LA COPLA DE IRENE

May 16th, 2011 Migoya

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Hay momentos en que la Belleza sublima todo lo demás, todo prejuicio y conocimiento, toda penuria y padecimiento, para zambullirnos en un momento extático, de suspensión del alma.

Esa facultad que detenta la Belleza está por encima de consideraciones morales o constricciones de índole terrenal.

Se puede hallar en la seguridad masculina, en la inconsciencia femenina de su propia hermosura, en paisajes inesperados y en melodías de cauce profundo y mágica resonancia… ya que el Arte intenta de continuo fijar en el tiempo momentos así.

La canción de Ariadna es un manga, o sea un cómic, que intenta fijar la Belleza en cada una de sus páginas.

No siempre lo consigue: es la primera obra completa y total de Irene Roga, y aún titubea en algunas decisiones artísticas que lastran el conjunto o, mejor dicho, puerilizan un discurso artístico expresado para perdurar.

Es lógico y nada censurable: la joven Irene Roga constituye uno de esos raros casos donde el artista rompe el molde del ruido de fondo generacional y hace gala de un talento que aún debe aprender a canalizar, como un Nuevo Mutante recién llegado a filas que todavía no domina del todo sus exóticos y demoledores poderes, que aún no acepta (por ponernos claremontianos) al cien por cien su propia personalidad “diferente”.

Los poderes de Irene son, en efecto, inmensos, asombrosos y diferentes, quizá aún por encima de su propia consciencia. Y, leyendo su primera manifestación artística de altos vuelos, me siento como ese viejo entrenador retirado que de repente descubre un inminente número uno del ring al que todavía no se le ha sabido pulir ni destilar todo su potencial campeón.

Creo que la extensión estándar de un manga perjudica a Irene. Son sus páginas para mirar, para quedarse embobado mirando, por lo que ciertamente la temática mitológica le va que ni al pelo… y el suyo es más un trabajo de orfebrería y equilibrio de composición que de impulso narrativo. Asimismo, hay dos tipos de entintado en el volumen: uno con trazo suelto y áspero; otro limpio y mesurado. Ni que decir tiene que este último es el que enmarca como es debido la sutil delicadeza del trazo de su dueña: las primeras y últimas páginas son fabulosas (así como la casi “splash page” de Ariadna recién devuelta a su condición humana tras un período floral, buscando con ojos de sublime belleza a su Órelan). Irene debería tentar siempre por ahí: para la trepidancia narrativa ya está el también magistral trazo de Kenny Ruiz. Lo de Irene es otra cosa, los suyos son otros senderos… las líneas cinéticas y los cambios de registro son peajes estilísticos, trucos de feria, que dan fecha de caducidad a un anhelo de ser eterno.

No nos equivoquemos: el talento de Irene trasciende el lenguaje del manga comercial y sus recursos en boga. Que George Lucas añada efectos digitales a su Star Wars es lógico, porque Lucas comprende en el fondo que lo suyo es más un fenómeno sociocultural que artístico; que Francis Ford Coppola lo hiciera a su Apocalypse Now sería un atentado contra sí mismo, la inconsciencia pura, el mayor crimen contra la Humanidad. Es como comparar un estupendo cantante de moda con un cantante cuya magia latente está por encima de las modas. Irene tiene todos los números para pertenecer a la segunda categoría.

En La canción de Ariadna coexisten páginas narrativamente briosas y mecánicamente solventes, reminiscentes de la que ya es sin duda mi novela gráfica favorita de todos los tiempos (procedente de unos tiempos, además y para mayor mérito, en los que ni siquiera existía el concepto de novela gráfica), con alguna secuencia de acción insatisfactoriamente planificada (el enfrentamiento entre Órelan y Esteno, por ejemplo, en contraste con el impecable sentido de síntesis con que se resuelve la batalla final en una sola página) y un dibujo menos interesante cuanto más simplificado y suelto…

A veces, un lenguaje puede ser tu mejor y peor aliado al mismo tiempo. Esto es lo que ocurre con el lenguaje manga respecto de Irene Roga: el arte (originalmente manga) de Irene no requiere de envoltorios ni vestiduras coyunturales, de esos “trucos” o resoluciones temporales que le restan credibilidad al talento de fondo; ni tampoco de esclavitudes industriales, de formato, extensión o combinación de elementos narrativos (propios o no del manga). Quizá el futuro de Irene esté en la ilustración; quizá en el álbum de 48 páginas; quizá me sorprenda y haga un “opus magna/manga” de mil páginas… Yo, personalmente, espero un cataclismo emocional, una conmoción espiritual a la altura de un Onegin.

