta esta minifactoría de productos en serie, porque son género puro: sí, ok, Besson se copia a sí mismo con descaro y hasta la saciedad (¿cuántas niñas asesinas ha creado ya? ¿cuántas comisarías han asaltado sus héroes y heroínas impunemente?) y eso me genera mucho afecto: es un genuino paladín de la cultura popular dispuesto a autofagocitarse para mantener viva la máquina del entretenimiento… implantando siempre sus propias reglas: eso es lo que admiro de él.
Además, continúa mimando sus propias películas (las dirigidas por su propia mano): Adele y el misterio de la momia me parece mucho más divertida que los cómics de Tardi en que están basados (y su protagonista mucho más guapa que la fea Adèle original).
En cuanto al tándem guionístico formado con Mark Kamen, juntos han pergeñado pequeñas películas que sólo tienen sentido dentro del marco de su universo de género negro y sus estereotipos tebeísticos (uy, lo que he dicho…), establecidos ambos por el propio Besson, con sus propias leyes sobre lo que es verosímil y lo que no: personalmente, le tengo muchísimo cariño a El beso del Dragón, porque su pareja protagonista desprende un calor poco habitual en estos productos y su exótica peripecia funciona; y, obviamente, Taken ha sido una de las sorpresas más agradables del buen cine malo de la pasada década, con su imprevisiblemente reaccionaria premisa (imprevisible por los tiempos que corren y porque el propiciador de la premisa ¡es europeo!), resumida en este concepto: “Hija mía, no viajes sola a Europa, que allá te pueden violar”.
El director de Colombiana es otro nifunifá de la factoría Besson: Olivier Megaton dirigió antes La sirène rouge, una mala versión de León, el profesional; pero también realizó mi película favorita de la saga Transporter, la tercera, porque inesperadamente parecía uno de aquellos emotivos vehículos europeo-aventureros de los años 70 coprotagonizado por Charles Bronson y Jill Ireland.
En cuanto a Colombiana, venía a decir Godard que el cine es una mujer con una pistola: por esa misma regla de dos, un plano de Zoe Saldana cargando su arma vale por todos los Terrence Malick del mundo.
La peli es tan buena y tan mala como cabe esperar del dúo Besson-Mark Kamen. Y Olivier Megaton no es Paul Greengrass, por más que se empeñe en meter persecuciones en azoteas y peleas cuerpo a cuerpo, de inspiración pseudobourniana que palidecen en comparación. Baratita de producción, Colombiana contiene ideas tan delirantes que a cualquier observador con sensibilidad le puede sugerir mil posibilidades: por ejemplo, esa perturbadora imagen de la cariñosa Cataleya tomando en su mano el dedo-pene de su padrastro o la heroína nadando en una piscina entre tiburones degenerados por ordenador.
Además, poder contemplar a una negra estadounidense-dominicana (Zoe), un maorí (Cliff Curtis) y a un chaval de Hospitalet (el nunca suficientemente ponderado Jordi Mollà) haciendo todos de colombianos, es un espectáculo que nadie debería perderse por nada del mundo. Eso y ver juntos a actores de carácter tan entrañables como el mencionado Curtis, Mollà, Michael Vartan (en el papel más tonto de su carrera, que ya es decir) o ¡Max Martini! me parecen excelentes razones que justifican el visionado del filme. Lástima que sus personajes tengan tan poco que expresar o decir digno de originalidad.
Con todo, yo sigo disfrutando mucho con cada nuevo truño de Besson y Mark Kamen. Porque son películas honestas, que no intentan engañar, y porque responden al más puro espíritu de la serie B: todas las armas son buenas.
Eso sí, no se crean a su director cuando afirma que “quería hacer una película más seria, menos caricaturesca que Transporter 3“.
Olivier, que seguimos jugando en la misma liga…
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September 14th, 2011 Migoya

“-Cógete a mi cintura, el camino es malo y algún bache podría hacerte caer.” Viaje al horror, de Ralph Barby
Reeditada hace tres años por Ediciones Olimpic y disponible también para su descarga como e-book, Viaje al horror es una novela sencilla y efectiva. No cuesta entender que Ralph Barby la escogiera para su relanzamiento en esta época, treinta años después de su edición original, pues dentro de sus convenciones de género, aloja una bomba de relojería contra el estamento familiar.
En sus páginas hay horror cotidiano y horror sobrenatural: sus mejores páginas nos remiten al polar setentero (comienza como una novela de Jean-Patrick Manchette o una peli de Lino Ventura) y sólo más tarde asume los modos de la Hammer. El horror cotidiano tiene simplemente que ver con la vida cotidiana, y ahí radica el acierto de la novela: a veces nuestra familia es la mayor fuente de terror. Su destripamiento de los lazos sanguíneos haría feliz a un Houllebecq. Esas resonancias con los afectos y miedos familiares es lo que da carta de validez absoluta a la metáfora pesadillesca que se nos propone.
La parafernalia satánica y cristoferliana de Viaje al horror viste bien para los fans ortodoxos del género (como el pseudónimo de Ralph Barby vestía bien para nuestro Rafael Barberán), pero leída hoy, yo prefiero el elemento puramente macabro de la obra: un gato degollado, un accidente en la carretera, una muerte infantil… son percances que se pueden integrar perfectamente en nuestras existencias, que pueden presentarse sin llamar a lo largo de cualquier vida. Ahí es donde Barby nos toca de veras la fibra del miedo: ahí es donde Barby inquieta… porque no parece dispuesto a pararse ante nada, sin extralimitarse de lo plausible.
Psicológicamente, me resulta muy convincente cuando se detiene en los miembros de la familia protagonista: el afán de juegos del niño, lo taciturno del padre, el deseo reprimido de la mamá, el desentendimiento de la hija, la transparencia impulsiva del hermano mayor… podemos caer en clichés genéricos, pero su creador no les permitirá abrazar ningún rol heroico (el lector agradecerá y maldecirá ese detalle)…
Su destino, como el nuestro, será mucho más cruel.