En cualquier caso, debe desnudar aún más su talento para poder expresarlo con toda la profundidad de que es capaz: de manera sutil, reposada y serena.

Sólo es cuestión de paciencia y tiempo. No ha de tener miedo a tardar ni a ser diferente a todos…  y debe asumir que lo suyo, por más que su modestia le haga declarar lo contrario, no es un cómic “para pasar un rato divertido” (para eso, Lucas). Dentro de ese cómic hay páginas que mueven al rapto emocional a partir de la mera contemplación estética, también merced a su propia implicación (cien por cien genuina) en lo narrado. Hay que abrazar la ambición creativa y actuar en consecuencia.

Pues Irene Roga ha nacido para seguir su propio camino y marcar su propio discurso estilístico.

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ODA A LOS SUCEDÁNEOS

January 25th, 2011 Migoya

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Ay, que casi se le ven las bragas a la niña… ¡Mentira, que es un ciborg!

Gunslinger Girl no es mi serie anime favorita. De hecho, la vi hace ya un par de años y no me impresionó lo suficiente para hablar aquí de ella.

Pero no puedo dejar de poner su maldita música en el reproductor de CD.

Igual que la trama de la serie es una exploitation, variación o degeneración (los tres términos valen) del arquetipo establecido por el clásico de Luc BessonLéon, el profesional (la primera vez que descubrí la influencia de Frank Miller en un director de cine), su banda sonora también ofrece ese toque de producto derivado, de jingle imitativo de clásicos universales.

Y, sin embargo, es una banda sonora magistral.

Gunslinger Girl cuenta la historia de una agencia encubierta de niñas mercenarias que se dedican a eliminar objetivos humanos, entrenadas y tuteladas por agentes adultos hacia los que desarrollan sentimientos de afecto y dependencia.

A partir de ahí, se puede deducir cualquier reflexión -todas son pertinentes- sobre la categoría enfermiza que domina dicha relación: las sumisas niñas adoran a sus respectivos tutores y deben obedecerles en todo momento. De ahí a un vínculo de tintes masoquistas y pederastas, hay medio paso. Las niñas APRENDEN con toda su voluntad a manejar las armas de sus mayores (esos falos gigantes que disparan balas), sólo viven para cumplir el cometido asignado (es decir, contentar la voluntad de sus amos) y sufren, sufren mucho por lo que sienten hacia ellos…

La serie también destaca por su reposado tempo narrativo, teñido de melancolía perenne y punteado con dramáticos estallidos de violencia.

En cuanto a esa banda sonora que me obsesiona, está compuesta por Toshihiko Sahashi, quien hace bascular la carga lacónica de la serie sobre este impresionante tema, que yo creía (aún no estoy muy convencido de lo contrario) clásico adaptado (y que me recuerda -¿o es al revés?- a esta famosa canción de Danny Elfman), y que no he podido dejar de escuchar en los últimos años, ya sea desde su CD o desde mi cabeza… El resto del contenido alterna aires italianos con variaciones no denunciables de canciones muy populares, como esta descarada versión lánguida que perpetra con el Je t’aime… moi non plus de Serge Gainsbourg (enlazo su dúo con B.B., porque no soporto a Jane Birkin, quien me provoca la misma repulsión física que Patti Smith).

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Toshihiko Sahashi sólo tiene colgada en Interné su foto-carné.

En cualquier caso, Shahashi provee el CD original de Gunslinger Girl con una hora completa de deliciosos e inofensivos instrumentales. Su versátil capacidad queda certificada con este otro resultón tema principal, esta vez compuesto para el anime Mobile Suit Gundam SEED, y que en el uso percusivo de los sintetizadores recuerda muchísimo al Basil Poledouris de las pelis de Steven Seagal (el motivo principal también le debe al Poledouris de Starship Troopers).

Música casi siempre sucedánea, pues, pero sospecho que ya todo en nuestra cultura es un GRAN sucedáneo.

PD. En cuanto a Gunslinger Girl, existe una segunda tanda de episodios que no llegué a ver, bajo el subtítulo de Il teatrino: en todo caso, su tema principal, compuesto por Ootani Kow, es memorable.