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September 12th, 2011 Migoya
Conversación entre el jefe del Servicio Secreto Francés y el agente OSS 117:
-(Este ex nazi refugiado en Río) ha decidido chantajear a Francia.
-¿Tenemos que detenerle?
-No. Tenemos que pagarle.
-Vaya, qué cosas.
-Posee un microfilm con una lista de franceses que colaboraron con el régimen nazi.
OSS 117 Perdido en Río… de Michel Hazanavicius

Pese a que ambas películas se han estrenado en España, no ha sido hasta este verano que tuve conocimiento de la existencia de OSS 117: El Cairo, nido de espías y su aún mejor secuela OSS 117: Perdido en Río… Dirigidas con primor por Michel Hazanavicius, ha sido siguiendo el hilo de su reciente nominación a la Palma de Oro de Cannes por su último filme, El artista (su actor fetiche sí ganó el Premio al Mejor Actor), que llegué a saber de estas dos obras maestras del cine paródico.
Sí estaba al tanto de la existencia literaria del agente espía francés Hubert Bonisseur aka OSS 117, creado por Jean Bruce cuatro años antes de que Ian Fleming se inventara a 007, pero no he leído ninguna de sus novelas (de niño me quedé en Jerry Cotton…) ni visto ninguna de sus adaptaciones “serias” a la gran pantalla.

OSS 117 es un dechado de machismo, xenofobia y cerrilidad. Esas cualidades que probablemente ya detentaba su encarnación original (no en vano, James Bond también hacía gala, en mayor o menor grado, de todas ellas) son a buen seguro el motivo por el que, con la perspectiva socarrona que proporciona el tiempo, el dúo Hazanavicius&Dujardin haya decidido radicalizar el tono del personaje para que contrastara con nuestra mirada amable de ciudadanos del Siglo XXI. La fórmula funciona, especialmente en la segunda parte, ambientada en los años 60 en pleno bullicio hippie: ahí el garrulo de OSS 117 todavía destaca más.

Cualquier fan de las novelas de Fleming o las pelis de Bond va a disfrutar como un enano viendo estos dos filmes: el secreto está no solamente en que resultan divertidos hasta la histeria (he llorado de risa varias veces durante su visionado, que reiteraré en un futuro próximo), sino porque además ambas están soberbiamente realizadas: su director las ha concebido como ejercicios retro (una situada en los años 50, otra en los 60), con una dirección acorde con el cine espectáculo propio de cada década correspondiente. El resultado es apabullante: si no te ríes con los gags (¿pero cómo no reírse con el asesino asiático que, disfrazado de chófer, recibe a OSS 117 diciéndole: “Bienvenido a Río”; o cuando entre entre su jefe y él se establece un silencio incómodo que ni siquiera el “mejor agente francés del mundo” sabe cómo superar con éxito?), el placer de mirar y reconocer estilemas clásicos, muchas veces pervertidos adrede, es suficiente para colmar cualquier expectativa. A veces se unen las dos vertientes con resultados gloriosos: véase el gag de 0SS 117 echándose a la cama con una fan suya, mientras la cámara se retira discretamente para dejar fuera de campo el fragor sexual… sólo para tener que volver apresuradamente hasta la mesita al chocar con un espejo donde se refleja el escarceo carnal de forma nada elegante.

Pero lo que me ha dejado anonadado es la dureza y contundencia de los chistes xenófobos: judíos y musulmanes son los que más reciben (con una desfachatez que hace mirar por encima del hombro a la espera de que nos salte encima algún censor “humanista”), pero los estadounidenses y los propios franceses (véase el gancho a la quijada colaboracionista en la cita inicial de este texto) no se salvan de la andanada, como es de esperar en una comedia inteligente. Ese punto de vista galo es además el que proporciona un aire novedoso a la revisitación de género: esta vez el ombliguismo no es yanqui, sino gabacho. Quizá ése sea precisamente también el motivo de la ausencia de éxito en España de estas dos películas, pero es lo que definitivamente las confiere de frescura y personalidad.
En ambas entregas hay diálogos memorables a mansalva. Puede que mi favorito sea éste:
“-Agente Koulechov: (Los hippies) quieren cambiar el mundo.
-Agente OSS 117: ¿Cambiar el mundo? ¡Qué idea más rara! El mundo está bien, ¿por qué cambiarlo?
-Agente Koulechov: Por ejemplo, predican hacer el amor, no la guerra.
-Agente OSS 117: Pero una cosa no quita la otra. Yo siempre he hecho ambas cosas y hasta ahora no he tenido ninguna queja.”

Mención aparte merece Jean Dujardin: su talento para representar la ególatra estultez de OSS 117 es fabuloso, pero además agrega esa candidez convencida que es la que consigue que, pese a todo, el descarado fanfarrón nos caiga bien. Poseedor de un notable juego de cejas, Dujardin mata accidentalmente y provoca que sus colores nacionales sean aborrecidos allá donde va… pero aun así, uno desea que salga con fortuna de todos sus líos.
Afortunadamente más cercanas de 07 con el 2 delante (aquella desternillante parodia de Bond centrada en el camarero español Jaime Bonet, fruto de la alianza de talentos de Ignacio F. Iquino, Armand Matias Guiu y Cassen, ahí es nada) que de Austin Powers, estas dos películas maravillarán a todo fan genuino de Bond & C.I.A. que tenga sentido del humor…
No veo el momento de volver a verlas.
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September 6th, 2011 Migoya

Con motivo de la desaparición de la revista de cómic porno KISS COMIX, he escrito este artículo en elmundo.es, expresando todo lo que tenía que decir al respecto.
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July 1st, 2011 Migoya

“Soy gay y estoy bueno”. Éstas son las dos grandes afirmaciones indirectas que, entre tanto alegato explícitamente antirracista y antihomófobo, pudo sacar en claro el público asistente al Sant Jordi Club el pasado miércoles. El mensaje transmitido no daba para más.
Alguien debería obligar a los cantantes pop a firmar una cláusula en sus contratos para que no hagan pública su heterosexualidad a menos que alguien abrigue serias sospechas al respecto. En el ínterin, siempre es mejor dar por sentada la homosexualidad del artista: las esperanzas que sus fans femeninas tengan puestas en acostarse con él no deben ser un cheque en blanco para que los productores discográficos exploten sueños eróticos sin esperanzas de materialización a costa de la naturaleza real (y el padecimiento por salir del armario) del ídolo soñado.
Ricky Martin no es un gran cantante ni un gran compositor ni un gran músico. A su lado, Alejandro Sanz parece un artista. Pero Ricky es insultantemente guapo y transmite buen rollo. Y quizá sí sea buen cantante, aunque está claro que él mismo no se da la oportunidad de demostrarlo en sus shows: la coreografía es lo primero. A mí en el fondo (y en la superficie) Ricky me gusta particularmente, porque me recuerda a mi hermano y porque es un X-Man: como Elvis, tiene el poder de detener el tiempo cada vez que sacude la cadera.
Lo primero que me sorprendió del evento fue la poca gente que acudió a la convocatoria del concierto. No sé si es la crisis o que realmente un sex symbol latino está obligado a pagar un peaje popular por su orientación sexual, pero en aquel recinto dudo que llegáramos a las 2.000 personas, haciendo una estimación generosa. ¡Apenas varios centenares de espectadores para ver al gran Ricky en la Ciudad Condal!
También me chocó la heterogeneidad del público: no hubo tanto aluvión hispanoamericano como me esperaba; sí se presentaron grupos de chicas de toda etnia y pelaje, desde veintañeras latinas a cuarentonas catalanufas y hasta lo que Antonio Aguilar denominaría “solteras y viudas y divorciaditas”, pasando por lesbianas e incluso resacosas de la era hippie que jamás hubiera imaginado sensibles a un crush por nuestro héroe lampiño. Obviamente, la cuota gay también fue cubierta por varios ejemplares, así como se personó la misma parejita hetero-poligonera que acudiera terrorífica y masivamente al concierto de George Michael hace un par de años, pero tanto un espectro como el otro aportó un número mucho más reducido del que yo preveía.
El concierto en sí comenzó con retraso y cierta tendencia al desastre: Ricky no parece sentirse muy cómodo con los temas en modo grave, y le costó encontrar el tono adecuado de voz y presencia con su interpretación de Será Será (aquí, el ejemplo madrileño). Eso sí: volvía a ser el tío bueno cachas de siempre, superada su etapa “auténtica” de gordo introvertido buscándose a sí mismo. Por suerte, ha vuelto el tío bueno y atrás quedó el fofo.
A continuación cantó Dime que me quieres: aquí tenéis su versión de Los Bravos para abrir boca. O para cerrarla.
Ricky declaró nada más empezar su actuación que se dejaría el alma en el concierto, pero más bien se dejó únicamente el cuerpo. Aunque con un cuerpo así, quién necesita alma. La totalidad del repertorio apenas llegaría a los 80 minutos, pero tampoco se podía pedir mucho más: si tu mejor canción es Living la vida loca, no hay apuesta musical que aguante el tirón de un directo de dos horas. Eso sí, yo bailé como un degenerado, que para algo pagué 46 euros. Entre las versiones perpetradas de su propia cosecha, me gustó mucho el deje cabaretero de She Bangs (cantó la opción inglesa, la buena, que es también mi tema favorito de Ricky con diferencia); el himno festivo Más, que en directo funciona muy adecuado: sólo faltaba Fradejas presentándolo; y, sorprendentemente, me encantó Tu recuerdo, que siempre me había parecido una canción imposible, pero que quedó de putifa merced al logrado deje flamencorro (???) que el solista imprimió a su fraseo.
Entre tema y tema, se proyectaron vídeos testimoniales de miembros de la banda, concebidos como pequeñas campañas contra la homofobia y el racismo: cómo reafirmar tu personalidad cuando descubres que eres diferente. “Yo soy gay y he sobrevivido a un padre cruel”, “Yo soy negro y he sobrevivido a una sociedad discriminatoria”… No me molestó el tono didáctico de tales flashes, pues al fin y al cabo así es como el pueblo tolera y acepta la diferencia: mediante el ejemplo de sus líderes. Sólo faltó el propio Ricky contando su caso: “Yo fui cantante infantil y he sobrevivido a un grupo llamado Menudo“… Menudo trauma, eso sí es un estigma de aúpa.
Pero Ricky tenía que ocupar esos momentos inspiradores en cambiar su vestuario.
Más molesto fue el clip de un Ricky desnudo recibiendo lechazos de pintura por todo el cuerpo. Tan altas dosis de narcisismo físico impidió atisbar el alma cacareada en el título del tour. Otra vez será.
Asimismo, su concepto de “sexo” digamos que ya fue sobradamente superado hace unas dos décadas por Madonna o el propio Michael… ¡Innova, Ricky, que tú puedes!
Al final del concierto el propio Ricky verbalizó un mensaje de tolerancia y convivencia entre todos los seres humanos, haciendo hincapié en la necesidad de respetar la libertad sexual de cada persona: “Somos iguales” le decía a su audiencia, y yo miraba las caras famélicas de las féminas presentes y pensaba que alguna aún no había renunciado al sueño de reconvertirle a la causa hetero. Supongo que en eso se basa la idolatría: en la ceguera eterna.
¿Aceptará algún día el público femenino la promiscuidad en los hombres heterosexuales con la misma facilidad y desparpajo con que parece aceptarla en los homosexuales? Sinceramente, lo dudo…
“Soy gay y estoy bueno”. Ésa fue la conclusión que saqué de todo lo que quiso transmitir Ricky Martin en su concierto.
Me alegro por él. Es bonito que la gente sea feliz y los cantantes también. Y a él se le ve muy feliz en su nueva etapa.
Ahora: de que está bueno, está bueno… ¿eh, chicas?
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June 29th, 2011 Migoya