PD2. Se aceptan sugerencias sobre otras buenas bandas sonoras de anime.

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Ootani Kow sólo es mencionado una vez en esta entrada,

pero con esa cara, ¿cómo no iba a publicar su foto?



LAS MUJERES YA DIBUJAN CÓMIC MEJOR QUE LOS HOMBRES

October 21st, 2010 Migoya

Pues sí, así es.

Se trata de un hecho histórico.

Gracias al manga, por vez primera hay una nueva generación emergente donde destacan muchas más mujeres que hombres con talento en el mundo del cómic. En pocos años lo vamos a notar.

Hace dos décadas apenas había cabida para las mujeres en el mundo de la historieta: aparte las pioneras (Purita Campos y su generación no aparecían, porque estaban olvidadas en el mayor de los desprecios; pero sí, de una generación posterior, Laura o Ana Miralles; y de otra promoción más reciente, ya en número más abudante, nombres como María Colino o Carla Berrocal por mencionar dos buenas autoras en polos opuestos), las únicas mujeres que hacían acto de presencia en el Salón del Cómic de Barcelona eran las sufridas parejas de ex lectores de Conan o de autores ex anarcas, aguantando el papelón tras un carrito de bebé, como quien aguanta la afición al motor o el partido de fútbol. También recuerdo que en las editoriales le abríamos las puertas con inclinación de lomo a cualquier chica que apareciera allí con páginas: tal era nuestro deseo de integrar UNA SOLA autora que nos permitiera satisfacer un poco de cuota. Tener en catálogo una autora de cómic era NOTICIABLE, aunque dibujara mal. Era buen marketing. ¿Quién no recuerda el estereotipo de la “tía buena” que dibujaba cómics, por mal que lo hiciera, rodeada de freaks babosos que le reían las tetas? Cada Salón tenía la suya.

Ahora, debido al fenómeno del manga, ha ocurrido todo lo contrario: hay muchas más autoras de manga que autores. Y la mayoría de ellas son mejores que ellos (que ahora están en minoría). Lo percibí en los últimos salones españoles y lo he podido corroborar en las fantásticas escuelas de cómic bonaerenses.

El manga no sólo ha arrastrado (con perdón) consigo, POR VEZ PRIMERA, el público femenino al cómic: también ha preparado una generación inminente donde las mujeres son mucho mejores autoras de cómic que los hombres, desde un punto de vista global. Eso sí es un hecho trascendente.

Eso sí es un hecho histórico, a espaldas del cual vive la prensa.

Para muestra, un botón: ¿por qué se creen que la Línea Gaijin está copada por mujeres?

Eso hubiera sido un hito inimaginable hace veinte años.

Ahora, los exóticos somos los autores con pene.



“¡EL FUTURO DEL TEBEO ESPAÑOL YA ESTÁ AQUÍ!”

October 21st, 2010 Migoya

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Me ha hecho muchísima gracia la nota de prensa que envía Alejo Valdearena desde Ediciones Glénat, referente a la presentación de la Línea Gaijin en el próximo Salón del Manga de Barcelona. La Línea Gaijin ofrece por primera vez en la historia del cómic profesional una colección sistematizada de autores españoles -y una autora latinoamericana- que utilizan el manga como estilo específico de historieta*. La última frase de la nota es digna de recalcar:

“¡El futuro del tebeo español ya está aquí!”.

Obviamente, la frase es irónica: la elección de la palabra “tebeo” ya encierra mucha mala leche, por toda la connotación españolísima que abriga dicho término. Es una manera indirecta de aludir a cierto sector purista del cómic, que odia el manga con todas sus fuerzas. Me he dado cuenta de que eso ocurre no sólo en España: en Argentina y en el Perú también. Aún persiste una marginación de los autores autóctonos de manga por parte de los “normales”: o sea, de los americanizados.

Los autores españoles de manga son los X-Men de nuestro universo.

Es lo mismo que ocurrió con el spaghetti western en su momento: todo el mundo hablaba -y escribía- pestes de Sergio Leone.

Pero cómo molaba.

Pues con Gaijin, cinco cuartos de lo mismo.

*Adendum: ver comentario 1 de esta entrada desmintiendo mi falacia.

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Los tres primeros títulos que Gaijin lanza son DOS ESPADAS de Kenny Ruiz, BAKEMONO de Xian Nu Studio y LETTERA de Studio Kösen.