“…Y en cuanto él la palmara, a vivir que son dos días y a correrse todas las juergas que pudiera llevando ella la batuta, bueno, mejor cogiéndola y poniéndola donde ella deseaba para que ejecutara los movimientos precisos”. El vestido de Àngels Gimeno
Gracias a este probo compañero de oficio y sus buenas artes, hace unos días fui gentilmente invitado a una reunión de camaradas de la historieta para compartir una comida-homenaje con el escritor de novela popular Ralph Barby (aka Rafael Barberán Domínguez): en su blog tenéis un par de fotos del encuentro con estos cuarentones adolescentes y el detalle del who’s who.
Entre el menudeo de anécdotas y el intercambio de novelas, conocí entre otros hechos curiosos que la pareja de Barby, la catalana Àngels Gimeno, también era escritora: ella tuvo a bien regalarme una de sus últimas obras publicadas, la novela El Vestido (Ediciones Olímpic SL). Ya fuera porque conocía mi reputación literaria o porque cometí el error de elogiar a la chica de la portada (que resultó ser su hija), Àngels me escribió esta inquietante dedicatoria: “Para Hernán, con el deseo de que te entretenga y te ayude a conocer un poquito más a las mujeres. Àngels, 19-06-11″. El sujeto no expresado en la frase era “el libro”, claro.
Si bien no sé si me ha ayudado a conocer un poco más a las mujeres, debo confesar que me ha entretenido muchísimo: de hecho, he devorado esta novela con el mismo fervor con que los amantes masculinos descritos en su interior devoran a las mujeres protagonistas. Y sin que su autora permita nunca que nos salgamos de la clave pulp, lo cual aún me parece más extraordinario.
El vestido es en realidad una sucesión de pequeñas historias de descubrimiento erótico protagonizadas por unas cuantas féminas, unidas por un vestido-talismán que pasa de mano en mano (y de cuerpo en cuerpo) y que despierta en el interior de todas no solamente una libido que creían olvidada -quizá nunca antes revelada siquiera-, sino también el deseo en los ojos ajenos. Así, nos hallamos ante una variación del clic manaraniano, pero este objeto “mágico” no detona solamente la voluptuosidad hembril para disfrute del voyeur masculino: sino que lo hace precisamente para PROVOCAR el deseo en los hombres y ponerlos a disposición del placer de ellas. Es decir, la mirada es abiertamente femenina; el texto invoca sacar de su hastiada vida rutinaria a una serie de estereotipos femeninos: la casada aburrida, la virgen anodina, la madura asexuada… ese tipo de mujeres aparentemente grises que nunca protagonizan películas ni libros, parece decir la autora, y que también tienen derecho a sentirse únicas y poderosas frente al macho, a sentirse sexualmente magnéticas; y además, por una vez y como Gimeno misma concreta impúdicamente, llevando ellas “la batuta”.
Ese deseo de inmersión erotizante, de vindicación del sexo (la única equitación equitativa) como fuente no sólo de placer, sino de RAZÓN DE SER de la vida, es el que marca El vestido. A mí me ha interesado sobremanera, precisamente, la mirada de la escritora (y en ese sentido su dedicatoria sí resulta premonitoria), pues sus descripciones arrojan un punto de vista que no es fácil de encontrar en cualquier literatura: nos tendríamos que meter hasta los codos en los viscosos pantanos del género romántico-erótico-pornográfico femenino (mal conocido como “rosa”) en el que tantas y tantas oficinistas consuman vicariamente sus anhelos y que parece vedado al lector masculino, por propio miedo a acabar pringado… y por torpeza (ya se sabe lo torpes que somos casi todos interpretando los signos del sexo opuesto).
Abundan párrafos de una sensualidad pragmática sin desperdicio, como esta descripción de un hombre-objeto espiado por una voyeur femenina: “Los músculos dorsales, brillantes y dorados por el sol, se dibujaban bajo la piel tensa de la espalda donde se marcaban nítidos los huesos del espinazo. Los fuertes brazos formaban una cálidad almohada para acoger la cabeza de cabello oscuro, ligeramente ladeada. / Las piernas estiradas, abiertas, eran como una avenida que desembocaba en el perfecto montículo de carne de la grupa, glúteos prietos cubiertos de vello, hendidos por un tibio desfiladero. (…) El pecho amplio, de pronunciadas mamilas, quedó a la vista, oscurecido por una maraña de vello rizado que la mujer ansió estirar y acariciar con las sensitivas puntas de sus dedos. (…) Ningún músculo era allí superfluo, todos cumplían una misión coordinada y exacta en un cuerpo joven. El vientre prieto, libre de grasa innecesaria, era como una pequeña explanada de piel tensa que daba acceso a los genitales. El falo, ahora fláccido, amoldado sobre el colchón del escroto, mostraba sin embargo una longitud adecuada y el suficiente grosor para complacer a cualquier compañera. Su piel, ligeramente más oscura que la del abdomen, tenía una tonalidad casi violácea en el glande que se suponía dulce y absolutamente suave. Destacaban las grandes venas prestas a hincharlo de sangre caliente que daría paso a la casi mágica transformación que se produce en la erección, cuando cobra una vida y un protagonismo único”. Me encantan expresiones -que yo nunca sería capaz de aplicar- como “tibio desfiladero”, “pronunciadas mamilas”, “el colchón del escroto”… y cómo poco a poco nos vamos soltando para imaginar qué parte de su anatomía se supone “dulce” y cómo le afectaría aquella “mágica transformación” que todos conocemos.
Gimeno escribe con una competencia implacable, la prosa clara y contudente. Es esa contundencia la que la delata como escritora pulp, viciada (es un decir, pues se trata de su carta de naturaleza, sin que ello implique menoscabos clasistas) por tics narrativos propios de mis admirados autores de bolsilibros: la desfachatez con que encadena episodios inconexos o giros argumentales, la naturaleza ‘innoble’ de muchas de sus imágenes y metáforas (”La tenue caricia fue como el pistoletazo de salida en Lemans”), el desentendimiento creativo frente a la reiteración (prácticamente todos los glandes de esta novela son violáceos), la voluntad inexorable de avanzar a cualquier precio de la estructura narrativa… Y, sin embargo, El vestido me parece una novela muy digna de ser leída y fuente de múltiples placeres, no solamente eróticos.
Una vez más, no entiendo por qué en este país Àngels Gimeno no está escribiendo novelas de aventuras, de autodescubrimiento, de terror, o de suspense, para jovencitas o para mayorcitos (¡o para todo el mundo!), con contrato en exclusiva para una editorial de consumo masivo como Planeta o Ediciones B… y sin embargo hay tanta autora de prestigio publicando tanta novela barata (en el peor sentido de la palabra).