 



EL MOMENTO DE GAIJIN

November 13th, 2009 Migoya

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El proyecto más ambicioso que he levantado dentro de Glénat es la Línea Gaijin, la colección de manga autóctono (español y latinoamericano, a lo 300 millones) que inauguraremos el año que viene. Sabía que ofrecer la dirección de la Línea a Studio Kösen era una garantía, pero el éxito de su mero anuncio en el Salón del Manga y la expectativa -muy favorable- despertada en Internet nos ha sorprendido.

Todo lo que deseaba contar sobre el proyecto a priori lo explico en este artículo, donde hallaréis además un completo dossier con los siete primeros títulos que ya estamos desarrollando.

La noticia ha sido recogida por infinidad de blogs y la reacción de los otaku está siendo agradablemente positiva, como por ejemplo en éste. Ya era hora de que se “normalice” el manga en nuestra producción propia.

Y aquí tenéis los blogs de nuestros flamantes “Gaijines” hablando sobre sus propios proyectos:

-Kenny Ruiz y “Dos Espadas”.

-Andrea Jen y “El delirio de Ani”.

-Irene Roga y “La canción de Ariadna”.

-Xian Nu y “Bakemono”

-Noiry & Black Velvet y “Underdog”.

-Belén Ortega & Rubén García y “Himawari”.

-Studio Kösen y “Lettera”.

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¿Quién será la misteriosa Black Velvet,

el fichaje de última hora de Gaijin?

 Sólo añadiré que el mayor problema de hacerse mayor no es la salud: es la horrorosa sensación de repetición que te embarga. Cuando uno percibe los límites de lo cíclico y ve que todo se reitera cada veinte años hasta la náusea, es muy fácil caer en el error de sentir la vida (y la cultura) como una redundancia yerma sin margen a la sorpresa.

Con Gaijin, he vuelto a aprender. Y eso nunca dejaré de agradecérselo a los Gaijines.

Conmigo ya habéis triunfado.

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UNA ROSA ES UNA ROSA

March 23rd, 2009 Migoya

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Nunca había devorado un clásico del manga con tanta ansiedad ni obtenido la fruición que me ha procurado el volumen 1 de La Rosa de Versalles, de Riyoko Ikeda (Azake Ediciones). Nunca había prescindido con tanta premura del esfuerzo inherente que todo clásico suele requerir en su lectura y que aquí deviene precaución estéril, lastre de más. Nunca me había resultado tan fácil zambullirme en páginas añejas con devoción religiosa, y creo que ello lo dice todo respecto a la modernidad que reafirma esta obra casi 40 años después de su confección.

Cada vez me interesa más la narración popular para mujeres, dado que constituye un género (o muchos) en sí mismo, y los demás empiezan a hastiarme. Desde un punto de vista ajeno a mi propia piel, podríamos considerar el género negro, la acción, el suspense, el terror y el western como géneros para hombres, al menos tal como han sido establecidos en la práctica. Desde luego, si los cultivaran más mujeres, algunos lugares comunes serían indefectiblemente otros (pienso en el hombre maduro como figura paterna deseada/repudiada que siempre suele aparecer en las estilizadas películas de Jane Campion o Sofia Coppola, un estereotipo que no existe en la imaginería popular masculina; o, en la novela negra escrita por mujeres, el del guapo sospechoso visto como amenaza -posible violador/asesino- y objeto de deseo -posible amante/salvador- a un tiempo, dicotomía que puebla tantas y tantas fantasías femeninas).

En el caso del género romántico, las reglas son tan claras como en los demás. Los elementos argumentales, lejos de los “relatos de supervivencia física inmediata” como motivación primera a que tan acostumbrados nos tienen tantas historias hechas por y para hombres, basan sus principales armas en otras cuestiones: la apariencia, la relación social, la búsqueda de amor, el infundio, el desengaño (amoroso, pero no siempre)…

Sin ir más lejos, la boda es a la obra romántica lo que el duelo a la del Oeste, tal y como la épica es un falo enhiesto frente al regodeo viscoso del romance. Ni una saga tan “moderna” como Sex and the City puede prescindir de pagar el peaje de ese punto de clímax inevitable…

Todo ello puede parecer perogrullada y, desde luego, toda clasificación peca de reduccionista, pero para reduccionismo la dificultad que muchos varones demostramos a la hora de cruzar la frontera de género, artístico y sexual, y consumir sin objeciones cualquier obra del otro bando: sólo hace falta ver la indiferencia (y la ignorancia) teórica que ha rodeado al cómic español por y para mujeres del siglo XX o, sin ir más lejos, la considerable reducción de comentarios que provoca cada entrada de este blog cuando hace referencia a alguna obra de consumo eminentemente femenino. ¡Si hasta amigos cinéfilos de probada lucidez se deshacen en comentarios chabacanos y machistas, arguyendo paparrucha propia de formaciones intelectuales maculadas por alguna tara fetal, para justificar su desinterés hacia obras caras a mi entender, si bien de filiación genérica tradicionalmente femenina!