Àngels Gimeno y Ralph Barby en los buenos tiempos del pulp español.
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June 10th, 2011 Migoya

“Te volveré una muñequita, tendrás escolta, las camionetas y hasta piscina”. Tema principal de Las muñecas de la mafia
Lo más interesante de las series colombianas es que, por idiosincrasia de su propia sociedad y por ausencia voluntaria de mesura, contienen unas dosis de realidad y dureza moral imposibles de concebir en una serie estadounidense o inaceptables en una española. De hecho, para un espectador español resulta increíble y abrumadora la cantidad de violencia injustificada, brutalidad gratuita y machismo desaforado que inunda sus producciones.
El caso de Las muñecas de la mafia se revela particularmente despiadado, dado que cuenta la historia de cinco muchachas relacionadas por voluntad propia o a la fuerza con el lujoso y desalmado mundo del narcotráfico, y cómo esa inmersión en una mafia sádica y sanguinaria hará trizas su inocencia y abocará sus vidas a sendas de perfidia que, como dice el cliché, no les permitirá volver a ser jamás las mismas. En este caso, el cliché se cumple a rajatabla.
Las muñecas de la mafia termina por ser una versión moderna e hispanoamericanizada de Justine o los infortunios de la virtud del Marqués de Sade, no solamente porque narra la pérdida de la virtud (sexual, ética y emocional) de cinco amigas bellas e inocentes, sino porque también pone en solfa, con retorcida lógica, hasta qué punto la inocencia no es culpable última de los “infortunios” que desata; e incluso la serie adopta, como hiciera el propio Marqués, la forma de “cuento moral”, didáctico y edificante, para desplegar una galería con las mayores atrocidades, perrerías y bajezas humanas que hoy día se pueda imaginar un espectador moderno del Primer Mundo.

Las muñecas de la mafia (2009) es una producción de Caracol TV, basada en el libro Las fantásticas (fantástico título) de Juan Camilo Ferrand, quien se ocupa del brillante guión formando efectivo tándem con Andrés López López… como ya hicieran con el megaéxito El cartel de los sapos (cuya reseña es la entrada más visitada de este blog). La dirección corre a cargo de un equipo coordinado por el incansable e inefable Luis Alberto Restrepo, responsable de la realización de las dos temporadas de El Cartel (de hecho, Las muñecas la hicieron entre ambas) y de la megacélebre Sin tetas no hay paraíso.
Dos características a tener en cuenta de las series colombianas: 1) Cada temporada dura el doble ¡o el triple! que las estadounidenses. Así, Las muñecas de la mafia cuenta con 92 episodios de extensión variable (casi siempre, 22 minutos por capítulo), lo cual arroja una duración total cercana a los 2.000 minutos. Eso significan más de treinta horas de ficción… 2) La realización corre a cargo de un director asistido por varios directores auxiliares: de esta forma, el estilo de grabación siempre es homogéneo (al contrario de lo que suele ocurrir con la manera de trabajar estadounidense, que dispone un director distinto al frente de cada capítulo) y eficaz. Las series de Restrepo suelen estar muy bien concebidas de dirección, siempre con un mínimo de tres cámaras cubriendo las secuencias, aunque a veces el sonido es más precario de lo deseable. Pero a la velocidad que deben de rodar, ¡lo contrario sería asombroso!
En cuanto a Las muñecas de la mafia, su postulado es aún más cruel que el de Sin tetas no hay paraíso, puesto que se ceba en las descripciones del marasmo mafioso que ésta solamente apuntaba, siempre desde el punto de vista de sus protagonistas femeninas. La serie nos permite responder a la respuesta: ¿Qué saben las mujeres y amantes de los negocios de sus hombres? También es menos telenovelera, aunque las tramas amorosas sí le dan un toque más “romántico” que el mundo de macho men que poblaba El Cartel.
Como siempre en la TV colombiana, los personajes son lo mejor del conjunto:

Brenda es el único personaje 100% positivo y transparente de la serie: una chica sencilla de la ciudad de El Carmen, educada en la filosofía del esfuerzo y solidaria con sus amigas, a las que siempre saca de mil líos y embolados. Su único defecto: enamorarse hasta el tuétano de Don Braulio, el mayor capo de la droga en la región.
Angélica Blandón, la actriz que encarna a Brenda, despliega un show de simpatía, encanto y dulzura: el espectador se enamorará de ella y deseará que todo le salga bien. Me ha chocado especialmente su brillante composición, en contraste con lo discreta que fue su intervención en El Cartel II, donde su personaje era mucho más ortodoxamente melodramático. Un 10 para Angélica.

Otro 10 para Katherine Escobar por su interpretación de la pérfida e insoportable Olivia, la amiga que no piensa estudiar en la universidad ni dar palo al agua en su vida, pues su sueño es liarse con un narco que le pague todo y la haga vivir una vida de lujo. Esteretípicamente malvada y consentida, la Escobar lo hace tan bien que el espectador no logra dejar de odiarla cada vez que aparece en pantalla… ni de apiadarse de Braulio cuando ella consigue casarse con él, enemistándose con la noble Brenda. Sus impresionantes pechos son también la mejor coartada erótica de la serie.

Yuli Ferreira es Renata, la “bobita” de Las muñecas de la mafia. Por estupidez y pura mala estrella, Renata se come muchos marrones (y hasta bolas de coca): empieza casándose con un humilde muchacho que termina siendo “contador” (contable) de la mafia y regentando un prostíbulo… y la pobre acabará violada por un vecino que la chantajea, de prostituta de un burdel en Bogotá y de mula para los narcos en EEUU. La Ferreira es una de las mujeres más hermosas que he visto en tiempos y merece ella sola una serie que saque partido de su carisma natural.

Pamela es, junto a Olivia, la otra “muñeca” que se deja corromper por el dinero fácil y la explotación de su belleza. La esforzada Andrea Gómez da vida a esta jovencita que comienza liándose con un narco, Erick, cuyos celos enfermizos terminan involucionando hasta derivar en un acoso constante y amenazas de muerte: para huir de él, Pamela se lía con Asdrúbal, otro pez más gordo (en todos los sentidos) del narcotráfico… pero si el primero se lía a puñetazos con sus compañeros de universidad por el sólo hecho de mirarla, el segundo la trata como una res, marcándole el trasero con su nombre tatuado y obligándola a aumentárselo quirúrgicamente. Además, acostarse con él le resulta a la pobre niña una experiencia repugnante… El destino de Pamela es de los más claramente moralistas y ejemplarizantes del asumido por las cinco chicas.

La Violetica “mil colores” (como la llama su novio Giovanni) resultará la más engorrosa de las cinco “muñecas”, sobre todo cuando asume el rol de vengadora implacable por una muerte familiar. Hija de Don Gregorio, uno de los narcos de El Carmen, Violeta quiere integrarse en el negocio de su padre y convertirse en una narco grande. El conflicto entre sus ansias de poder & venganza y el amor que siente por su honrado novio marcará toda su trayectoria. Alejandra Sandoval posee una belleza a lo Linda Fiorentino que con seguridad agradaría en el mercado anglosajón.

Finalmente, Amparo Grisales es la madura Lucrecia, la descarada y divertísima ex esposa del narco Braulio. Cada vez que aparece en escena, las risas y la indignación están garantizadas. La actriz (una diva absoluta de la escena colombiana) tiene esa personalidad fuerte y masculina de una María Félix o una Concha Velasco, y le va como anillo al dedo eso de hacer de “loba”, y en este caso de “loba vieja” (pero con un glamour y savoir faire incomparable). Su rol en la serie es fundamental, pues ejerce de bisabra entre el mundo de Braulio y sus “muñecas” con el resto del panorama criminal, dado que nada más divorciarse de su marido se lía con el otro gran narco local, Don Nicanor. Otro 10 para la Grisales.

Menuda cincuentona…

El veterano Fernando Solórzano (a quien ya vimos en El cartel de los sapos con un papel más comedido) es Braulio, el poderoso narcotraficante de El Carmen (atención a la camisa de la foto, no es un detalle gratuito). Braulio ejemplifica el personaje masculino que está en el centro de todas las idas y venidas muñequiles, el Charlie de estos ángeles (y demonios). Actúa con la hipocresía típica de estos estereotipos mafiosos: está enamorado de Brenda pero se casa con Olivia, que tiene las tetas más grandes; mata al primer novio de su hija porque no le parece buen partido, pero después exige juego limpio cuando a ella la secuestran… Solórzano le proporciona ese toque de campechanía y sinvergonzonería latina que contribuye a que el personaje te caiga bien, pese a todas sus perrerías. Y así ocurre, dado que de no caer bien, la serie no funcionaría.

Norman, el lugarteniente de Braulio, es uno de los personajes más inolvidables de esta ficción. Sobre sus espaldas carga el peso de encarnar al villano “oficial”, pero gracias en gran medida al trabajo de Diego Vásquez, Norman es mucho más: se trata de un mayúsculo perverso, siempre animado a lubricar sus trapacerías y crímenes con los fluidos de su voluptuosidad libidinosa. Capaz de azotar con el cinturón a su esposa Noelia mientras le canta la canción de Nino Bravo o de obligar a la esposa de su jefe a acostarse con él enmedio de una cama inundada de billetes, las vilezas de Norman son de tal catadura que le elevan al panteón de villanos viperinos por méritos propios. Chapeau, Sr. Vásquez.

Camaleónica y magistral, sólo así se puede definir la actuación de Julián Román en el papel de Erick, la mano derecha de Norman y el criminal más loco y desalmado de la serie. Su personaje es un auténtico psicópata hijo de mala madre, sin ninguna posibilidad de redención ni ningún momento de debilidad emocional. Cada vez que aparece en pantalla, es para echarse a temblar, y con razón (especialmente cuando agarra la motosierra). Para calibrar hasta qué punto la transformación del actor resulta pasmosa, vean cualquier secuencia de Erick en Las muñecas de la mafia y después comparen con el modosito actor que le da vida, en esta entrevista promocional. Un 11 para Román.

Giovanni es el “bueno” de la serie, casi el único personaje masculino sin ningún matiz oscuro, y la única posibilidad de redención de su novia Violeta. Lincoln Palomeque (otro de esos nombres imposibles de inventar para un escritor español) es el actor que le da vida, con mucho desparpajo y naturalidad, representando junto a la voluntariosa Brenda “los ojos del espectador”, horrorizado ante todo lo que ocurre en ese violento submundo.

Juan Pablo Franco es Leonel, el marido de Renata, un contable de perfil bajo que se gana la vida honradamente hasta que se mete a llevar los asuntos de don Braulio y se deja corromper por la ambición. Leonel representa el típico arribista que intenta trepar en un mundo que no es el suyo, tratando de dárselas de duro cuando en el fondo no es más que un pobre desgraciado dominado por sentimientos básicos y patéticos: enamorado de una prostituta, se dejará arrastrar por el deseo de asesinar a su propia esposa. Probablemente se trate del personaje más desagradable de Las muñecas de la mafia y Franco hace tan buen trabajo a la hora de insuflarle vida, que cada vez que aparece en pantalla da grima: tanto así, que hasta cuando sale al lado de Erick, ¡éste cae bien por comparación!

Asdrúbal es un narco asociado con Braulio, uno de los más razonables, al menos cuando no le ponen una mujer delante. Mauricio Vélez construye una excelente caracterización para su personaje, capaz de provocar risas y ternura cuando se desenvuelve en alguna escena cómica, y a renglón seguido despertar escalofríos y repulsión al comprobar la manera en que trata a su amante Pamela.

Don Gregorio es, paradójicamente, el único narco “honrado” de la trama. Asume una serie de cualidades morales (buen marido, padre ejemplar, hombre recto y cumplidor) que causan estupor al estar asociadas a un narcotraficante: es el Michael Landon de los narcos. Orlando Valenzuela también hace un buen papel, logrando esquivar siempre el empalago.

El actor cubano Félix Antequera es Don Nicanor, el máximo rival de Braulio en el negocio de la “merca”. Erigido en principio como sombra terrible y amenazante, una vez lo conocemos más al compás de su relación con Lucrecia, descubrimos un “hombre de negocios” pragmático y sin grandes complicaciones emocionales: cruel cuando el negocio lo exige, cariñoso con su gente de confianza y, dentro de lo que cabe, un hombre de palabra. Dentro de lo que cabe, claro…

Esta pareja apodada Los Carmensos, y conocidos individualmente como Uña y Mugre (para definir que dos amigos son inseparables, la expresión “carne y uña” ha evolucionado hasta convertirse en “uña y mugre”, o sea, uña y roña), son probablemente los personajes más controvertidos de Las muñecas de la mafia: planteados como alivio cómico de la serie, una especie de Gordo y Flaco que ejercen funciones de subalternos de Don Braulio, protagonizan sin embargo escenas altamente perturbadoras, como cuando intentan violar a Pamela aprovechando que ésta se ha emborrachado en una fiesta, de camino a su coche. Una acción así haría imposible en cualquier serie occidental que estos personajes fueran considerados como “simpáticos”, pero aquí rigen otras reglas cívicas. Julián Caicedo y Jairo Ordóñez despachan su cometido con gracia y sin complejos.
Como siempre, lo peor del elenco son los actores estadounidenses (la parte “policial” de la DEA y los fichajes de Miami) que, como en El Cartel, parecen escogidos en una fiesta barbacoa de algún productor. ¡Y en esta ocasión ni siquiera podemos disfrutar del inefable e inimitable Sam Matthews!
Las muñecas de la mafia está disponible para su visionado tanto en la web de la productora Caracol TV como en Youtube. Para abrir boca, os dejo con la canción oficial de la serie, donde las “muñecas” expresan lo que quieren en la vida: “Todo lo que se consigue con una mini Uzi: una finca grande con jardín y jacuzzi”.
Como termina diciendo la propia letra: “Papi, ¿y qué quería?”.
Sade estaría orgulloso.
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June 6th, 2011 Migoya