En mi caso, para la elaboración del guión de Olimpita, me fue muy útil por ejemplo leer novela romántica estándar escrita por autoras, descubrir la manera solapada en que abordan el erotismo (pero cuando se desatan, ríete de Henry Miller: como en la vida misma) o la facilidad con que rehúyen concretizar los momentos de crueldad física. Eso fue lo que me decidió, por ejemplo, a que nunca viéramos explícitamente el maltrato sufrido por nuestra protagonista; o que la connotación “libidinosa” de la historia viniera dada exclusivamente por su punto de vista. Por ilustrarlo de manera clara: la cámara nunca se regodea en el cuerpo de Olimpita, más bien en los cuerpos que ella admira.

La Rosa de Versalles es un completo catálogo de subrayados femeninos: donde el autor masculino tradicional tiende inconscientemente a acentuar las acciones puras, el movimiento, el acto de violencia, el riesgo, la espectacularidad meramente visual y el detalle escabroso, la autora suele optar por el congelado de SENTIMIENTOS de afecto u odio, la estampa amorosa y el detalle de ropajes, especialmente de vestidos lujosos y elaborados peinados. Si añadimos el hecho de que muchos personajes femeninos de este manga poseen casi exactamente los mismos rasgos faciales y a veces solamente podemos distinguirlos por sus ropajes y/o cabellos, recibiremos mucho más vívida aún esa sensación de estar asistiendo a un completo catálogo de vestuario y estilismo del siglo XVIII, mediante clones-base idénticos entre sí, semejantes a “maniquíes” desnudos (los personajes-tipo del manga), o una suerte de Airgam Gals que adquieren personalidad diferenciada con el envoltorio (peluca y traje) que la autora otorga a cada una.

La Rosa de Versalles cuenta con un aliciente que para mí la hace una obra maravillosa: como relato visual, es una montaña rusa capaz de procurar un goce insuperable al lector. Aunque en él esté posiblemente el germen de todo, ni en Osamu Tezuka (al menos en las obras suyas que yo he consultado) he podido hallar tal alud de juegos (narrativos) reunidos: yuxtaposiciones de perspectivas, rostros o acciones; metonimias visuales; síntesis abrumadoras; imbricación de personajes en más de una viñeta… todo ello conviviendo muchas veces, de forma feliz, en la misma página.

Esta obra es un cursillo acelerado de cómo narrar en cómic, aprovechando al máximo las posibilidades formales del medio físico, antes que limitándose a usar el encuadre y el marco de las viñetas como mera cámara y pantalla cinematográficas. Si hubiera que representar La Rosa de Versalles, literalmente, sobre una pantalla de TV o cine, a los dos minutos los espectadores no soportarían tal avalancha informativa, hasta tal punto la superposición de imágenes y el recorrido de la mirada son sumamente vitales en su decodificación. La exposición de esta obra está milimétricamente pensada como cómic. Sería fallido e inútil trasladarla tal cual al medio cinematográfico: al contrario que tantos y tantos cómics, que pueden “cortarse y pegarse” como cine, porque antes ya eran una película.

Obviamente, claro que sí, la sombra de Tezuka sobrevuela también sobre La Rosa de Versalles: desde el motivo temático que define al personaje principal (la confusión de la identidad sexual, un referente clásico de la literatura universal, que Tezuka trató en La Princesa Caballero y al que Ikeda saca tanto morboso provecho en La Rosa…), ese Lady Oscar que, al igual que las casquivanas cortesanas de palacio, jamás consigo imaginarme como mujer; a la caricaturización de los “actores” en escena cuando tocan momentos bufos… Y, probablemente, la mayoría de recursos narrativos también procedan del maestro.

Pero Ikeda multiplica por mil dichos recursos y su perspectiva esencial es distinta a la del creador de Astro Boy.