Se ha muerto Manolo Otero, uno de mis cantantes españoles favoritos. Con sus susurros afectados, este artista madrileño logró que millones de mujeres solteras lubricaran en la intimidad de sus casas sin necesidad de echar mano de un consolador y que millones de mujeres casadas soñaran con tenerle como amante.
Otero murió semiolvidado en España, pero en países latinoamericanos como Perú o Brasil -nación en la que residía desde hace años- era casi imposible tomar un taxi sin que la emisora encendida radiase en algún momento del día uno de sus “sentimentales susurrados”, como acertadamente los define Luis Troquel.
El más conocido era Todo el tiempo del mundo. Más tarde, intentó repetir su éxito con variaciones sobre el mismo esquema: Te empecé a echar de menos o Aún.
Manuel de la Calva y Ramón Arcusa (el incombustible Dúo Dinámico) escribieron y produjeron varios temas para Manolo Otero, intentando sacar jugo a su voz grave y acariciadora, sin moverle del estereotipo de personaje seductor y sensible con sus amantes. De todo su repertorio, mi canción predilecta es ¿Qué he de hacer para olvidarte?, un gran lamento masculino típicamente setentero. Lo tiene todo: voz viril al frente, coro desmelenado al fondo y juguetón tarareo al medio, y la envoltura de un acompañamiento orquestal impecable… al servicio de ladrillos líricos como “Sé que fui uno más de tus devaneos, PERO SIN EMBARGO yo no olvidé tus besos”. Una joyita.
Sobre la torre estéreo de mi equipo hi-fi, reposa desde hace varios años el sencillo de vinilo con esa canción. Siempre quise que fuera el tema principal de mi película ¡Soy un pelele!, que versaba precisamente sobre la amnesia, pero mis productores se negaron a emplear dinero público en gastos suplementarios de la banda sonora, así que no pude cumplir ese sueño.
Descansa en paz, Manolo: hasta los ángeles se masturbarán oyendo tu voz.

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June 3rd, 2011 Migoya

Somos unos desmemoriados. Me hace gracia la cantidad de cosas que ahora damos por garantizadas y que en su momento causaba a la sociedad bienpensante* auténticos quebraderos de cabeza. Por seguir con ella: cuando algunos jóvenes nos la rapábamos a principios de los 90, cuántos periodistas escribían que esa moda era peligrosa porque seguía la estética neonazi… Hoy nadie lo recuerda y a buen seguro la anécdota nos hace reír, pero en su momento lo decían muy en serio. Nada hay más fácil para cada sociedad establecida que caer en lo reaccionario.
Me encantaría que alguien hubiera grabado lo que dijeron los críticos de Tiburón en 1975 cuando se estrenó la película, y lo que dicen ahora de cualquier película de Spielberg cuando la denostan comparándola, precisamente, con Tiburón. En los primeros años 80, defender a Spielberg como cineasta era como intentar defender hoy a Michael Bay: la mofa y el menosprecio eran las monedas corrientes que uno obtenía a cambio.
Pues con el manga igual: me encantaría que alguien hubiera grabado a muchos profesionales del cómic español dando su opinión del manga hace veinte años, para que alucináramos hoy con la mentalidad tan abstrusa, conservadora y casi racista de que hacía gala gran parte del sector. Bueno, algunos grandes autores nuestros continúan siendo especialmente intolerantes con el manga.
Entre otras miopías, solían decir que todos los mangakas dibujaban igual, que las tramas eran bobas y que sus historias no se acababan nunca: mira, lo mismo que a mí me pasa con algunas series de TV yanquis, que las veo ranciamente ejecutadas, basadas en dilemas morales bobalicones y dolorosamente interminables. Pero son yanquis, estamos acostumbrados a ellas desde chiquitos…
Lo que trato de indicar con esto es que los clásicos no nacen clásicos. De jóvenes nos parece que sí, que todo lo que existió ya estaba desde siempre. Pero conforme envejeces, te admiras más y más de cómo todo es un gran holograma en perpetua renovación y de la impresión -no siempre grata, no siempre admirativa- que causaban en su momento obras que ahora consideramos intocables, desde El Quijote hasta los filmes de Sergio Leone (¿un italiano haciendo pelis de vaqueros en un país de moros?) pasando por, claro, Tiburón.
A lo que voy: es sano dar un paso atrás y ver qué prejuicios teje cada época, porque a los veinte años muchos de esos prejuicios han sido completamente barridos y olvidados (pero sustituidos por otros). Nos ahorraría mucha estupidez en los juicios de valor.
Pero dentro de ese marco contextual hay una cuestión de fondo a propósito de Himawari, el espectacular “best seller” de la Línea Gaijin, que me parece más interesante para tratar en estas líneas: las señas propias de identidad.
Otra batallita: en una editorial donde trabajé de editor muchos años, el criterio oficial marcaba que no se aceptaran historietas de confección autóctona (o sea, de autores españoles) con personajes y situaciones extranjeros: mayormente, que no se jugaran a convenciones importadas por el mainstream anglosajón. Eso quería decir que si un chaval de L’Hospitalet te traía un cómic sobre cómo un justiciero apellidado McCurran limpiaba de mormones las calles de Salt Lake City, pues no se le podía aceptar… y se le pedía que el justiciero fuera mejor un anarca, que se llamara Maclina y limpiara la calle de… curas, a ser posible. Mi jefe odiaba ese tipo de propuestas “bastardas”, seguramente como REACCIÓN a la tradición española de trabajo en agencia con historias estándar de géneros para otros países (westerns, melodramas, etc., casi todos situados en el primerísimo mundo, que no es el nuestro), mediante la cual decenas de historietistas españoles se ganaron muy bien la vida durante varias décadas, especialmente a través de la agencia catalana de Josep Toutain. (De hecho, la incapacidad española para establecer una industria propia de cómic es la que hace que decenas de historietistas españoles sigan viviendo de ese trabajo de “agencia”, aunque sea más sui generis: en este caso para el mercado de superhéroes estadounidense y, en algunos casos donde la creatividad se ve constreñida a unos baremos estilísticos a veces más inflexibles de lo que parece, el francés).
A mí ese criterio editorial siempre me pareció equivocado como norma, aunque comprendía el fondo que intentaba desarraigar: la idea de que solamente se podían contar buenas historias de ficción si se copiaba un modelo ajeno (estadounidense, francés o, como el caso que nos ocupa, japonés), no solamente en la forma, ¡sino también en el propio contenido! Y es que no hay obra más molesta que aquella que abraza la estandarización sin aportar un toque propio. El localismo siempre ayuda, obviamente, a insuflar verosimilitud, fuerza y originalidad, “razón de ser” en suma, a una obra que se considere personal, y uno de nuestros grandes avances como sociedad cultural ha sido la de poder desarrollar obras propias con temas, personajes y localizaciones propias, no necesariamente atadas o sujetas a la tradición realista, picaresca o tragicómica que casi siempre ha caracterizado la cultura española, pero tampoco esclava de “impostaciones” vacías y postizas al ser aplicadas a nuestra idiosincrasia.
En cualquier caso, aunque se cumplan esas normas localistas, ello no implica que su autor no sea permeable a modos y maneras “extranjeras”. Un medio tan joven como la historieta (igual que ocurre con el cine) nace necesariamente de esas influencias ajenas al territorio del propio autor, especialmente cuando pertenece a un país que casi nunca inventa nada.
Pero cuando detrás de una obra hay un autor con personalidad, el arraigo localista no es necesariamente un obstáculo o un defecto. Prefiero un buen cineasta español rodando buenos westerns o buenas historias de terror o suspense hollywodienses (me viene a la cabeza el ejemplo ideal de Jaume Collet-Serra**, nuestro catalán universal en Hollywood), que un mal cineasta intentando aplicar aquí modos y maneras universalmente estándar pero que no casan con personajes y situaciones españoles (sobran los ejemplos). O sea: ambos caminos son legítimos y un artista puede hallar su propia voz tanto en la tradición propia como en las ajenas. No todos tienen que ser Almodóvar, por citar a quien es probablemente el mejor cineasta español actual que siempre suele inspirarse en motivos de su terruño.
Pero volvamos a Himawari. Su autora, Belén Ortega, ha creado su propia historia de samurais (con la complicidad del coguionista Rubén García), impregnándose (e impregnándola) con toda la forma y fondo de un manga originariamente japonés. Si este manga se lo das a cualquier lector profano o casi absolutamente profano como yo y le dices que lo ha hecho Hakuna Matata (es un decir), un mangaka afincado en Tokyo con predilección por el género tradicional samurai, te lo comes con patatas (perdón, con sushi) y bien a gusto.
Por tanto, ¿importa que la autora se llame Belén Ortega y no Hakuna Matata? A mí no me importa, la verdad. Incluso cuando la autora propone romper la regla de lectura occidental y propone la oriental (la que miles de jóvenes lectores españoles asocian no sólo ya al manga, sino a la totalidad del cómic, por lo que a ellos respecta), forzándonos a leer de derecha a izquierda, me parece una gran idea comercial (aun a riesgo de que ese hito sea recordado en el futuro como el primer logro de la inminente anexión nipona de España en sus casi seguros planes de conquista del mundo, a los que Japón probablemente nunca ha renunciado… -es broma-).
Si tuviéramos que expulsar toda influencia extranjera de nuestras creaciones, sencillamente ningún español hubiera realizado nunca un cómic, para empezar.
Himawari me ha gustado mucho. Siendo un lector -insisto- casi profano, no reconozco la mayoría de sus influencias, que ella misma especifica en los Extras del volumen. A un carcamal como yo, su propuesta me recuerda a Yojimbo, por ejemplo: ella propone un escenario y unas maneras que entroncan sintéticamente con el género samurai, con pocos personajes para que el armazón no se le vaya de madre y, sin necesidad de explayarse innecesariamente en demasiados detalles psicológicos, desarrolla una trama controlada, basada en intrigas “mafiosas” de intereses materiales y venganza que, aunque al principio arriesga la caída en el tópico (el asalto al barco), enseguida despliega sus propias leyes dramáticas, adquiriendo mayor interés para el lector conforme gana en ambigüedad moral y sexual.
Belén Ortega es una excelente dibujante y una excelente narradora y ha intentado encerrar en menos de 200 páginas su concepto de la historieta, cumpliendo la única condición “autóctona” que se le exige a un autor español con respecto de uno japonés: paradójicamente, que no se pase de extensión. Ese marchamo nacional, impuesto (paradójicamente) por las carencias de la industria española, pronto podremos desterrarlo si continúa el éxito de la Línea Gaijin… y a ello no habrá sido ajeno el éxito que ya está obteniendo Himawari.
Otra característica que me encanta de Belén Ortega es que su imperio autoral se sitúa en el vértice opuesto de la de otra de mis mangakas españolas predilectas, Irene Roga. Ortega basa su poderío no solamente en un dibujo exquisito, sino en la mecánica narrativa: su manga se puede leer en minutos. Después, uno tiene la posibilidad de volver atrás (en este caso, “adelante” si nos ceñimos a cómo pasamos las páginas) para recrearse en su talento plástico. Así, ella apuesta por el movimiento; Roga lo hace por el estatismo y la belleza inmanente que se obtiene de una contemplación serena de sus dibujos.
Me parece fascinante que ambos casos funcionen tan modélicamente y tan ajustados a reglas tan opuestas.
Y me parece maravilloso que podamos asistir a la eclosión de autoras españolas con tanto talento y que nos lo impongan así, poniéndonos la bota sobre la nuca: sin pedir permiso ni conceder piedad.
*Me niego a escribir “biempensante”, por mucho que se empeñe la RAE, porque no se pronuncia así.
**Aunque un artesano así dependa casi siempre del material que le ofrezcan: según el guión, puede rodar obras magistrales (La huérfana) o bodrios absolutos (Sin identidad).
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