Le he estado dando muchas vueltas al motivo por el que La Rosa de Versalles es tan radicalmente distinta a cualquier obra de Tezuka que yo haya leído. Solamente se me ocurre una explicación: la limitación como dibujante de Riyoko Ikeda. Allí donde Tezuka utiliza el plano general para detallar en todo su esplendor la descripción de una acción espectacular, Ikeda, por limitaciones artísticas -sus personajes no se mueven con la “soltura” de los de Tezuka, suelen pecar de cierto hieratismo, y sus fondos son mínimos, casi de dibujante fanzinero- o por interés específico, articula su fábula en torno a cientos de primeros planos, al vórtice particularizado de cada situación, al aislamiento de elementos visuales y otras mil variantes concretas que indican, que “representan” indirectamente todo lo que está ocurriendo alrededor, recogiendo el eco de la acción circunstancial que, como en el teatro, la mayor parte de las veces se da “fuera de campo” o escenario. Naturalmente, como suele pasar en todo medio artístico, de la limitación inicial proviene muchas veces una mayor creatividad, que sustituye -multiplicando en ocasiones su resonancia estética y expresiva- lo que el talento directo no permite. Ello hace mucho más interesante el método de Ikeda que el de la mayoría de mangakas virtuosos.

Además, Ikeda propone un ESTATISMO eminentemente femenino frente al DINAMISMO tezukano. Los sentimientos son lo importante, antes que las acciones que esos sentimientos generan. La congelación del instante emotivo prima sobre la exacerbación del movimiento. La emoción es generada desde la pose antes que desde la acción.

Todo ello me resulta apasionante desde un punto de vista teórico y su volcado práctico. Sea cual sea la razón última, el “duende” de Ikeda se traduce en páginas de un entreverado formal que para el muy profano puede resultar inextricable o cansino, pero que aporta un sabor único y excepcional a la obra.

Por extensión, partiendo del modelo establecido con La Rosa de Versalles, también me resulta fascinante la dificultad que supone para un tándem creativo (esto es, guionista y dibujante) desarrollar cómics cuyo reto formal constituya seguir esa senda: desde el punto de vista narrativo, fundamentalmente. Casi todos los guionistas de cómic que trabajan con dibujante se ocupan de desarrollar lo que se da en llamar “la historia” (la trama argumental), pero raramente se preocupan del enunciado formal de las páginas: son/somos, como si dijéramos, artesanos de contenidos, pero poquísimas veces diseñadores de continentes, tarea que el propio dibujante suele apropiarse por motivos no siempre tan evidentes: ¿sólo porque la vertebración de la página en viñetas es una decisión de cariz visual? Existen muchísimas excepciones de guionistas que sí se involucran en el “dibujo” de la planificación de página, como un Alan Moore o un Carlos Portela, pero también existen muchísimos más casos que corroboran la otra práctica: entre otras razones, porque no forma parte del interés artístico de los autores o/y, asimismo, porque muchas veces resulta dificilísimo encontrar el engranaje de comunicación adecuado que permita al guionista aplicar decisiones de planificación formal junto al dibujante, cuando no es éste quien se arroga automáticamente todas las cuestiones referentes a ese campo. Por motivos de pura viabilidad, siempre será más fácil tomar decisiones plásticas -y sobre todo las específicas del diseño de viñetas y página- cuando el autor del cómic es uno solo. Pero deberíamos luchar (al menos todos los que, como yo, estamos “condenados” a trabajar en equipo) por que no fuera así.

Después del buen recibimiento que está obteniendo Olimpita, a Joan Marín y a mí nos han planteado desarrollar una nueva novela gráfica para Norma Comics. Personalmente, y aprovechando la ventaja visual que proporciona el que casi siempre elabore mis guiones en forma de storyboard, estoy en situación de ir un poco más allá de lo que el formato de guión mecanografiado -herramienta casi idéntica a la cinematográfica y que aun hoy muchísimos guionistas utilizan como vehículo básico de comunicación con el dibujante- suele permitir expresar. Joan y yo ya estamos más fogueados como equipo y el objetivo que nos hemos marcado promete mucho, al menos a nuestros propios ojos. Así que ya solamente es cuestión de sentarse a la mesa con una resma, un lápiz y un sacapuntas. Ah, y una goma de borrar, cuyo aroma es lo que más me gusta del proceso. Cada vez que guionizo un cómic me siento como si volviera al colegio. A una parte grata del colegio, se entiende.

La Rosa de Versalles es un modelo de narración historietística y de inspiración creativa que recomiendo fehacientemente a cualquier aficionado.

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HÉROE CARMESÍ (NO HEROÍNA)

January 24th, 2008 Migoya

Ya me estoy poniendo al día con el material de Glénat. De momento, mi serie manga favorita, aparte GANTZ, es sin duda MaiWai, de Mochizuki (me parece incluso mejor que su aplaudida Dragon Head, pero ya me extenderé sobre ello en otro momento). Tampoco entiendo la fascinación con King of Thorn: juzgando por el número 1, parece una versión simplona de cualquier serie de TV simplona, y se lee más rápido aún que la mayoría de mangas, pero no (solamente) por la claridad de su storytelling, sino sobre todo por los clichés de sus situaciones; pero me leeré más números, a ver si me sorprende.

Respecto al manga shonen y al shojo, me pasa una cosa bien curiosa: en realidad, lo mismo que cuando en las salas de espera me dan a escoger entre un diario y un Hola. Me quedo el Hola. Vamos, que para pasar el rato me apetece mucho y satisface mucho más el manga para chicas que el manga para chicos. Cuestión de hormonas, supongo.

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De los que he hojeado hasta ahora, mi manga shojo favorito es sin duda Crimson Hero, de Mitsuba Takanashi. Me he leído de un golpe los cuatro números publicados hasta ahora y estoy impaciente por seguir leyéndolo. No voy a pretender que este título se salga de los rieles más o menos convencionales que cualquier otra historia dirigida a un público amplio y en su género concreto, pero cuenta con bastantes alicientes que me dan mucho gusto:

1) Para ser un manga deportivo, subgénero que me produce tremenda pereza, se ha escogido como universo un deporte, el voleibol o balonvolea (término que aparentemente ya sólo uso yo y que a buen seguro no durará mucho en el diccionario de la Real Academia), que al menos no se suele ver hasta la náusea en este tipo de tramas. O quizá habría que atribuirle el mérito a la autora: Mitsuba se esfuerza por crear situaciones de emoción ligeramente originales dentro del tablero de juego que este deporte propone. Por mí como si los personajes están jugando a las ranas, entendedme: pero la autora cree tanto en la tradición del género que está cultivando por centésima vez y se toma tan en serio sacarle punta al voleibol, que como trasfondo suficientemente diferente funciona y cuela.

2) Me chiflan las protas con rasgos de comportamiento masculinos. Nobara es una quinceañera algo “machorra”, una tomboy como mandan los cánones, a quien le gusta camuflar sus curvas y le va la marcha física. Lo tiene todo para enamorarme, la verdad. Y el elemento shojo de sus conflictos románticos está muy sabiamente dosificado, hasta el punto de que me han metido en la cabeza el culebrón, e incluso me preocupa con cuál de los dos chicos acabará Nobara.

3) Me encanta el dibujo, pero sobre todo la composición. A veces parece que estés de vuelta en los años 70, leyendo un cómic de Enric Sió o de algún totem de la revista Tótem. Me entusiasma cómo instrumentaliza viñetas ¡vacías! para expresar estados anímicos o interrupciones de tempo, ya sea haciéndolas añicos en varios bloques espaciados, ya sea dedicándolas a mero receptáculo de diálogos.

4) Pero lo que más me vuelve loco es la manera que tiene Mituba de caracterizar los personajes. ¡Es androginia pura! Sus hombres no se diferencian prácticamente de sus mujeres: los chicos dibujados poseen, por delicadeza de trazo, expresividad de los ojazos, finura de silueta, afectación y languidez de las poses, una corporeidad absolutamente femenina. ¡Eso es fantástico! Tal ambigüedad plástica confiere al subtexto del manga un plus involuntario de “confusión de la identidad sexual” digno de las comedias amorosas del teatro clásico, una pática pagliana que hace más disfrutable si cabe su lectura. En múltiples ocasiones, me sorprendo leyendo Crimson Hero y preguntándome, ya no quién es la persona que habla, ¡sino qué es! ¿Hombre o mujer? Y tal confusión, achacable en principio a un deje estilístico de la autora, me produce el mismo morboso placer que cuando leía (bueno, aún los leo) los cómics de Howard Chaykin y me preguntaba quién coño estaba hablando. Es como cuando escarbas la postilla de la rodilla y resoplas de gusto.